César González prefiere los libros sobre cine y filosofía

Visitamos la biblioteca del cineasta y escritor y conversamos sobre su recorrido lector, que va de La Biblia y las lecturas exhaustivas mientras estuvo preso, a su colección de ensayos sobre cine y su fanatismo por Jacques Rancière.

Fotos: Cristina Sille

Empieza diciembre y llegamos de visita a lo de César González, este escritor y cineasta que nació en 1989 en el barrio popular Carlos Gardel, en Morón, y que hace poco se mudó a un departamento antiguo en el límite entre San Telmo y Constitución, donde convive con su hija adolescente y  su gato Timoteo –que nos acompañará durante toda la charla. Vinimos a hablar de libros, y a la vista hay varias bibliotecas, en las que se acumulan muchos volúmenes, DVDs y algunos afiches en las paredes de clásicos de Godard. Sabemos que César lee mucho, que usa los libros como insumos para la resistencia y el debate de ideas, y queremos averiguar un poco más sobre su historia con ellos y sus modos de lectura. “Desde que llegué a este departamento estoy leyendo en silencio por primera vez en mi vida. En el barrio había un bullicio permanente. De hecho elegí esta casa especialmente por eso: cuando vine a verla no podía creer la calma que había. Pero me costó adaptarme. Los primeros días tuve varios momentos de alucinaciones auditivas: seguía escuchando el barrio aunque estuviera en silencio acá. Me costó la adaptación. Sufría tanto por eso que después me costó relajar”, nos cuenta el autor de los ensayos El fetichismo de la marginalidad, las novelas El niño resentido y Rengo yeta y de varios libros de poesía mientras nos ofrece café. Nos sentamos en la mesa y encendemos el grabador.

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—En esta serie de entrevistas siempre empiezo preguntando por los primeros pasos de la formación lectora de cada persona, por los primeros acercamientos a las bibliotecas o los libros que suelen suceder en la infancia. 

—Cuando escucho las entrevistas que le hacen a escritores o artistas sobre sus formaciones, en la gran mayoría de los casos siempre cuentan la historia de la transmisión paterna o de algún abuelo. La narran como una anécdota personal, pero ahí se expresa el sistema en el que vivimos, un sistema de clases muy marcado, con una clase media que tiene entre sus características principales el acceso a los bienes culturales. La potencia cultural de Argentina surge de la clase media, entonces es lógico que la mayoría de los artistas provengan de ahí. Es una clase media que tiene varias etapas históricas, a la que a veces le va mejor y hay otras épocas, como esta, que está más cerca de la clase baja. Sí lamento que nunca haya una reflexión de los artistas o los escritores sobre esa anécdota. Y no es por ponerme clasista eh, para mí es como la descripción casi natural. Nunca se ve ese acceso como un privilegio, pero tener una biblioteca familiar es un punto de partida muy importante desde el cual crecer.

—¿Y en vos por dónde pasaron esos estímulos iniciales?

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—Tal como lo cuento en El niño resentido, yo aprendí a leer con La Biblia, que es un libro muy heterogéneo, con un lenguaje no siempre fácil. Mi abuela me la hacía leer y mi mamá también. Y se leía realmente, no era una simple agachada de cabeza frente a la religión. A mi abuela siempre le interesó esa faceta: leer mucho La Biblia, libros de pastores, ver películas de temática religiosa, ese tipo de materiales me llegó de muy chico. A los 4 años entré a la sala azul del jardín ya leyendo. Y lo otro que me estimuló fue leer el diario. Mi abuela traía La Nación, un diario larguísimo en esa época, que de chico me costaba agarrar por su gran tamaño. No entendía por qué era tan gigante, hasta que un amigo me explicó que era así porque estaba pensado para la gente que tenía escritorios grandes. Leía las noticias, los suplementos. Me interesaba mucho la geopolítica antes de saber que se llamaba así, las noticias internacionales. Y el diario a veces venía con libros, y con muy buenos clásicos: Hemingway, Faulkner, García Márquez, autores canonizados con grandes obras de la literatura. Así me llegó algún que otro libro.

—¿Y cuál fue el primer libro que leíste por gusto?

—Mi primer recuerdo leyendo un libro por iniciativa propia es Relato de un náufrago, de García Márquez. Tendría 10 u 11 años, y me lo prestó la madre de mi mejor amigo de ese entonces. Vi que era corto, y lo empecé a leer y me enganchó. Y otra cosa que leía muchísimo en esa época era sobre la guerra de Malvinas: me había obsesionado con el tema. Le pedía libros a las maestras, investigaba. Sabía muchísimo: el nombre de todas las batallas, del primer caído en combate, los cruceros hundidos, y hasta me hicieron dar una clase especial para los demás compañeros. Incluso vino a visitarnos un veterano y todo. Esas eran mis lecturas de niño. Y a los 12 llegué a los cuentos de Socorro, de Elsa Bornemann, por mi maestra de séptimo grado, Alda. Me encantó leerlo, me potenció mucho la imaginación. Algunos de esos cuentos eran medio turbios, ¿no? En ese momento la inocencia y la ignorancia no me hicieron dar cuenta. A veces pienso que la fuerza de lo desconocido se perdió un poco con la llegada de internet. Antes el mundo te asombraba más porque había muchas cosas desconocidas que uno las veía con suerte a través de una película. Ahora lo encontrás todo enseguida en la pantalla. Yo leía Socorro en voz alta con mi amigo Damián y a la noche no nos podíamos dormir, y era buenísima esa sensación de no poder dormir por un cuento. Ahora ese suspenso te lo interrumpiría el celular.

—Vos pasaste varios años preso en distintos penales. ¿Qué pasó con la lectura durante ese período de reclusión?

—Lo primero que pasó fue que un defensor oficial me empezó a llevar libros. Nunca voy a recordar si yo le pedí, si él me ofreció, pero empezó a prestarme libros de Bioy Casares, de Borges, y también la biografía de Carlomagno de 800 páginas. Leí todo eso estando preso porque había mucho tiempo, esa es una ventaja del encierro. Nunca volví a leer tanto como cuando estuve preso, tanta cantidad de horas y tantos días seguidos. Los libros que me alcanzó el defensor fueron importantes porque me metieron en el hábito de la lectura, pero los que me empezaron a cambiar la vida fueron los que me trajo Patricio Montesano, mi mentor, un profesor de magia, de quien conté muchas veces la historia. Él es mi mentor en todo sentido: en el sentido ético, para empezar, pero en la formación también. Me hizo leer las Aguafuertes porteñas y El juguete rabioso y ese encuentro con Arlt fue clave. Me pasó también Cortázar, textos del Che Guevara y otros escritos políticos de los setenta. Poesía también me traía: Nicanor Parra, Roque Dalton. Y ahí me di cuenta, con los poemas de Dalton, que los poemas también podían hablar de la pobreza. 

—Es interesante que ahí vos no elegías qué leer, sino que te apropiabas de lo que él te ofrecía. No es que ibas a una biblioteca y buscabas según tus propios intereses. 

—Él era sólido y muy firme: daba su taller de magia y después me iba a ver como visita. Fue una amistad filosófica muy estrecha la de nosotros dos. Él era muy fan de Deleuze y Guattari, de Marx y Engels, entonces la idea de binomio pegaba fuerte. Yo tenía 17 y él diez años más. Éramos muy jovencitos, pero en la cárcel todos nosotros éramos muy maduros. Había una edad biológica, pero yo parecía un pibe de 25, y me sentía así también. Me volví más guachín afuera, en libertad. Adentro es todo muy solemne.

—¿Y cómo fue empezar a leer también filosofía? ¿Comentaban esas lecturas, las discutían?

—No me costó meterme con lo conceptual. Lo bueno era que podía hablar por teléfono con Patricio y decirle: “¿Cuando Deleuze dice ‘rizoma’, a qué se refiere?”, o “¿qué es el agenciamiento?”, y él me lo explicaba. Otra cosa muy importante era tener un diccionario en la celda, un buen Larousse que pedí prestado en la escuela. Hay que decir que Argentina, con todas sus cuestiones perversas y reaccionarias con el tema de la inseguridad, tiene un sistema penitenciario muy adelantado y diferente a otros países en lo que hace a la formación de los presos. En Estados Unidos, los presos no pueden estudiar, porque eso es parte de la condena. Acá hasta en los penales más severos –que son los federales, Ezeiza y Marcos Paz, donde estuve– es cierto que te restringen más, y quizás no te dejan tener libros en la celda, pero al secundario o a la universidad sí accedés. Tenés que tener buena conducta, claro, pero el derecho está. Faltan herramientas, recursos, personal, pero el derecho existe. Yo empecé y terminé la secundaria preso, y me dejaban leer a Marx. En otra época me hubieran interrogado para saber por qué estaba queriendo leer eso.

—Y ya fuera de la cárcel, ¿cómo se transformaron tus intereses? Porque vos empezaste publicando varios libros de poesía y muy pronto te volcaste al cine.

—Sí, sobre cine es sobre lo que más leí. Es de lo que más tengo, y en lo que más invertí, porque hay muchos libros que son importados. Me obsesioné por ejemplo con leer todo sobre Rossellini y conseguí títulos que no había acá. Lo mismo con Godard. Me di cuenta de que no iba a ir ni a la FUC, ni a la Enerc ni a estudiar Imagen y Sonido, que son las tres mejores carreras acá en Buenos Aires para formarse en cine. Así que decidí armar mi propia formación, teórica y técnica. Lo hice porque me apasiona saber sobre cine más allá de hacer películas. Me interesa el cine como pensamiento. Y me costó mucho encontrar pertenencia de clase en el cine. No sabía en qué tradición me podía inscribir. ¡Bendito sea Leonardo Favio por la eternidad! Fue mi gran estrella guía desde todo punto de vista. Sé que estéticamente no hice ni un plano que se acerque a la belleza de cualquiera al azar de Favio, pero bueno, yo nunca encaré al cine desde esa visión tan esteta. Sí digo que fue muy importante saber su historia. ¿Cómo que este monstruo del cine viene de un barrio popular? Tardé en conocer su origen social. Me acuerdo de ver con mi mamá Nazareno Cruz y el lobo en la tele y para mí esa película no podía haberla hecho nunca alguien que venía de la pobreza. Yo mismo tenía esa idea, ese prejuicio. 

ESTANTES DE PENSAMIENTO

Los libros de cine son la excusa que necesitábamos para levantarnos de la mesa y acercarnos a la biblioteca a revisar esos estantes en particular. Están bastante abarrotados y los libros un poco gastados, porque se nota que fueron usados, consultados, manipulados, llevados y traídos.

—¿Cómo está ordenada tu biblioteca?

—Estos dos estantes tienen libros sobre cine, ensayos sobre todo, y algunas biografías de cineastas. En estos otros estantes están los de filosofía y marxismo, todo mezclado. Acá arriba hay libros de poesía y clásicos: Shakespeare, Dante, el Quijote, Jack London, Poe. Tuve una época de fanatizarme con Shakespeare; hay que pasar por ahí, ¿no? Y acá en este sector hay narrativa universal y latinoamericana. Lo que menos leí en mi vida es narrativa, por eso llego tan tarde a escribir novelas. Ahí hay algo más de poesía también, y abajo biografías. Y en esa otra biblioteca tengo libros de pintura y otras cosas mezcladas al azar. Me gusta leer sobre pintura. Leí mucho sobre Cézanne, muy influenciado por Deleuze y por Wim Wenders, que tiene un libro que se llama Los píxels de Cézanne. Todos lo nombraban y dije: tengo que buscar sus cuadros. 

—¿Podemos hacer un picadito de los libros de cine? Veo que tenés cosas bastante específicas.

—Sí, te puedo mostrar algunas de las joyitas que tengo, de las que estoy muy orgulloso. Me rompí el bolsillo pero valió la pena. Este libro sobre Dziga Vertov me gustó mucho. Este de Godard, que se llama Introducción a una verdadera historia del cine, ahora lo editó Cuenco de Plata, pero yo tengo esta otra edición española que es más vieja. Este sobre Chris Marker que se llama Mystère Marker es una joyita porque no hay mucho de él. Es un libro que me salió carísimo, que lo compré en LibroFilm, la mejor librería de cine de Latinoamérica que queda en una galería en la calle Corrientes. Lo quiero mucho a Oscar, el dueño. Este de cine soviético visto por sus creadores es un hallazgo, y también se lo compré a Oscar. Es excelente. Gracias a este libro conocí la anécdota de Eisenstein que dice que quiere filmar El capital de Marx según el método de Joyce en el Ulises. Él lo explica y le encuentra su lógica, eh. El cine y el desquite marxista del arte, tomo 1 y 2 son libros que atesoro. Y este es un libro que leí dos o tres veces porque soy muy fan: El cine revelado. Es que, como te decía antes, amo a Rossellini.

—¿De qué autor tenés más libros en tu biblioteca?

—De Foucault, seguro. Con este muchacho estuve muy obsesionado en una época, ¿se nota o no se nota? [señala un estante con varios volúmenes] A Foucault también llegué por Patricio. También tengo muchos de Marx. A Althusser lo leí mucho, aunque esté canceladísimo. A mí me encanta. Con los rusos me obsesioné mucho también. Y esta es mi joyita de Spinoza: Las cartas del mal. Me lo regaló Mario Santucho. Una vez me dijo: “¿Cómo Deleuze? Primero tenés que leer a Spinoza”. Capo. Él me regaló el primer libro de Spinoza que leí en mi vida y después arranqué con la Ética

—Veo que de Rancière tenés muchos libros también.

—Sí, de él leí casi todo –me falta un libro y lo empiezo en breve–. [Los cuenta] Tengo doce libros suyos. El primero que leí me lo recomendó Mario Santucho también. Y mirá, ¡lo tengo dedicado!

—¿Lo conociste a Rancière, entonces? ¿Cómo fue eso?

—Fue en Barcelona, porque él estaba en la Bienal de Pensamiento, en el mismo evento al que me invitaron a mí. De hecho nos alojamos en el mismo hotel, no lo podía creer. Lo vi mientras cenaba y yo estaba por subir al ascensor y me quedé paralizado. Soy groupie de Rancière. Todos me decían: “No conocemos a nadie que sea fanático de Rancière”. Bueno, sí, yo. “Andá a saludarlo al viejo que no pasa nada”, me insistía alguien del festival. Y la verdad es que no me animé. Lo mandé a otro a que firmara el libro, no me acerqué yo. 

—¿Por qué Rancière? ¿Qué es lo que te interpela de su obra?

—Por La noche de los proletarios. Este libro me cambió la cabeza. Cuenta la historia de gente que laburaba dieciséis horas por día en condiciones infrahumanas, que llegaba la noche y se juntaban a leer y escribir poesía. A veces eran poesías realistas y a veces no. Yo arranqué en una celda, y la literatura apareció ahí: leyéndolo encontré al fin algo que me identificaba. La clase, el sufrimiento, el dolor de la pobreza. El dolor de la pobreza es el de no poder acceder a esto, el dolor de quedarte en un mundo muy acotado, que puede ser hermoso –porque es hermoso el mundo de una villa, de un barrio popular–, pero donde todo esto pareciera que no nos pertenece o que somos ajenos. Y El malestar en la estética me encanta también. En un momento dice que los pobres no necesitan que nadie venga a decirles que son pobres. Mirá, acá está la cita subrayada y todo, justo la encontré: “Los explotados rara vez han necesitado que se les expliquen las leyes de la explotación. Porque no es la incomprensión del estado de las cosas lo que alimenta la sumisión de los dominados, sino la falta de confianza en su capacidad para transformarlo”. Acá está todo anotado en los márgenes porque voy discutiendo y pensando con el autor mientras leo, en ese mismo momento. 

—¿Sos de subrayar, de marcar, de volver sobre ellos?

—Muchísimo. Los libros los intervengo a full. Como soy un negro de la villa y la lupa sobre nosotros es más grande, entendí que tenía que formarme. 

—¡Ah y encima marcás con resaltador y birome!

—Esa etapa ya la superé [risas]. Ahí fui medio estúpido. Pero bueno, estos libros son míos, no van a ser de nadie más.

—¿Sos de prestar libros?

—Sí. Si alguien viene y le gusta alguno, no tengo problema en prestarlo. No me gusta que junten telas de araña. Mi hija ahora está leyendo un libro sobre Perón y me conmovió, es de lo más lindo que ha hecho en su vida. Tiene 14 años. Yo le enseñé a leer de muy chica, y le leía bastante. Pero es medio vaga por su generación y el celular. Pero sí, le gusta leer.

—¿En qué momento del día leés?

—Depende. Pero si no leo aunque sea quince minutos por día, así sea una nota en el diario, siento que perdí el tiempo. A veces leo incluso en un Uber, yendo de un lado al otro.

—Noto mucho apasionamiento en tus lecturas y también ciertas obsesiones en lo que vas contando. ¿Qué tipo de lector sos?

—Me obsesiono, sí, olvidate. Cuando algo me interpela trato de leer y de comprar todo lo que pueda. Tuve mis temporadas con Foucault o Shakespeare. También con Godard. Marx es una temporada eterna. Leo por temas o por autores y soy lo más exhaustivo que puedo.

NARRATIVA E IDENTIFICACIÓN

—Veo que hay algo de la identificación en lo que te atrae de algunas escrituras. No importa solamente que tal autor escriba bien, sino que te resuene de algún modo. ¿Algún libro de literatura argentina logró ese efecto?

—Uno de mis libros preferidos es este clásico inmortal: Las tumbas, de Enrique Medina. Es una joya. Hasta la tapa me re inspiró para la mía de El niño resentido. Pero no leí mucha narrativa argentina. Antes escribí poesía –que es una experiencia más emocional o metafísica– y los ensayos breves de El fetichismo de la marginalidad, que es un libro de cien páginas. No era mi oficio la escritura, sino una formación lateral que iba haciendo. Pero ahora estoy leyendo solamente narrativa, porque quiero mejorar y escribir una nueva novela. Si me preguntás, a mí lo que más me gusta es leer ensayo.

—¿Y de narrativa extranjera con qué te sorprendiste?

—Con Jack London. Me lo recomendó Rodolfo Palacios. El vagabundo de las estrellas es uno de mis libros favoritos de toda la vida. Es una locura: la historia de un preso que empieza a viajar. Es como el Barón de Münchhausen pero mejor. ¡Y estando preso! En el medio lo torturan y todo. Nunca deja de ser un preso en el corredor de la muerte. Uno de mis autores de cabecera es Céline también. Y los beatniks.

—¿Cómo llegaste a los beatniks?

—A mí me gusta mucho leer el suplemento Radar los domingos, religiosamente. La cultura del diario instalada por mi abuela me quedó y leo siempre Página/12 en papel. Se está perdiendo la tradición de que distintos escritores o periodistas nos recomienden libros, y ahora eso se transformó y los influencers son los que recomiendan. Un desastre todo. Y con On the road, de Kerouac, me pasó de leer mil veces que músicos, directores o incluso otros escritores lo recomendaran, así que lo fui a buscar y lo leí. Y dije: “Con razón”. Me encanta también Los vagabundos del Dharma. Pero mi favorita de Kerouac es Tristeza, una novela breve y tremenda en la que cuenta el vínculo con una prostituta que tiene 14 años. Y no es Lolita, que es una ficción. Esto es bastante real, y acá no tira ninguna línea luminosa ni budista: su tono es más bien amargo y melancólico.

—Si tuvieras que recomendarle algunos libros a alguien que no lee mucho, ¿qué le sugerirías?

—De poesía, sin dudas, a Delmira Agustini. La descubrí por una amiga, y no puedo creer que haya existido esta mujer. Tengo esta edición de tapa dura que venden en los puestos de diarios por 15 mil pesos. Conocer a esta poetisa uruguaya es un deber de los lectores latinoamericanos. Ella fue asesinada por el marido cuando tenía 24 años. Tremenda la historia. Con Delmira lo que me ha pasado es que hay palabras que ya no se usan más, y volver a descubrir una palabra, tener que ir a guglearla o buscarla al diccionario, me parece una cosa genial. Si me preguntás, el mejor poeta de la historia para mí fue Verlaine. Y mi favorito es Mayakovski. Son todos muy diferentes. Pero recomendaría que lean poesía. 

—¿Y de narrativa?

—De lo que leí más recientemente me interesó esta novela publicada por El cuenco de plata, Hermanos y guardianes, de John Edgar Wideman, que es autobiográfica. Cuenta que su hermano cae preso por un homicidio, le dan perpetua, y va narrando las memorias de los dos. A mí me re identifica porque tuve un hermano preso siete años. Y acá se van cruzando las dos vidas: el privilegio de ser escritor con los conflictos del hermano en cana. Ahora ya me compré otro libro suyo. Es muy fácil de leer, todo narrado en primera persona.

—Como siempre, para terminar, te traje algunos libros de regalo. Opté por Memorias de un semidiós, de Héctor Libertella, una novela argentina de la década del noventa que acababa de salir en una reedición de Blatt & Ríos. Me interesa mucho la prosa de Libertella. Y también Zozobra, este libro breve de relatos medio surrealistas de Barbara Molinard, una autora francesa que solo publicó este libro. Ella era la esposa del cineasta Patrice Molinard y tiene un prólogo de su amiga Marguerite Duras. Son cuentos descarnados, alucinados y perturbados, creo que te puede gustar.

—Gracias. No leí nada de Libertella pero le tenía ganas. Y me gustan estos escritores de un solo libro.

Gracias a vos, César, por recibirnos.

Otras lecturas:

Nació en Buenos Aires. Es licenciada en Letras por la UBA y trabaja como editora y periodista cultural. Forma parte del equipo de la editorial Caja Negra. Desde 2020 a 2024 escribió el newsletter El Hilo Conductor en Cenital. Fue editora en la revista Los Inrockuptibles, tuvo un ciclo de entrevistas con escritores en el Malba y fue columnista en Futurock. Participa también del podcast Algo Prestado.