Fouché: la muerte es un sueño eterno

Un día como hoy nacía un protagonista de la Revolución Francesa: Joseph Fouché pasó al estrado a decidir si Luis XVI debía vivir o debía morir. Fue la primera de una serie de decisiones que lo llevarían del jacobinismo a Napoleón.

El 21 de mayo de 1759, en Le Pellerin, Francia, nació Joseph Fouché. El destino de cualquier varón nacido en una ciudad marítima hubiera sido una vida en el mar, pero sus aptitudes para la navegación no se lo permitieron. La administración de la vida pública estaba aún reservada a la nobleza. La carrera militar estaba igual de vedada. Difícilmente el hijo de un marinero hubiese pasado de cabo. Cuenta todo esto Stefan Zweig en una de las dos biografías que usaremos hoy. 

Le quedaba al pequeño Joseph la Iglesia. Ingresa en la Congregación de los Oratorios donde estudia y progresa. Llega la primera decisión de una vida plagada de decisiones y opta por no tomar los votos. Aunque usa ropa eclesiástica, comparte la vida monacal, aprende y estudia por igual, decide no tomar ningún voto. Sin embargo, continúa su carrera como profesor, lo que lo saca de la Congregación y lo hace viajar por toda Francia, incluida París. 

La tumultuosa París de la década de 1770 acerca a los clérigos y profesores monacales a los clubes, a los círculos de intelectuales, a las discusiones candentes de la época. La primera decisión de Fouché, la de no tomar los votos, genera el primero de los múltiples efectos: conoce a una muchacha de nombre Charlotte Robespierre. Con ella inicia una relación y pronto conoce a su cuñado Maximilian. En 1789, el rey Luis XVI convocará a Estados Generales y Maximilian Robespierre será uno de los diputados. También lo será Joseph Fouché, quien le prestará al pobrísimo abogado Robespierre unas monedas de oro para hacerse un traje y viajar hasta Versalles, a redactar una nueva Constitución.

Hasta acá es una sitcom bárbara. No lo es. 

Daremos un salto temporal para ahorrarnos eventos por todos conocidos. Algunos de ellos mencionados cuando hablamos de el pasquín El Viejo Cordelero. Otros están en la otra biografía de Fouché, la que escribió Louis Madelin (es menos novelada que la de Zweig y con más rigor histórico, aunque la de este último es más entretenida de leer). Pero quiero llegar pronto a un día en particular: el 17 de enero de 1793. 

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La Revolución ha tenido lugar. Y, aunque suele ser contada como la secuencia que va de la Toma de la Bastilla –guillotina al Rey–Terror–Termidor, el proceso es más lento de lo que parece. El hecho de la revolución, digámoslo así, comienza efectivamente el 14 de julio de 1789 y la toma de la Bastilla es su símbolo. Recién en junio de 1791 el rey Luis XVI trata de huir disfrazado, junto a su familia, y es capturado en Varennes. La Asamblea decide, sin embargo, mantenerlo en el trono. Poco más de un año después, el 10 de agosto de 1792, se produce el asalto de las Tullerías y, ahí sí, la caída de la monarquía como tal. Abolidos los privilegios, la Primera República de Francia le dará un nombre de ciudadano a Luis XVI: Luis Capeto. En septiembre de 1792 fue elegida la nueva Convención Nacional y su primer acto fue declarar la abolición de la monarquía. 

Formaba parte de esa Convención nuestro protagonista. A sus 32 años, el maestro Joseph Fouché fue elegido diputado por Nantes. Al entrar en la Convención debió tomar otra decisión, la segunda más importante de esta historia: dónde sentarse. Una decisión antes ideológica que geográfica. En lo alto se sentaban los diputados denominados de La Montaña. Radicales, partidarios de la república y anti-monárquicos, eran aún una minoría aunque poderosa a medida que los acontecimientos se radicalizaban. Abajo, los Girondinos, más moderados en sus posturas a favor de encauzar la Revolución en una liberal. Y un tercer sector: la Llanura o el Pantano, formado por indecisos que iban de una postura a la otra, de acuerdo a las circunstancias.  

Pese a su amistad con uno de los líderes de la Montaña, su ya no cuñado Robespierre, Fouché decidió sentarse con los girondinos. No dejaba de ser un abogado de una ciudad conservadora del interior de Francia. Aquí la biografía de Zweig le adhiere a esa decisión la hipótesis de todo su libro: que las decisiones de Fouché son puro acomodamiento a los tiempos (y muchas lo son). Pareciera que esta es la menos. Y allí aparece, sentado junto a Condorcet (a quien los politólogos tal vez conozcan de películas como el método de Condorcet), Roland, Servan, por ahora no una mayoría aunque sí una primera mayoría, que controla la Asamblea y las designaciones en el gobierno.

El juicio que inició la Convención encontró a Luis Capeto culpable por delitos de traición en enero de 1793. De 750 convencionales, unos 693 votan a favor del veredicto de culpabilidad. Los restantes se abstienen pero hay unanimidad: nadie vota en contra. Para la suerte del rey ha sido fundamental un personaje hermoso: el cerrajero más importante de la historia de Occidente, François Gamain, quien reveló a un convencional la existencia de un un armario secreto. El propio François lo había instalado a pedido de Luis XVI y lo había ayudado a guardar documentos secretos allí. La Convención los encontró donde dijo el cerrajero y fueron la prueba irrefutable de la traición del rey. El cerrajero abrió la puerta a la república. (Perdón, no la podía dejar pasar).

Una vez declarado culpable, ¿cuál debía ser la condena? 

Mantener a la familia real recluida en el Temple significaba un potencial problema. 

Eran una tentación para cualquier restauración desde el extranjero. Luis, su mujer María Antonieta y sus hijos podrían convertirse en mártires de la causa monárquica, y comenzaban a despertar cierta simpatía entre los burgueses e, incluso, entre los sans culottes que los custodiaban en prisión. 

Por eso el 16 de enero, cerca de las ocho de la noche, comenzó la sesión que debería tomar la decisión sobre el destino de la familia real. 750 convencionales, entre los que estaba Fouché, tomarían esa decisión. Los girondinos habían hecho todo lo posible por retrasarla. Primero citaron la Constitución recientemente aprobada, que incluía la inviolabilidad del rey. La Montaña respondía: este mismo rey ha traicionado esa Constitución. Intentaron una segunda estrategia que, amén de lo ideológico, hubiera sido maravillosa de ver en acto: someter el resultado del juicio a la ratificación de los 36.000 municipios y asambleas primarias. Con un detalle precioso. La votación debía ser por lista nominativa de cada ciudadano. Imagínese, usted, yendo a votar la culpabilidad de Luis Capeto. La propuesta se rechazó. 

Los moderados de la Convención esperaban entonces una votación secreta y a puertas cerradas. Que fuera el Cuerpo, no sus integrantes, el que dictara la sentencia. Robespierre se negó y logró imponer una votación pública y nominal: cada convencional debía pasar al púlpito central y optar por la vida o la muerte de Luis XVI.  

Nuestro protagonista, Fouché, sentado como girondino, ha estado nervioso durante todo el proceso. Desde su asunción como convencional no ha intervenido públicamente (aunque sí en privado). Su voz –finita, dicen sus biógrafos– pudo haber sido un inconveniente. La Convención era un lugar donde había que hacerse escuchar para poder hablar. Sin embargo, quizás haya sido una estratégica cautela lo que lo hizo participar poco. Pero ahora no podía evitarlo.

Tiene decidido votar por salvar la vida de Luis XVI. Es partidario de la clemencia, junto a sus compañeros girondinos, que sostienen que la abdicación y el encierro es suficiente castigo. Fouché ha sido elegido, recordemos, por una ciudad conservadora y alejada del tumultuoso París. Salvo Robespierre, de quien lentamente comienza a sentirse menos amigo y menos cuñado, sus amigos como Condorcet optarán por la clemencia. Fouché ensaya la noche anterior, quizás ante el propio Condorcet, la fundamentación de su voto. Será el primero de su vida desde el púlpito. 

Uno a uno los diputados se acercan a la tribuna para exponer su voto. La sala está repleta de espectadores que se saben partícipes de un suceso único. Es difícil reconstruir la secuencia porque no existe el registro sobre quiénes votaron primero y quiénes después. Diremos esto: que Fouché, sentado en su girondino espacio, observa acercarse al púlpito a Philippe Égalité, antiguo duque de Orleans durante la monarquía y, más importante aún, primo del rey Luis XVI. Philippe sube al púlpito y sostiene que aquellos que han atacado la soberanía del pueblo merecen…la muerte. 

La Convención estalla. Ni siquiera los partidarios de la muerte del rey aprueban el oportunismo del primo del condenado. Fouché aprieta con sus manos el discurso que estaba dispuesto a leer. Lo repasa mentalmente. Su voz, temblorosa de origen, casi se le escapa. Mira a sus compañeros girondinos, visiblemente derrotados. La Llanura parece incorporada a la Montaña (acá también la tenía servida para un juego de palabras estúpido, pero no lo hice). Cae a continuación el más importante de los girondinos: Pierre Victurnien Vergniaud, líder espiritual e ideológico de esa bancada, sube al púlpito y se declara a favor de la ejecución del rey. 

Ahora es el momento de Fouché. Camina tembloroso hacia el púlpito, como si fuera él y no Luis Capeto quien va a terminar en el cadalso. Lleva en sus manos el discurso que ensayó varias veces con Condorcet, otras solo en su casa, otras en su cabeza. Lo apoya sobre el púlpito y observa. Sabe que el destino de Luis XVI está decidido y el que se está jugando, ahora, es el suyo. ¿Qué pasará con los que voten por la clemencia en caso de que gane la ejecución? Lee y relee sus papeles, nervioso. Pierde unos valiosos segundos que le hubieran permitido pasar desapercibido. La Convención hace silencio, lo mira, concentrada. Fouché cierra los ojos, dobla las infinitas hojas de su discurso y pronuncia apenas dos palabras.

–La mort. 

Otros 360 votos acompañaron a Fouché en la decisión de que Luis XVI debía morir, contra 319 que optaron por la prisión seguida del destierro y los restantes por alguna variación de esas dos (no es lo fundamental pero hay varios registros distintos sobre la votación: Kropotkin dice en su libro que fueron 387 votos a favor de la pena de muerte). El abogado del rey intenta un último alegato pero se quiebra y pregunta: “Ciudadanos, tengo observaciones que hacerlos, ¿tendré la desgracia de perderlas si no me permitís presentarlas mañana?”

Sí. Tendrá la desgracia de perder tanto sus observaciones como a su cliente. Luis XVI será ejecutado, por medio del elemento democratizador de las ejecuciones, la guillotina, el 21 de enero de 1793. 

La carrera de Fouché, lejos de terminar, comienza. Y comienza signada por esta decisión. Los jacobinos se hacen con el control de la Revolución, de la Asamblea y del gobierno. El joven profesor de monasterio, el tímido girondino, se suma a la causa como solo se suman los conversos, a fondo. Al día siguiente de la votación publica su manifiesto, exactamente el contrario al que había llevado escrito a la Convención: “Los crímenes del tirano se han hecho visibles y han llenado de indignación todos los corazones. Si su cabeza no cae inmediatamente bajo la espada, todos los ladrones y asesinos podrían ir por la calle con la cabeza alta, y nos amenazaría el caos más terrible. Ha llegado el momento para nosotros y contra todos los reyes de la Tierra”. 

El ahora devenido radical revolucionario entiende que debe escapar rápido de la Convención. El voto a favor del regicidio no lo salvará de las luchas intestinas entre los líderes jacobinos que, sabe, son el próximo paso de la Revolución. Su reciente pasado conservador le genera la desconfianza absoluta de Robespierre. Afortunadamente, para Fouché, la Convención decide elegir unos 200 representantes para acelerar la dinámica de la Revolución en el interior de Francia. Dice Zweig en su biografía que los distritos “van una hora mundial por detrás de París. Cuando en la Convención reinan los girondinos, el país sigue votando con lealtad al rey; cuando triunfan los jacobinos, el país empieza a acercarse espiritualmente a la Gironda”. 

Entre esos 200 representantes, destinados a acelerar la Revolución, parte Fouché. Y vaya que la acelera. Enviado con poderes casi absolutos a los pueblos de Nantes, Nevers y Moulins, se pasa varios. Establece la más radical de todas las administraciones, incluyendo a la de París. Persigue a moderados, organiza la expropiación de los bienes de las clases acomodadas y avanza en una campaña de descristianización –él, el tímido profesor formado en la Congregación de los Oratorios– a la que no se atrevió ninguno de sus pares jacobinos. Hasta dicta un decreto que prohíbe los cultos en público. Todos deben ejercerse en el ámbito privado. Los cementerios religiosos, por ejemplo, son reemplazados por lugares destinados a la sepultura común, sin inscripciones “de ninguna secta”. En el lugar común donde reposarán las cenizas de los muertos se plantarán árboles, “bajo la sombra de los cuales se elevará una estatua representando el sueño. Todos los demás indicios serán destruidos. Se leerá sobre la puerta de este campo esta inscripción: la muerte es un sueño eterno”. Crea también un “comité filantrópico” al que las clases acomodadas deben remitir donaciones presuntamente voluntarias. Los más remolones para donar ven ejemplos de los que sucede con los ricos menos generosos y se sienten impelidos a la generosidad. Llegan a la Convención los resultados materiales del avance de la Revolución en los territorios controlados por Fouché, cuyo nombre deja de pasar desapercibido. 

Luego de ser aplacado, el levantamiento de las autoridades de Lyon contra una decisión de la Convención necesita de un voluntario para castigar a los sublevados. El decreto de la Convención no es demasiado críptico. Reza: “La convención Nacional nombra, a propuesta del Comité de Salud Pública, una comisión extraordinaria de cinco miembros para castigar militarmente sin demora la contrarrevolución de Lyon”. George Couthon, amigo de Robespierre, es enviado con esta misión pero la cumple a medias, con reticencias. Entonces la Convención arma una dupla demoledora: Collot d´Herbois y Fouché. Si solo nos quedara espacio para contar una cosa de esta aventura contaremos el 4 de diciembre. Por la mañana, 60 jóvenes que estaban detenidos por su participación en la contrarrevolución son enviados a la llanura de Brotteaux, atados en pareja. Su destino no será la guillotina. Fouché la considera un método demasiado lento. Cada pareja es ubicada junto a una de las dos fosas paralelas tendidas para la ocasión. A diez pasos de ellos, una fila de cañones acelerará el trámite. Algunos morirán por el disparo, a otros apenas les arrancará alguna extremidad. Una segunda orden de caballería se lanzará con sables y pistolas sobre las víctimas que queden vivas. Todos, en definitiva, caerán de una manera u otra a la fosa.  

Al día siguiente serán 200 las víctimas en pareja. Fouché escribirá que “el pueblo ha puesto en sus manos el trueno de su venganza y no lo soltará antes de que todos los enemigos de la libertad hayan sido aplastados. Tendrán el valor de caminar sobre largas filas de fosas de conspiradores para alcanzar, a través de las ruinas, la dicha de la nación y la renovación del mundo”. Ese día, sin embargo, se ahorrará el trabajo de las fosas y la masacre se realizará directamente sobre el río Ródano. 

Nadie creería si uno dijera aquí, otra vez, que la carrera de Fouché recién empieza. Pero no faltaría a la verdad. Su carrera empieza y termina muchas veces más. No nos entraría siquiera mencionar todo lo que falta, pero hagamos un intento. 

Falta el Fouché que vuelve a moderarse viendo que los vientos de la Revolución cambian. Falta su disputa con Robespierre en la que Fouché logrará nada menos que presidir el Club de los Jacobinos. Falta su camino casi garantizado hacia la guillotina salvo porque conspira antes y logra que primero guillotinen a Robespierre. Falta su encarcelamiento por su participación en el Terror y su destierro hacia la vida privada (privada en todos los sentidos, vivió en la pobreza extrema). Falta su adhesión al Directorio, su alianza con Paul François Barras y la creación de un sistema de espionaje en toda Francia que lo devolverá al poder. Falta la llegada al cargo de ministro de Policía y su participación, traicionando a Barras, en la toma del poder por Napoleón. La desconfianza mutua con quien conquistará Europa. Faltan las múltiples tareas requeridas por Napoleón para tenerlo lejos, ocupado y sin conspirar: su nombramiento como Duque de Otranto, su enemistad con Talleyrand, su conversión a segundo hombre más rico de Francia, su constante regreso a la vida política. Falta su intento de lograr la paz con Inglaterra, a espaldas de Napoleón, que lo lleva nuevamente al límite de ser fusilado. Falta la ayuda simultánea a Napoleón para volver de Elba y a la restauración monárquica que quiere evitarlo. Falta un período más como ministro de Policía de Napoleón. Falta la derrota de Waterloo, su intento por trabajar en la restauración de Luis XVIII, el hermano del decapitado Luis XVI. 

Hará todo eso, y algunas cosas más, con el peso de las dos decisiones que lo acompañaron toda su vida. La de haber votado a favor de la muerte del rey. La de los asesinatos masivos que lo acompañaron en forma de apodo: el ametrallador de Lyon.

Es politólogo de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y director de la agencia de comunicación Monteagudo. Es co editor del sitio Artepolítica. Nació en Olavarría, una metrópoli del centro de la provincia de Buenos Aires. Vio muchas veces Gladiador.