Estados Unidos 2026: el fútbol como espejo de un país contradictorio
El gran anfitrión celebró su independencia durante el Mundial. Estadios repletos con entradas exorbitantes y trabajadores más pobres.
La fuente como símbolo. Decidido a renovar monumentos y sitios históricos de Washington, Donald Trump invirtió más de 14 millones de dólares para “embellecer” el deteriorado estanque reflectante del Monumento a Lincoln. Pintó sus seiscientos metros de fondo con un color azul intenso como la bandera de Estados Unidos para inaugurarlo como parte de las celebraciones del 250 aniversario de la independencia, que anoche, al día siguiente de Cabo Verde, fueron puro fuego artificial en Miami. Pero algo salió mal.
Allí, en esa fuente donde Martin Luther King Jr pronunció en 1963 su célebre discurso “Yo tengo un sueño” (cuatro años y medio después fue asesinado), las algas desfiguraron el espejo, las aguas se pusieron viscosas y malolientes y el peróxido de hidrógeno usado como remedio descascaró las paredes. Un desastre que Trump adjudicó a un sabotaje externo y que, para muchos, parece una metáfora del presidente tirano que se ha enriquecido como nadie en el ejercicio del poder. Narciso se mira en la fuente. Ve “cleptocracia, fracaso, incompetencia”. Un monumento a sí mismo, graficó Sydney Blumenthal, biógrafo de Abraham Lincoln.
Ese “monstruo de la laguna verde”, que hace dos semanas celebró su cumpleaños número 80 con espectáculo de trompadas, patadas y sangre de luchadores enjaulados en los jardines de la Casa Blanca, es el anfitrión central de un Mundial que, tras una previa indecente, muchos se anticipan en calificar como “el mejor de la historia”, con estadios llenos, partidos emotivos y una galería de cracks que marcan goles espectaculares.
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Esta fiesta contradictoria, tal vez, solo confirma el país multicultural que hace 250 años se declaró libre pero reteniendo esclavos, que tiene más armas que habitantes, dos millones de presos (una población mayor a la de doce de sus estados), 77 millones que votaron por Trump, el país del Ku Klux Klan y de ICE, de la CIA y los Golpes de Estado, de la bomba atómica, pero casa también, escribió Rebecca Solnit en The Guardian, de miles de organizaciones humanitarias, ecologistas, antirracistas, de Martin Luther King y Muhammad Alí. “Un país que nunca fue ni será una sola cosa”.
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SumateEl país de Folarin Balogun (nacido mientras sus padres nigerianos, residentes en Londres, visitaban a su familia en Estados Unidos), Sergiño Dest (hijo de madre neerlandesa y padre surinamés-estadounidense) y Malik Tillman (de madre alemana), figuras de la selección de pura diversidad de Estados Unidos y de un torneo que, pese a los nacionalismos exacerbados de los Mundiales, repite en otras formaciones el fenómeno de “fronteras disueltas”. A pesar de Trump.
“¿Qué es el 4 de Julio para el esclavo?”, recuerdan crónicas el discurso de 1852 de Frederick Douglass. “Las bendiciones que hoy disfrutan no son compartidas. La rica herencia de justicia, libertad, prosperidad e independencia, legada por sus padres, es compartida por ustedes, no por mí. La luz del sol que les trajo luz y sanación a ustedes me ha traído azotes y muerte”. La “cacareada libertad”, la “mera vanidad desmedida”. Un 4 de Julio, dijo Douglass, que “es suyo, no mío. Pueden alegrarse, yo debo lamentar”. Hasta “el Padre de la Patria” George Washington tenía unos trescientos esclavos. Y Thomas Jefferson tenía más de cien cuando escribió la Declaración de la Independencia.
El trabajo esclavo fue fundamental para el desarrollo del país. “Se necesitó una guerra civil porque esclavitud y libertad son opuestos irreconciliables”. Es una historia que el gobierno de Trump quiere borrar hoy en escuelas, libros y museos. Evitar “la influencia de una ideología divisiva y centrada en la raza”, dicen las ordenes ejecutivas.
El nuevo país del primer trillonario del mundo Elon Musk, de 989 millonarios que en 2025 multiplicaron su riqueza casi un 32 por ciento, en el que apenas unas veinte personas tienen un patrimonio equivalente al doce por ciento del producto bruto y en el que el ingreso de los trabajadores cayó a niveles de 1947, casi 15 mil dólares anuales para el pibe de Starbucks, casi cien millones para un director ejecutivo. Ni qué decir de Trump, que reportó ingresos de 2.200 millones en 2025, más del triple de lo que ganó el año anterior a su investidura, gracias en buena parte al negocio de las criptomonedas, toda una S.A. en la Casa Blanca, y con la Corte Suprema mirando hacia Alaska.
El fútbol, con todos sus males, suele ser un espejo generoso. La población negra o afrodescendiente representa cerca del catorce por ciento de la población total de Estados Unidos. Pero ese número crece al cincuenta por ciento en la selección local que dirige el argentino Mauricio Pochettino y que, por su buena campaña, reaviva hoy sentimientos futboleros y patrióticos en buena parte del país, pese a un ICE que está en segundo plano y a los precios insólitos de las entradas.
Dos mil dólares salía el ticket más barato en la reventa para ver el viernes el triunfo dramático de la selección campeona mundial de Leo Messi versus el debutante Cabo Verde, nación de medio millón de habitantes, y del arquero Vozinha, que tuvo un salario anual de 53 mil dólares la última temporada (cinco minutos de Messi). La que iba a ser la fiesta de Leo en su casa de Miami, donde fue campeón de la MLS con el Inter de los hermanos cubanos Mas, terminó siendo la gran noche de Cabo Verde.
Si el fútbol no fuera tan resultadista, tan sufrido, estadio entero, capitán y selección albiceleste habrían tenido que despedir con homenaje la gesta de Cabo Verde que, contra todos, arrinconó al Dibu Martínez, obligó a pedir la hora al banco y desnudó fragilidad excesiva, pura dependencia de Leo Messi en ataque y huecos históricos en el costado derecho de la defensa, además de un mediocampo que lució lento y físicamente condicionado. La vergüenza del campeón que no se rinde salvó la noche, tal vez la más emotiva en lo que va del Mundial.
El calor crece ahora en julio. Y también las tormentas, que ayer obligaron a evacuar multitudes en la fiesta del aniversario y que amenazan atrasar partidos. En Filadelfia, cuna de la independencia, jugó la Francia supercandidata. Como Argentina, también lució lenta y predecible en su triunfo 1–0 ante el Paraguay trinchera de Gustavo Alfaro, verdugo de la poderosa Alemania. Vimos el partido en nuestro apartamento de Miami, invadida por argentinos (hoy estamos camino a Atlanta, once horas de auto, para ver el martes el choque contra Egipto por un pase a los mejores ocho del torneo).
“Es el 4 de julio en el país de la libertad”, enfatizaban ayer cada cinco minutos los periodistas de Telemundo. Estados Unidos buscará el lunes su boleto entre los mejores ocho. Enfrenta a Bélgica en Seattle, acaso la mejor sede mundialista, me dicen colegas. Y me mandan un hermoso afiche callejero: Trump posa con Gianni Infantino con la Copa y el texto dice “FIFA WAR CUP”.

Gore Vidal escribió una vez que Washington se negó a ser primer monarca del país libre porque, entre tantos motivos, le parecía insoportable que el rey Jorge inglés fuera reemplazado por otro rey Jorge (él). “We serve neither King, nor Kremlin”, decía un cartel de un vecino que fotografié estos días en Kansas City, sede inicial de la concentración de la selección, nuestra morada base en Estados Unidos.

Más de ocho millones de personas marcharon los últimos meses en todas las ciudades del país contra Trump. La manifestación se llamó “No Kings”. Jill Lepore recordó meses atrás en un formidable artículo en New Yorker que Trump replicó a esa última protesta con un video de IA en el que un avión de combate, con la inscripción “King Trump”, arrojaba excrementos a los manifestantes. En 1776, Tom Paine, otro “padre de la patria”, escribió que no le preocupaba ser llamado “rebelde”. Porque él jamás serviría a un rey “cuyo carácter es el de un hombre borracho, estúpido, terco, inútil y brutal”. Omitiendo eventuales virtudes, Paine se refería, claro, al rey Jorge III, de Gran Bretaña.