Del “Nunca Más” al “¿para qué?”: la cuestión de la democracia
Los jóvenes dejaron de valorar el régimen, no porque difieran con la memoria sino porque no satisface sus necesidades. La eficiencia en cuestionamiento.
Hay conceptos que parecen eternos… hasta que dejan de serlo. La democracia es uno de ellos. Durante décadas, especialmente en nuestro país desde 1983, funcionó como un consenso casi sagrado: podía haber desacuerdos sobre políticas públicas, liderazgos o modelos económicos, pero no sobre el régimen. La democracia no se discutía. Era el punto de partida. Hoy, ese consenso ya no es tan evidente.
Conviene empezar por una aclaración incómoda: la democracia no es unívoca. No es una idea cerrada ni un paquete estándar. El economista y politólogo Joseph Schumpeter propuso en 1942 una definición minimalista: la democracia como un método para elegir gobernantes a través de elecciones competitivas. Sin épica, sin promesas trascendentes. Un procedimiento. En esa línea, la democracia funciona si garantiza reglas de juego y alternancia.
Pero se puede exigir más. En 1971, Robert Dahl amplió esa mirada con su idea de “poliarquía”, incorporando dimensiones como la participación efectiva, el pluralismo y la inclusión. Y más recientemente, autores como Daron Acemoglu (2012) y James Robinson (2019) enfatizaron el rol de las instituciones inclusivas: no alcanza con votar, dicen, si el sistema no genera condiciones para el desarrollo económico y social sostenido. Es decir, la democracia no solo debe existir; debe funcionar.
Progreso, inclusión y estabilidad
Durante mucho tiempo, en Argentina nos convencimos de que todas estas dimensiones venían juntas. Que votar cada dos años garantizaba, tarde o temprano, progreso, inclusión y estabilidad. Que el procedimiento traía consigo los resultados. Pero la evidencia de los últimos años sugiere que no necesariamente es así.
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SumateA nivel global, el panorama tampoco ayuda. Según The Economist Intelligence Unit de 2023, más del 39% vive bajo regímenes autoritarios y sólo el 8% vive en “democracias plenas”. Pero el dato más incómodo no es ese, sino otro: no siempre hay correlación clara entre democracia, crecimiento económico y bienestar subjetivo. Casos como China o Vietnam muestran que es posible crecer de manera sostenida sin democracia liberal, mientras que estudios recientes —como los de Acemoglu y sus coautores— indican que los beneficios económicos de la democracia son reales, pero de largo plazo y lejos de ser automáticos. En pocas palabras, países con déficits democráticos muestran, en algunos casos, niveles aceptables de satisfacción social, mientras que democracias formales exhiben frustración, enojo o apatía.
El informe de Latinobarómetro aporta una clave adicional: en América Latina, el apoyo a la democracia se mantiene relativamente estable, pero la satisfacción con su funcionamiento cae. Es decir, la gente sigue creyendo que la democracia es el mejor sistema posible, pero está cada vez menos conforme con cómo funciona en la práctica. La legitimidad normativa resiste; la legitimidad empírica se erosiona.
Las tres C
En Argentina, esta tensión se vuelve particularmente visible cuando se contrasta la promesa fundacional de la democracia con los resultados concretos. Raúl Alfonsín lo sintetizó con una frase que quedó en la historia: “Con la democracia se come, se cura y se educa”. Era más que un slogan, era un contrato moral. Sin embargo, cuarenta años después, los indicadores invitan a revisar ese contrato.
¿Se come? Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, más de la mitad de los niños, niñas y adolescentes en Argentina viven en hogares con inseguridad alimentaria, y cerca de uno de cada cuatro atraviesa situaciones severas. Es decir, no solo comen peor: muchas veces, directamente no comen lo suficiente. A esto se suma un fenómeno igualmente preocupante: la malnutrición. Mientras persisten déficits alimentarios en los sectores más vulnerables, más del 40% de los chicos presenta sobrepeso u obesidad, producto de dietas de baja calidad. En Argentina no solo hay hambre. Hay mala alimentación. Y esa combinación es todavía más peligrosa.
¿Se cura? Argentina destina cerca del 9% de su PBI al sistema sanitario, un nivel comparable con muchos países desarrollados. Sin embargo, los resultados están lejos de reflejar ese esfuerzo. El sistema está profundamente fragmentado entre el sector público, las obras sociales y el privado, lo que genera desigualdades marcadas en el acceso y la calidad de la atención. Cerca del 40% de la población depende exclusivamente del sistema público, donde los problemas de turnos, tiempos de espera e infraestructura son parte de la experiencia cotidiana. En salud, Argentina no tiene un problema de gasto. Tiene un problema de resultados.
¿Se educa? Alrededor del 13% de los estudiantes argentinos termina la escuela secundaria con niveles satisfactorios de comprensión lectora, según datos de CIPPEC. Más de la mitad no alcanza los niveles mínimos esperados, y en matemática la situación es incluso más crítica. A esto se suma otro dato igual de preocupante: solo 5 de cada 10 jóvenes logra finalizar el secundario en tiempo y forma. La democracia prometió educar, pero hoy apenas logra escolarizar. Y no es lo mismo.
Esto no implica que la democracia haya fracasado. Implica, quizás, que la estamos midiendo mal. O, más incómodo aún, que la estamos exigiendo poco.
Eficacia en la vida cotidiana
El caso de El Salvador introduce un elemento adicional para el debate. Según datos de Latinobarómetro, es uno de los países donde más creció la satisfacción con la democracia en los últimos años. Sin embargo, muchos analistas cuestionan si el régimen de Nayib Bukele mantiene estándares democráticos plenos, especialmente en términos de división de poderes y garantías institucionales. ¿Cómo se explica entonces esa aparente contradicción? Una posible respuesta es que, para amplios sectores de la sociedad, la eficacia —en este caso, en materia de seguridad— pesa más que la calidad institucional. Dicho de otro modo: si la democracia no resuelve problemas concretos, pierde legitimidad frente a modelos que sí lo hacen, aunque sea a costa de ciertas reglas.
Este punto es clave para entender lo que está ocurriendo con las nuevas generaciones. Para quienes vivieron la dictadura, la democracia tiene un valor intrínseco, casi existencial. Es el sistema que evitó el horror. Para los jóvenes, en cambio, la democracia es el statu quo. No es una conquista, es una condición dada. No la comparan con la dictadura, porque no la vivieron. La comparan con su vida cotidiana. Y ahí es donde empieza el problema.
Un estudio reciente de Pulsar (UBA) muestra con claridad este fenómeno: los jóvenes se sienten cada vez más alejados de la política institucional, con niveles bajos de identificación partidaria y escasa confianza en los actores tradicionales. Pero eso no significa apatía total. Significa otra cosa: una distancia crítica. O, en términos que usamos en Isonomía, una creciente masa de “desimplicados”. Ciudadanos —muchos de ellos jóvenes— que no están ideológicamente en contra de la política, pero que no se sienten parte de ella. No se reconocen en sus códigos, ni en sus tiempos, ni en sus prioridades.
La juventud y su frustración
Desde la investigación cualitativa lo vemos con claridad. Los jóvenes no necesariamente cuestionan la democracia como idea, pero sí su desempeño. La perciben como un sistema que promete mucho y entrega poco. Que habla en un lenguaje que no los representa. Que no logra resolver sus principales preocupaciones: acceso al trabajo, estabilidad económica, vivienda, salud y, sobre todo, proyección de futuro.
A esto se suma un cambio profundo en el ecosistema informativo y social. Las redes sociales no solo modificaron la forma en que los jóvenes se informan; también transformaron la manera en que perciben la realidad. La lógica algorítmica premia la emocionalidad, la confrontación y la simplificación. En ese ecosistema, la democracia institucional —lenta, negociada, compleja— pierde atractivo frente a soluciones rápidas, claras y, muchas veces, autoritarias en su lógica.
Pero el problema no es solo comunicacional. También es existencial. Diversos estudios muestran que los jóvenes hoy se sienten más solos, más ansiosos e inciertos respecto de su futuro que generaciones anteriores. Viven más conectados que nunca, pero también más aislados. Pasan más tiempo en sus celulares, pero confían menos en casi todo. En ese contexto, la democracia aparece muchas veces como un sistema incapaz de ordenar, contener o proyectar.
Si a esto le sumamos la creciente apatía electoral —con niveles de participación que tienden a caer como lo venimos observando en nuestro país— el cuadro se completa: menos participación, menos identificación y menos paciencia. La democracia, que durante décadas se sostuvo también por el recuerdo del pasado, hoy enfrenta el desafío de justificarse en el presente.
Un límite borroso
Durante mucho tiempo, el “fantasma” de los militares funcionó como un límite claro. Era el recordatorio permanente de lo que no podía volver a suceder. Ese fantasma hoy tiene cada vez menos capacidad movilizadora. No porque haya desaparecido la valoración de los derechos humanos, sino porque cambió el marco de referencia. Para una parte importante de la sociedad, especialmente los jóvenes, el problema no es evitar el pasado, sino resolver el presente.
Esto nos obliga a una reflexión incómoda pero necesaria: la democracia no se legitima sólo por su origen, sino por su rendimiento. No alcanza con votar. No alcanza con que haya elecciones competitivas. La democracia tiene que dar respuestas. Tiene que ser eficaz. Tiene que mejorar la vida de las personas. Y si no lo hace, el consenso se erosiona.
Quizás el error fue pensar que la democracia era el punto de llegada, cuando en realidad era el punto de partida. Un sistema que habilita, pero no garantiza. Que permite construir, pero no construye por sí mismo.
¿Con quién compite la democracia?
La discusión de fondo, entonces, no es nostalgia versus futuro. Es exigencia versus conformismo. Si nos quedamos con la versión schumpeteriana —correcta pero insuficiente—, la democracia puede sobrevivir como procedimiento, pero perderá legitimidad como proyecto. Si aspiramos a una versión más robusta, el desafío es mucho mayor: implica construir un Estado inteligente y capaz, una economía ordenada que genere oportunidades y una política que vuelva a conectar con una sociedad —y especialmente con sus jóvenes— que hoy la mira con desconfianza.
Porque, al final del día, la democracia no compite contra la dictadura. Compite contra la frustración. Y esa es una competencia bastante más difícil de ganar.
Y, sobre todo, bastante más urgente en el metro cuadrado donde cada argentino —y especialmente cada joven— decide, todos los días, si todavía vale la pena creer.
Esta nota es parte de un especial de Cenital por los 50 años del golpe de Estado de 1976. Mirá el especial completo acá.