Bolsonaro será juzgado y monta un espectáculo de mártir
El expresidente va camino a sentarse en el banquillo por intentar sabotear una elección en un Brasil en transición ideológica. Las direcciones posibles de Turquía y en qué se parecen China y Estados Unidos.
RADAR
Bolsonaro o el mártir imaginario
Brasil va camino a sentar en el banquillo a uno de sus expresidentes por intentar sabotear una elección. Jair Bolsonaro, acusado de haber conspirado con militares para impedir el regreso de Luiz Inácio Lula da Silva al poder –y de haber considerado incluso su asesinato–, será juzgado. La semana pasada, la Corte Suprema dio luz verde de forma unánime. Junto a siete colaboradores cercanos, Bolsonaro enfrenta cargos que podrían conllevar penas de hasta 43 años de prisión. La decisión de abrir el juicio se basa en pruebas presentadas por la Fiscalía e incluye testimonios de exfuncionarios.
Bolsonaro reaccionó como sabe: con espectáculo. Dio discursos de 50 minutos donde evocó dictaduras socialistas, apelaciones dramáticas a Donald Trump, denuncias contra jueces, plataformas digitales y medios de comunicación. Todo menos una defensa jurídica seria. Según sus declaraciones, no se autopercibe como un acusado. Él es, en su propia narrativa, un mártir. Si no puede competir en 2026, dice, la democracia ha muerto. En realidad, la suya fue una presidencia más autoritaria que reformista, pero Bolsonaro no vive de hechos, sino de emociones. Y, por ahora, eso alcanza.
Sus aliados — gobernadores de estados estratégicos como Minas Gerais, Santa Catarina y San Pablo — corrieron a sostener su figura como si el liderazgo político de la derecha dependiera exclusivamente de su supervivencia jurídica. Lo que olvidan es que ese respaldo no surge de un proyecto, sino de un vacío: el de un sistema político que no ha producido una alternativa convincente ni en la derecha ni en la izquierda. El drama brasileño, entonces, no es que Bolsonaro aún tenga influencia. Es que nadie más la tenga.
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Lula, por su parte, gobierna como puede. Tiene un congreso polarizado y una economía que aún no termina de recuperarse. Sí, Brasil va a crecer este año, pero menos que el año anterior. El real fue la moneda del mundo con peor rendimiento en 2024, perdiendo más del 20% de su valor contra el dólar. Pero el problema fundamental de Lula es que gobierna desde una plataforma que ya no refleja el país actual. El Partido de los Trabajadores, alguna vez la expresión política de un Brasil industrial, sindical y católico, hoy intenta adaptarse a una sociedad más evangélica, a una economía de apps y agronegocios, a empleos inestables y a ciudadanos para quienes el Estado es más una carga burocrática que un benefactor solidario. Pero la adaptación no está resultando. El PT pasó de gobernar 624 municipios en 2012 a apenas 252. Y lo hace cada vez más como una franquicia envejecida, sostenida por la memoria, no por la energía de un nuevo electorado. En las periferias urbanas, donde antaño flameaban banderas rojas, hoy predominan los sermones evangélicos y los discursos de orden. Fortaleza no es una anomalía, sino un síntoma: barrios que fueron bastiones del PT hoy votan con entusiasmo por candidatos de extrema derecha que prometen seguridad, moral y –en una ironía cruel para un partido nacido en las fábricas– libertad de emprender.
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateLa transformación política es también cultural: hasta la música está cambiando en Brasil. Durante décadas, la samba ocupó un lugar central en la identidad nacional –un símbolo de mestizaje y comunidad tan ligada a la izquierda cultural como al Carnaval–. Era, en cierto modo, la banda sonora del proyecto modernizador y progresista del país. Si la Bossa Nova era su aspiración cosmopolita, la samba era su corazón popular.
Pero algo cambió. El género dominante hoy en las radios, en las fiestas de pueblo y en los algoritmos de Spotify, no es la samba, sino la música sertaneja: melodías que lamentan amores perdidos, la vida sencilla, y, con frecuencia, un vago anhelo de orden, patria y familia. No es que el sertanejo sea explícitamente político –sus estrellas rara vez necesitan serlo–, pero su estética y su ethos son de otro Brasil. Uno más conservador, más agrario, menos encantado con las promesas incumplidas del progreso urbano. En enero de 2025, Gusttavo (con doble t) Lima, uno de los cantantes más conocidos del sertanejo y muy cercano a las ideas de Bolsonaro, señaló que quiere ser presidente de Brasil.
Brasil, como tantos otros países de la constelación occidental, se encuentra atrapado entre dos tiempos: uno que ya no funciona, y otro que aún no ha tomado forma. El juicio a Bolsonaro puede ser un acto de justicia, pero no es el cierre de una era. Es apenas otro capítulo en la transición larga y compleja hacia un nuevo orden político que nadie parece dispuesto — o capacitado — a escribir.
SONAR
¿Hacia dónde se dirige Turquía?
Recep Tayyip Erdoğan gobernó Turquía durante tanto tiempo y desde tantos cargos –alcalde de Estambul, primer ministro, presidente– que cuesta recordar un país sin él. Para bien o para mal, su silueta ha delineado los contornos de la vida política turca durante las últimas dos décadas. Sin embargo, algo parece quebrarse en esa continuidad. El arresto de Ekrem İmamoğlu, alcalde de Estambul y principal figura de la oposición, sugiere que la era Erdoğan ha entrado en una nueva y peligrosa etapa: no ya la de afirmación de su poder, sino la de su defensa reactiva.
İmamoğlu no es cualquier político. Es un ganador de elecciones, un rival real, no solo en las encuestas, sino también en las calles. Su detención formal por presunta corrupción –una acusación que llega justo después de que su partido lo eligiera candidato presidencial– no requiere mayor cinismo para ser leída como lo que es: un intento deliberado de neutralizar al oponente más formidable que ha enfrentado Erdoğan en años.
Este acto ha detonado algo más que una tormenta política: protestas masivas, represión estatal, inquietud en los mercados y una renovada presión sobre la tambaleante lira. Más de 1800 manifestantes han sido arrestados, incluyendo 10 periodistas. Las protestas están prohibidas en las tres principales ciudades del país. Y mientras tanto, el Banco Central quema reservas para frenar la fuga de confianza.
El trasfondo es tan relevante como el episodio en sí. Erdoğan fue reelegido presidente en 2023, con lo cual su mandato debería terminar en 2028, conforme a los límites constitucionales. Pero ya hay voces –aliadas, por supuesto– que piden cambiar las reglas una vez más para habilitar una nueva reelección. Es un libreto familiar: alterar las normas para que el presente se eternice.
Que Turquía no sea una dictadura al estilo clásico es cierto, pero irrelevante. No califica tampoco como una democracia liberal. Ocupa ese limbo donde los votos existen pero las instituciones fallan; donde la ley se aplica, pero a conveniencia. Freedom House la cataloga como “no libre”. El Democracy Index de The Economist la sitúa como un “régimen híbrido”, en la noble compañía de Nigeria, El Salvador y Perú. Para el V-Dem, Turquía es una “autocracia electoral”. Sus datos muestran una erosión constante de la democracia electoral, y una caída aún más abrupta en la dimensión liberal: el respeto por los derechos, los frenos al poder, la protección de las minorías. Una encuesta de octubre de 2024 del Pew Research mostró que el 67% de la población no está satisfecha con cómo funciona la democracia en el país.


El deterioro tiene causas conocidas: una centralización extrema del poder, una Justicia subordinada, una prensa domesticada. Turquía vota, y mucho, pero el voto compite con jueces obedientes y medios que replican al unísono la voz oficial. No se trata de si Erdoğan ganaría una elección justa; es que no parece interesado en averiguarlo.
Este autoritarismo doméstico tiene su reflejo en una política exterior más audaz. Turquía comercia cada vez más con China y Rusia. En octubre de 2024 pidió formalmente ingresar al BRICS. En Siria, Libia, el Cáucaso y el mar Egeo ha adoptado una postura más intervencionista. El eslogan de Erdoğan –“El mundo es más grande que cinco”– es tanto una crítica al orden internacional como una declaración de intenciones: Turquía ya no se define por su cercanía a Occidente.
Lo que en su momento fue una narrativa dominante –la occidentalización de Turquía, su aspiración a ingresar en la UE– hoy parece haber quedado atrás. El nacionalismo, el islam político y un capitalismo de Estado han tomado su lugar. Para está transformación, la mejor noticia que puede tener Erdoğan es que el orden internacional liberal se dirija hacia un orden post-occidental. Turquía es un “buen lugar” y su presidente es “un buen líder”, dijo Donald el transaccional dos días después del arresto a İmamoğlu
Pero el giro del Gobierno no ofrece una dirección clara. Algunos sectores del partido miran a Moscú y Pekín y se imaginan a Turquía formando parte de una constelación post-occidental. Otros sueñan con un renacimiento otomano en Medio Oriente. La brújula geopolítica de Ankara oscila entre ambiciones imperiales y cálculos de supervivencia. Lo único constante es Erdoğan. Pero ese es precisamente su talón de Aquiles. Cuando el poder se concentra tanto en una sola persona, el país entero queda atrapado en su calendario biológico. El problema ya no es solo político, es estructural: no hay plan de sucesión, ni institucional ni ideológico. Turquía se enfrenta, por tanto, a una paradoja inquietante. Ha apostado todo a un liderazgo que no puede durar para siempre, pero cuyo fin nadie se atreve a preparar. La pregunta no es si dejará el poder, sino en qué condiciones lo hará, y si habrá algo institucionalmente sólido esperándolo del otro lado.
ESCRITORIO
El arte de parecerse al enemigo
Uno de los deportes favoritos de Occidente en las últimas tres décadas consistió en acusar a China de manipular las reglas del comercio internacional. Subsidios, planificación industrial, intervención estatal. Una amenaza al orden liberal. Una trampa para el incauto creyente en la competencia perfecta. El mensaje era claro: China debía volverse más como nosotros.
Y sin embargo, como observa Michael Froman en Foreign Affairs, lo que ha ocurrido es lo contrario. Washington se ha vuelto más como Beijing. Aranceles, restricciones a la inversión, incentivos para repatriar cadenas de valor: “una política china con características estadounidenses”, dice Froman con una precisión que roza la ironía. Es un elogio involuntario al poder de atracción del modelo chino: logró reescribir las reglas del juego sin necesidad de entrar por completo al club.
Lo más fascinante, por supuesto, es la naturalidad con la que esta transformación se ha producido. No hubo grandes debates públicos, ni excusas doctrinarias. El neoliberalismo fue reemplazado por una mezcla de nacionalismo industrial y retórica reaccionaria. Lo que en otra época se habría denunciado como “dirigismo asiático”, hoy se presenta como policy innovation. Y si hay algo verdaderamente “chino” en todo esto es esa capacidad para mutar sin confesarlo, para sostener la narrativa aun cuando los hechos se amotinan.
Froman, que no escribe desde la teoría sino desde la experiencia (fue US Trade Representative), relata con honestidad brutal los fracasos acumulados en su intento de hacer que China se plegara a las reglas del juego occidental. Al final, dice, Estados Unidos tuvo que adoptar una decisión simple, pero brutalmente significativa: si no puedes convencer a China de cambiar, entonces conviértete en China.
Y aquí es donde el diagnóstico se vuelve sombrío. Porque competir con China, “a la manera de China”, es una tarea monumental. El Estado chino no solo subsidia. Invierte, coordina y selecciona ganadores. Y lo hace con una capacidad de despliegue que, para una democracia atravesada por la fragmentación legislativa y la volatilidad fiscal, es sencillamente inalcanzable. La carrera por el dominio industrial no está pensada para jugadores que dudan del rol del Estado cada cuatro años.
Pero el ensayo de Froman tiene una resonancia más amplia. Y vale la pena leerlo junto a otro texto que apunta en la misma dirección, esta vez de Shahar Hameiri y Lee Jones, que analizan la convergencia entre China y los donantes occidentales en materia de financiamiento al desarrollo. Con una mordacidad contenida en el título –The Miserly Convergence– los autores desmontan la idea de que la nueva competencia geopolítica ha generado una explosión de ayuda hacia el Sur Global. Al contrario: lo que hay es retraimiento disfrazado de creatividad contable.
Los occidentales, dicen los autores, están dejando de dar ayuda para empezar a “movilizar” capital privado. China, por su parte, enfrenta el ocaso de su modelo de préstamos comerciales ante la creciente insolvencia de los deudores. En ambos casos, lo que abunda no es la solidaridad, sino la cautela. Y sí, también la opacidad.
La convergencia, entonces, no ocurre sobre un terreno virtuoso sino sobre uno mezquino: menos transparencia, menos concesionalidad, menos condicionalidad democrática. Si esta es una nueva Guerra Fría, el Sur Global no está siendo cortejado con cheques generosos, sino con promesas infladas y líneas de crédito que tardan en llegar. El resultado es una competencia sin músculo, sin glamour, sin Plan Marshall. Una carrera para ver quién puede aparentar mayor generosidad sin gastar un centavo de más.
La pregunta, que ni Froman ni Hameiri y Jones formulan directamente, pero que flota sobre sus textos, es si este orden internacional es realmente sostenible. O si, al final, todos están jugando con reglas que ya nadie cree, bajo instituciones que ya nadie lidera, y con recursos que ya nadie quiere poner.