Hans el pillo, o cómo un caballo nos enseñó a hacer mejor ciencia

Se creía que realizaba operaciones aritméticas, leía el reloj, identificaba cartas y comprendía el calendario, pero había que evaluarlo de otra manera.

Había una vez un caballo llamado Hans. Su dueño, un tal Wilhelm von Osten —un exprofesor de matemáticas que ahora se dedicaba a entrenar caballos y estudiar frenología en sus ratos libres— estaba convencido de que Hans no era un ejemplar cualquiera sino uno muy pero muy astuto.

Von Osten creía que los caballos eran más listos de lo que se suponía, pero Hans se destacaba incluso entre ellos. Con algo de paciencia, le había enseñado a responder preguntas golpeando con sus cascos para indicar un número o señalando uno de varios bloques con las letras del alfabeto. Hans podía contar cuántas personas había en el público, realizar operaciones aritméticas, leer el reloj, identificar cartas y comprender el calendario.

La fama no tardó en llegar: de un momento a otro, filósofos, lingüistas y psicólogos de todo el mundo fueron a conocerlo. El interés en “Clever Hans” (o “Hans el astuto”) alcanzó incluso a la junta de educación alemana, que formó una comisión para investigar lo que Von Osten afirmaba. El filósofo y psicólogo Carl Stumpf, uno de los pioneros de la psicología, fue uno de los trece integrantes de la llamada Comisión Hans.

Si te gusta Receta para el desastre podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los jueves.

La Comisión se limitó a establecer si había alguna trampa y en septiembre de 1904 anunció que no había encontrado fraude alguno y que los métodos empleados por Von Osten no diferían demasiado de aquellos utilizados en la escuela para enseñarle a los niños. Esta estrategia, incluso, era digna de examen científico. Esto último fue probablemente la mayor reivindicación que podría haber deseado Von Osten: luego de cuatro años de educar a su caballo, casi nadie lo tomaba en serio. A diferencia de tantos otros maravillosos animales superdotados, el objetivo con Hans no era lograr un espectáculo ni llenarse de plata: aunque miles de personas habían sido testigos de sus proezas, ninguna de ellas había tenido que pagar por ese privilegio.

¿Qué te gustaría leer en Cenital?Una vez al año hacemos una encuesta para conocer la opinión de nuestra audiencia y planificar lo que viene. Queremos ofrecerles información confiable en el formato más cómodo para ustedes. Es muy importante para nosotros, por eso les pedimos que se tomen unos minutos para responder.

Contestá la encuesta

Luego, en diciembre, Stumpf publicó un informe con los primeros resultados de la investigación experimental que había realizado junto a los psicólogos Erich von Hornbostel y Oskar Pfungst. Una decisión fundamental fue separar a Hans de Von Osten, quien podía estar interviniendo de algún modo en sus respuestas. Incluso en su ausencia, el caballo contestaba correctamente ante la interrogación de otras personas.

El resultado dependía de dos condiciones: que quien lo interrogaba conociera la respuesta y que Hans pudiera verlo. Cuando el interrogador desconocía la solución, Hans fallaba, pero cuando la conocía y permanecía a la vista, Hans acertaba en el 89% de las pruebas.

La única explicación, detalla el informe, era que “el caballo debió haber aprendido, durante el largo periodo de resolución de problemas, a prestar atención cada vez más atentamente, mientras golpeaba, a los pequeños cambios en la postura corporal con los que el amo acompañaba inconscientemente los pasos de sus propios procesos mentales, y a usarlos como señales de cierre”. Por un poco de pan y zanahorias cualquiera es un genio.

Para probar la hipótesis, Pfungst aprendió a controlar sus propios movimientos y así provocar las respuestas de Hans sin hacer ninguna pregunta. Si se concentraba en un número, las señales necesarias aparecían aunque no se propusiera hacerlas. Hans no podía contar, leer ni resolver problemas aritméticos, pero había desarrollado una capacidad extraordinaria para percibir aquello que las personas hacían sin darse cuenta. Casi, casi que parecía tener poderes telepáticos.

Von Osten quedó bastante decepcionado por estas conclusiones, pero hizo caso omiso y siguió paseando a Hans el pillo por todo el país, ante multitudes cada vez más numerosas. Luego de leer el libro que Pfungst publicó en 1907 describiendo en detalle el caso, Von Osten se sintió maltratado y explotado, pero dirigió su ira hacia Hans, quien sentía que lo había engañado.

Poco antes de morir le dijo al psicólogo Karl Krall que deseaba que “Hans [pasara] el resto de su vida tirando de coches fúnebres”, y estaba seguro de que el engaño de su caballo lo había enfermado. Murió en 1909, presumiblemente de cáncer, a los setenta años. Pero Von Osten no era el único que se resistía a abandonar explicaciones extraordinarias.

En el Berlín de principios de siglo, la ciencia, cada vez más profesional y apoyada en sus propias instituciones, gozaba de un enorme prestigio que contribuía a hacer de la confianza en la razón una característica del espíritu de la época. Al mismo tiempo, las fronteras de aquello que podía constituir conocimiento científico todavía estaban en disputa, y el lugar que podían ocupar el espiritismo, el ocultismo y toda clase de fenómenos extraordinarios que despertaban fascinación era objeto de acaloradas discusiones.

A medida que se inauguraban disciplinas científicas, el alcance de lo conocible era prácticamente una invitación para descubrir qué otros fenómenos habían volado debajo del radar de la humanidad y podrían someterse al escrutinio de la razón y el método. Una de estas obsesiones era la parapsicología, que desde 1882 cuenta con la Society for Psychical Research en el Reino Unido, la “primera organización en realizar investigaciones académicas sobre experiencias humanas que desafían los modelos científicos contemporáneos”.

En cierto sentido, la explicación de Pfungst ofrecía una advertencia para esas investigaciones: dos personas podían creer que se estaban comunicando de una forma extraordinaria (telepática, digamos) cuando una de ellas, sin darse cuenta, indicaba la respuesta con el cuerpo, un fenómeno bautizado como “lectura de músculos”.

En uno de sus experimentos, Pfungst tomaba el lugar de Hans y pedía a distintas personas que se concentraran en un número mientras él golpeaba con la mano. Con suficiente entrenamiento logró detectar un movimiento mínimo e involuntario de la cabeza que le indicaba cuándo detenerse.

Después de la muerte de Von Osten, Hans quedó en manos de Krall, que continuó los experimentos con él y otros caballos en Elberfeld. En 1913, dos miembros de la SPR viajaron hasta allí y pusieron a prueba cuatro explicaciones: inteligencia, respuestas aprendidas, señales conscientes o inconscientes y alguna influencia “supernormal”, pero no lograron demostrar telepatía.

Con el tiempo, este error comenzó a llamarse “efecto Clever Hans”, que consiste en atribuir una capacidad a partir de un resultado sin haber establecido con precisión cómo se produjo. Aunque esta preocupación mejora el diseño de experimentos, también se usa injustificadamente para desacreditar algunas observaciones sobre el comportamiento animal. Solemos olvidar que no somos mucho más que un simio arrogante.

En un hermoso ensayo acerca de su experiencia con los caballos, la filósofa Vicki Hearne se detiene en nuestro apuro por desestimar cualquier forma de inteligencia animal o atribución de capacidades complejas: “Hay un aire de triunfo poco saludable en la prosa de quienes hacen este descrédito, y me he sentido movida a preguntarme por qué”.

Puede que Hans no supiera de aritmética, pero no por eso era menos pillo de lo que parecía. El equívoco, a lo sumo, estaba precisamente en qué se creía estar evaluando. Su capacidad para leer e interpretar cambios mínimos en la respiración, la posición de las cejas y otras señales corporales con una precisión inimaginable no cabe cómodamente en la definición de “incompetencia”, ni siquiera en la de falta de inteligencia.

Nunca fue fácil establecer qué cuenta como inteligencia, pero algo siempre se escapa bajo los cómodos números con los que ordenamos personas, animales y máquinas. Para no pensar demasiado en ello, solemos adoptar sin vueltas la definición que dio Edwin Boring en 1923: “La inteligencia es lo que miden las pruebas de inteligencia”.

Esa dificultad reaparece en los debates sobre la inteligencia de otros animales y de las máquinas. Cuando intentamos ubicar algunas computadoras en esa escala (y, dios no lo permita, decidir si pueden ser superinteligentes o archimegainteligentes), abundan los espejismos de atribución cognitiva: un mismo sistema puede superar al 99% de la humanidad en una prueba y luego colapsar ante problemas de sentido común, contexto implícito o acertijos lógicos propios de una borrachera.

Al evaluar, olvidamos que la métrica no es la capacidad sino un intermediario imperfecto. Si medimos la inteligencia de las máquinas por cuánto logran engañarnos, daremos por inteligentes a las que mejor exploten los defectos de sus jueces. La Ley de Goodhart ayuda a entenderlo: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida. Como Hans, una máquina puede aprender a obtener la zanahoria o el pedazo de pan sin adquirir la capacidad que creíamos estar premiando.

Con la IA podemos equivocarnos al interpretar cierta fluidez sintáctica o la precisión en tareas bien delimitadas como si fueran pruebas inequívocas de una mente, o bien podemos negarle cualquier forma de inteligencia cuando un sistema falla en un problema trivial de sentido común, como si sólo contara aquello que se ajusta a la cognición humana.

Al preguntar qué tan inteligente es la inteligencia artificial, volvemos a la pregunta que obsesionó a Von Osten hasta su muerte. El problema no está en qué tan bien “piensan” las máquinas sino en lo que inferimos de lo que hacen: una respuesta correcta no siempre demuestra la capacidad que suponemos, y una incorrecta tampoco demuestra que esa capacidad no exista.

Tras la muerte de Von Osten, Hans pasó por varias manos hasta que fue reclutado como caballo militar para la Primera Guerra Mundial. Se cree que terminó “muerto en combate en 1916 o consumido por soldados hambrientos”.

Investiga sobre el impacto político y social de la tecnología. Escribe «Receta para el desastre», un newsletter acerca de ciencia, tecnología y filosofía, y desde 2017 escribe «Cómo funcionan las cosas», un newsletter que cruza ciencia, historia, filosofía y literatura desde la exploración de la curiosidad.