Dueñas de la pelota: fútbol femenino para vivir como se juega

En un potrero del noroeste cordobés más de 70 jugadoras -de 3 a 56 años- construyen algo más que un equipo: una red comunitaria.

Es 17 de diciembre del año 2025. En el noroeste cordobés el calor quema los talones. En Villa de Soto, una localidad de unos 11 mil habitantes, la cancha de “la 25” congrega a una multitud: es el torneo de fin de año de la escuela de fútbol femenino “Soteñas de Corazón”, la primera en la región. El alambrado romboidal bordea el perímetro, las calles son de tierra y separan algo del monte de un puñado de casas que luego se extienden por el resto del barrio 25 de Mayo. El cielo es como una bolsa gris que aprisiona al aire caluroso y  anticipa la lluvia.

Pero a las 5 de la tarde el encuentro se empieza a armar. Reposeras, banderas, buffet, los 5 equipos van llegando. Es el torneo de fin de año y nadie se lo pierde: “Este encuentro se hace en el marco de los 16 días contra las violencias de género”, dice Natalia Citadini y da la bienvenida a un campeonato cuyo lema es la libertad para Paola Ortíz, una mujer que está presa hace 13 años en Córdoba por una emergencia obstétrica: un parto en avalancha que se transformó en una condena por homicidio.

En Villa de Soto, el fútbol femenino crece como práctica cotidiana y espacio de encuentro. Foto: María Eugenia Marengo Hecker

La tarde avanza, unas 250 personas junto con las más de once jugadoras que tiene cada uno de los cinco equipos ya llenaron la cancha. También ha venido un equipo del pueblo vecino, Ciénaga del Coro, una comuna que tiene 570 habitantes. Los encuentros son una manera de recaudar fondos para solventar viajes y otros gastos. 

Hay una alegría que suena: un paseo de botines golpeando la superficie verde de ese mundo. Los árboles sacuden sus ramas como encerrando al aire. Anochece y Julia Luna, integrante de la Asociación Civil Fuerza Chuncana, toma el megáfono: “Pedimos la revisión de la causa porque la sentencia es absolutamente injusta, sin perspectiva de género, racista y clasista. Nos sumamos con este campeonato para apoyar la libertad de Paola Ortíz”. 

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Un montón de chicas la escuchan y preguntan qué pasó. Luna es abogada de la guardia feminista de Católicas por el Derecho a Decidir de Córdoba. Junto a su colega, Lucía García Garro, lleva el caso de Paola, que vivía en Villa María hasta su arresto en 2012. La defensa no sólo es jurídica: se trata de crear conciencia y llevar causas a otros espacios. Hoy el tema entra a la cancha. 

El potrero que nace

Febrero llega junto con los días de entrenamiento. Es lunes y la cancha se llena de botellitas con arena marcando circuitos, un parlante que tira música para la entrada en calor y algunas madres, padres y hasta abuelos que acomodan reposeras como quien se prepara para un ritual. La escuelita comenzó el 2 de septiembre del año pasado y ya son más de 70 jugadoras. La más chica tiene tres años; la mayor, 56. Se dividen en tres grupos: de 2 a 6, de 7 a 12 y de 12 en adelante. A las seis y media empiezan las más pequeñas. A las ocho, las grandes. A veces se quedan hasta las once o doce de la noche.

“Chicas, los últimos diez minutos”, les suele insistir Gisela Monier, una de las profes, que soñó esta escuelita mucho antes de que existiera. Con 15 años Gisela jugaba en el Club Belgrano de Córdoba, hasta que se desgarró. “Viajaba, tenía que bancarme todo”, ahora a sus 34 reconoce que se están abriendo otras posibilidades para el fútbol femenino.

La historia empezó con el equipo Soteñas de Corazón, que desde 2019 hacía campeonatos relámpagos en distintas localidades del noroeste de la provincia. Después vino el proyecto “Dueñas de la Pelota”, impulsado por la organización Fuerza Chuncana. “Ahí dijimos: ‘queremos ser referentes del fútbol femenino en la zona’”, cuenta Gisela y asegura que busca torneos por todos lados. “Me encanta que las chicas salgan del pueblo y conozcan a otras jugadoras”, explica. 

Las más chicas

Las niñas recorren la cancha, siguen la pelota con los ojos, a donde vaya, van. “El fútbol me hace sentir más libre”, dice Olivia Arroyo de 7 años, mientras entrena en “la 25”, ese potrero enorme que se llena de caballos y niños curiosos que se tientan con patear la pelota cuando las chicas entran a la cancha. 

Más de 70 jugadoras participan de una escuelita que combina deporte, formación y acompañamiento comunitario. Foto: María Eugenia Marengo Hecker

 “Lo que más me gusta son los partidos. Cuando mi papá me grita yo le digo que tengo que aprender a mi manera, no le presto atención”. Antes de cada entrenamiento, la mamá de Olivia la peina, le carga su botella con agua y la ayuda con los botines, que son “un trabajo” para ponerse. En la cancha a veces está a mitad de campo y a veces de arquera.   

Luz Manrique, también de 7, se planta en defensa: “De ahí no me muevo”, jura. Junto a sus compañeras jugó en Carlos Paz, donde el equipo se llevó una copa y un reconocimiento por el respeto dentro de la cancha. “Estoy desde que se armó”, dice. Estefanía Juárez da vueltas por la cancha mientras entra en calor. Tiene 9 y juega como delantera, es la goleadora del equipo. “Salgo del cole y vengo volando para acá, con el guardapolvo. Me siento mejor jugando al fútbol y me gustaría seguir de grande”.

De fondo sus compañeras estiran brazos y piernas, mientras suena la música que parece soldarse en los cuerpos. Estefanía siente un impulso cuando patea la pelota, corre detrás, deja un rastro en el césped, una forma quizás de algo que se convierte en una jugada maravillosa, nada la detiene: “Arranca y le da –se ríe Gisela–  le tengo que decir ‘Pará, pará’”. 

De lejos se escuchan las voces de Celeste Vélez y Florencia Ovando, las otras dos profes y también maestras de grado. La rutina física incluye abdominales, fuerza de brazo, circuito con conos y zigzag, todo es con la pelota. Poco a poco la sombra va cubriendo al potrero de “la 25”, se reparten las camisetas nuevas de color amarillo y azul y ya casi con un cielo rojizo, comienza el partido. 

“Creo que somos un conjunto que hace a la formación de esa escuelita que se soñó”, dice Celeste, que trabaja en una escuela primaria en Capilla del Monte, unos 60 kilómetros al sur de Soto. Cuando comienzan las clases llega “con el corazón en la boca” para el entrenamiento de las grandes: “Me saco el guardapolvo y me pongo el equipo de fútbol”. Hace dos años se quebró la tibia y el peroné y la escuelita fue su modo de volver. “Nosotras estamos para charlar, llorar, lo que sea”, admite Gisela y explica que con las grandes son otros tiempos, se contienen incluso por situaciones de violencia que sufren.  

Ser equipo

Florencia Ovando llegó hace 10 años a Villa de Soto. Se vino desde Merlo, provincia de Buenos Aires, en una moto con su pareja, que es nativo del lugar. Tienen dos hijas en la escuelita y dice que juega al fútbol desde los 11: “Mi viejo no nos dejaba jugar y nos escapábamos con mis hermanas. Hoy lo que se ve es que las chicas que llegan a primera no ganan lo mismo que los varones. Eso es una lucha y sobre todo que sea más abierto y diverso”, expresa y reconoce que apuesta a un fútbol sin estereotipos. “No es solamente competir, sino trabajar en equipo, respetar al otro, tratar de no irnos con las malas palabras y maltratar. El equipo es todo. Un cable a tierra para ellas y para nosotras”. 

Florencia hizo una diplomatura en acompañamiento comunitario en situaciones de violencia de género. Entiende que la escuelita es un vector de comunicación, donde pueden hablar de lo que les pasa.  Hay charlas previas al entrenamiento y se informa hasta de los días de controles ginecológicos en el Centro de Salud, el acceso gratuito a métodos anticonceptivos o el derecho a la Interrupción Voluntaria del Embarazo. 

Hay en la cancha un territorio que es reconocimiento. Desde las más chicas a las más grandes, todo lo que queda es algo que se debe nombrar pero en un idioma que las trasciende. Se hace cuerpo, empatía, movimiento. Fabiola Heredia, a quien apodan “la abuela”, tiene 56 años, nació en La Higuera, un pueblo a unos 22 kilómetros de Soto. Fue maestra rural y habilitó la escuela para el juego. De niña jugaba a escondidas porque su mamá –también docente– decía que el fútbol era para varones. “Alguien espiaba si venía mi vieja, o las otras maestras. Aprovechaba los momentos donde no nos veían y con las chicas jugábamos a escondidas”. Hoy, después de atravesar un cáncer de colon, vuelve al arco. “El fulbito es sanador. Después de las quimios, descansaba un día y venía a entrenar”. 

Celeste y Gisela, referentes del proyecto impulsan el fútbol como herramienta de inclusión y construcción colectiva. Foto: María Eugenia Marengo Hecker

Fabiola se pone la camiseta nueva que la identifica con el nombre de “Abu” se cruza con Marisa Torres –Marichu– otra de las grandes con casi 53. Las luces led ya iluminan la cancha y los mosquitos sobrevuelan la superficie del césped. “El fútbol es mi única terapia, mi escapatoria”, dice y deja atrás algo que fue una sentencia para muchas de su generación: “En el barrio era la machona por jugar al fútbol, pero nunca le he llevado el apunte”. 

La profesionalización

Durante décadas, el fútbol femenino en Argentina sobrevivió en los márgenes: sin contratos, sin difusión, sin apoyo institucional. Recién en 2019, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) anunció la profesionalización de la Primera División femenina, un hito que obligó a los clubes a firmar contratos y reconocer derechos laborales básicos.

A unos 900 kilómetros del potrero de Soto, desde la ciudad de La Plata, Sandra Gianatti, prefiere hablar del fútbol femenino como semi profesional. “La brecha entre varones y mujeres es enorme”, dice. El salario mínimo apenas alcanza para vivir y muchas futbolistas combinan entrenamientos con otros trabajos.

Sandra es abogada y agente con licencia FIFA, representa a cinco jugadoras de Primera División y a una juvenil de 14 años citada a la Selección Sub 17 que juega en River. Cuando piensa en el fútbol femenino, arroja algunos números que le dan forma a esa brecha: el salario mínimo, acordado por convenio con la AFA, es de 786 mil pesos y los clubes de la A deben tener al menos 15 jugadoras con contrato. “En los equipos más grandes, como Boca y River, las mejores jugadoras rondan los dos millones de pesos; en el resto, algunos salarios llegan al millón o millón y medio”. 

A este contexto desigual, se le suma que los equipos femeninos suelen jugar en canchas auxiliares y la organización de los torneos tiene tiempos diferentes. Mientras que el campeonato masculino comenzó en enero, el femenino recién arrancó en marzo. 

“No alcanza solo con que abran los estadios, hay que dar la posibilidad de que se puedan ver esos partidos”, dice Sandra y aclara que “los que toman las decisiones del fútbol femenino, siguen siendo en su mayoría hombres”. 

La cordobesa Daniela Díaz, es una de las directoras técnicas más destacadas de Argentina, pero vive en Quito, donde entrena al equipo femenino de la Universidad Católica de Ecuador. Resalta el crecimiento del fútbol femenino y las categorías formativas que en otra época no había. Conoció a Soteñas de Corazón el año pasado, cuando la invitaron a capacitar a las chicas: “La idea era formar a las referentas mujeres y disidencias que hay en cada pueblo y rincón de Córdoba, para desarrollar un fútbol de más calidad”.

Daniela y Sandra coinciden en avances como las divisiones que crecieron, Sub 16, Sub 14 y desde este año Sub 12. La creación de la Copa Federal Femenina, permitió que equipos del interior viajen, compitan, se midan. Mientras la CONMEBOL, que nuclea todas las federaciones de fútbol de todos los países de América, exige que los clubes masculinos que disputen torneos internacionales, como la Copa Libertadores o la Sudamericana, tengan equipo femenino profesional. 

“Estas medidas son las que en derecho llamamos de ‘acción positiva’, explica Sandra: obligar a los clubes significa apoyar al fútbol femenino y que tenga un espacio. Hoy Córdoba no es sólo Talleres-Belgrano, concluye Daniela, “es que en cada rinconcito haya una niña pateando una pelota y una profesora abriendo esos espacios”. 

Tercer tiempo 

“Nosotras queremos que vengan a ver qué es lo que pasa en Soto, en las canchas, en los potreros, en las escuelas”, insiste Florencia justo antes de entrenar con las más grandes. Afuera de la cancha hay una belleza desordenada que enmarca al potrero. Un verano lluvioso que pronto será otoño ha dejado brillosas las hojas de los algarrobos. 

Las chicas entran en acción. La pelota vuela, cae, se levanta, roza el pasto, se va de los bordes, regresa, pica, baila entre los botines de las jugadoras. El fútbol –dirán– es camaradería, alivio, deseo, identidad. El encuentro que se extiende después del partido, ese tercer tiempo que se abre, como si la pelota aún flotara en el aire: “El trabajo y el juego son para disfrutar. Cuando eso no pasa, se pierde”, afirma Florencia con la pasión metida en los ojos.


Esta nota pertenece a Punto de Encuentro — un especial de Amnistía Internacional Argentina junto a CENITAL. Podés leer todos los artículos acá.

Doctora en Ciencias Sociales de UNLP. Nació en Junín, provincia de Buenos Aires. Vive en Capilla del Monte, Córdoba, donde integra la cooperativa de Comunicación Viarava.