Hacerle lugar al dolor

El cuerpo irrumpe y trastoca la vida cuando duele. Las declinaciones del malestar son parte de lo que sea que es vivir. ¿Qué espacio se le da?

I. Me gusta pensar que el cuerpo no sólo nace malentendido, como dice Lacan, sino que también irrumpe mal hecho. “Lo que anda es el mundo, lo real es lo que no anda”, dice Lacan, y entonces pienso que lo real del cuerpo aparece justamente cuando no anda, que lo real del cuerpo es la cifra de lo que no anda, como lo son el dolor y la angustia. Cuando el mundo marcha, “gira en redondo” –porque esa es su función–, el cuerpo interrumpe esa marcha evidenciando su sesgo de resistencia a lo maquinal, a que el girar en redondo del mundo nos lleve puestos. Y es que, como señala Michel Serres, “sólo nuestra carne divina nos distingue de las máquinas; la inteligencia humana se distingue de lo artificial por el cuerpo, solamente por el cuerpo”. Lacan ya lo había dicho de esta manera en 1968: “Es imposible que una máquina sea cuerpo”. El cuerpo, ese que solemos olvidar, irrumpe y trastoca la habitualidad de varias maneras. Una, sin dudas, es el dolor. ¿Qué lugar encuentra el dolor? ¿Qué lugar se le hace al dolor? Quizás en esas preguntas se evidencian las diferencias de los discursos. Mientras el paradigma productivista intenta acallar ese dolor, silenciar el cuerpo de todos sus excesos para que sigamos trabajando, produciendo, sin perder tiempo (basta ver las publicidades para advertir cómo se trata de aplacar el dolor para seguir, seguir, seguir montados en la maquinaria utilitarista, “el dolor para, vos no”), el psicoanálisis, pero también la escritura, la poesía, el arte, intentan hacer otra cosa: no refractan los excesos, le hacen espacio al dolor, le hacen lugar para atravesarlo sin rechazarlo.

II. Hay algo del dolor que resulta intraducible, inenarrable, intransferible. Y sin embargo, se intenta traducir, narrar, transferir cada vez. Hablamos del dolor, escribimos sobre el dolor, narramos el dolor, intentamos apaciguarlo por vías inusitadas. Se trata de que algo pueda escribirse como efecto de la lectura. No me refiero a escribir como un ejercicio terapéutico, como una catarsis –más allá de quienes encuentren en eso un alivio–, sino como una operación de lectura, como escritura de una lectura. Después de todo, como dijo Lacan: “La writing-cure: no creo en eso”. Se trata entonces de otra cosa.

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III. Pensé en estas cosas cuando leí Diario de un dolor (Bosque energético), de Ana Ojeda. Lo primero que me gustó fue el uso del artículo indefinido “un”. Ese dolor del que habla, resulta también indefinido para ella: “Concluyo que el dolor que me aqueja es de tipo complejo: difícil de describir, imposible de transmitir en toda su hondura pestífera, su implacabilidad nectárea”. Y justamente hay algo indefinible en ese dolor que narra. Otra cosa que me gustó, ahora en relación con el diseño de la portada, fue la elección del color del título: un naranja fosforescente, un color estridente. El dolor, cuando aparece, pinta casi todo con ese color brillante, fulgurante. Lo demás queda gris, apagado, en un segundo plano. Ya no tenemos un cuerpo, sino que somos ese cuerpo dolorido. El de Ojeda es un texto que muestra la travesía del dolor, no sólo desde su emergencia hasta su posible culminación, sino de una travesía que no es, justamente, ni lineal ni continua. El texto muestra las maneras en las que el dolor es rechazado, en las que no encuentra lugar, el modo en que rebota en el muro imperturbable del discurso médico. Se lo asedia con palabras que no logran tocarlo, afectarlo, se nombra ese dolor con palabras vacías, frías, desafectivizadas, burocráticas. En el extremo, Ojeda apacigua esas palabras con otras: con las que hacen literatura. Porque el dolor también se dice de muchas maneras y esas distintas maneras le hacen algo al dolor. 

Ana Ojeda sufre, no sólo de su lumbalgia, de su hernia, de su disco deshidratado, de su progresiva inmovilización, de su imposibilidad toda, sino de ese Otro que sentencia, diagnostica, manda, prescribe: “No me gusta nada que estés tanto sentada. No me gusta ni un poco”, le dice el osteópata (verdadero otro protagonista del libro); “agregá dos gotas”; “ya debería saber que esto no se resuelve en una Guardia”; “Ah sí, L5-S1, tenés muy deshidratado el disco. Tomá: Tafirol Artro y diez sesiones de kinesiología”; “es una cuestión de la edad. Como las canas. Lo importante es que hagas actividad, tu vida normal. Ah, claro, estás con mucho dolor, apenas te podés mover. Tomá: Blokium B12 y diez sesiones de kinesiología”; “no te veo para una infiltración” (para estos médicos, la cosa pasa por lo que se ve, no por lo que se escucha del dolor). Y así, cada médico con su librito, cada médico con su explicación. Explicaciones que no calman, porque el dolor no se aquieta con la explicación. Y mucho menos cuando las explicaciones son todas tan diversas. Y además, como si el que sufre tuviera que saber. El libro muestra la galería de Otros que supuestamente saben, que están embelesados con su supuesto saber, pero el dolor de la que sufre no tiene lugar. Luego, una segunda parte del libro: la historia familiar en la que, sin dudas, el dolor también se trama. Porque el dolor siempre se trama en una genealogía y porque los dolores nunca son individuales. Y porque Ana Ojeda, como en sus libros anteriores, se mete muy bien metida con la institución familiar.

“La vida es aprender a perder cosas”, está casi al comienzo del libro de Ojeda. El dolor, muchas veces, es una especie de mamushka de pérdidas. 

IV. El libro recorre, también, todas las líneas interpretativas que se arrojan sin más sobre el dolor. Pensar en las causas, más allá de la cuestión orgánica, siempre es un delirio interpretativo. “Otra línea interpretativa con adhesión significativa es que estoy siendo castigada por mis muchas faltas. En especial, mi irrespeto a jerarquías antiguas, establecidas por el patriarcado, dios patrono de mi padre, que me aclara cómo funciona el punitivismo kármico cada vez que ve una chance”. Y más tarde: “Esto te pasa por fit. Esto te pasa por fat”. El libro de Ojeda, como todos los suyos, tiene mucho humor. El dolor es un cuerpo extraño metido en lo más familiar.

V. Freud cita a Wilhelm Busch: “En la estrecha cavidad de su muela se recluye el alma toda”. Dolores físicos, dolores psíquicos: no existe tal separación tajante, tal escisión perfecta, tal tajo quirúrgico. Porque ambos se imbrican, se mezclan, se solapan, se confunden, se contaminan mutuamente. Cuando nos duele algo “psíquico”, el cuerpo se afecta; cuando nos duele algo físico, la psiquis se altera. ¿O acaso la tristeza no se siente en el pecho? ¿O acaso la lumbalgia no nos angustia? ¿O acaso no son muchas las veces en las que tenemos que distinguir si estamos cansados o estamos angustiados? ¿O acaso la angustia no se siente en el cuerpo? ¿O acaso un duelo no hace doler el cuerpo entero? Y al revés: ¿no resulta exasperante cuando alguien endilga la causa de un dolor físico a una cuestión psíquica, cuando abusa de psicologismos, simbolismos y perogrulladas? (de analizar y derribar eso se ocupa Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas). 

El dolor evidencia que el dualismo cuerpo-mente no existe, que cuando se trata de dolor, cualquiera de ellos, siempre se trata del cuerpo y de la existencia, de la relación entre nosotros y el mundo. El dolor, dice David Le Breton, “descalifica los dualismos (…): cuerpo y alma, físico y psicológico, orgánico y psíquico, objetivo y subjetivo, visible e invisible”. Y es que “impregna la relación con el mundo sin perdonar nada”. Le Breton también se sirve de esa bella noción, la de “entre”, tan cara al psicoanálisis, para decir que “el dolor está entre el cuerpo y uno mismo, entre la carne y la psiquis, sin estar ni en una ni en otra, dado que es, antes que nada, cuestión del sujeto”. Me gusta mucho cuando dice que “nunca es el territorio, sino el mapa que según las circunstancias dibuja de él el individuo (…). Concierne a una persona singular inserta en una trama social, afectiva y marcada por su historia personal. No palidece el cuerpo, sino el individuo entero”. 

Al igual que para el psicoanálisis, para Le Breton “es la dimensión del sentido lo que le da al dolor su intensidad, su sufrimiento, y no el estado del organismo”. Como si dijéramos que sufrimos de lo que ese dolor nos hace, lo que hace de nosotros, lo que hace de nuestra manera de estar. Le Breton también subraya que “el dolor es íntimo, pero también está impregnado de materia social, cultural, relacional, y es fruto de una educación. No escapa al vínculo social”.

VI. Si bien el dolor y la angustia son experiencias distintas, ambas conciernen al cuerpo y constituyen un sufrimiento, un padecimiento. “Desde tres lados amenaza el sufrimiento; desde el cuerpo propio, que, destinado a la ruina y la disolución, no puede prescindir del dolor y la angustia como señales de alarma; desde el mundo exterior, que puede abatir sus furias sobre nosotros con fuerzas hiperpotentes, despiadadas, destructoras; por fin desde los vínculos con otros seres humanos”. La cita de Freud corresponde a El malestar en la cultura. De las tres, el padecimiento que viene de la relación con otros, dice Freud, es el más doloroso. Pienso en estos tiempos apurados, urgidos, tan poco amistosos con el dolor y la angustia. Tiempos tan refractarios a poder parar, a poder hacerle lugar al sufrimiento; tiempos de esa frase detestable “una lloradita y a seguir”. La carne se familiariza y se disipa, se domestica y se tamiza, se higieniza y se educa de modo tal que sus pasiones no interrumpan la vida cotidiana, no intercepten el intercambio entre los sujetos ni el flujo del capital. “La ciudadanía no tolera las fulguraciones de la voluptuosidad porque se coaliga fatalmente con el principio de utilidad”, dice Juan Ritvo. Es que acaso “la suma de certidumbres acumuladas” que constituye la realidad no quiera saber nada de los cuerpos en su dimensión deseante, en eso que sorprende, “la pequeña liberación de angustia que se produce cada vez que de verdad se trata del deseo”, como dice Lacan.

VII. En Poetas del dolor (Editorial Omnívora), Renata Prati (hablé de otro de sus libros acá) dice que “frente a un repudio simple, el dolor más bien se ensaña. El dolor, la tristeza, la incomodidad, la desesperanza, el duelo, como también las migrañas y el dolor de panza, la depresión y la locura, todas estas y otras declinaciones del malestar son parte de lo que sea que es vivir, vivir con sentido, sentir la vida que nos anima y nos atraviesa. No podemos desterrarlas porque, aunque parezcan oponérsele, son una entonación de la vida, incluso de la vida buena, sea lo que sea que eso signifique”. Luego dice que “el dolor es un vacío que vive”. En el mismo sentido, el de hacerle lugar al dolor, el de ser hospitalarios con el dolor, el de pronunciarse contra las prescripciones y la patologización, la voz de Vir Cano me resulta, siempre, fundamental y amorosa. Muchos de sus textos suelen meterse ahí, sin pretender evadir ni el dolor, ni el problema del dolor. Recientemente estuvo con Eial Moldavsky hablando del asunto. Todavía no terminé de escuchar el episodio, pero lo dejo acá.

VIII. “No hay catástrofe que suceda fuera del cuerpo”, dice Cristian Turdera en una viñeta ilustrada por Tobías Schleider (una viñeta que conocí gracias a Mil lianas, la siempre esperada y bienvenida newsletter de Agustina Larrea). Y entonces pienso en la angustia y en el dolor, esas catástrofes cotidianas que nos invaden excesivas, inoportunas, impredecibles. Esas fatalidades que aparecen inesperadamente, cuando creíamos que nuestro cuerpo estaba perfectamente amalgamado con el mundo, cuando creíamos que el cuerpo estaba sosegado, aquietado pero inmerso en una homeostasis funcional o metido en una maquinaria infernal. Y si bien no siempre estamos dispuestos a hacerles lugar, cuando lo hacemos, la cosa resulta un poco menos trabajosa.

IX. Quizás por eso me gusta tanto la práctica del psicoanálisis, porque le hace lugar al malestar que no siempre es evidente, porque aloja el sufrimiento sin necesidad de medirlo, porque no rechaza ni jerarquiza los dolores, porque no tiene una grilla ni una clasificación de sufrimientos, porque no dice “de esto se puede sufrir y de esto no”, porque no empuja ni apura, porque ante supuestas iguales circunstancias el dolor nunca es el mismo. Hacerle espacio a un dolor, sin premuras ni urgencias, dejar que el dolor hable y no auscultarlo, sino intentar leerlo. Como cuando Prati dice: “En una época tan ansiosa de definiciones inequívocas y seguridades morales, lo que más nos hace falta es la capacidad de convivir con la contradicción, de sentarnos frente a frente con las tensiones, diferencias, las ambivalencias, los conflictos, sin apurarnos a resolverlos y reducirlos y despacharlos. Tenemos que aprender del malestar, del dolor y de los problemas. Para eso, sin embargo, necesitamos tenerles paciencia”.

Es psicoanalista y docente de posgrado. Es magíster en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es autora de los libros Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019, IndieLibros), Y sin embargo, el amor. Elogio de lo incierto (2020, Paidós), Un cuerpo al fin (2022, Paidós) y El sentido del humor (2024, Paidós).