Que la ciencia te acompañe

¿El cerebro sabe que nos vamos a morir?

Una edición misteriosa: qué pasa en el cerebro ante la muerte y por qué no funciona la evidencia a la hora de convencer a quienes no se quieren vacunar.

Holis, ¿cómo andás? Yo acá, en otro acá. Durante un tiempo te voy a estar escribiendo desde mi habitación de la adolescencia. Calabria y Romeo ya no juegan con mis pies mientras tipeo, ahora toman sol en el balcón (y lo bien que hacen). En este momento, alguna de las vecinas arrancó un karaoke furioso de Chayanne (banco) y otra se pelea con el marido porque, al parecer, él se queja de que el lavarropas hace ruido mientras está trabajando y ella le dice que qué suerte tiene porque también debería estar trabajando pero en cambio tiene que ponerse a lavar la ropa (banco más). 

Corazón sin dios, dame un lugar

Divago. ¿Qué diría de mí el niño de la ventana de enfrente si su tarea fuera describir una mañana de miércoles en su casa? “Una señora que no había visto antes mira extraviada la pantalla de su computadora. No creo que tenga amigos, todavía está en pijama y no se peinó”. Le contesto en mi mente: “No estoy extraviada, pendejo, se llama contemplación filosófica. Lo del pelo es a propósito. Y sí, tengo amigos. Suscribite a mi newsletter y vas a ver todo lo que charlamos”.

Fin del divague. Llegó una idea. Empecé la carta de hoy pensando que los edificios eliminan el misterio, que terminás conociendo intimidades y secretos solo por estar en un lugar en un momento dado. A partir de eso, iba a contarte de misterios revelados o descubiertos por científicos mientras hacían o querían hacer otra cosa.

Con razón no podía empezar. ¿Cómo iba a escribir eso si es lo contrario a lo que decimos siempre? Las ciencias no revelan cosas ocultas, en todo caso son formas de lo oculto, explicaciones para lo que está ahí pero que no es algo. No son una herramienta para eliminar el misterio sobre cómo es la vida de la señora que ve el niño, son el misterio de cómo llega a atribuirle cierta vida solo con verla.

Antes de empezar, una advertencia, el misterio mayor de este newsletter: “¿Qué dice, señora?” No será develado en esta edición. 

Voy a buscar una señal

Escribo sobre misterios desde el mejor lugar: escribiéndole a un misterio, que sos vos. A veces tu interlocución se asoma, pero sería absurdo decir que con eso se revela. Hace un mes, dejó una huella, un mail con firma y sin foto. Por si no te acordás, me dijiste esto:

“Al leerte mi mente va a veces, cual capitán Kirk, a lugares donde nunca ha estado antes. El otro día se difundió lo del paciente que murió de un infarto mientras monitoreaban la actividad cerebral. Decían que el cambio en el ECG empezó 30 segundos antes del infarto. No puedo menos que preguntarme: si esto fue así ¿el cerebro percibió el inminente infarto?

Me parece una linda punta.

Bueno, ya te dejé la inquietud para ver si se hace tuya”

Cuando el misterio llama, esta servidora asiste. La inquietud se hizo mía. El espectro virtual respondió con links.  A continuación, mi demorada respuesta a lo que me parece ya lo suficientemente misterioso. Así que, para respetar su calidad arcana, va en forma mundana: la buena lista, nada le gana.

El caso: un hombre de 87 años entró a la guardia después de una caída. Al momento de su ingreso, su puntaje en la Escala de coma de Glasgow (GCS) era 15, pero al toque había disminuido a 10. ¿Qué es la GCS? Un instrumento para evaluar el nivel de conciencia (en términos de estado de alerta, no de separación de residuos) que cuantifica tres parámetros: apertura ocular, respuesta verbal y respuesta motora. A cada categoría se le asigna el puntaje de la mejor respuesta obtenida y después se suman. Te la dejo en forma de tabla para mayor claridad:

Recapitulando, el señor entró bastante consciente y fue perdiendo la conciencia muy rápido. Después de evaluar el impacto de la caída con una tomografía computada, se decidió hacerle una craniectomía descompresiva (una operación para sacarle el hematoma observado en el cerebro y que deje de apretarlo contra el cráneo). Después de la cirugía, estuvo estable por dos días y luego se deterioró notablemente. Ahí le hicieron otra tomografía y vieron que la operación había salido bien. Como el hematoma ya no estaba no podía ser la causa del deterioro, entonces le administraron algunas drogas y le hicieron un electroencefalograma (EEG) (la tomografía muestra la condición del órgano, el EEG las ondas eléctricas que emite). Con eso, identificaron al menos 12 crisis electrográficas, que son indicadores de estados epilépticos no convulsivos (interrupción de la actividad de las células cerebrales sin generar convulsiones). Luego de esas crisis, se desarrolló espontáneamente un patrón de supresión de ráfagas en el hemisferio izquierdo (momentos de “silencio eléctrico”, lo que popularmente usamos para hacer chistes de mal gusto diciendo “electroencefalograma plano” pero de a micro-ratos). Enseguida, la supresión de ráfagas se vio también en el otro hemisferio y al toque tuvo un paro respiratorio. 

Los antecedentes: las experiencias cercanas a la muerte, esas mambo Víctor Sueiro, la vida que pasa frente a los ojos, experiencias fuera del cuerpo y alucinaciones están asociadas a lo que sucede en el cerebro cuando la estás por quedar pero por alguna razón no sucede y vivís para contarla y se supone que es lo mismo que sucede justo antes de morir. Como en todo misterio, no está muy claro qué pasa exactamente. 

La hipótesis más manejada hasta ahora es que, en este estado, el cerebro empieza a “repetir la memoria”. Esto tendría que ver con el aumento en un tipo de actividad (la oscilatoria), que en este estado aumenta y que, en condiciones normales, gestiona el tema del marco temporal para procesar los estímulos perceptivos y la memoria durante la vigilia. Pasando en limpio: durante las experiencias cercanas a la muerte se observó un aumento de un tipo de actividad cerebral que es parecida a la de cuando recordamos. Sería como un hiper recuerdo. 

Sin embargo, estas observaciones son inferencias. Hasta este caso, los estudios que investigan qué pasa en el cerebro durante una experiencia cercana a la muerte se hicieron en animales o con mediciones obtenidas durante el recuerdo de una de estas experiencias. Este, en cambio, podría ser el primer registro de ondas cerebrales hecho de manera continua en la transición a la muerte.

Los resultados: para empezar, lo observado en la actividad oscilatoria de los ratones en estudios experimentales altamente controlados y lo que se vio en este caso es muy parecido. Esto abre la posibilidad de que el cerebro tenga un patrón de muerte. 

Ahora bien, hay varias cosas a tener en cuenta a la hora de generalizar estos hallazgos: 1) el paciente había tenido una lesión severa y eso puede influir en la actividad cerebral y, por lo tanto, que las observaciones sean dependientes de esas lesiones, 2) la pérdida de conciencia inducida por la anestesia también puede alterar las oscilaciones neuronales, 3) hay otros factores que se asocian al aumento de ciertos tipos de actividad cerebral observados, como las drogas disociativas y la psicosis, 4) al paciente la habían dado un montón de drogas anticonvulsivas, que también pueden afectar de forma directa la red neuronal, 5) la falta de respiración adecuada puede aumentar la conectividad en la corteza cerebral, 6) el electroencefalograma se hizo cuando el paciente ya estaba jugado, por lo que no hay uno en estado “normal” para comparar.

El problema: “En última instancia, puede ser difícil evaluar esto en un entorno fisiológico, ya que la recopilación de tales datos de ‘sujetos sanos’ es imposible por definición. No prevemos la muerte en sujetos sanos y, por lo tanto, no podríamos obtener grabaciones ininterrumpidas en la fase cercana a la muerte en otras circunstancias que no sean las patológicas en entornos hospitalarios de cuidados agudos”.

El misterio es el que trajiste vos: ¿el cerebro percibió el inminente infarto? Me cuesta pensarlo así. Creo que la idea de que “el cerebro percibe” es un residuo del dualismo cuerpo - mente. Para mí, esa dicotomía no fue superada en nuestra forma de representarnos lo que somos, aunque sí lo haya sido teóricamente. Creo que en nuestro imaginario cambiamos el lugar de interacción entre las dos cosas, que pasó del alma al cerebro. Algo así como que seguimos creyendo que hay un principio racional ordenador de los estímulos sin el que no podríamos percibir la percepción. Me inclino a pensar que la muerte es un proceso que involucra una falla orgánica general, entonces, no es que el cerebro “percibe” que nos vamos a morir, sino que participa en la muerte. El hecho de que la observación haya sido toda muy al unísono me refuerza esta sensación, no creo que una diferencia de segundos indique que un órgano “se da cuenta” antes de lo que le va a pasar al otro, sino que hay como una especie de punto de no retorno en el que falla todo junto y a la vez. Por otro lado, algo que nadie dijo y nadie me preguntó: no creo que si encontráramos “el patrón de la muerte”, es decir, una serie de pasos en un orden determinado que se da siempre igual, estaríamos más cerca de saber cómo funciona la muerte y mucho menos qué es. ¿Vos, amigo misterioso, qué pensás?

Es difícil pensar vivir ya sin vos

Me tienta creer que la habitación de la adolescencia no tiene misterios para mí. Estoy en el lugar que más conozco con quiénes más conozco. Pero no siento que haya entrado en un loop temporal. Hago cosas que nunca hice acá, que traigo de los 10 años que hace que vivo sola. Es como si mi vida fuera de esta casa fuera mi propia vida y acá existiera otra, que también es mía, pero no propia. 

Le sirvo el almuerzo a mi mamá y a mi hermana, hablamos de mi abuela, de mis tías y la línea que separa a las personas no alcanza para separar las vidas. Se nota que en algún momento me fui. Cociné algo que no sabía cocinar antes, que ni mi mamá, ni mi hermana, ni mi abuela, ni mis tías saben cocinar pero que siempre perteneció a esta casa. No me tengo que acostumbrar a estar acá. Me fui sin dejar de estar.

Algo parecido me pasa mientras te escribo. No es solo lo de la frecuencia quincenal que te comenté en la edición pasada, que cambia estructuralmente el tono y la intención de este news. También es que hay temas que repetimos una y otra vez y que fueron lo más necesario que había para decir y hoy ya ni nombramos. No me tengo que acostumbrar a escribir un newsletter, pero estoy desacostumbrada a escribir este. El misterio es cómo hacer para asegurarse un titubeo.

Entonces, un experimento. Volver a hablar de lo que hablábamos y que sigue estando aunque no lo hagamos estar. Una inception de misterios. Lo que no sé ahora es narrado a través de lo que no supimos nunca. ¿Por qué la evidencia no convence a las personas que eligen no vacunarse?

Como mi adolescencia, las vacunas que me di ya pasaron pero son yo. Las metabolicé (a la adolescencia no tanto) y ahora somos inseparables. Este video de Abigail Thorn, conocida por su canal de videos PhilosophyTube, habla de cómo, justamente, quiénes se separaron de mí en la decisión de vacunarse no están separados en la forma de haberlo decidido.

*El meme dice (la de la foto es Abigail): la mano invisible *me empuja a comprar*/Yo, cuando me doy cuenta: (suena el himno de la Unión soviética) ¡PERO LA PUTA MADRE! ¡Esto es propaganda burguesa! ¡Cuelguen a los parásitos! ¡Todo el poder a los soviets!

De nuevo, démosle énfasis al misterio sin introducir sorpresas. Va un resumen de su video “Vacunas y libertad”:

La introducción: “Vacunas y libertad”. Un grupo de científicos y académicos británicos, Challenging Pseudoscience (desafiando las pseudociencias), armó y publicó un estudio que se basó en la siguiente premisa: se habla mucho sobre las personas que decidieron no vacunarse, pero poco con ellas.

Primera dosis: el estudio. Lo primero fue el principio, buscar personas que voluntariamente no se hayan vacunado. En la primera fase, una agencia de comunicación, Valent Projects, revisó páginas de Facebook de antivacunas e identificó a 10.000 británicos que segmentó por criterios demográficos como la edad, además de ver qué otras páginas les gustaban. Con estos datos (todos públicos), identificaron 4 tipos de personas que nombraron como: Emilys, Carols, Steves y Larrys (acá Abigail dice que los nombres no son por género pero cuando hace la caracterización a mí me parecieron bastante estereotipados). Todos los grupos están formados predominantemente por personas blancas y las personas racializadas de la muestra tenían más probabilidades de ser Emilys. Las diferencias más marcadas entre categorías son políticas: las Emilys son más de izquierda, anti corporaciones, pro palestina; los Larrys pro Brexit y votantes del Partido Conservador; los Steves son del estilo conservador en lo económico progresista en lo social y las Carols un poco de todo.

En la fase II, la consultora Telltale Research mandó una encuesta a 40.000 personas. Entre las 700 respuestas que recibió, seleccionó 10: 4 Emilys, 2 Carols, 2 Steves y 2 Larrys para un estudio etnográfico exhaustivo que incluyó varias entrevistas. Acá Abigail hace una una lista de las limitaciones: 1) eran todos británicos, 2) si bien se usaron muchos criterios para que los participantes sean representativos de cada grupo, las limitaciones de tiempo y presupuesto hicieron que se pudiera trabajar con una muestra muy pequeña, 3) los 4 tipos se identificaron usando solamente datos públicos de Facebook, por lo que puede haber otros tipos relevantes de no vacunados voluntarios que no estén en Facebook o características relevantes sobre cada categoría que no se expresen en público, 4) solo se habló con gente que está viva (dentro de los no vacunados, la proporción de personas que murieron por COVID es mayor que la de la población general y por eso cuenta respecto a la representatividad de la muestra). Thorn dice que, aunque esto último sea obvio, ella se dio cuenta cuando analizaba a los Steves, gente que hace mucho ejercicio y sigue gurúes del bienestar que esgrimían el siguiente argumento: “Si uno está sano, ¿para qué va a necesitar una vacuna?” (La respuesta la conocemos. Comer bien y hacer ejercicio no protege contra un virus, eso lo hacen los anticuerpos).

Segunda dosis: los resultados. La mayoría de las personas estudiadas no eran antivacunas en general, de hecho en ocasiones apoyaron algunas medidas como el uso de barbijo y las cuarentenas. Lo que tenían eran dudas puntuales sobre la de COVID.

La primera tenía que ver con creer que se apuraron en sacarla, de lo que surgían preguntas del tipo: ¿cómo puede ser que haya salido una vacuna para un virus desconocido en un año y haya enfermedades que conocemos hace un montón y no tienen vacuna? La explicación de Abigail: si a un ingeniero de la NASA le pidieran hacer un auto que funcionara en la Luna, tal vez le saldría o tal vez no, pero seguro podría diseñar algo coherente basándose en lo que ya se sabe sobre autos. Esto es un poco lo mismo, se sabe cómo hacer vacunas y también cómo hacer ensayos clínicos. Lo más difícil, siempre, es encontrar financiamiento, que en este caso llegó rápido.

¡Pero eso no responde a la pregunta! Si se explica por la plata, ¿por qué no ponen plata para hacer vacunas que en un año curen todas las enfermedades? Para empezar, no toda enfermedad es provocada por un factor externo, como un virus o una bacteria. En el caso del cáncer o el Alzheimer son las propias células las que se degradan. No podés generar anticuerpos contra otra cosa que no sean infecciones y así es como funcionan las vacunas. Por otro lado, las farmacéuticas y la economía en general no están diseñadas para satisfacer necesidades humanas sino para maximizar ganancias. No son cuestiones controladas democráticamente y eso hace más difícil cambiar sus prioridades. Por ejemplo, la diarrea es una enfermedad que causa muchísimas muertes, pero las personas que están en riesgo de contraerla por falta de acceso al agua potable están muy pauperizadas. O sea que no intervienen en la regulación de oferta y demanda porque su capacidad de demandar no es mercantil. La COVID afecta a todas las personas en todos lados y genera un mercado enorme.

Esto no quiere decir que la vacuna no sea segura, por supuesto, pero sí que la sociedad no es altruista, entonces puede costar asociarla a algo que hacés por tu bien.

Otra duda central tenía que ver con la posibilidad de padecer efectos a largo plazo. La seguridad farmacológica está centrada en cómo funciona la vacuna. Sea cuál sea su principio activo, todas hacen que algunas células de la médula ósea se especialicen en destruir la parte del virus presente en la vacuna. Además, lo que te inyectan se metaboliza. No es la vacuna en el cuerpo lo que produce los anticuerpos, es la reacción del cuerpo a la vacuna. La analogía que hace Abigail es la siguiente: “Vacunarse es como mostrarle a tus células inmunes una foto del virus y decirles: ‘Cuidado con este sorete’. Entonces, cuando lo ven aparecer, le tiran con de todo. Por eso, las variantes son tan peligrosas: porque es como si de repente se cortara el pelo y se afeitara y la médula quedara pensando: ‘¿Es o no es?’” (Su analogía es con una conchuda pero me pareció mejor hacer que el malo fuera un tipo, me disculparás la licencia).

A esto sobreviene otra pregunta, ¿esos anticuerpos sirven tanto como los de una infección? La realidad es que son iguales, pero circula mucho la creencia de que la vacuna hace que tu respuesta inmune “natural” se debilite. De nuevo, una analogía:  “Es como decir: levantar pesas te va a hacer más fuerte pero te debilita los músculos naturales”. 

De nuevo, la evidencia no es suficiente.

Tercera dosis: aprender de otras enfermedades. Cuando se incluyó la vacuna del HPV en el calendario de vacunación obligatorio de Estados Unidos, proliferaron las controversias y la discusión pública fue sobre todo menos sobre la evidencia. 

Respecto a esto, quienes eligen no vacunarse dicen que los que nos vacunamos hablamos un montón de evidencia pero no la leemos (en nuestro caso esto no es así, claro, ¿pero a cuánta gente conocés que habla en nombre de evidencia que no conoce o que se puso a buscar recién cuando tuvo que discutir?).

Entonces, según los no vacunados, nos damos las vacunas no por la evidencia sino porque confiamos en quiénes nos la indican. La verdad sea dicha, esto es un poco cierto, la confianza es muy importante para el cumplimiento de las recomendaciones de salud pública. 

Abigail propone este ejercicio: imaginemos un sistema de salud que se maneja totalmente por consentimiento informado, es decir, por la presentación de toda la información disponible para tomar una decisión a la hora de optar por un tratamiento. ¿Te deberían hablar de homeopatía en ese caso? Una opción es esa. A muchos de nosotros nos parecería una aberración y además un atentado contra lo que se quiere promover (la salud). Entonces, el consentimiento informado no es dar toda la información disponible sino la relevante. ¿Y quién decide qué es relevante? No te van a exigir que presentes un título médico antes de tomar una decisión sobre tu salud. Tampoco vas a poder revisar toda la evidencia disponible. En un momento vas a tener que confiar, es así. Y hay gente que es más confiada que otra. 

Todos los sujetos del estudio desconfían mucho del gobierno, incluso los que lo votaron. Muchos dijeron que la pandemia era una técnica de distracción para encubrir otra cosa. La mayoría no supo decir bien qué, excepto por los Larrys, que afirmaban cosas como que el gobierno usa la pandemia como excusa para darle ayuda social a los inmigrantes. 

Si bien esto último puede sonar descabellado, hay ejemplos en los que se usaron pandemias para encubrir otras cosas. En 1900, en San Francisco, pusieron a todo el Barrio Chino en cuarentena después de una muerte antes de confirmar que hubiera sido por peste bubónica. Cuando terminaron de analizar a todos los habitantes, solo 4 de los 35.000 estaban infectados. Con la excusa de la cuarentena, a los habitantes de la zona los confiscaron, les pegaron, los desinfectaron y los evacuaron, mientras que los blancos podían ir y venir. En este caso, la pandemia fue una excusa para justificar la práctica institucional del racismo.

Pero no hace falta irse tan lejos. En 1991, luego del golpe de Estado, muchos haitianos quisieron refugiarse en Estados Unidos. Algunos de los que llegaron eran VIH+. Los extraditaron y encerraron en Guantánamo sin derecho a juicio. 

Si bien la evidencia indica que este tipo de cosas les pasan a personas que ya son vulneradas, de nuevo, no es suficiente con números y hechos. Quienes participaron en el estudio se sienten marginalizados, por ejemplo por ser cristianos, aunque esa sea la religión oficial del país que habitan. O sea, que se sienten incomprendidos a pesar de no sufrir las consecuencias materiales de esa incomprensión (a menudo se refirieron a quiénes nos vacunamos como bullies moralistas).

Si centramos la discusión en lo real o no de su marginación, perdemos de vista la realidad indiscutible de sus sentimientos, que, como los de todos, le dan forma a su manera de ver y experimentar el mundo. Y, como todos también, estas personas buscan espacios e información que validen sus emociones. De nuevo, esto no sucede porque son tontos o emocionales, todos lo hacemos.

Y, de nuevo, otra vez, la decisión de vacunarse no es una cuestión de LA evidencia, sino de cómo distintas cosas se constituyen en evidencia para las distintas personas. Para muchos el problema no era con las vacunas sino con el lugar que creían que ocupaba la preocupación por sus vidas para el gobierno y las autoridades. ¿Quién no puede empatizar con eso? ¿O vos creés que les importás por algo más que por tu cualidad de explotable?

Cuarta dosis: el problema está en elegir. Hay afirmaciones con las que muchas veces acordamos como “mi cuerpo, mi decisión” (yo, justo con esta, tengo muchos problemas, pero bueno, yo no soy el mundo, si no no estaría hace 4 horas resumiendo este video nocierto). También reconocemos serios problemas en el sistema médico respecto a la autonomía corporal, así como preguntas prácticas respecto a la obligatoriedad de vacunarse, por ejemplo: ¿el gobierno debería compensar económicamente a alguien que no se quería vacunar y tuvo una reacción alérgica? ¿Cómo se reemplazan trabajadores esenciales si prefieren renunciar a vacunarse? (Yo agrego, inclusive, si está bien poner a alguien en la situación de elegir entre hacer algo que no quiere o quedarse sin medios de supervivencia).

Sin embargo, estas preguntas no eran las que más surgían entre las personas no vacunadas del estudio. El tema eran los aspectos morales. En concreto, ¿cuándo es aceptable avasallar la autonomía corporal con medidas gubernamentales? 

Estas personas mostraban haber incorporado una idea muy popular atribuida a John Stuart Mill. Básicamente es algo así como: “Mientras que solo te perjudiques a vos, tenés que poder hacer lo que quieras. La única razón para no dejar que otro ejerza la libertad es prevenir el daño hacia terceros”. 

Respecto a las medidas de salud, esta idea ha sido ampliamente discutida. La filósofa Margaret Battin, por ejemplo, dice que hay que encontrar un balance entre ver a las personas infectadas como víctimas y verlas como vectores. Las personas necesitan ayuda y tienen derechos. Y también pueden ser un riesgo para otros, independientemente de su voluntad. La idea de Mills reside en la noción de persona separada de la de población, pero no hay decisiones que te puedan afectar solo a vos cuando se trata de enfermedades infecciosas. 

En el caso de la COVID, se puede transmitir estés vacunado o no, pero si lo estás eliminás el virus más rápido y es menos probable que los transmitas (o si lo transmitís es a menos gente). Las personas que eligen no vacunarse, frecuentemente, lo eligen utilizando como parámetro una evaluación de los riesgos que implica para ellos ser víctimas potenciales. Otras, piensan que esos riesgos son aceptables porque valoran más otras cosas como la vida “natural”, la integridad corporal o la salvación espiritual.

De nuevo, la evidencia (en este caso la mejora de los argumentos morales a través del tiempo) no alcanza, principalmente por dos cosas: la primera es que es imposible saber cuánto daño hacen las personas que no se vacunan. Si no te vacunás podés contagiar a miles o a nadie. Y es difícil evaluar riesgos cuando los impactos no se pueden ver. Y ni hablar si el parámetro de comparación es con una persona vacunada hipotética que tampoco se sabe cuánto daño puede hacer. Es muy abstracto.

Por otro lado, muchas de estas personas sienten que son responsables con los demás usando barbijo, manteniendo la distancia o respetando la cuarentena. No es que rechazan la idea de solidaridad, es que piensan que la mejor manera de cuidar a los demás es otra. Algunos incluso creen que abogando por su idea de libertad benefician más a la sociedad que si se vacunan.

Decirles egoístas, repetir la evidencia, avergonzarlos o decirles que si se mueren es su culpa (!), por supuesto, no convence a nadie

Dosis final: la próxima pandemia. Nuestras decisiones individuales se inscriben en un contexto político sobre el que tenemos muy poco control. Las personas que deciden no vacunarse de forma voluntaria no tienen la culpa de que otras personas en otros países no hayan tenido la chance de rechazarla. Decirles que es moralmente reprochable que no se vacunen por esta razón es un argumento bastante parecido a cuando no querías comer más y tu mamá te decía: “Hay chicos en África que no tienen qué comer” (una vez yo le contesté: “Y acá también hay, así que podés ir y darles mi comida”). 

Cuando hablamos solamente de vacunación estamos restringiendo la situación sanitaria a elecciones personales y dejamos de hablar de salarios, tarifas e infraestructura. Tampoco es que no podamos hablar de dos cosas a la vez, pero concentrándonos en la primera pareciera que la solución a la pandemia es que la gente que no se quiere vacunar se vacune. Esto no quita que nos hayan puesto a todos en peligro. Ke difisil.

Muchos de ellos de verdad tienen conflictos no resueltos y no se vacunan como principio precautorio y no como convicción férrea y probablemente si se sintieran comprendidos y contenidos y no tuvieran miedo de que se los avergüence por vacunarse recién ahora, lo harían o considerarían hacerlo. Si continuamos aislándolos probablemente se radicalicen más.

El hecho de que esa decisión sea errónea por varios motivos comprobables no quiere decir que no sea interesante saber por qué se toma y en qué circunstancias sería diferente. Y esto último me interesa particularmente porque creo que dichas circunstancias son cosas que a todos nos gustaría impulsar.

Por último, el misterio. Muchas de las cosas que dijo Abigail y que yo agrego las charlamos varias veces y nos parecían fundamentales. ¿Por qué si el tema nos traía a reflexiones sistémicas y convicciones compartidas que creemos que no deben ser abandonadas dejamos de hablar del tema? ¿Por qué renunciamos a abordar una cuestión que creemos que pone a la gente en peligro? ¿Los vacunados nos podemos arrogar estar del lado de la solidaridad si nos negamos a extenderla a quienes eligen no vacunarse, aduciendo que no tenemos la responsabilidad de entenderlos porque nos exponen a daños? Más aun, ¿nos podemos creer solidarios si algo nos deja de importar cuando sentimos que ya no nos afecta? ¿Por qué solo queremos hablar de lo que se habla? Y, por último, ¿cómo es que diciendo lo mismo siempre descubrimos algo nuevo?

Debo saber si en verdad

¿Es lo mismo el misterio que la incertidumbre? ¿Es algo que no se sabe o que no se puede saber?

Creo que los misterios son algo sobre lo que construimos conocimiento en la incerteza pero que sabemos ciertamente que existen. Como la ciencia.

Te mando un beso enorme,

Agostina

p/d: las refes de hoy son de este tema o del misterio de cómo puede ser que todas las generaciones de argentinos lo sepamos entero aunque jamás lo hayamos puesto (yo igual sí y muchas veces).

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Soy comunicadora científica. Desde hace tres años formo parte del colectivo Economía Femini(s)ta, donde edito la sección de ciencia y coordino la campaña #MenstruAcción. Vivo en el Abasto con mis dos gatos y mi tortuga. A la tardecita me siento en algún bar del barrio a tomar vermú y discutir lecturas con amigas.
@Bcientifica

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