Con quién parir: debate por las cesáreas en Mendoza
Un acuerdo entre el gobierno y clínicas privadas para bajar la alta cantidad de intervenciones quirúrgicas terminó en crisis porque limitaba el derecho a decidir al momento del parto.
En los últimos meses se conoció un convenio del Gobierno de Mendoza con los hospitales privados para que a partir de julio de 2026, los partos sean atendidos por el equipo de guardia de la clínica y no por el o la obstetra de la mujer embarazada. La decisión buscaba disminuir las cesáreas, que en Mendoza superan la media nacional y están traccionadas principalmente por el sector privado, donde alcanzan a ocho de cada diez partos. Las asociaciones médicas alzaron su voz e hicieron eco de la preocupación de las mujeres y, por la resistencia, el Gobierno tuvo que acceder a modificar la estrategia.
Cuando se anunció, las gestantes se alarmaron por la medida que impedía poder elegir que su obstetra acompañara el parto en clínicas privadas y derivaba la atención al servicio de guardia. Distintos sectores involucrados empezaron a presionar para modificar la nueva norma, incluido el Círculo Médico. Por un lado, porque —además de las mujeres—, obstetras y licenciadas en obstetricia habían quedado afuera de la decisión inicial y, por otro, porque no creen que esta regla puntual logre cumplir el objetivo. El convenio fue resistido y ya no es el mismo.
Según Florencia Forno, presidenta de la asociación de obstetras OBUM, desde el Ministerio de Salud intentarán una medida que incluya el fortalecimiento de los equipos con la participación del o la obstetra que la mujer elija.

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Sumate¿Cómo y por qué reducir las cesáreas? ¿Dónde está la autonomía de las mujeres si no pueden elegir con quién parir? ¿Qué pasa con las cesáreas electivas? Las preguntas no son simples y las respuestas tampoco. Incluso, de acuerdo con quién hablemos, son hasta contradictorias. La complejidad ayuda a abordar la profundidad del problema. Forno, tocoginecóloga y presidenta de la asociación OBUM; Beatriz Cano, docente y doula (acompañante de partos); y Laura Quevedo, licenciada en Obstetricia o partera, como prefiere ella llamarse, comparten sus perspectivas.
Cesárea sí o no
Para Forno el problema de la cantidad de cesáreas en Mendoza es multifactorial y la solución también debería serlo. “No podés apuntar solo al médico obstetra para reducir las cesáreas. Si querés cambiar la modalidad del nacimiento, tenés que involucrar a los hospitales, a los neonatólogos, a los enfermeros, a los anestesiólogos, a las parteras, a todo el equipo que participa para que las mujeres tengan una experiencia global más amorosa». Además, explica por qué una cesárea no es preferible a pesar de la seguridad alcanzada por el desarrollo científico y reflexiona sobre las características de la época como el valor de lo inmediato y la tendencia a evitar procesos que hacen que las mujeres elijan cesáreas.
Para la doula Cano, el sistema de salud mendocino se ha ido alejando progresivamente de los lineamientos de la Ley de Parto Humanizado, que incluye mucho más que la compañía de una persona de confianza. Ni los grupos de profesionales de la salud ni las instituciones están capacitados para acompañar un parto fisiológico, que necesita —fundamentalmente— tiempo. “El sistema busca excusas y propicia que las mujeres elijan la cesárea”, afirma. Y asegura que no es excepcional que los obstetras acomoden los partos en función de sus agendas.
“Quien tomó la decisión no tiene mucho contacto real con las mujeres que van a parir, sino que se tomó desde un lugar organizativo y de gestión, pero no desde la salud integral”, dice Quevedo sobre el convenio inicial del Gobierno que quitaba la posibilidad de parir con el equipo elegido previamente. Asegura que el aumento de cesáreas es resultado de cómo se ha ido planteando la atención del parto en el sistema de salud mendocino los últimos veinte o treinta años: se refiere a una marcada formación intervencionista —que incluso prefieren las gestantes y sus acompañantes— que tira por la borda el respeto a los tiempos biológicos. Denuncia las regulaciones locales que limitan la autonomía de las licenciadas en obstetricia y critica que en las clínicas privadas el rol de las parteras queda relegado a tiempos y formas de las y los obstetras.
El panorama en Mendoza
El aumento de las cesáreas innecesarias es un fenómeno de todo el país que en Mendoza se agrava. ¿Por qué se le dice “innecesarias”? Porque desde 1985 la Organización Mundial de la Salud sostiene que las cesáreas deben ser entre un 10% y un 15% del total de los partos. Menos sería síntoma de que el sistema no está preparado para prevenir quirúrgicamente complicaciones evitables de morbimortalidad materna y perinatal; pero no hay evidencia de los beneficios de la cesárea cuando no hay razones médicas, por arriba de ese porcentaje. No deja de ser una cirugía que, como tal, está asociada a riesgos.
Mientras a nivel nacional las cesáreas son alrededor de un 43% de los nacimientos, en Mendoza suben a 53%. Pero la problemática no se queda ahí: en el sector privado, las cesáreas casi duplican las del sector público: 78-80% frente 40%. No es un número marginal si, además, se tiene en cuenta que la atención obstétrica de las clínicas privadas mendocinas abarca el 41% de los nacimientos, según datos del Ministerio de Salud y Deportes provincial.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) viene advirtiendo esta situación. En diciembre de 2025 se reunió con el Ministerio de Salud de Mendoza y presentaron una estrategia para revertirla. Sin embargo, según la presidenta de OBUM, el primer convenio lo trabajó el Gobierno con los jefes de servicio de las clínicas, no con equipos médicos ni con las mujeres embarazadas. Fue iniciativa de la asociación entablar un diálogo más amplio.
La alta tasa de cesáreas en el sector privado deriva en un círculo vicioso. Forno explica: “Quienes hoy se están formando en el sistema obstétrico privado mendocino tienen muy poca formación y muy poca experiencia en la asistencia de partos. Si de diez partos, hiciste, asististe o viste ocho cesáreas, ¿cómo te formás en los procesos fisiológicos? Vos trabajás con las herramientas que tenés”.
En el mismo sentido, Quevedo recuerda de su paso por la Universidad del Aconcagua: “Muy pocas veces vi un parto fisiológico en mis prácticas profesionales. Aunque es importante permitir que el cuerpo, las hormonas y el proceso fluyan, nos enseñaron a intervenir, a cortar, a poner suero, cuando en realidad lo que se recomienda a nivel nacional e internacional es la asistencia, la observación y el cuidado del proceso fisiológico. Solo en caso de ser necesario hacer una intervención y, dentro de una institución, eso es muy difícil”.
La mirada (no puede ser solamente) médica
La conversación sobre partos y nacimientos excede el aspecto meramente médico. Se filtran cuestiones de política pública, de análisis sociológico, de época, de derechos reproductivos. Por eso el problema de las cesáreas innecesarias requiere un abordaje integral. Y por eso la decisión inicial del gobierno es insuficiente y, además, de dudosa efectividad. El convenio quitó la prohibición de que las mujeres elijan con qué obstetra parir, aunque se han agregado ciertas condiciones.
Como si no existiera la Ley de Parto Humanizado, la modificación aclara que «las partes consideran conveniente contemplar la continuidad del vínculo entre la persona gestante y su médico tratante» y que “la paciente” puede decidir que la atienda su obstetra.
Ante este escenario, la médica tocoginecóloga plantea que en el aumento de cesáreas intervienen lógicas institucionales, carencias de equipo y cambios profundos en la subjetividad de las mujeres y sus familias. La idea de que el médico o la médica en el consultorio es alguien que busca operar por conveniencia ignora las complejidades del sistema actual. De hecho, el vínculo de confianza construido durante meses es un factor de seguridad y contención vital para las mujeres en la experiencia del parto.

Además, está muy extendido que la cesárea se puede elegir y una gran cantidad de mujeres la prefiere. Las razones son múltiples: quizás temor al trabajo de parto, evitar largas horas con dolor o porque les da otra sensación de control.
Uno de los mayores obstáculos para atender partos radica en la falta de equipos sólidos y estables en las instituciones privadas, asegura la ginecóloga Forno. La posibilidad de sostener un trabajo de parto a las cuatro de la mañana se reduce drásticamente si el médico tiene que ir desde su casa, llamar a un anestesista que quizás debe viajar veinte kilómetros para llegar o coordinar con personal de guardia con el que no tiene un vínculo previo. Forno lo compara con el hospital Roque Sáenz Peña, donde se formó en Rosario, que en 2017 logró que las cesáreas fueran el 18%. No había secretos, había equipos.
Cuando vino a Mendoza le sorprendieron las edades gestacionales. En Rosario, explicó, si una primeriza no arrancaba en trabajo parto la internaban pasadas las 41 semanas. “Acá con cuarenta semanas es como que explota la bomba”, cuestiona. A las 38 ya habilitan la inducción por falta de protocolos basados en evidencias, asegura la ginecóloga.
La diferencia entre el sector público y el privado en Mendoza revela una raíz sociológica. En el sector público hay respaldo del protocolo institucional y presencia de equipos de guardia; en el privado, los equipos no están consolidados, la atención no es coordinada y se juega más la posibilidad de elección materna, a menudo influenciada por una percepción distorsionada de que la cesárea es un proceso más seguro o conveniente. Forno propone aprender de las lógicas del sector público: crear protocolos y generar estadísticas que permitan saber por qué se opera tanto.
La crisis de un modelo centrado en la intervención
La licenciada en obstetricia Laura Quevedo asegura que el sistema obstétrico de Mendoza está en crisis y por eso estamos lejos de bajar el número de cesáreas y tener partos más respetados. Es por la pérdida de autonomía de las parteras, la fragmentación en la atención, la patologización del parto y el cierre de maternidades que promovían el parto humanizado. Todo combinado fomenta un modelo centrado en la intervención médica.
En 2024, Mendoza sancionó la ley que regula el ejercicio profesional de obstétricas, que en el sector aguardaban con ansias, pero el resultado fue inverso a las expectativas. Fue en contra de todas las recomendaciones internacionales de potenciar las capacidades y jerarquizar el rol de las licenciadas en obstetricia. Porque limitó la actuación de las parteras a instituciones que cumplan con las Condiciones Obstétricas y Neonatales Esenciales (CONE), es decir, a hospitales de media y alta complejidad en los que hay de manera permanente profesional médico, quirófanos y servicios de neonatología y anestesia.

“Este marco legal refleja una política de salud que patologiza el parto y en lugar de abordarlo como un proceso fisiológico normal, lo entiende como un evento de riesgo inminente que requiere supervisión médica constante”, avanza Quevedo. Sostiene que al empujar la atención hacia centros de alta complejidad, se consolida un modelo de atención industrializada, intervencionista y rutinaria. La ley expulsa a las parteras de los espacios donde históricamente asistieron partos y olvida la capacidad natural del cuerpo para parir. Todo influye en lo que después creen las gestantes. Bajo la legislación actual, en Mendoza son inviables modelos intermedios como las casas de parto que funcionan con éxito y marcan tendencia en otros lugares del mundo.
En Mendoza no quedan muchas maternidades públicas que cumplen las CONE: solo las de los hospitales Lagomaggiore, Paroissien, Perrupato y Schestakow. Es decir, las licenciadas en obstetricia tienen esas opciones limitadas para acompañar partos en el sector estatal. Quevedo cuenta que el Scaravelli, de Tunuyán, atiende con restricciones y el de Malargüe también tiene un sistema híbrido. “En quince años pasamos de tener quince maternidades a tener cinco o seis. Cuando cerraron la del Carrillo y la de Lavalle, en 2020, advertimos la situación. Sabíamos que se venían los cierres de las de Tupungato, Malargüe y Rivadavia”, puntualiza.
La experiencia de la maternidad del hospital Carrillo fue nombrada por las tres entrevistadas. Funcionó entre 2010 y 2020 y los resultados fueron positivos: 800 partos anuales, cero mortalidad materna y cero mortalidad neonatal. Se abrió en el mismo momento que la maternidad Estela de Carlotto —de Moreno, Buenos Aires— y con la misma visión de asistencia del parto fisiológico de baja intervención. La novedad era el parto en agua, pero era una opción más.
También tenían para que las mujeres eligieran un banco para parto vertical, un sillón para parir semisentada y la cama tradicional. El equipo profesional seguía un protocolo estricto y trabajaba perfectamente coordinado y en conjunto con la familia y la comunidad. Pero desde Salud nunca pusieron una guardia activa de anestesistas y en 2020 decidieron cerrarla porque no cumplía las CONE. Pasó desapercibido, en plena pandemia, y todavía hay quienes consultan para tener un parto acuático en el Carrillo.
Soltar al obstetra
La voz de Beatriz Cano es la de una doula que acompaña partos hace años y la de una mujer que atravesó ella misma situaciones de violencia obstétrica no en uno sino en dos partos. En el primero la maltrataron en el quirófano, la ataron a la camilla y se llevaron a su hijo antes de que pudiera alzarlo. En el segundo ella prefería un parto vaginal y le terminaron haciendo otra cesárea. Por error le cortaron la vejiga y por la anestesia se le paralizaron los intestinos. Le dieron el alta como si el procedimiento no hubiera tenido complicaciones, pero tuvo que ser internada nuevamente para un tratamiento. Es ejemplo de la implementación de cesáreas innecesarias, riesgosas y traumáticas.
Cano hace memoria. Con la Ley de Parto Humanizado y hasta antes de la pandemia, se intentó hacer un cambio en el sistema médico y en los modelos de atención. Después “todo quedó en la nada”, afirma. Que se cerrara la única maternidad centrada en la familia, la del hospital Carrillo, es síntoma de eso. Las clínicas privadas se rigen por lógicas mercantiles y las cesáreas aumentan a gran escala porque el sistema se centra en cualquier cosa menos en las necesidades de las mujeres, denuncia la doula. Dice que allí importan más las agendas que los procesos, los gastos de internación que la paciencia, los tiempos del obstetra que el respeto.
Aunque el sistema médico diga que se guía por el bienestar materno e infantil, las acompañantes ven muchas excusas para justificar cesáreas en mujeres que no tienen riesgos reales. Porque, como toda la vida, en la mayoría de los casos están dadas las condiciones de salud para hacer un parto fisiológico; lo que no está dado es el tiempo, el respeto, la paciencia. Los equipos médicos “no saben acompañar el parto fisiológico, no les conviene o tienen otra visión de lo que es la salud”, analiza Cano. El modelo de atención se centra en el seguimiento clínico de la gestante como una persona que tiene una enfermedad.
Está tan instalada la idea de que las condiciones externas son más importantes que es común elegir institución u obstetra según el estilo o el perfil que tengan. Se naturaliza que en las clínicas privadas hay más posibilidades de cesárea y en las públicas, de parto fisiológico. Se sabe que “este obstetra es más cuchillero” y “este es más proparto”. Poco importan la mujer, el embarazo o el bebé.
Por eso hay mujeres que buscan doulas, explica Beatriz Cano. Porque —quizás como las parteras, pero fuera de las instituciones— “estamos atentas al proceso, a las necesidades de las personas gestantes, a lo clínico para saber cómo acompañar y a las necesidades y el deseo de la persona que quiere parir y no pasar por una cirugía. Transmitimos esa seguridad y te convocan para que las acompañes porque necesitan sentir esa compañía que no encuentran en el sistema médico”.
Por eso ella no ve un perjuicio en sí en correr al obstetra del centro. Lo que importa es que realmente formen a los equipos para que estén preparados en las guardias para recibir a las mujeres que vayan a parir: “Si tu salud es buena, si has tenido un buen embarazo, si has tenido un seguimiento, no importa si está tu médico o no”. Es importante que haya una figura de confianza que puede ser el médico, pero también la pareja, las madres, las doulas, las amigas. Cuando las condiciones están dadas, destacó, las parteras están totalmente capacitadas para atender un parto fisiológico y la doula apuesta a devolverles ese rol.
Esta nota pertenece a Punto de Encuentro — un especial de Amnistía Internacional Argentina junto a CENITAL. Podés leer todos los artículos acá.