Envejecer siendo trans, la conquista pendiente
Aunque la expectativa de vida para las personas trans sigue siendo muy menor que el resto de la población, en Neuquén empiezan a imaginar y reclamar un sistema de cuidados para la tercera edad.
El termotanque dejó de funcionar hace días. En una casa sencilla del oeste neuquino, Luján Acuña calienta agua como puede mientras dos gatos se pasean entre los muebles. Se disculpa por el desorden, habla de las cuentas que se acumulan, de la deuda que todavía no logra saldar y de lo difícil que resulta llegar a fin de mes.
Esta mujer de voz firme tiene 59 años. Es auxiliar de enfermería, trabaja en el Ministerio de Salud de Neuquén y es una de las referentes históricas del activismo trans en la provincia. Dedicó buena parte de su vida a abrir caminos para otras. Pero hoy, por primera vez, la conversación gira alrededor de una preocupación distinta: «¿Quién va a cuidar de mí cuando ya no pueda hacerlo sola?», se preguntó en diálogo con Punto de Encuentro.
La inquietud parece íntima, pero es colectiva. Luján pertenece a la primera generación de mujeres trans que empieza a imaginar un futuro que durante décadas pareció imposible. Durante mucho tiempo, el desafío fue simplemente sobrevivir. Hoy la pelea es otra: llegar a viejas con salud, autonomía y cuidados. «La expectativa de vida de una mujer trans sigue siendo de 45 años. Las que pasamos esa edad somos sobrevivientes», asegura con crudeza.

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SumateLuján se recibió en los años ochenta y trabajó en el sistema público de salud. No como mujer trans si no como “mariquita”. Recuerda aquella época en la que estaba obligada a ocultar su identidad e igual las burlas terminaron expulsándola del hospital. Durante años sobrevivió haciendo curaciones a domicilio, cuidando personas mayores y aceptando trabajos temporarios.
En el 2017 volvió al sistema sanitario, esta vez convocada para diseñar políticas públicas de diversidad. Neuquén fue una de las provincias pioneras en aplicar la Ley de Identidad de Género (sancionada en 2012) mediante la apertura de consultorios inclusivos. Espacios que en el contexto nacional actual siguen funcionando a fuerza del compromiso de su personal pero con fondos drásticamente diezmados.
Resistir a pulmón
A principios del 2025 el gobierno nacional modificó a través de un decreto la Ley de Identidad de Género. Los cambios incluyeron restricciones a menores de 18 años en cuanto a prácticas y tratamientos hormonales de adecuación de género.
Tras esas modificaciones y con el retiro de los fondos nacionales para poner en práctica la ley, la provincia de Neuquén dispuso hacerse cargo de sostener los tratamientos hormonales en sus dispositivos locales.
Actualmente, más de 200 pacientes, de distintas edades, realizan sus tratamientos hormonales en el territorio provincial. El ministro de Salud local, Martín Regueiro, emitió una resolución por la que confirmó que se harían cargo de continuar con todos los tratamientos ya en marcha y que también revisarán los pedidos de menores para iniciarlos.
Luján es trabajadora del ministerio. Cuenta que, como el DNU nacional los tomó por sorpresa, el dinero para garantizar esos tratamientos no estaba en el Presupuesto de la cartera. Admite que hay “dificultades ya que son compras millonarias”. Pero marca que los consultorios siguen funcionando con algunas demoras.
“Seguimos a pulmón, con compañeros que le ponen mucha onda y apoyan a las niñeces y adolescencias trans”, destaca Luján. Allí además reciben contención integral y consultas clínicas generales.
Las dificultades del presente no permiten quitar el foco del futuro: «Ahora tenemos que empezar a pensar qué va a pasar con nuestras adultas mayores», insiste.
Hasta hace poco, esa pregunta ni siquiera existía. La violencia institucional, la expulsión familiar, la persecución policial, el trabajo sexual como única alternativa de subsistencia y la exclusión médica hicieron que históricamente muy pocas personas trans alcanzaran la madurez.
Una nueva generación
Tatiana Antonella Breve (34) conoce esa historia de cerca, aunque pertenece a otra generación. Es trabajadora no docente de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo), referente de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de Argentina (ATTA) y dirige la Casa ATTA de Neuquén. Para ella, entender la salud trans implica mirar mucho más allá de las paredes de un hospital: «Nuestras compañeras mayores construyeron sus cuerpos en la clandestinidad», resume.

Litros de aceite industrial auto implantados en sus cuerpos para aumentar sus caderas, o sus pechos. Sustancias que hoy siguen perjudicando la salud de esas mujeres y que no muchos médicos saben tratar.
Antes de que existieran los equipos especializados, muchas recurrieron a la automedicación, a la aplicación de silicona industrial y a procedimientos inseguros ante un sistema que les cerraba las puertas. Esas marcas hoy habitan en los cuerpos que empiezan a envejecer.
Tatiana reconoció su identidad siendo muy joven. Dejó la secundaria porque la escuela no estaba preparada para recibirla y encontró refugio en una red afectiva: la que construyó junto a otras travestis. «Reconocí que la familia es tierra fértil, y esa tierra fértil también la encontré en la organización», aseguró. Como organización y familia van de la mano, Tatiana llama “mamá” a Victoria Arriagada, quien fuera presidenta de la primera organización trans de Neuquén, militante desde muy joven. Su “mamá travesti”.
Por eso insiste en que la salud es habitacional, laboral y afectiva: «Sólo hay 36 personas trans mayores de 40 años en Neuquén”, informa Tatiana.
“Este dato interesante da cuenta del genocidio que hubo sobre nuestra población y de lo dañinas y macabras que eran esas razzias que hicieron que nuestra población disminuyera”, asegura y cuenta que hay una bandera de la memoria trans de Neuquén que muestra esa masacre con la estampa de muchos nombres de compañeras que ya no están: Claudia Pía Baudracco, Lohana Berkins, Yanina Piquet, Soraya Álvarez, Daniela Chavez, Mónica Bravo y una larga lista. El último nombre es el de Azul Semeñenko, víctima de transfemicidio.
“Cuando hay crisis, muchas compañeras vuelven al trabajo sexual, lo que aumenta los riesgos y la violencia. El principal desafío es construir políticas públicas junto con las organizaciones que conocemos el territorio», afirmó.
Salir a buscar las trayectorias olvidadas
¿Cómo acompañar a una población para la que el sistema de salud nunca estuvo preparado? La médica general Antonella Sanchotena integra el Consultorio de Acompañamiento en Salud Integral para Personas Trans, Travestis y No Binarias de Neuquén. Al revisar las estadísticas de atención del espacio interdisciplinario, el equipo descubrió un dato alarmante: las adultas mayores casi no asistían.

«Las personas que mayormente acompañamos son niñeces, adolescencias y jóvenes. Ahí nos preguntamos por qué las adultas trans no se acercaban y entendimos que éramos nosotros quienes teníamos que salir a buscarlas», explica Sanchotena.
No es falta de necesidad; al contrario. Arrastran décadas de exclusión, automedicación y maltrato institucional que condicionan hasta el día de hoy su confianza en los hospitales. «No todas llegan por cuestiones relacionadas con su identidad. Necesitan controles clínicos, odontológicos, visuales o salud mental», detalla la médica, reforzando que la salud trans es, ante todo, salud integral.
Este camino recién empieza y según detalló llegar a esta población es su desafío.
“El sistema de salud necesita pensar hoy cuáles son los motivos por los que las adultas mayores trans no se acercan y trabajar en definir de qué manera podemos acompañar los cuidados de su salud”, asume.
La vejez digna empieza mucho antes de las canas. Empieza cuando una joven no se ve obligada a abandonar la escuela, cuando accede a un trabajo registrado, cuando tiene un techo seguro y cuando sabe que no estará sola si se enferma.
Llegar a viejas, tener un lugar
Quizás por eso Luján insiste tanto en ese concepto que soltó al pasar en la cocina de su casa: la vejez prestigiosa. No habla de fama ni de reconocimientos públicos. Habla del derecho básico a envejecer con oportunidades, cuidados y autonomía, sin que la pobreza o la soledad sean el destino inevitable por el solo hecho de haber transicionado.
Y con ese objetivo comparte que está realizando un proyecto para que la provincia pueda crear el primer geriátrico trans –o al menos hogar de día. Una casa donde las adultas mayores puedan pasar el día y recibir sus comidas, encontrar compañía y atención médica. Un espacio integral que resguarde su salud cuando ya no puedan hacerlo solas.
“Es un proyecto en el que estoy trabajando. Hasta ahora las mujeres trans no llegábamos a viejas, no hubo travestis en geriátricos. Pero algo está cambiando –un poco– y desde el Estado se tiene que pensar en esta población”, insiste.
“Yo voy a cumplir 60 años. En 10 años soy adulta mayor, vieja para la sociedad. Estoy sola en el mundo. ¿Quién va a cuidar de mí? Si yo logro cambiar la realidad de mis adultas mayores hoy puedo imaginar cambiar también la mía”, comparte, luego de contar que no tiene familia.
Durante décadas, la lucha de las mujeres trans en Neuquén fue, estrictamente, sobrevivir en los márgenes. Hoy, con una generación que empieza a habitar una edad que parecía inalcanzable, la demanda cambia de nombre. Ya no alcanza con vivir más. Hace falta poder envejecer con las oportunidades que otorgan los derechos plenos. Y, sobre todo, con ese prestigio social que la comunidad travesti-trans reclama como propio y que durante demasiado tiempo les fue negado.
Esta nota pertenece a Punto de Encuentro — un especial de Amnistía Internacional Argentina junto a CENITAL. Podés leer todos los artículos acá.