El cuidado cartonero
En Fiorito, mujeres que salen a juntar residuos armaron una red para alimentar, educar y contener a más de 200 chicos. Están en alerta por un licitación que podría complicar el trabajo cooperativo.
A las cinco de la tarde un micro estaciona en una mutual de Villa Fiorito, en el partido bonaerense de Lomas de Zamora, donde funciona “El amanecer de les pibes”, una iniciativa del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) que abre sus puertas para recibir a los hijos e hijas de quienes salen a ganarse el mango a contramano de la multitud: trabajadores y trabajadoras de la economía popular, rama cartonera. Aquellos que empiezan su jornada cuando ya no hay escuelas ni jardines ni maternales disponibles para facilitar el retorcido equilibrio entre cuidar y proveer.
“Hace 17 años que se creó este espacio. Antes, la gente tenía que dejar a sus nenes solos o sacarlos con ellos a cartonear. Cualquiera de las opciones implicaba riesgos. Por eso los propios cartoneros pensaron este proyecto”, aclara Roxana, coordinadora pedagógica en “El amanecer de les pibes”, que fue el primer Centro Infantil de Recreación y Aprendizaje (CIRA) que el MTE armó en 2009 a medida de las necesidades de las familias que juntan lo que otros descartan. Hoy ya cuentan con 13 CIRA.
Pasadas las seis de la tarde, llega el segundo micro. Es un colectivo de línea que viene de completar varias postas: Larrazábal y Chivilcoy (la esquina de uno de los potreros que vieron brillar a Dieguito Maradona), Plaza, Rivera, Hornos, Darwin, y el cruce de Plumerillo y Baradero. Más temprano el recorrido incluyó una parada en las vías, en Mario Bravo y Recondo, el Barrio Unamuno y la calle Quesada. En los dos viajes se trasladaron más de 200 niños, niñas y adolescentes, de entre 45 días y 18 años (aunque algunos la “estiran” hasta los 19). A partir de las 21.50, tres micros los y las devolverán a sus parientes en esas mismas coordenadas.
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“A los de jardín les ponemos pecheritas. Y a los que se suelen dormir en el camino los sentamos del lado de la ventana con cuelleritas, para que no vayan cabeceando y se vayan golpeando. Los que no cumplieron tres años van a upa”, describe Mari, responsable de las llegadas y salidas desde hace casi una década.
Mari y otras siete mujeres son “las mamás de micro”: “A los chicos les conocemos las mañas. Notamos al que viene loco, el que no… porque ellos tienen sus días. Son chiquititos pero no siempre están felices y hay que saberlos acompañar. Si se están portando muy mal los amenazamos con que los van a traer su mamá o su papá. Para ellos lo peor es no viajar en el micro, porque ahí juegan, comparten cosas, se generan vínculos. Los grandes, por ejemplo, se sientan atrás y muchas veces nos sacan charla. Un día, uno de 14 o 15 años comentó que cuando sea grande se va a hacer la vasectomía. Que lo había googleado en internet y le parecía una buena idea porque no quiere tener obligaciones. Nos contó que no tiene papá, que sus hermanos son de diferentes padres y tampoco tuvieron esa parte paterna, y que él quiere ser libre. Los compañeros lo empezaron a cargar con que ‘andar sin huevo no es de hombre’. Pero ahí nomás los corté, para que respeten otros pensamientos y porque lo importante igual es cuidarse siempre”.
Los más “lieros” bajan del colectivo corriendo. Le escapan a los cuatro grados de sensación térmica compitiendo en carreritas. Se ríen, se empujan. Entran a la mutual a puro acelere, pero sin errores enfilan por grupos a las aulas, donde las “mamás educadoras” abrazan con besos.
En el próximo rato se van a servir facturas y mate cocido, que en los meses de calor cambian por vasos con yogurt o chocolatada. Después se prenderán con propuestas lúdicas y recreativas, y vendrá el tiempo de revisar cuadernos y de terminar ejercicios pendientes del cole. Están pautados los talleres de teatro, de alfabetización y los momentos de lectura de cuentos. Para cuando apriete la noche se sentarán a cenar en platos hondo de plástico alguna de las especialidades del menú: fideos codito con carne, puchero de pollo, arroz amarillo, pizza, tortilla de papas o guiso de lentejas. Infaltable: la sopita de verduras.
Una guardería no somos
“No somos una ‘guardería’. No ‘guardamos’ a nadie. Tampoco es que los chicos comen, juegan y se van. También aprenden. Las duplas pedagógicas de los niveles presentan a las coordinadoras grillas semanales de actividades y planificaciones mensuales. No somos una escuela formal, pero las horas acá reforzamos lo que cada chico está haciendo en la suya: ayudamos con las tareas, acompañamos los procesos diferentes de alfabetización. Inclusive articulamos con las escuelas cuando sabemos de cierta dificultad en el aprendizaje”, explica Roxana, cebadora de mates dulcísimos.

Roxana se sumó a “El amanecer…” en 2009. Era vecina de Fiorito y empezó cubriendo suplencias en el maternal: “Ahora hay una ausencia del Estado que no vimos nunca antes. Cuando cierran un club, una canchita de fútbol o un predio donde los chicos aprenden algo, les están negando todo y hacen que ese pibe se vuelque a cosas que no están buenas. Claro que es más fácil bajar la edad de imputabilidad. Total, los meten presos y la culpa es de los pibes y de sus entornos. Tenemos pibitas que ya tienen 3 o 4 hijos, porque desapareció la ESI, porque no hay más preservativos en la salita. Pero dicen que se llenan de hijos por un plan. Nos recortaron un montón de políticas y nos quieren seguir recortando. Pero nosotras venimos a decirles a estos chicos que son importantes y que pueden hacer un montón de cosas en la vida, si bien no lo sienten por la sociedad en la que están inmersos. Y a la vez queremos que sepan que el laburo de sus familiares es recontra importante. Que ser cartonero, que tirar del carro no es lo peor. Al contrario, reciclar es fundamental para el medioambiente. Les enseñamos conocimientos y valores”.
Conversamos en el “salón de las reuniones”, con foquitos de luz que parpadean y nos transforman en personajes de una película de terror. Cada cinco minutos tocan a la puerta. Son chicos y chicas que piden por favor papel afiche, cinta, pegamento, marcadores. Están con las “mamás educadoras” de sus niveles armando una muestra y van a entregar souvenirs que crearon reutilizando monedas y tapitas de botellas.
Todo cuidado es político
El MTE gestiona 13 CIRA, ubicados en el Área Metropolitana de Buenos Aires, en Chubut, Corrientes y Córdoba; pero recibe financiamiento regular del Estado para seis. Algunos están incluidos en acuerdos con el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, otros reciben becas del programa Unidades de Desarrollo Infantil (UDI) del Ministerio de Desarrollo de la provincia de Buenos Aires. Nación solía “bajar” dinero a través de proyectos con la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF) por ejemplo, pero desde la asunción de La Libertad Avanza se suspendieron las transferencias.

Lo que a veces relega a los CIRA del conjunto de fondos estatales es la terquedad de exigirles cumplir con requisitos, de horarios e infraestructura, ajenos a sus realidades. Porque son centros infantiles creados “a imagen y semejanza” de las dinámicas del empleo informal. Es decir, se adaptan a las particularidades de las tareas rurales; del reciclado de residuos; la construcción; la confección textil; las cooperativas formadas por personas que estuvieron detenidas; espacios públicos (venta ambulante, artesanías, ferias, lavado y cuidado de coches); el trabajo sociocomunitario, principalmente a cargo de mujeres al frente de comedores y merenderos; y Vientos de Libertad, el sector del MTE ocupado en abordar el consumo problemático de drogas en los barrios populares.
Las familias de les pibes de “El amanecer…” son exclusivamente cartoneras, aunque sacan de la basura mucho más que cartones y así generan un impacto significativo en el medioambiente, la higiene urbana y la economía circular del país. Y la estructura de este CIRA se sostiene con el trabajo de lunes a viernes de 70 personas: 68 de ellas, mujeres.
Además de las “mamás de micro, cocina y limpieza”, se conforma un plantel estable de talleristas; de educadoras y coordinadoras de los niveles en los que reparten al piberío: maternal, jardín, sector “infancias felices” que va entre los seis y 15 años, separados a su vez en cinco subgrupos, y +15; y dos panaderas que fabrican las cositas ricas de las meriendas.
En este contexto, la misión mensual es malabarear para que el subsidio de la Ciudad permita pagar sueldos, comprar alimentos, materiales educativos y productos de limpieza.
Nadie se salva en soledad
Margarita es “mamá de la limpieza”. Usa un delantal impecable y aros de perlas: “Tengo seis hijos y cuando mi marido me dejó, tuve que salir a cartonear. Trabajaba en Capital de domingo a domingo. Dejaba en la casa a las más grandes, y cargaba a las gemelas y al varón. Se sentaban en el cordón de los edificios mientras yo revisaba las bolsas. Mi zona era cerca del zoológico. Los vecinos me conocían, me querían, me ayudaban. Había una viejita que me daba plata para las Fiestas. Si la habremos sufrido… la crisis del 2001 fue tremenda. En los camiones íbamos arriba, con frío. Los semáforos a veces nos tocaban la cabeza, de tan alto que iba la gente con los bolsones”.
En 2001, el desempleo en Argentina trepó al 18,3% y más de la mitad de la población era oficialmente pobre. La crisis obligó al rebusque para subsistir: trueque, patacones, venta de sueltos, ollas populares y la masificación inédita de personas acopiando residuos reciclables.
Cristina es hoy una de las cocineras de “El amanecer de les pibes” pero recuerda clarito los inicios del siglo 21 pateando las calles: “Yo cartoneaba cuando éramos pocos, antes de la crisis. Después tuvimos que salir más. Iba con mi hijo mayor, que tenía seis años. Los chiquitos se quedaban en casa y no los veía nunca prácticamente. Porque todavía no estábamos tan organizados y teníamos que pagar a una gente para que nos llevaran con los bolsones arriba de los camiones. Esperábamos el viaje en esos camiones, entonces volvíamos tarde. Además, era feo cartonear con tu hijo porque te agarraba el frío o la lluvia. Si llovía cortaba una bolsa de nylon, la hacía como una camiseta y se la ponía para que no se moje. Y tenía que cuidarlo en la calle, que no lo choque un auto, tenía que mirarlo aparte de trabajar. Y pagar una niñera para que se quede con los bebés, para que me los mire. Era mucha plata que había que pagar… era difícil. Era muy difícil”.

Ya en 2002 aparecen atisbos de organización cartonera, y hacia fines de 2007 se inauguró formalmente “Amanecer de los Cartoneros”, la primera cooperativa de recicladores del país. En la actualidad es parte del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), está nucleada en la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP) y, con más de 4000 asociados y asociadas, ranquea entre las cooperativas más grandes de Latinoamérica.
Pero como no existe reproducción productiva sin reproducción social, en 2009 las mujeres cartoneras ingeniaron con audacia una trama comunitaria de cuidados. Fue el primer CIRA. Y para que resonara con la cooperativa, lo nombraron “El amanecer de les pibes”. Cartonero y de Fiorito.
“Cuando mis hijos empezaron en ‘El amanecer…’ me puse contenta porque ya no estaban chupando frío conmigo. Tenían cinco y seis años y yo sabía que tenían un plato de comida caliente y que iban a estar más seguros que conmigo llevándolos en los camiones. Me quedé tranquila”, relata Margarita que a poco de inaugurado el espacio ingresó a trabajar en la limpieza y pudo dejar de cartonear.
Cristina también señala el giro sustancial que significó la apertura de “El amanecer de les pibes”: “Fue una ayuda muy grande. Entraron mis nenes chicos a salita de cinco, de tres y el bebé con tres meses. Y yo entré con ellos porque era mi oportunidad de compartir tiempo. Empecé trabajando de limpieza, después pasé al área de alimentos revisando vencimientos y verificando la mercadería, y cuando se fue una compañera me puse a cocinar. Para mí fue una buena experiencia. Por eso me quedé, a pesar de que tuve oportunidades de irme. Y lo voy a seguir eligiendo porque me gusta. No volvería a la calle tampoco porque no quiero retroceder. Si bien no es una deshonra y lo destaco constantemente: yo críe a mis hijos reciclando de la basura”.
Un sistema en alerta
A mitad de julio, el MTE denunció que la administración de Jorge Macri impulsa un pliego de licitación que pone en riesgo el sistema de reciclado con inclusión social basado en cogestión, tal como se ejecuta desde hace más de 20 años. La iniciativa fue formalizada mediante la publicación en el Boletín Oficial de la ciudad de la resolución 53/SECH/26, y el cambio central está en quiénes podrán competir para resultar adjudicatarios únicos de la prestación del “Servicio de Recolección, Traslado y Procesamiento de Residuos Sólidos Urbanos Secos”. El nuevo esquema permite participar a sociedades comerciales y uniones de empresas.
Según la cooperativa, el Ejecutivo habilita así la competencia directa entre asociaciones de la economía popular y empresas privadas de mayor capacidad financiera, y debilita una política socioambiental histórica.
Por audio de WhatsApp, Débora pide por favor que el tema aparezca en esta nota, que se cuente para que se sepa, para que se frene. Es la coordinadora general de “El amanecer de les pibes” y parte de la comisión directiva electa de la cooperativa “Amanecer de los Cartoneros”: “Quieren dejar en la calle a los cartoneros que hace dos décadas cumplen con el servicio de reciclado. Un modelo de cogestión reconocido internacionalmente. Pero Jorge Macri avanza con la privatización, quiere hacer negocios con el mejor postor privado. Si ocurre, 7000 compañeros y compañeras integrantes de la cooperativa y del espacio de cuidados nos vamos a quedar sin laburo”.
Esta nota pertenece a Punto de Encuentro — un especial de Amnistía Internacional Argentina junto a CENITAL. Podés leer todos los artículos acá.