Cuando descubren su voz: cómo viven los pibes la memoria

Cómo encuentran su causa los jóvenes que creen en la defensa de los derechos humanos. ¿Cómo viven la discusión en las aulas cuando parece que todos a su alrededor piensan distinto?

“Cada familia tiene su canción”, escribe en un cuento Luciano Lamberti. Los domingos en la casa de Franco, esa canción suena así: desde el mediodía se escuchan las chispas del carbón y la tele prendida. Viven enfrente de la Ruta Provincial 25 de Pilar, conurbano norte, una zona ruidosa durante la semana. Pero esta vez hay tranquilidad. Una tarde, a sus 13, Franco se sienta a almorzar y a conversar con su papá, transportista, su hermana menor y su mamá, costurera. Le gusta ese ritual. Hay un documental de historia argentina de fondo. “En 1976 se produjo un golpe de Estado en el país”, narra el locutor, y sigue con una enumeración rápida de acontecimientos.

—Pará, pará, pará. Hay que hablar de esto —dice Franco y pone pausa—. Papá, vos tenías un año. ¿Cómo te sentiste cuando te diste cuenta de que naciste en dictadura?

En ese momento, era la primera vez que se hablaba en profundidad del terrorismo de Estado en su hogar. Ese recuerdo reflotó en su cabeza en quinto año, unos meses atrás, cuando la escuela lo llevó a él y a otros 50 estudiantes al Museo Sitio de la Memoria ESMA. El viaje en micro duró más de una hora. Era una mañana nublada. “Capital es un caos”, recuerda haber pensado mientras sonaban bocinazos sobre Avenida del Libertador. En la entrada, le llamó la atención el acrílico con las caras de los desaparecidos que estuvieron detenidos en el ex centro clandestino. Cruzó la puerta. Y de golpe, silencio.  

¿Cómo llega un pibe a hacer de la memoria una bandera a 50 años del golpe de Estado y con la ultraderecha en el poder? ¿Es la familia? ¿La escuela? ¿La militancia? ¿Las amistades? ¿Las redes sociales? ¿La herencia histórica de las luchas? En diciembre, Abuelas y Madres de Plaza de Mayo hicieron un festival en la ex ESMA con bandas y se llenó de adolescentes. ¿En qué piensan cuando se habla de “dictadura”? Desde esa salida escolar, Franco, que hoy tiene 18 años, valora más haber sido presidente de su centro de estudiantes: “No puedo creer que para nosotros la participación juvenil sea algo normal, pero el trasfondo es una generación que tuvo que sufrir mucho para que podamos expresarnos sin miedo”. 

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Thomas, de género fluido y 17 años, sí tiene miedo cuando habla de política. Vive en Villa Ballester y se interesó en los setenta a partir del programa Jóvenes y Memoria, que invita a los adolescentes a investigar sobre derechos. En su escuela, una institución pública ubicada a la vuelta de la Comisaría 2° de San Martín, ex-centro de detención clandestina, eligió comparar la situación de las personas trans en la dictadura y en la democracia. 

Para eso, caminó dos cuadras y tocó la puerta de Fuego, un centro de estética cooperativo y autogestionado por personas de la comunidad travesti-trans. Entre esmaltes, secadores de pelo y cremas, las peluqueras les contaron la violencia que padecieron durante esa etapa. Al volver, Thomas pensó que no cambiaron tantas cosas para la comunidad LGBTQNB+: “Si bien ahora hay más leyes que nos avalan y protegen, no se cumplen al pie de la letra. Hay patrones de violencia de la dictadura que se repiten en estos tiempos, como la persecución o las barreras para conseguir trabajo”. 

Y la dificultad para alzar la voz: “No me gusta hablar con personas de otra ideología porque no sé qué podría pasar, qué me van a decir o hacer. Por eso, me suelo juntar con pibes que piensan como yo. Aunque sean pocos. En general, lo que veo en mi generación es mucho desinterés político u opinión de derecha, pero porque están manipulados por la tele y las redes, no tienen argumentos propios”.

La soledad desespera

Es viernes. Hay cansancio y ganas de que llegue el fin de semana entre los estudiantes de Tercero B. Charlas por lo bajo, un poco menos de atención que lo habitual. Pero la docente hace una pregunta. Y el grupo se calla. La profesora repite: “¿Vieron lo que pasó ayer a la tarde en el Obelisco?”. 

Los adolescentes de este colegio parroquial del norte de CABA se miran entre ellos, serios. Algunos niegan con la cabeza. Hasta que alguien lo dice: “Murió un fotógrafo”. Se trata de Facundo Molares, manifestante que tuvo un infarto en medio de una represión de la policía de la Ciudad el 10 de agosto de 2023. Los efectivos lo mantuvieron a él y a otros militantes tirados en el piso, boca abajo, mientras presionaban sus cabezas con las rodillas.

Los jóvenes comentan lo sucedido. Varios levantan la mano. Entre ellos, Juan Bautista, o “El Tano”, como le dicen algunos docentes y amigos por su apellido. Una estudiante desliza que se lo merecía por haber generado incidentes. El Tano baja el brazo. “Después de escuchar lo que dijeron varios compañeros, me autocensuré. No me olvido más. Ese año casi me voy del colegio. Me sentí completamente solo, apocado. Volví a casa y se lo conté a mis viejos. Me dijeron: ¿cómo no vas a hablar?”, cuenta a Cenital.

La violencia estatal es un tema que sensibiliza a Juan Bautista, que tiene dos tíos de Santiago del Estero desaparecidos. Eran jóvenes, estudiantes, militantes. Peronistas como él. Al Tano se lo contaron cuando era chico. A diferencia de Franco y Thomas, que se movilizarán por primera vez este 24 de marzo, a los 50 años del golpe de Estado, él va a las marchas con sus padres desde que tiene registro. Y también a las rondas de los jueves en Plaza de Mayo. Allí saludó a Norita Cortiñas, que le agarró la cara mientras le decía: “Qué chiquito que sos”. 

Pasaron más de dos años desde esa escena parteaguas en el aula. En el medio, Juan Bautista empezó a hablar. Los motivos fueron varios: una familia y docentes que empujaron, compañeros que le pedían su opinión y un proyecto escolar sobre los 40 años de democracia que lo ayudó a argumentar mejor. Una propuesta que le permitió, incluso, entrevistar a Elsa Pavón, cofundadora de Abuelas, para un podcast que luego circuló en la comunidad escolar.

María Gabriela Nannini, docente de Historia y una de las impulsoras de la iniciativa, explica que hace rato nota un quiebre en las aulas. Entre 2015 y 2020, en los años de fervor feminista, el cuestionamiento a las desigualdades estaba más instalado en los estudiantes: “Eran los pibes y pibas que crecieron viendo a Zamba en un contexto de ampliacón de derechos”. En la pandemia, en cambio, cuando abordaba dictadura en las clases virtuales, aparecían preguntas que nunca antes había escuchado ni entendía de dónde venían: “¿En qué te basás para definir así al neoliberalismo?”, por ejemplo. La profesora citaba las fuentes. Si las rebatían, le pedía a los alumnos que llevaran las suyas. Entonces, aparecían citas  a Agustín Laje, referente de la extrema derecha. 

“Con el proyecto de jóvenes y democracia, pudieron escuchar otras voces que estaban más aplacadas por el contexto político y el crecimiento de los discursos libertarios, que se volvieron más fuertes y difíciles de cuestionar. Yo notaba que siempre había dos o tres por curso con un interés más marcado por los derechos humanos, pero no se encontraban. No se podían identificar porque no hablaban”, señala la docente.

Encontrarse con los propios

El Tano encontró algunos amigos “progresistas”, pero los cuenta “con los dedos de una mano”. Con uno fue hace un año a esperar a Milo J, el cantante de 19 años que habla de memoria, a la salida del estudio del canal Olga en Palermo. Se había quedado con ganas de verlo tras la decisión del gobierno nacional de cancelar su recital en la ex ESMA. Juan Bautista desentonaba entre el resto de los adolescentes vestidos con gorras, lentes y pantalones oversize. La mayoría, más altos que él. Llevaba el jogging azul marino del uniforme, una remera blanca lisa y su “mochilita” con la carpeta, la cartuchera y el “kit anti represión” que le enseñaron en su casa: botella de agua, documento y pañuelo para taparse la nariz. De ahí se fue en colectivo hasta el Congreso para marchar con los jubilados, pero las imágenes que vio en su celular lo hicieron bajarse y volver. Esa tarde, un gendarme le abrió la cabeza al fotógrafo Pablo Grillo con una granada de gas lacrimógeno.

Juan Bautista todavía se siente “un bicho raro” entre sus pares. “Los años de debate político en el secundario me sirvieron mucho, porque puedo entender cómo piensan los demás. Pero a veces es difícil debatir. Empiezan diciendo que saco de cualquier lado los datos, después siguen las chicanas y quizás los insultos. Y yo me frustro, digo ‘¿cómo pueden pensar eso?’ El problema de esta generación es que no se informan. Si conocés la historia, tenés otra forma de leer la actualidad.”.

Franco coincide. Le preocupa el uso que el Gobierno Nacional hace de los entornos digitales para “influenciar a los jóvenes” y avivar miradas negacionistas. Pero ¿decir que no fueron 30 mil es una mera cuestión de desinformación? Desde las redes, los contenidos de Laje, Milei y otros referentes libertarios envalentonaron a una tribuna deseosa de argumentos para sacudir un consenso que parecía inquebrantable. De pronto, había otras ideas disponibles para la discusión política.

El Tano cree que cuestionar la cifra es cruzar un límite: “No entienden que si no se sabe cuántos fueron con exactitud es porque hay una deuda del Estado y de los responsables que tienen que dar respuestas. Cuando un pibe me dice eso, que no son 30.000, le digo que si no hubiese pasado lo que pasó, yo hoy podría viajar a ver a mis tíos. Y mi abuelo no se hubiese muerto preguntando dónde estaban”.

La violencia de ayer y la de hoy 

El 15 de marzo de 2004, Diego Duarte, de 15 años, fue a cirujear con su hermano Federico a los basurales del Ceamse ubicado en el Camino del Buen Ayre, en José León Suárez, provincia de Buenos Aires. Buscaba comida y metales para vender y comprar zapatillas de cara al inicio de clases. Al advertir la presencia policial, los adolescentes se escondieron entre cartones y la máquina les descargó una tonelada de basura encima. Federico pudo escapar. Pero el cuerpo de Diego nunca se encontró.

En los barrios populares, la desaparición se vive de otra manera: como una posibilidad del presente. Así lo explica Teresa Pérez, coordinadora socioeducativa en la Escuela Secundaria de la UNSAM, José León Suárez, y referente de Jóvenes y Memoria en la Municipalidad de San Martín: “Para los pibes de Suárez, Diego es un desaparecido más. Y podrían haber sido ellos. A la distancia, lo asocian con los 30 mil. Alicia Duarte sería una hermana de Plaza de Mayo. Las distancias en el tiempo se achican. Dictadura, 2001… todo lo viejo es lo mismo”.

Lo que convoca a los jóvenes son las historias con nombre propio. “¿Y esto a quién le pasó?”, es una frase que se escucha a diario en la escuela. La causa que más los sensibiliza es la guerra de Malvinas. “Aman a los excombatientes. Se ve que hay algo fuerte que les transmiten los padres. Con las islas hay héroes claros, un enemigo concreto y un territorio en disputa. En cambio, hablar del plan económico neoliberal de la dictadura es más abstracto. Cuesta mucho”, dice Teresa.

¿Y las Madres y Abuelas? También, heroínas. Mucho más que Milei, de acuerdo con la docente, pero los libertarios hablan más alto: “Aunque la mayoría sea de clase media, las asumen como propias. Ellas representan todo, incluso a las madres de los obreros peronistas que no pudieron nunca salir a buscarlos porque estaban criando pibes a dos horas de la Ciudad”.

Sus alumnos no podían creer que esas mujeres siguieran girando en la plaza todos los jueves con sus pañuelos. Así que fueron a una ronda. Muchos no habían ido nunca a Plaza de Mayo y viajaron en subte por primera vez. Cuando llegaron, dijeron que se sentían en una película. Teresa remarca que no diferencian a las Madres. A todas les dicen “abuelitas”, porque así las ven.

Para la educadora, encontrar nietos les pone un objetivo a los jóvenes. “Todos necesitan una tarea cuando se vinculan con la memoria: ‘yo me enteré de esto, ¿qué hago?’. Mi generación fue la del juicio y castigo. Queríamos a los milicos presos. Los pibes ahora se conmueven por la búsqueda de la verdad y la vida. Sobre esa base hay que seguir construyendo un horizonte de lucha para ellos”.

El legado

Ludmila, del barrio 9 de Julio de Suárez, rulos marrones y largos, tuvo la oportunidad de conocer a las Madres y Abuelas, y expresarles su admiración: “Son luchadoras incansables”. La joven de 18 años se crió en la unidad básica donde militaba su papá. También, con una canción de fondo: la marcha peronista. Cuando salía de la primaria, iba a la asamblea y agarraba libros de la biblioteca o jugaba mientras los adultos debatían. Pero pescaba algunos comentarios de refilón. A sus diez, le preguntó a su papá quién era “el innombrable”, la forma en la que se referían al expresidente Carlos Menem. 

Así creció y se convirtió en militante, en un mundo de adultos que la cuidaba en las movilizaciones como si fuese una sobrina. Por decisión propia, dice, y porque no tolera “las injusticias”. La época se encargó de hacerla, también, feminista. Todo ese cóctel la ayudó a conversar sobre política con sus pares. Recuerda principalmente un encontronazo en el centro juvenil donde participaba, también como Thomas, en Jóvenes y Memoria. Estaban cerca de viajar a los complejos turísticos creados por el primer peronismo en Chapadmalal, una tradición en la que muchos chicos y chicas conocen el mar. Allí expondrían los proyectos finales de su investigación. En su caso, un documental que contaba la historia de Estela de Carlotto. 

Un compañero de su curso y del centro no paraba de elogiar a Milei, por entonces candidato a presidente. “Lo sentamos a la hora de la merienda y le dijimos: ‘Mirá, quiere cerrar los complejos de Chapa, sacar la Beca Progresar que vos tenés y desfinanciar la universidad. Si eso pasa, la escuela también pierde’”. 

Ludmila se frustra. Ve mucha apatía en su generación: “Hace unos años no tenía dudas de que nosotros íbamos a sostener el legado de la memoria, aunque ahora me lo pregunto. Quiero pensar que todavía es un consenso muy arraigado. Las Madres y Abuelas no se tocan. Son casi santas”. Juan Bautista comparte: “Crecí diciendo que los pibes de 18 íbamos a llevarlas en las sillas de ruedas. Todavía lo creo, pero no sé cuántos seremos”. 


Esta nota es parte de un especial de Cenital por los 50 años del golpe de Estado de 1976. Mirá el especial completo acá.

Nació en julio de 1996. Es periodista especializada en educación y juventudes, docente en el nivel secundario y superior. Licenciada y profesora en Ciencias de la Comunicación (UBA).