Las penas son de nosotros
La despolitización de la depresión la transforma en algo individual y deja afuera su presencia en el mundo contemporáneo. ¿Y si escuchamos al cuerpo?
I. Tuve la dicha de conversar con Renata Prati a propósito de su libro Esta es tu pena. ¿Qué diría la depresión si nos animáramos a escucharla?, en una actividad que organizó la Editorial Siglo XXI en la Feria del Libro (les conté acá cómo me encontré con este libro). Renata Prati no sólo se anima a escucharla, sino que se ocupa de mostrar todos esos modos en los que no la escuchamos. Todas esas formas en las que se produce la sordera: los múltiples discursos, la ideología, los distintos paradigmas que la conciben como una enfermedad como cualquier otra, la medicalización de la vida y, fundamentalmente, la manera en la que desde ciertos discursos se insiste en despolitizar el malestar para transformarlo en una enfermedad más desasida de lo social, lo político y por supuesto, el género. La primera cuestión a considerar es que la autora aborda este objeto desde la filosofía y abre un universo rico y precioso ahí donde la depresión suele quedar entrampada entre el paradigma médico, el psicologismo y el voluntarismo individualista. Leer la depresión desde la filosofía, pero también desde la poesía, es sin dudas un modo de abrir la cosa, de escucharla realmente, de hacerle preguntas al dolor.
Esta es tu pena no es solamente un libro sobre la depresión, sino también sobre la retórica y sobre la semántica con las que se forja la sordera al respecto. Y en un momento en el que las estadísticas de la depresión no paran de aumentar, en donde la tiktokización de la vida hace que circule cualquier cosa, pero cualquier cosa, acerca del malestar; un momento en el que las imágenes lo muestran todo, pero no hay mucho lugar para la escucha, en el que vivimos aturdidos por la estridencia de la realidad y los estruendos de la información, este libro es una verdadera intervención ética, también, y sobre todo, porque nos recuerda que la depresión es dolorosa y, por momentos, implacable. Y que para poder estudiarla, no hay que rechazar su negatividad. Porque “el malestar y en particular ese malestar que hoy llamamos depresión, tiene una presencia profusa e insistente en el mundo contemporáneo”. Y además, dice la autora, que “los modos que hoy tenemos más a mano para lidiar con el dolor más bien lo agravan, lo enquistan. Y de eso se trata este libro: de cómo llegamos a esto y qué podríamos hacer para cambiarlo”.
II. Prati sostiene que no se trata de rechazar toda biologización, patologización ni farmacologización del malestar, sino de leer los relatos que se traman alrededor de ellos: “Los guiones reductivos y fijistas, el individualismo descontextualizado con que se las quiso recubrir”. Se trata de no taparnos los oídos frente a “la deriva química”. Prati pone algo así como un “pero”, ese que, para Susan Sontag es la marca del pensamiento. Dos gestos de la autora marcan, para mí, una enunciación que va a contrapelo de todo aquello que pretende reivindicar el paradigma de lo natural y lo normal, patologizando todo lo que se sale del manual clasificatorio: abordar la cosa desde la filosofía y desde la poesía. Como dice en la introducción Laura Fernández Cordero: “Prati historiza, filosofa y poetiza todo lo que nos duele en la vida”.
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III. Que el libro tenga por título el verso de un poema –uno de Olga Orozco–, pone sin dudas otra cosa. Sobre todo cuando se trata del dolor, porque el dolor no se puede decir sin rodeos, sin desvíos. Porque hay dolores inenarrables, imposibles de decir, y sin embargo, algo puede leerse, algo puede escucharse aún en su inefabilidad, aunque no termine de ser dicho, como en la poesía. Para poder escuchar el dolor cifrado en eso llamado depresión, entonces, se tratará de no atiborrar el dolor, de no insistir en evitarlo; que sea dicho de las múltiples formas que encuentre, aunque resulten insuficientes, como es insuficiente el lenguaje. Una de las formas de no taparse los oídos está, como agrega Laura Fernández Cordero, en la lucidez crítica de la autora que aparece menos en las certezas que en las interrogaciones. Muchas veces las investigaciones se disfrazan de un objetivismo falso, como si no estuviéramos metidos en aquello por lo que nos interesamos. Renata Prati está absolutamente metida en eso de lo que habla. Anne Carson dice “hay mucho de mí en mi escritura”. Yo creo que no hay forma de que no lo haya, pero, otra vez, no es habitual que eso se evidencie como lo evidencia Prati.
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SumateIV. Politizar el malestar. ¿Cómo? Tenemos ejemplos en la Argentina: desde Madres de Plaza de Mayo hasta el Ni una menos. Respecto del pasaje a lo público, a lo común, dice: “Partir de la herida, pero no fetichizarla”. Dice que el dolor no hace automáticamente política. Pero que tampoco se trata de trascender heroicamente el dolor. Me interesa mucho esa forma de pensar el pasaje a lo público del dolor sin prescribir. De hecho, dijo en una entrevista: “¿Qué pasa con la parte de dolor que no venga de lo social? No podemos negar que existe. ¿Y qué pasa si no puedo, realmente, salir de la cama para ir a luchar? ¿Qué pasa de hecho si esa presión de que tengo que convertir mi depresión en algo más productivo políticamente es lo que me hunde más en la depresión? Porque aparte, ¿sabemos qué sería una acción productiva políticamente hoy, realmente, si nos sinceramos con nosotres mismes?”.
IV. Esta es tu pena es un libro que nos destapa los oídos, así que se puede empezar por ahí, por leerlo. Es precioso por muchos motivos. Entre ellos, porque la enunciación de la autora es amable, sin dejar de ser irónica por momentos, porque el libro es generoso en citas –y eso como lectora lo agradezco muchísimo–, es decir, la autora muestra con quiénes está pensando (cosa no tan habitual), porque hace un recorrido minucioso por la historia del concepto de depresión, un nombre nuevo y hegemónico, porque practica una aguda semiótica de las publicidades de los laboratorios, porque recorre los distintos discursos que tienden a devaluar el dolor y porque tiene una honestidad intelectual que tampoco es tan habitual. A pesar de ser un libro sobre lo que nos duele, sobre lo que nos apena, no es un libro pesaroso. Acaso porque la enunciación de su autora es amorosa, porque nos acompaña a los lectores, nos lleva sutilmente a adentrarnos en un terreno álgido y pantanoso. Acaso porque hay mucha poesía en su texto.
V. Pienso lo que un análisis le hace al cuerpo: le hace lugar al vértigo que provoca a la extrañeza del cuerpo, al cuerpo extrañado; inventa modos inéditos de resistencia a la normalización que pretende acallarlo, a la euforia que lo insta a saber todo, siempre, a la pasión que lo conduce hacia la alienación. Un análisis es ese espacio que funciona como un refugio en medio de una ciudad estridente en la que no hay lugar para demorarse, para detenerse, para retrasarse. Hacerle lugar al cuerpo en su desatino, en su desacople, en su discrepancia, en su desajuste, en su repliegue, pero también en su expansividad; en su arbitrio y en su necedad, en su ilegibilidad y en lo que no puede dejar de leerse. Un análisis le hace lugar a ese cuerpo que sabe demasiado, al que no miente pero que, a la vez, sólo puede escribir su verdad ficcionalmente. Le hace lugar a ese cuerpo que se desgarra una vez, otra vez, de manera insoportable; que se ahoga y sale a flote en el mar del lenguaje. No hay alivio del malestar, sino a partir de ese espacio como don. Darle espacio al cuerpo en su oscilante zozobra.
VI. Pienso también en cómo nació el psicoanálisis: el cuerpo con el que Freud se encuentra en La Salpêtrière, lugar al que había asistido para continuar su formación en neurología con Charcot, es un cuerpo que no se deja reducir al saber de la ciencia. Es un cuerpo que resiste a los modos científicos de ser significado, encasillado, es decir, aplanado en su potencia. ¿Qué había sucedido para que Freud abandonara la neurología? Se había encontrado, no con la histeria, sino con una manera de leerla; ese es el verdadero acontecimiento. Escuchando a esas mujeres, devolviéndoles la palabra, ubicándose, no como un médico que sabe sino como alguien que quiere escuchar, descubrió el inconsciente. No es que el cuerpo de la histeria no hablara de ese modo antes de Freud, el asunto es qué se hacía con eso que se escuchaba, o que no se escuchaba. Parafraseando a Leonardo Leibson: Freud fue el primero que supo escuchar el saber del cuerpo, el saber del cuerpo extraño. Lejos de acallar el cuerpo, como pretenden muchos discursos, el psicoanálisis apunta a hacerlo hablar. Dice Freud: “Se planteaba la tarea de averiguar del enfermo algo que uno no sabía y que ni él mismo sabía”. Y es que un analista no tiene mucho que decir antes de escuchar a alguien hablar de su dolor. Se trata de intentar disipar un poco esos sentidos que duelen y que perforan, que golpean y que arden. Por eso me gusta la práctica del psicoanálisis, porque le hace lugar a ese malestar que no es evidente, porque aloja el sufrimiento sin necesidad de medirlo, porque no rechaza ni jerarquiza los dolores, porque no tiene una grilla ni una clasificación de sufrimientos, porque no dice “de esto se puede sufrir y de esto no”, porque ante supuestas iguales circunstancias el dolor nunca es el mismo. Es una práctica que, siguiendo a Prati, se sostiene en la pregunta ¿qué diría un cuerpo si nos animáramos a escucharlo?