Trama Urbana

Escuchame entre el ruido

El paisaje sonoro de las ciudades es una dimensión todavía no tan explorada. Sin embargo, en los últimos años la OMS advirtió que la exposición constante a sonidos urbanos causa pérdida de audición y otros trastornos físicos como mentales. Según un índice, Buenos Aires es la décima ciudad más ruidosa del mundo.

Hola, ¿cómo estás? Espero que muy bien. Yo acá, escribiéndote mientras miro por la ventana el quinto día consecutivo lluvioso que nos recuerda que el veranito de la semana pasada no fue gratis. Pero ayer brilló Lionel y los campeones de América en una cancha con público así que a quién le importa ¿no?

Mi último correo sobre la historia de Nordelta recibió bastantes más respuestas de lo habitual. Como siempre, gracias por leer y por tomarte el tiempo de responder. En una de esas respuestas, Catalina me recomendó la tesis de doctorado de Zaida Muxi Martínez, que me parece que te puede interesar si te quedaste manija. Escribe sobre la intersección entre el ocio, la globalización y el urbanismo y sus efectos en Argentina.

Escuchame entre el ruido

Hace casi un año, en pleno pico de casos de 2020, me mudé de barrio a uno bastante más residencial. Lo que buscaba era más luz. Las horas que antes pasaba en una oficina ahora transcurrían en mi casa y vivir en una planta baja me estaba empezando a costar. Pero algo que no me había dado cuenta que valoraba mucho era otra cosa: el silencio. O, mejor dicho, la ausencia de ruidos molestos. En mi nuevo barrio, menos céntrico, los bocinazos y las frenadas de colectivos están más lejos y eso me produce mucho placer.  

También recordarás que durante los momentos de cuarentena más estricta la ciudad estaba mucho más silenciosa. No sé si te pasa lo mismo pero ahora que la circulación volvió casi a niveles pre pandémicos siento que tengo mucha menos tolerancia a los ruidos. En esta nota (en inglés) Feargus O’Sullivan habla de eso. Nos cuenta que en Londres -y también en otras ciudades del mundo- los niveles sonoros bajaron considerablemente durante la pandemia pero que, sorpresivamente, las quejas sobre ruidos molestos aumentaron mucho, un 47% según un estudio de la UCL (University College London). 

Si lo pensamos un rato tiene sentido. Quienes pudimos, nos quedamos más en nuestras casas y le prestamos mucha más atención (y nos molestaron mucho más) los sonidos del barrio, de los vecinos, de las construcciones y de las industrias, cuando se empezaron a reactivar. Mientras los centros financieros de las ciudades se silenciaban al ritmo de la caída de la circulación, los barrios residenciales se ponían más ruidosos.  

El estudio también destaca que en las áreas más ricas de Londres hubo más quejas que en las de menores ingresos. Claramente esto no quiere decir que los pobres vivan en lugares menos ruidosos, pero sí que tal vez tienen menos acceso a los canales de quejas o que los ruidos molestos no son su prioridad porque tienen problemas percibidos como más graves. También, que tuvieron menos oportunidades de aislarse y que, a pesar de las recomendaciones, salieron de su hogar para trabajar.

¿Qué queremos escuchar?

Para la OMS el ruido es cualquier sonido arriba de los 65 dB. Y la exposición constante a volúmenes incluso más bajos que esa cifra, además de a la pérdida de audición, está asociada a enfermedades cardiovasculares, mentales, dificultades para dormir, y a un menor desempeño en la lectocomprensión de textos en niños y niñas. La mayoría de los sonidos urbanos superan ese volumen, sobre todo los del tráfico. Te pido por favor que pienses en esto antes de tocar la bocina de tu auto.

Según el Índice Mundial de Audición (IMA), que mide la contaminación auditiva en 50 ciudades, la más ruidosa del mundo es Guangzhou, la tercera metrópolis más grande de China y el aglomerado urbano más extenso del mundo. El podio lo completan Nueva Delhi y El Cairo. Según este mismo ranking, Buenos Aires es la décima ciudad más ruidosa del mundo. 

Acá podés ver el Mapa Interactivo de Ruido de la ciudad de Buenos Aires, donde se puede distinguir entre los decibeles diurnos y los nocturnos, pero solamente cuenta las emisiones de fuentes móviles (autos, trenes, colectivos). El mapa mide el ruido a partir de cinco estaciones instaladas en distintos puntos de la ciudad y ratifica el ranking del IMA: la mayoría de las calles están pintadas de colores que representan un ruido por encima de los 60 dB. 

El mapa es parte de lo que exige la Ley de Control de la Contaminación Acústica sancionada en 2004 que, además, prevé instrumentos de prevención y un manual de buenas prácticas para la salud auditiva que incluye, entre otras, utilizar lo menos posible el auto particular, cuyo uso masivo es uno de los grandes contaminantes sonoros.

En el otro extremo, Zurich (Suiza) y Viena (Austria) son las ciudades cuyos habitantes se ven menos perjudicados por la exposición a los ruidos. En Suiza, la ¿excesiva? escasez de ruido es probablemente en parte consecuencia de una ley nacional que desalienta acciones cotidianas como pasar la aspiradora y lavar la ropa durante las noches, la hora del almuerzo, los domingos y los feriados.

El estudio, que compara edad real con una “edad auditiva”, sostiene que en la ciudad de Buenos Aires escuchamos, en promedio, como si tuviésemos 16,5 años más de los que tenemos. Cualquiera podría decir que la disminución auditiva se debe a otros factores, pero el mismo estudio demostró que hay una correlación del 64% entre la pérdida de audición y los niveles de contaminación acústica de las ciudades. 

Sin embargo, para Francesco Aletta, investigador de la Escuela de Arquitectura de la UCL, juzgar solamente el volumen de un sonido es como juzgar una sopa sólo por su temperatura. La elección de exponerse a un sonido y la previsibilidad de cuándo va a terminar son variables que Aletta sostiene que hay que considerar antes de hacer cualquier análisis. En un recital o en un boliche, si bien la música probablemente esté muy alta, la audiencia eligió activamente exponerse a esos sonidos durante un período de tiempo determinado. Una alarma de auto que suena de forma inesperada y que no sabemos cuando va a parar, aunque suene incluso más bajo que la guitarra eléctrica de nuestro músico preferido, nos pone en una situación bastante menos placentera. 

Pero, ¿qué es un sonido placentero? La respuesta puede variar muchísimo según a quién le preguntemos. Depende probablemente de su edad, su género, su condición socioeconómica. El lugar donde nació y se crió una persona también influye en la percepción de qué es un sonido agradable. Aletta cuenta que, cuando a los residentes de Sheffield, una ciudad intermedia de Inglaterra, les preguntaron qué sonidos les gustaría escuchar más en su entorno urbano, el 71,4% dijo el sonido de los pájaros. Pero, en Pekín, apenas el 17,5% eligió ese sonido y el 60%, en cambio, eligió la música. 

Es que mientras que el canto de pájaros está asociado entre los habitantes de Sheffield a los espacios verdes, en Pekín la música está asociada al baile en comunidad en plazas y parques, una actividad muy popular sobre todo entre las personas de la tercera edad. En fin, ambas poblaciones querían estar disfrutando en un parque, pero los sonidos asociados a ese espacio público eran diferentes.  

Paisaje sonoro

“El rechinido del metro al detenerse, la música en los pasillos subterráneos de la estación de la calle 42, los pastores predicando en Harlem, el rumor de voces y murmullos en la bolsa de valores de Wall Street”. Es uno de los primeros párrafos de Desierto sonoro, una novela de Valeria Luiselli que empecé a leer hace poco y te recomiendo mucho. 

Los protagonistas son una pareja de investigadores del paisaje sonoro de la ciudad de Nueva York que graba todos y cada uno de sus sonidos para después analizarlos y clasificarlos. No sólo los sonidos “típicos” sino también esos que pasan más desapercibidos pero que están siempre: “Cajas registradoras abriéndose y cerrándose en los delis de las esquinas, las corrientes submarinas del Río Hudson, (...) los columpios que se balancean en las áreas de juego de Astoria, las manos de una vieja coreana afilando uñas adineradas en el Upper West Side, las flamas de un incendio deshojando un viejo edificio del Bronx, un peatón propinándole un rosario de madafakas a otro”.   

Cuando pienso en los sonidos de Buenos Aires me viene a la mente la musiquita que emite el sikus del afilador de cuchillos un sábado a la mañana, la camioneta que compra y vende electrodomésticos usados y lo anuncia por un altoparlante, una murga ensayando en una plaza, o el menos barrial bombo y redoblante en una manifestación frente a un edificio histórico del centro. También tenemos otros menos acogedores: las frenadas de colectivos, las bocinas, los trenes, el subte, los aviones que aterrizan en plena ciudad y las obras tanto públicas como privadas. 

¿Qué hacemos para evitar esos sonidos no tan acogedores? O’Sullivan cuenta que “la idea de utilizar un sonido para enmascarar otro no es nueva. Los diseñadores y constructores han estado agregando sonidos para mejorar los ambientes durante milenios, plantando árboles que atraen pájaros cantores e instalando fuentes en espacios públicos para hacerlos más tranquilos. El uso de fuentes de agua para enmascarar el ruido del tráfico se remonta al menos a la década de 1960, cuando el Paley Park de Manhattan, de tamaño bolsillo, fue diseñado con una cascada para suavizar el ruido proveniente de la calle 53”.

Como vemos, el sonido de una ciudad es un elemento fundamental en la constitución de su identidad. Pese a esto, es bastante reciente la inclusión de la dimensión sonora en la planificación urbana más integral. Sevilla, Berlín y Londres son algunas de las ciudades que están pensando cómo hacer para que sus sonidos inviten a las personas a permanecer en ellas.Además, muchas ciudades empezaron hace poco a intervenir sonoramente áreas puntuales del espacio público. 

El Instituto de Tecnología de Melbourne lo hizo en dos parques rodeados por autopistas superponiendo otros sonidos más agradables artificialmente y el uso de ambos parques subió de forma significativa. Naeuner Platz, en Berlín, es otro de los ejemplos que da O’Sullivan. Se trata de una plaza, en una intersección muy concurrida de la ciudad, también rodeada de tránsito, que en este caso se resolvió al menos parcialmente alineando las autovías con barreras materiales que proporcionan refugio para las áreas de asientos, que se convirtieron en islas tranquilas.

Pero, más allá de las intervenciones puntuales que demostraron funcionar en muchas ciudades, la reducción de la contaminación sonora está vinculada con una idea más general: reducir el uso innecesario del auto particular generando las condiciones necesarias para que eso suceda, pacificar calles siguiendo ejemplos como los de la supermanzanas de Barcelona y difundir la idea de que un bocinazo de más o un silenciador de motor de menos es tan perjudicial para la salud como un nube de smog.

Bonus tracks

Arroyos libres. El año pasado te escribí sobre los arroyos que atraviesan la ciudad de Buenos Aires y la idea de dejarlos al descubierto, que a mí me parece espectacular. Esta semana el gobierno porteño publicó los pliegos para hacer un estudio de impacto ambiental para dejar al descubierto el arroyo Medrano, en la parte que atraviesa el Parque Saavedra, que fue entubado en 1940. 

Al principio me emocioné mucho pero después hablé con el ambientalista Fabio Márquez y me dijo que en principio no es un proyecto integral y que “abrir a cielo abierto el arroyo con sus aguas saneadas requiere un período de tiempo mucho más extenso”. El viernes que viene organiza una bicicleteada donde él y otras personas que saben del tema van a responder preguntas acerca de esta posibilidad.

Nuevo Alberdi. Me gustó esta nota sobre un barrio que está en proceso de urbanización en Rosario, con una historia bastante particular.

Una relación histórica. Diego Genoud describe el proyecto de IRSA en la Costanera Sur y aprovecha también para contar la trayectoria de la relación entre el Jefe de Gobierno porteño y su CEO, Eduardo Elsztain. A partir del 15 de septiembre te podés inscribir en la Audiencia Pública para hablar a favor o en contra del cambio de zonificación del predio que le permitiría a IRSA construir torres de hasta 45 pisos sobre el humedal. 

Antes de terminar quiero hacerte una invitación. Desde el miércoles 15 de septiembre con Revista Late voy a coordinar un taller de escritura sobre sobre ciudades donde vamos a leer, escribir y charlar con personas dedicadas a pensar la ciudad que considero muy grosas. Acá podés ver toda la información y cualquier pregunta que tengas no dudes en contestarme este correo preguntándome. Si te suscribís a este newsletter y te asociás a Cenital escribiendo el código CENITALOK tenés un 10% de descuento y participás por una beca completa.

Eso es todo por hoy.

Que tengas un lindo fin de semana.

Abrazos,

Fer

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Escribo sobre temas urbanos. Vivienda, transporte, infraestructura y espacio público son los ejes principales de mi trabajo. Estudié Sociología en la UBA y cursé maestrías en Sociología Económica (UNSAM) y en Ciudades (The New School, Nueva York). Bostero de Román, en mis ratos libres juego a la pelota con amigos. Siempre tengo ganas de hacer un asado.
@ferbercovich
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