¿Estados Unidos está abdicando su rol de liderazgo?
La gran ilusión de la derecha nacionalista es que se puede desmantelar el andamiaje internacional y que el sistema puede sostenerse solo. ¿La idea geopolítica de Trump es un paréntesis o una mutación profunda?
RADAR
Guerra en Gaza: Netanyahu, Trump y el arte de no cerrar tratos
Por un breve momento, parecía que el alto el fuego en Gaza podría dar lugar a algo parecido a una solución. Hamás liberó a 38 rehenes e Israel a más de 1.500 prisioneros palestinos. La primera fase había concluido sin sobresaltos. La segunda etapa del acuerdo —más difícil— exigía una retirada israelí de Gaza a cambio de la liberación del resto de los rehenes. Pero aquí es donde la historia se quiebra, como suele pasar en Medio Oriente: Benjamín Netanyahu no solo no mostró entusiasmo por cerrar ese trato, sino que impuso condiciones nuevas. Exigió que Hamás liberara a la mitad de los rehenes restantes de una sola vez. No en etapas, como se había pactado. ¿El resultado? Hamás dijo que no e Israel volvió a apretar el gatillo la semana pasada, amenazando con anexar territorio de manera permanente.
De tregua a bombardeo
Netanyahu, con su habitual tono de líder en modo épico, anunció por televisión que “esto es solo el comienzo”. Y cumplió: más de 400 muertos en un solo día de bombardeos, según fuentes palestinas. El total de víctimas desde que comenzó el conflicto ya supera las 49.000, mientras Gaza se desmorona física y humanitariamente. Del lado israelí, el costo también crece: más de 800 soldados muertos y unos 6.000 heridos. Y esto sin contar el trauma psicológico que arrastran muchos combatientes. La guerra empieza a sentirse larga. Muy larga.
La brújula política: Tel Aviv–Washington
Nada de esto se entiende sin mirar la política doméstica de Israel. Netanyahu gobierna en coalición con aliados de extrema derecha y partidos ultraortodoxos. Los primeros exigen la victoria total, incluso la anexión de Gaza. Los segundos, que no los llamen a filas. El resultado es una guerra sostenida por un ejército exhausto y una sociedad cada vez más dividida.
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Y luego está Donald Trump. Fue su equipo quien ayudó a cerrar el acuerdo original de enero, pero el entusiasmo diplomático le duró poco. Al mes siguiente, el expresidente propuso sacar a la mayoría de los 2,2 millones de gazatíes del enclave y convertir Gaza en la “Riviera de Medio Oriente”. Una frase que uno podría imaginar escrita en un folleto turístico, no en un memo de política exterior. La condena internacional fue inmediata. Pero Netanyahu, siempre atento a las oportunidades, calificó la idea de “audaz” y “revolucionaria”.
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateLo que siguió fue un silencio notable por parte de Washington cuando Israel bloqueó toda ayuda humanitaria y cortó la última línea eléctrica de Gaza. Y, más tarde, un respaldo explícito al nuevo asalto militar. Es más, trabajando para Israel, la Casa Blanca culpó a Hamás por el fracaso del acuerdo. La diplomacia del garrote, versión 2025.
¿Puede Israel sostener este juego?
A lo largo de su historia, Israel ha preferido guerras cortas, quirúrgicas, diseñadas para minimizar el desgaste de su ejército, que depende en gran parte de reservistas. Pero este conflicto ya lleva 17 meses y el “día después” no aparece en el horizonte. La pregunta que empieza a flotar en voz baja, incluso en círculos militares, es: ¿cuánto más puede durar esto?
La presión interna crece. También el temor a que los reservistas no se presenten. Entre octubre de 2023 y diciembre de 2024, el costo de la guerra fue de USD 40 mil millones, más o menos el PBI de Bolivia. Esto empujó el déficit fiscal israelí a niveles récord (6% del PBI en 2024) cuando venía de un superávit en 2022.
Pero Netanyahu —asediado por causas judiciales y con su base más radical marcándole el paso— se niega a negociar bajo otra lógica que no sea la victoria total. Mientras tanto, eludir el servicio militar se vuelve cada vez más difícil de justificar. La Corte Suprema declaró inconstitucional la exención que ampara a los ultraortodoxos. El público judío secular, que sí envía a sus hijos al frente, empieza a perder la paciencia. Y aun así, de los más de 10.000 llamados al servicio emitidos por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), apenas unos cientos de jóvenes jaredíes se presentaron. La semana pasada, el parlamento israelí aprobó el marco general del presupuesto, allanando el camino para lo que debería ser su aprobación final en los próximos días. En la discusión, miembros de los partidos ultraortodoxos amenazaron con votar en contra del presupuesto si el Gobierno no aprobaba una nueva ley exceptuando a los estudiantes religiosos del servicio militar.
Final abierto
Lo que empezó como una operación punitiva contra Hamás ya no es una campaña militar: es un drama político con ecos de tragedia clásica. Netanyahu no negocia porque no puede. Trump respalda porque le conviene. Y la guerra sigue porque, como en tantas ocasiones antes, nadie tiene un plan claro para la paz.
SONAR
¿Estados Unidos está abdicando su rol de liderazgo en el orden global?
El mundo tiene una geografía, pero también tiene una arquitectura. Desde 1945, esa arquitectura ha sido anglosajona, liberal, y sobre todo, americana. Una red de alianzas, instituciones financieras, arreglos comerciales, y, cuando era necesario, el sonido inconfundible de un portaaviones al horizonte. Durante décadas, esta estructura parecía tan estable como el mármol. Hoy, cruje.
El agente del cambio no es una nueva potencia ascendente, sino un político estadounidense que jamás pisaría la sala de lectura de la Biblioteca del Congreso. Donald Trump –y más importante aún, el movimiento que lo sustenta– no es un accidente, sino una manifestación cultural de largo aliento: el cansancio imperial de una sociedad que se siente explotada por el mundo que ayudó a construir. No es lo que siente una sola persona. Hay toda una tribu en ascenso que lo apoya, incluyendo a Elon Musk, quien directamente promueve irse de Naciones Unidas y de la OTAN.

Para algunos, el retiro de Estados Unidos del liderazgo global no es una posibilidad futura. Es un proceso en marcha. Ha comenzado con el descrédito de las alianzas tradicionales, la sospecha hacia el libre comercio, y la propensión a ver a los aliados como estafadores y a los rivales como socios potenciales. No es que Trump quiera destruir el orden liberal internacional, es que no le encuentra utilidad.
La escena es conocida: una Europa en vilo, una OTAN que se pregunta si el artículo 5 sigue teniendo algún valor real, una cumbre del G7 convertida en torneo de sarcasmos, un Japón que se pregunta si el paraguas nuclear seguirá estando cuando lo necesite. Pero ¿y si esto fuera solo un paréntesis? ¿Y si, una vez terminado el espectáculo, Estados Unidos volviera a sus viejos hábitos de liderazgo, sus compromisos estratégicos, su afán por moldear el orden internacional a su imagen y semejanza? La esperanza de que Trump sea una anomalía –y no una tendencia irreversible– es compartida por líderes europeos, tecnócratas en Washington y toda una generación de globalistas que aún ven en Estados Unidos no solo un país, sino una idea.
Después de todo, Joe Biden intentó hacer precisamente eso: cerrar el paréntesis; volver al Acuerdo de París; revitalizar la alianza con Europa; reafirmar el compromiso con Asia-Pacífico; defender Ucrania. Pero la pregunta central no es si un presidente demócrata puede reconstruir el liderazgo global. La pregunta es si el mundo confiará otra vez en un Estados Unidos cuya brújula estratégica cambia cada cuatro años. Por eso, la idea del “paréntesis Trump” tiene menos fuerza hoy que en 2016. Entonces, el mundo asumía que se trataba de una desviación excéntrica; un error del sistema. Hoy, teme que sea el síntoma de una mutación interna más profunda: una república fatigada, menos interesada en sostener los pilares del orden liberal que en retirarse a su propio desencanto. Como un CEO que llegó para liquidar los activos de la empresa.
Una ironía consiste en que esta abdicación se produce no por debilidad, sino por una mezcla de indiferencia, enojo e ignorancia. La economía estadounidense sigue siendo fuerte. Su sector tecnológico domina el mundo. Su poder militar sigue siendo abrumador y sus universidades siguen siendo los templos de la innovación. La otra ironía consiste en que, incluso ahora, bajo Trump, el precio del liderazgo global sigue siendo, francamente, una ganga.
Consideremos algunos números. El presupuesto militar estadounidense para 2025 ronda los USD 800 mil millones, un 40% del gasto en defensa mundial. Y eso sin contar el precio de las aventuras militares: 2.1 billones de dólares gastados en Irak, Afganistán, Siria y Yemen. Por comparación, el presupuesto entero de Naciones Unidas —toda ella: operaciones de paz, ayuda humanitaria, salud, refugiados— suma menos del 10% del presupuesto.
Y aún así, Estados Unidos contribuye con poco más del 20% al sistema de la ONU. En 2022, eso equivalía a un gasto de USD 15 mil millones, más casi USD 70 mil millones de ayuda internacional canalizados en su mayoría a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). En total, ambos conceptos representan cerca del 1.5% del presupuesto federal y 0.3 del PBI de Estados Unidos. Una limosna imperial.
Pero volvamos al orden económico. En 2023, la participación estadounidense en el FMI le reportó una ganancia contable de USD 407 millones. Es cierto que, en términos acumulados de dos décadas, el saldo es negativo: USD 5.200 millones, la mayoría por la apreciación del dólar en 2022. Pero incluso eso es menor que el gasto militar del Pentágono en un solo día. En cuanto al Banco Mundial, no requiere desembolsos constantes. Su capital se financia mayormente con pagos de países prestatarios como India, Turquía, Indonesia o Argentina. Lo que Estados Unidos ha aportado en capital desembolsado suma USD 3.700 millones, menos del 20% de lo que el gobierno ha dado a SpaceX en subsidios en los últimos 15 años.
Dicho sin rodeos: el orden liberal internacional le cuesta a Estados Unidos menos que una de sus divisiones aéreas. Por ese precio, obtiene acceso privilegiado a mercados, espacio para sus más de 700 bases repartidas en todo el mundo, estabilidad sistémica, y el poder de moldear normas que rigen al resto del planeta. No es altruismo, es estrategia de inversión. Entonces, ¿por qué ese desprecio creciente? En ausencia de grandes guerras o depresiones, los beneficios de sostener un orden se vuelven invisibles. Y lo invisible, en política, es fácil de desfinanciar.
La gran ilusión de la derecha nacionalista es que se puede desmantelar el andamiaje internacional sin que colapse el edificio, que el sistema puede sostenerse solo. No puede. El mundo no es naturalmente estable, ni espontáneamente pacífico. Lo que impide la anarquía no es el genio humano ni la mano invisible del mercado, sino estructuras artificiales construidas con persistencia, recursos y liderazgo. Y ese liderazgo ha tenido, hasta ahora, una dirección postal: Washington, D.C.
Renunciar a ese papel no reduce costos. Aumenta riesgos. El precio del orden no es lo que se paga por sostenerlo. Es lo que se paga cuando desaparece.
ESCRITORIO
¿Cuál es el estado de la globalización del comercio?
El DHL Trade Atlas 2025 –desarrollado en conjunto con la NYU Stern– es un informe exhaustivo que analiza las tendencias, patrones y proyecciones del comercio internacional a través de datos duros, visualizaciones accesibles y 193 perfiles país por país. Cubre más del 99% del comercio, el PBI y la población mundial. Esta edición llega en un momento clave: en medio de tensiones geopolíticas y con una nueva administración Trump que genera interrogantes sobre el futuro del orden comercial. Pero el informe me pareció más (cautelosamente) optimista que otras lecturas compartidas por acá o que leo en otros medios. Por eso, me pareció interesante compartirlo con vos, para apreciar distintas métricas y escenarios.
Algunos hallazgos clave:
- Se espera que el comercio mundial crezca a un ritmo del 3,1% anual entre 2024 y 2029, una mejora leve respecto a la década anterior, pero con incertidumbre récord por posibles guerras comerciales.
- El tan anunciado “desacople” de China es más aparente que real: Estados Unidos importa menos directamente, pero el contenido chino llega igual vía terceros países.
- Las economías emergentes siguen ganando protagonismo: India, Vietnam, Indonesia y Filipinas se perfilan como líderes tanto en velocidad como en volumen de crecimiento.
- El comercio internacional se realiza hoy a una distancia promedio récord de 5.000 km, lo que contradice las narrativas sobre nearshoring y regionalización.
- Europa, aunque crece lento, explicará el 30% del crecimiento total del comercio mundial por volumen absoluto.
El informe no solo cuestiona mitos sobre la desglobalización, sino que proporciona una herramienta para pensar estratégicamente el comercio como dimensión estructural de la política internacional.