Jorge “El Turco” Asís: la desordenada biblioteca de un dandy
El escritor, periodista y analista político nos deja recorrer a gusto los ambientes de su casa para revisar sus libros y su historia con ellos.
Es jueves, son las tres de la tarde, y después de insistir con mensajes durante largas semanas, finalmente lo logramos: vamos a entrevistar a Jorge “El Turco” Asís y conocer su biblioteca. Este escritor, periodista y analista político, que ya tiene 80 años y más de veinticinco libros publicados, conserva casi intactos sus aires de dandy y el magnetismo de su conversación. Sigue de hecho estando muy activo como columnista o invitado ocasional de distintos programas de actualidad, y publica sus editoriales semanales en su portal. Nos recibe en su departamento del barrio de Recoleta una tarde fría de otoño, con las persianas bajas, la calefacción encendida y libros en prácticamente todos lados. En el aire flota una elegancia atemporal, que él cultiva a través de sus gestos, de su chaleco, de sus anillos. Nos da confianza pronto y nos permite recorrer a gusto la casa: desde el living y la sala, pasando por su estudio y hasta su habitación, para mostrarnos las lecturas más recientes de su mesa de luz.
Las suyas son bibliotecas desordenadas, aluvionales; no tiene ningún criterio la ubicación de los libros, y se nota por las mezclas de cada estante. Pueden convivir biografías políticas con clásicos de la literatura norteamericana, libros del boom latinoamericano mezclados con los suyos propios, que están por todos lados también, incluso en unos grandes contenedores plásticos. “Soy bastante desordenado, aunque tengo cierta meticulosidad en mi desorden. Te podés imaginar que junto libros hace sesenta años y hay muchos que quedaron en el camino entre las mudanzas internacionales y el divorcio. Cuando llega un nuevo libro, queda en algún lado y se van juntando. Tengo libros en francés, en portugués y en español. Mucha no ficción, mucha política, mucha historia”, comenta antes de sentarse en la mesa y que comencemos la conversación.

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–¿Usted lee todos los días?
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateSí, hasta por cuestiones orgánicas. Si te muestro los libros que estoy leyendo, no tienen nada que ver uno con el otro. Ahora estoy con el último de Salman Rushdie y con un ensayo perfecto de Rosendo Fraga que se llama La maldición bonaerense. Por qué ningún gobernador de la provincia de Buenos Aires llega a presidente. Y acabo de terminar otro de un tipo que no conozco, Milei, fenómeno verbal [es de Juan José Becerra]. Hay una cosa bastante curiosa: Milei no vende. Te lo digo porque yo estaba con ganas de publicar los textos que he escrito en los últimos dos años, pero nadie se interesa tanto en indagar sobre la figura del presidente. Ya está todo contado, es muy explícito, muy obvio.
–¿Y ficción lee también?
Estoy distanciado de la escritura literaria. A mis 80 años, ya no tengo las ganas de escribir que tenía en otro momento. Pero sigo leyendo mucho. Estoy bastante actualizado. Lo último que leí fue Besos, no de Victoria Liendo, a quien conocí junto a Pola Oloixarac, que es bastante amiga mía. Yo soy amigo también del padre de Victoria, así que lo que ella cuenta allí no me es ajeno. Me pareció una novela tonificante para la literatura argentina.
–Me interesa saber cómo empieza su recorrido lector. ¿Cuál fue la primera biblioteca de la que sacó libros que le interesaron?
Ese recorrido empieza porque mi padre era martillero público, un rematador, don Abdel Salim. Y entre tantas cosas que vendía, apareció una vez en casa una biblioteca chiquita que tenía los libros de la colección Austral. Asumo que el primer libro leído con muchas ganas fue La conquista de la felicidad de Bertrand Russell. Como en aquellos remates no interesaban mucho los libros, la biblioteca se terminó quedando en casa para felicidad estratégica mía. Yo tendría 14, 15 años, y después de leer ese libro seguí con otros escritores como Jenofonte, Mallea. Sinceramente lamento haber perdido esa colección, no sé dónde habrá quedado. Y después, lo mío fue muy vertiginoso. Está todo contado en mi literatura.
–¿Cómo fue el pasaje de la biblioteca familiar a la escritura y la lectura por interés propio?
Fue bastante alborotado, porque resulta que yo era vendedor domiciliario, y como me iba muy bien, a través de una amiga me convocaron para promocionar cursos de literatura en el Instituto Argentino de Ciencias. Era un curso de literatura dado por escritores, así que ahí me empecé a introducir en los ámbitos intelectuales. Yo ya era bastante astuto y los escritores que lo dictaban eran maravillosos. Estaban Conrado Nalé Roxlo, Marta Lynch, Abelardo Castillo, Dalmiro Sáenz. Tenía ya escritas algunas cosas, y como era el encargado de relaciones públicas del Instituto, prácticamente tomaba el curso como escritor. Suelo decir que me hice escritor para profundizar una mentira, porque yo decía que era escritor cuando todavía no lo era. Me tuve que hacer escritor para justificar lo que decía.
–¿Qué recuerdos tiene de esa época?
Recuerdo sobre todo la confianza que me dio la señora Marta Lynch, porque ella mandó a hacer una especie de muestreo: quería saber en qué estado literario estaban los alumnos, y les pidió un texto breve, anónimo. Yo me entero de eso e introduzco un cuento mío llamado “Quiero retruco”. A las dos semanas apareció Marta Lynch y dijo que el material era más o menos: “Los textos son muy amateurs, pero hay un monstruito que no pude identificar, que es un tipo que si sigue escribiendo de esa manera va a dar mucho que hablar en la literatura”. Por supuesto que se refería a mi cuento. Y fue de las mejores alegrías que tuve en mi formación.

–¿Qué lecturas hizo en esos años?
De todo un poco. Empecé a leer de forma desordenada. Pero me interesa destacar que para los escritores de mi generación fue más importante Boris Spivacow [el director del Centro Editor de América Latina] que la señora Victoria Ocampo. Victoria, por su bagaje cultural y por todo lo que hizo en Sur, fue importante para la generación anterior a la mía. En cambio Spivacow, a muchachos como yo, que teníamos 18, 19 años, y que leíamos Capítulo, o la Historia de la literatura argentina, nos hizo conocer un mundo. Yo me hice culto por comprar los libros que salían cada semana. Todas las colecciones eran una maravilla, incluso los fascículos. Ahí descubrí a Camus, a Cervantes, a Balzac, la literatura del sur de los Estados Unidos. Fue un torbellino de lecturas. Y tuve la suerte de publicar mi primer libro importante en el CEAL: La manifestación, en la colección que dirigía Luis Gregorich, que fue uno de los grandes maestros del comienzo de mi carrera.
–¿Qué escritores lo marcaron a fuego por esas épocas?
Hay dos que reconozco que me influenciaron mucho en mi juventud. Uno es Mario Vargas Llosa, sobre todo con La ciudad y los perros y Conversaciones en la catedral. Si vos leés mi libro La manifestación, donde hay un juego con la tercera y la primera persona, con el presente y con el pasado, vas a ver que hay ecos de Vargas Llosa, porque me impactó mucho. Y otro autor al que mi libro Flores robadas en los jardines de Quilmes le debe muchísimo –aunque felizmente nadie se dio cuenta– es Jorge Amado. El personaje de Samanta tiene mucho de Gabriela, de Doña Flor. A los dos los pude conocer personalmente. Y acá en la biblioteca tengo mi foto con Jorge Amado.

–Veo que hay bastante literatura norteamericana en sus estantes también.
Sí, la literatura norteamericana es importante para mí. Leí muchos libros de los que nadie se acuerda. ¿Quién recuerda El camino del tabaco de Caldwell? ¿Quién se acuerda de Viñas de ira de Steinbeck? Carson McCullers me gusta muchísimo. El corazón es un cazador solitario es de los libros que más regalé. De hecho, no lo tengo ahora, no sé dónde está. La literatura del sur de los Estados Unidos fue absolutamente fascinante. Me acuerdo de estar en París en el hotel donde se mató la pareja de McCullers. Ella salió a hacer unas compritas y cuando vuelve él se había suicidado. Cuando lo comenté en el hotel, nadie tenía la menor idea de lo que hablaba.
–Además de Carson McCullers y del reciente libro de Victoria Liendo, ¿leyó con fruición a otras autoras mujeres?
¡Por supuesto que he leído a muchas mujeres! De grandes escritoras te puedo hablar de Mary McCarthy, de Marta Lynch, de Beatriz Guido, que son escritoras argentinas fascinantes que podemos hasta darnos el lujo de descartar o de odiarlas… Cada libro que publicaba Lynch era un acontecimiento en la Argentina. El primer capítulo de Fin de fiesta de Beatriz Guido es de lo mejor que se produjo en la literatura argentina. Y por supuesto que he leído a Alicia Steimberg, casi olvidada hoy, una escritora muy importante con su novela Músicos y relojeros que era una maravilla. Liliana Hecker ha escrito algunos cuentos absolutamente memorables. Y por supuesto Virginia Woolf. No tengo misoginia con respecto a la literatura, más bien todo lo contrario.

–¿Qué tiene que tener la prosa de un escritor para que le interese?
Tiene que estar bien escrita. Me tiene que orientar, informar, entretener, y si me da un poco de alegría, mejor. Leo una página del Adán Buenosayres de Marechal e inmediatamente me dan ganas de escribir, se me ocurren ideas. Eso me pasa con él y con Thomas Mann. Y lo importante es la felicidad que te produce tanto la lectura como la escritura.
–¿Cómo se define como lector?
Soy exigente. Sé todo lo que se publica. Leo dos páginas y me doy cuenta si puedo seguir o no. No me engancho muy fácil con la literatura. Me tiene que entretener. Leo con rapidez.
–¿Qué clásicos tiene más leídos?
A Sarmiento. Tengo la biblioteca completa, que publicó la Universidad de La Matanza. Y lo que más me gusta de Sarmiento son los viajes. Imaginarme a Sarmiento con el Facundo ya escrito dando vueltas por las editoriales de París es sensacional. Era un tipo muy interesante, creo que yo me hubiera llevado bien con él, porque era un loco. Y después, a Cervantes lo leí, no todo, pero bastante. El que no leí es el Ulysses de Joyce.

–¿Y a Borges?
Lo leí, sí, tiene algunos cuentos maravillosos. Pero en su momento tuve algún prejuicio, porque no te olvides que yo era un tipo de izquierda.
–Veo que ahí hay algunas cosas de Osvaldo Lamborghini.
Sí, ¿cómo no voy a leer a Lamborghini? Con Osvaldo trabajé una semana en Clarín. Entramos los dos como estrellas. Por supuesto que había leído El fiord. Y me acuerdo que él llegaba supuestamente para escribir sobre temas importantes, pero en Clarín enseguida te mandaban a la trituradora. De hecho creo que no llegó a escribir nada. Pero yo ya tenía una historia previa que él desconocía: ya conocía a Germán Leopoldo García, que fue un gran amigo. Él trabajaba en la librería de Jorge Álvarez y había publicado el prólogo de El Fiord y yo estaba en una movida completamente distinta: era militante bolchevique, del PC, ¿entendés? Todo el tema de “Carla Greta Terón” no tenía nada que ver conmigo. Y me acuerdo que un día, discutiendo con Germán, él me dice: “Lo que pasa es que vos y yo tenemos culturas distintas”. Y había un viejito sentado que estaba leyendo, y levanta la vista y mete un bocadillo: “Inculturas distintas”, dice. ¿Sabés quién era ese tipo? Arturo Jauretche. De esas historias tengo a patadas, te podés imaginar…
–Y de los escritores argentinos, ¿quienes fueron sus amigos de la literatura?
¿Quién se acuerda de Roger Pla? Casi nadie. ¿Quién habla hoy de Bernardo Kordon? Nadie, tampoco. Y ese tipo me daba ganas de escribir. Isidoro Blaistein fue un gran amigo, un tipazo. Yo recito todavía “La balada del boludo”. [Se pone a declamar] “Por mirar el otoño perdía el tren del verano. Usaba el corazón en la corbata. Se subía a una nube, cuando todos bajaban”. ¡Es una maravilla! ¿Quién lee hoy a Humberto Constantini? Fue otro gran amigo. Y yo era el pendejo provocador. Te acordás de Haroldo Conti por su terrible desaparición, pero no de su obra.
–Bueno, sin ir más lejos, Flores robadas está dedicada a Haroldo Conti.
Me preguntaron mucho por Haroldo Conti. Cuando lo conocí, yo era un chico militante del PC y Conti ya era un señor de 50 años, para mí era un hombre mayor. Era un tipazo. Y a mí la obra que me interesa de Conti no es la política, es la literatura. Cometió unos errores políticos feroces. Salía fotografiado en Crisis como representante del FAS [Frente Antiimperialista por el Socialismo], que lo manejaba el ERP. No quiero desmerecer esas cosas…

–¿Cómo se llevaba con los poetas de la generación del 60? Pienso en Gelman, en Juana Bignozzi.
Los conozco a todos. Gran poeta, Gelman. A él lo traté más que nada en su etapa de La Opinión y Crisis. Yo trabajé y edité en Crisis. Con Bignozzi conviví dos días, no me acuerdo dónde. Era macanuda, sí. Mujer de cierto orden se llamaba su libro. Me viene bien esta charla porque yo casi no hablo de literatura…
–¿A Piglia lo conoció?
Claro que lo conocí. En el año 1980 él publicó su Respiración artificial y yo mis Flores robadas. Nos tomaban como competidores, pero la relación era de afecto, de respeto. Él se quedó con los elogios y yo con el fenómeno. Sabía de literatura.
–¿Qué personajes célebres leyeron sus libros a lo largo de los años?
La más célebre a mi entender fue Josefina Ludmer. También el poeta Raúl Gustavo Aguirre. Juan Martini, Vicente Batista, Abelardo Castillo. Castillo estaba siempre los viernes en el Tortoni. Pudo haber sido el primer escritor argentino que me sorprendió. Yo era un pendejo y andaba con ellos. Y aparecían unos escritores increíbles. Ahí lo conozco también a Isidoro Blaisten. Y más cerca en el tiempo, me sigue Andrés Calamaro.

Entre la política y la escritura
La trayectoria literaria de Asís es sinuosa, pero tiene algunos hitos muy notables. Su libro La manifestación, de 1971, publicado cuando él era un acérrimo militante del PC, le valió una ruptura fuerte con el partido: “En mi novela aparecían comunistas que cogían, y primero la recomendaron en el órgano del partido, pero en el número siguiente salieron a decir que no tenía nada que ver con el movimiento revolucionario y me trataron como si fuera agente de la CIA. Hubo una especie de ‘Caso Asís’ .Y ¿sabés quién me defendió? Raúl González Tuñón’”, cuenta. Años después, en plena dictadura, conoció las mieles del éxito con su sexto libro, la novela Flores robadas en los jardines de Quilmes, que vendió miles y miles de ejemplares. Pero en 1984 su destino se tuerce con la publicación de Diario de la Argentina, la polémica novela en la que ficcionaliza las internas que se vivían en el diario Clarín, donde trabajaba como periodista con el seudónimo Oberdán Rocamora. Ahí el poder le suelta la mano, y queda fuera de juego. Sobre esa experiencia escribe uno de sus mejores títulos Cuaderno del acostado, libro que clausura una etapa y le da comienzo a otra en la que se reubica como funcionario menemista.
–¿Qué pasó a partir de 1989?
Hubo un cambio total en mi vida, porque paso de la desocupación, del desprestigio, al tratamiento de “Su Excelencia” en París como embajador de la UNESCO durante el primer gobierno de Menem. Fue un cambio verdaderamente notorio, y sé que algunos dicen que soy un escritor desperdiciado por la política. Pero lo aclaro: yo pude seguir siendo escritor por la política.
–¿Cómo fue ese pasaje?
Tengo algunas interpretaciones. Yo desafié al poder. No solo con Flores Robadas, sino también con Diario de la Argentina, mi libro maldito. Y el poder me pasó por arriba. Me quedé cuatro años cambiando los dólares que había ganado, dando vueltas por los bares. Terminé escribiendo Cuaderno del acostado y me fui dando cuenta que, para sobrevivir, lo que tenía que hacer era crear mi propio polo de poder. Así que volví a empezar haciendo la columna política en la revista Libre, que fue la revista del destape argentino. Y como lo que escribía tenía bastante swing, bastante picaresca, muy pronto me reubiqué. Pasé a vivir en un departamento de quinientos metros frente al Arco de Triunfo. Cambió absolutamente todo. Y ahí me di cuenta que si averiguaban sobre mí, mi literatura me molestaba.
–Claramente no era una literatura para digerir internacionalmente ni pregonarla en el mundo diplomático…
Para nada. Me acuerdo que en un viaje que hice a Buenos Aires fui a la editorial Planeta, que tenía en ese momento los derechos de casi todos mis libros, a verme con Juan Forn. Buen pibe, tierno, buena persona. Y yo llego empilchado con traje, con moño, y le digo a Forn que no quería que se publicaran más mis libros. Quería que dejaran vencer los derechos y los descatalogaran.
–Pedías lo contrario de lo que piden todos los escritores.
Exactamente lo contrario. Quería sacar los libros de circulación. Después de pasar cinco años en París, reaparezco con una novela que se llama Sandra, la trapera, que fue escrita allá para recuperar mi lenguaje, porque estaba en un momento en que pensaba en francés ya. Pero hay que decir que yo era muy famoso y no era culto. Mi cultura comparada, mi conocimiento de Oriente, brota en París. Porque a mí en París me tradujeron Flores robadas, por ejemplo, y allá, cuando te traducen, ya tenés otro respeto. Los árabes son muy trascendentes en Francia, tienen mucha presencia. Me hice amigo de tipos que me tomaban como un escritor árabe en lengua española, y así me presentaban y llegué a dar charlas en la Sorbona.

–¿Y qué te dejó París? Lo pregunto porque la alta cultura de Buenos Aires siempre quiso reflejarse en esa ciudad, hacia allí se dirigían las aspiraciones intelectuales…
Por supuesto. Mirá, en el 76 o 77 yo trabajaba en Clarín y un día caí en una presentación de la editorial Pomaire. Estaban Enrique Pezzoli, Oscar Hermes Villordo, Juanjo Hernández en un rincón, hablando en francés –que era una manera de dejarnos a todos afuera–, de la literatura de Proust. En ese entonces yo no sabía un carajo de Proust, pero cuando llegué a París me puse a leer todo. Me interesa mucho más la vida de Proust que su literatura. Y cuando vuelvo, años después, con ganas de hablar de Proust en francés, ya se habían muerto todos, ya nadie más leía a Proust. Uno de los grandes libros que leí es una biografía maravillosa sobre Proust de Ghislain de Diesbach, que la debo tener en algún lado.

–¿Te topaste con algún político que sea buen lector?
Con Julio María Sanguinetti, el uruguayo. Tenía un manejo de la palabra ejemplar. Cuando llegó a París en una visita oficial, me presentaron como “el embajador Jorge Asís”, y él dijo: “Que no le dé vergüenza, preséntelo como escritor”. Era muy buen lector, culto, refinado. Macizo, el tipo. Los intelectuales franceses o los políticos franceses son bastante cultos también. El mismo Jean-Marie Le Pen lo es. Cuando escribieron mi biografía, me atribuyeron un romance con su hija Marine y es mentira, te juro que no tengo nada que ver, no la conozco a Marine. Los muchachos hicieron una biografía dando a entender que conocían todos mis secretos, y los secretos no se conocen…
–De toda esta biblioteca, ¿qué libros políticos o biografías sobre líderes puede recomendar?
Hay uno bastante desconocido de Piñeiro Iñiguez, que me pareció muy bueno: Perón, la construcción de un ideario. Es una biografía, un libro celebratorio, si vos querés, de Perón. Hay un libro también de Perdía, que es bastante bueno sobre la historia de Montoneros. ¿Querés leer sobre Stalin? Este libro es una maravilla: La corte del zar rojo. ¿Querés leer sobre Mussolini? Este de Denis Mack Smith es muy completo.

–Si tuviera que recomendarle un libro a alguien que no lee mucho, ¿qué sería?
El Adan Buenosayres. Te dan ganas de leer, de escribir. Tengo la edición argentina y también la traducción al francés.

–¿Le pudo transmitir a sus hijos el interés por la lectura?
No mucho. Tengo cuatro hijos y varios de ellos no viven en el país. Uno de los problemas que yo tengo con mi posteridad es quién se va a ocupar de mi obra cuando yo no esté.
–¿Y qué está pensando sobre eso?
Nada. Creo que nadie tiene la menor idea. No sé. Alguien tendría que ocuparse.
–Siempre termino las entrevistas dándoles un libro de regalo. Esta vez le traje Fascismo cosplay, del filósofo cordobés Luis Ignacio García. Es un libro muy reciente que trata de pensar la coyuntura y el tan desconcertante gobierno de Milei con mucha inteligencia y textos breves. Está muy bien escrito, creo que le puede interesar a usted que está tan actualizado.
No lo conozco al autor, pero le voy a dar una oportunidad.

Muchas gracias, Jorge, por recibirnos.