El hilo conductor

Dónde empieza el azul del cielo

En tiempos de listas y balances, acá nos ocuparemos arbitrariamente de diez cosas azules, entre películas, libros y discos. Es una manera de sentir que estamos más cerca del cielo. O del agua. O de las dos cosas.

Hola, ¿qué tal? Espero que hayas pasado una buena Navidad, si es que la festejás. Yo estoy bien, pero muuuuy cansada ya, como todes. Escribo esto un poco antes de los últimos brindis del año, acalorada y ya proyectada hacia 2022 (no nos defraudes, porfa). Estamos en la entrega número 40 de El Hilo Conductor, así que antes que nada te agradezco mucho por haber estado ahí en cada una de las ediciones.

Hoy vamos a ocuparnos de un color. No de todos los colores, sino de uno puntual. Mi preferido. El azul. Y tal vez, quién te dice, en 2022 nos ocupemos de algún otro tono. Hoy me interesa hablar solo del azul porque nos calma. Es el color del cielo. Y el del mar o de los lagos. Y también el del horizonte cuando se confunden los dos, como decía Liliana Felipe en una hermosa canción: “No sé dónde acaba el azul del mar y comienza el azul del cielo”.

Es un color que puede tener muchas gradaciones y que siempre transforma también las tonalidades de lo que tiene alrededor (eso me encanta). Nada es lo mismo cuando aparece el azul. “El azul da a los demás colores su vibración”, dijo Cézanne. Y eso que siempre fue el pigmento más caro para los pintores. Si no, pregúntenle a Yves Klein, el artista que creó y patentó su propio azul, profundo y cálido, el International Klein Blue. “Con el color alcanzo un sentimiento de plena identificación con el espacio y estoy completamente liberado”, dijo. Porque para él un color así era una forma de estar en el universo, en sí mismo y en el vacío al mismo tiempo.

Voy a aprovechar que estamos en un momento de balances y listas de distinto tipo, para armar una lo más arbitraria posible. Una lista de 10 cosas azules en distintos planos: musicales, visuales, literarios. Un listado que nos organice el pensamiento y nos guíe hacia la calma azul, o algo así. Voy a confesar que vengo pensando esto hace meses, porque participé en 2021 de un podcast de Tamara Tenenbaum, Algo prestado, en el que los y las columnistas tenemos la tarea de llevar y comentar cada mes algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul. Lo azul parece ser la figurita difícil, pero es también lo que más me desafía a correrme un poco del fervor de la novedad o del rescate más sencillo de algo del pasado. Así que voy a valerme de algunos azules que pesqué durante el año para compartirlos con ustedes.

Empecemos ya con esa lista y demos por terminado un año intenso y ajetreado como pocos.

UNO: Roberto Aizenberg

El primer azul será el visual: usaremos para embellecer este newsletter algunas obras del artista argentino Roberto Aizenberg (1928-1996). Discípulo de Antonio Berni y de Juan Batlle Planas, Aizenberg estuvo muy tempranamente asociado al surrealismo cuando éste llegó al Río de la Plata, hacia la década del cuarenta, un poco después de su surgimiento en Francia. Del surrealismo tomó el método del automatismo para bocetar sus obras, tratando de no atender a la razón, y prefirió en general representar figuras geométricas extrañas. Hizo muchas pinturas, dibujos, esculturas y collages (acá solo compartiremos pinturas), recibió muchos premios y fue también docente de muchos otros artistas. Pasó en los setenta su exilio en Francia e Italia, y consiguió tener una importante proyección internacional. En Aizenberg los colores tienen una potencia fuertísima. Seleccioné solo algunas obras que tienen preponderancia azul. De estos azules que nos atraen y al mismo tiempo nos confunden, nos dejan algunas preguntas. Como dice María Gainza en esta nota de Página/12: “No importa el rótulo que se le ponga, la obra de Aizenberg siempre termina por escaparse”. Evadámonos por ahí.

DOS: Los colores primarios, de Alexander Theroux

“El azul es un color misterioso, el tono de la enfermedad y la nobleza, el color más raro en el reino natural. Es el color de las profundidades ambiguas, de los cielos y, al mismo tiempo, de los abismos; azul es el color del lado de la sombra, el tinte de lo maravilloso y de lo inexplicable, del deseo, del conocimiento; de la carne cruda, del bife jugoso, de la melancolía y de lo inesperado”. Así, con esta enumeración algo caótica y bastante perfecta empieza este libro bellísimo que se propone agotar y definir los usos culturales de los colores primarios en todas las esferas de la sensibilidad a través de tres ensayos de un excéntrico escritor norteamericano llamado Alexander Theroux (que fue, por ejemplo, muy amigo de Edward Gorey). Amo que Theroux empiece con el azul (y no con el amarillo ni con el rojo) y le dedique ochenta páginas a ese color entre abstracciones, detalles, leyendas y chismes. Algunas de las referencias que comparto en este Hilo las saqué de su libro, editado por La Bestia Equilátera en 2013, y luego continuado en Los colores secundarios. Si disfrutan este tipo de libros, entre el ensayo y la historia, les recomiendo también Los colores de nuestros recuerdos, del historiador francés Michel Pastoureau.

TRES: Blue, de Joni Mitchell

Si no escucharon ningún disco de Joni Mitchell, este es el ineludible, el más famoso y el más representativo de esta artista multifacética canadiense que todavía está en actividad. Blue es de 1971 y tiene claras influencias hippies y folk, pero no es solo eso. Si bien es su cuarto álbum, acá por primera vez hay un sonido y una poética propias que atraviesan a Joni con mucha sensibilidad. Este 2021 el disco cumplió sus primeros cincuenta años y mereció reconocimiento y rescates múltiples. Cuenta la historia que ella escribió las diez canciones justo después de parir y de dar en adopción a una beba (como se puede interpretar entre líneas en la canción “Little Green” o en “River”). Y que vivió eso con mucha culpa cuando se hizo famosa. Hay que considerar la polisemia de dos palabras en inglés: “blue” es tanto azul como tristeza. Y “baby” puede referirse a un bebé real o a un hombre, por caso. Con una melancolía a flor de piel, y una voz que se va agudizando hasta meterse dentro nuestro, Joni habla de sus sentimientos con feroz profundidad y arreglos muy delicados. La escritura, composición y producción estuvo a su cargo para entregar un álbum íntimo y redondo, sutil y complejo.

CUATRO: Kind of Blue, de Miles Davis

Y hablando de la polisemia del azul en inglés, no podemos obviar este histórico disco de Miles Davis aproximándose a cierto tipo de tristeza jazzera, bohemia. Grabado en solo dos sesiones en 1959 y con músicos increíbles como John Coltrane, Bill Evans, Paul Chambers y Wynton Kelly, es el álbum de jazz más vendido de la historia. Un disco concebido a partir de improvisaciones, sin ningún tipo de ensayo: parece que al llegar al estudio solo tenían una idea vaga de lo que iban a interpretar. Lo demás es la alquimia que se consigue cuando gente talentosa se reúne, se concentra y toca. Es de esos álbumes que marcaron un antes y un después para muchos músicos no solo de jazz, sino también de otros géneros. La punta de lanza de la experimentación sonora. La confirmación de que la improvisación y la libertad pueden dar excelentes resultados, a la altura de los grandes clásicos.

CINCO: La novela de la Costa Azul

Otro libro asociado al azul, esta vez escrito por Giuseppe Scaraffia, un filósofo italiano especialista en literatura francesa que suele escribir ensayos entre la erudición y la divulgación, publicado por Periférica. Me interesó en particular porque se ocupa de esa región tan famosa de la Riviera Francesa, bañada por las aguas del Mediterráneo y tan asociada a la riqueza y el glamour en el imaginario de occidente. Cannes, Saint Tropez, Niza, Antibes, Aviñón, Marsella, Montecarlo, todas pequeñas localidades en las que veraneaba la aristocracia desde comienzos del siglo XX por su clima cálido, y el espacio que elegían también muchos artistas y escritores para afincarse tiene una historia interesante sobre cómo las tabernas bohemias le dieron lugar a los hoteles lujosos con vista al mar. En este libro se cuentan anécdotas y chismes anacrónicos de personajes de distinta talla. Cocteau, Scott y Zelda Fitzgerald, Anaïs Nin y Chéjov, por ejemplo, pasaron por sus playas. Pablo Picasso tenía una casa hermosa en Antibes que hoy es un museo. Coco Chanel impuso allá la moda del palazzo y las alpargatas, pero también las remeras a rayas de inspiración marinera. La que no la pasó tan bien en ese clima y paisaje idílico fue la poeta rusa Marina Tsvietáieva, exiliada y perseguida por Stalin: “No necesito toda esta belleza: el mar, las montañas, las mimosas en flor. Esta belleza me obliga a un estado de admiración permanente. Sé que muchos serían felices en mi lugar, pero esta obstinada belleza me pesa. No puedo corresponder a ella. Yo siempre he amado las cosas sencillas, lugares normales y vacíos que no le gustan a nadie. Nunca podría amar la Costa Azul, como nunca pensaría en amar al heredero del trono”, llegó a decir. Y un poco la entiendo. 

SEIS: Croma y Blue, de Derek Jarman

El director de cine británico Derek Jarman murió en 1994 de VIH. Fue queer antes de que queer fuera un rótulo extendido. Militó en favor de los derechos de la diversidad sexual y fue uno de los primeros que habló públicamente de su homosexualidad a comienzos de los 80. Además de filmar muchas películas experimentales y de ser amigo personal de Tilda Swinton (quién pudiera), dirigió también videoclips de los Sex Pistols, de Pet Shop Boys, de The Smiths, entre otros. Y acá viene al caso mencionarlo porque cuando recibió su diagnóstico de VIH positivo tomó varias decisiones clave: la primera fue que, en vez de ocultarse, iba a a volverse una de las caras visibles de la pandemia. Así que se puso a trabajar y filmó seis largometrajes. El último de ellos se llama justamente Blue y es de 1993 (se puede ver online acá). Ahí, entre otras consecuencias físicas, ya había perdido la vista del ojo derecho. La película –dedicada a Yves Klein– consiste en una imagen fija única, de un azul intenso, que ocupa toda la pantalla. Y se van sucediendo distintas músicas y narraciones de actores amigos de Jarman que van contando fragmentos de su vida. El mismo año Jarman escribió Croma, un libro sobre los colores hecho de breves ensayos que los van abordando desde su propia experiencia y erudición. Un tratado fragmentario que habla tanto de las condiciones históricas de los colores como de los pigmentos y sus funciones en la historia de las ideas. Acercándose a la oscuridad definitiva, Jarman rescata los distintos tonos y se vuelve más luminoso que nunca aunque eso implique despedirse de su jardín, de su pasado, del sexo, de sus amistades, y de esos colores que apenas puede seguir viendo.

SIETE: Hemisferio aparte, de Francisco Garamona

¿Vale recomendar un disco de tapa azul? Digamos que sí. Este álbum de Francisco Garamona fue una grata sorpresa de 2021. Si no lo conocen, les cuento que Garamona es músico, poeta, editor y librero. Entre sus creaciones se encuentra el sello editorial Mansalva –de los proyectos más interesantes de literatura de los últimos quince años– y la librería de joyas La Internacional Argentina, que queda en la calle Padilla, en pleno barrio de Villa Crespo. Es también coleccionista de arte contemporáneo. Cuesta pensar a Garamona en disciplinas separadas. Más sencillo es considerarlo un artista total, medio renacentista. Todos sus proyectos se superponen y fluyen. Es tremendamente creativo. Como compositor, por ejemplo, es el responsable de la canción “La cascada de tu pelo enredado”, uno de los hits indiscutidos de Los Besos, la banda de Paula Trama. Y como cantautor ya había sacado varios discos. Hemisferio aparte cuenta con la producción de Ulises Conti y Juan Ravioli y tiene diez canciones redondas, en general acompañadas por un piano, que al principio recuerdan un poco a los discos solistas de Daniel Melero, pero después los arreglos de vientos y cuerdas ayudan a que tomen vuelo propio. Con la voz bien adelante y con lírica despojada y con gracia, Garamona hizo un disco refrescante y pegadizo, ideal para tararear en los calores del verano. 

OCHO: Azul Nápoles

Soy de las que cayó rendida ante la nueva película del director italiano Paolo Sorrentino (que se estrenó directo en Netflix, aunque hubiera amado verla en cine). Se llama Fue la mano de Dios y está basada en la adolescencia del propio Sorrentino. Contada a través del punto de vista de un adolescente en pleno momento de indefinición y de inmadurez sexual, con guiños a la filmografía de Fellini, la película retrata la vida de una familia de clase media napolitana en plena década del 80. Una familia unida, un poco grotesca y bromista pero entrañable, que, por supuesto, es hincha del Napoli. El trasfondo de este film es la llegada de Maradona al club: la expectativa primero, la realidad después. A medida que se narra la vida de este adolescente, nos van contando también con fascinación cómo un jugador se convirtió en el ícono y el ídolo de toda una ciudad. El azul es el color preponderante de la película y también el tono de la camiseta del Napoli, claro (bueno, es celeste pero casi azul). También es bien azul el mar Tirreno del golfo de Nápoles, y el cielo prístino del verano, otros protagonistas no humanos de esta historia de formación. No adelantaré demasiado de Fue la mano de Dios porque hay un quiebre en la mitad del film que marca un antes y un después en la vida de Fabietto, el protagonista. Pero insisto en que no se la pierdan porque es muy disfrutable. (Y si no lo hicieron todavía, es genial verla en tándem con Diego Maradona, el documental de Asif Kapadia que se detiene específicamente en la vida del Diez en Nápoles). 

NUEVE: la Casa Azul de Frida Kahlo 

La casa más colorida del barrio de Coyoacán, en la ciudad de México, es la que habitaron Frida Kahlo y Diego Rivera. Y se llama popularmente la Casa Azul, por el tono tan característico con el que la pintaron por fuera y por dentro. Es un azul tan particular, que se llama Azul México. La casa se conserva casi igual a como ellos la tenían decorada, y si la visitan pueden sentir un poco del espíritu que se respiraba ahí. Un espacio que fomentaba la inspiración de dos grandes artistas con muchas plantas, piezas de alfarería, espacios interiores hermosamente dispuestos, y también lugares privados de trabajo. Si no pueden viajar a México, por lo menos pueden recorrerla en este tour virtual muy bien hecho, a 360°. Es casi como caminar por adentro pero en la pantalla (y un poco se agradece que no haya turistas alrededor). Podemos espiar el taller de trabajo de Frida, su recámara de día –con una cama que tiene un espejo arriba–, la hermosa cocina con todos sus objetos, el patio y su vegetación. Muy impactante recorrerla e imaginarla a Frida ahí, viendo entrar la luz por esos grandes ventanales. 

DIEZ: Un poema de Jorge Teiller

Para terminar, les dejo este poema bellísimo de Jorge Teiller, el poeta chileno. Qué gran cantera de poetas es Chile, realmente. Este me parece muy emocionante (y romántico, claro). Para aprendérselo de memoria y recitarlo en las ocasiones justas.

Tu color preferido es el azul

Mi color preferido es el azul

Nunca más le preguntemos a nadie

                      qué color prefiere

Para creer que nosotros inventamos el azul.

Ahora sí, me despido hasta el año que viene. 

Ojalá que este Hilo te haya dado ganas de mirar el cielo, o el mar. De contemplar solamente su color. O concentrarte en cualquier azul y perderte un poco ahí. 

Ojalá también que 2022 nos encuentre lo mejor posible. Con deseos renovados.

Gracias por leer. Y por favor cuidate mucho.

Malena

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Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.
@noeselcaso

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