Albañilas en la Villa 21-24 Zavaleta: construcción de una comunidad

En uno de los barrios populares más grandes de Buenos Aires, mujeres se capacitan y reparan casas atravesadas por la violencia, la enfermedad y la precariedad.

Paz Ochoteco y Sandra Do Santos debaten cómo reemplazar una puerta por otra recién comprada. La pared –explican– fue “construida de canto”, lo que implica que en lugar de usar el ladrillo como corresponde se pone de costado para ahorrar material. El problema es que este tipo de construcción es frágil. 

—Está mal nivelado.

—Ya sé, pero no podemos usar la maza porque se va a caer la pared. Hay que usar la amoladora, aunque va a hacer mucho polvo. 

El debate se extiende unos minutos hasta que llegan a un acuerdo. Los trabajos se hacen en viviendas donde lo real se encuentra lejos del ideal: “A las arquitectas se le queman los papeles, pero nosotras estamos acostumbradas a laburar en estas viviendas que el Gobierno de la Ciudad cataloga como ‘irrecuperables’. Vamos pensando con las familias en etapas. A veces con pequeñas intervenciones se puede reacomodar el espacio y vivir mejor”, dirán en charla con Punto de Encuentro.

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Ochoteco y Do Santos son dos de las impulsoras del Proyecto Albañilas, un programa que capacita en construcción a mujeres de la Villa 21-24 Zavaleta. Con un grupo de esas vecinas ya formadas realizan mejoras habitacionales en hogares monomarentales o atravesados por situaciones de violencia o problemas de salud. Se trata de una iniciativa de la Fundación TEMAS, una organización que trabaja desde 2003 de manera integral en el barrio, abordando distintas problemáticas.

Edith Rojas Vallejos, Sandra Do Santos y Viviana Florentín realizan instalaciones sanitarias en la casa de Claudia Basilio en Zavaleta. Crédito: Victoria Gesualdi para Punto de Encuentro. 

La 21-24 Zavaleta es un conglomerado urbano ubicado al sur de la Ciudad de Buenos Aires, lindante con el Riachuelo, que abarca 79 hectáreas donde viven más de 80 mil personas, de las cuales el 40 por ciento son niñas, niños y adolescentes, lo que implica una pirámide poblacional muy diferente al resto de los barrios porteños. 

Las problemáticas habitacionales son múltiples. Un relevamiento de la Fundación TEMAS y otras organizaciones arrojó que el 88 por ciento de las viviendas no tiene acceso a agua segura. Respecto a las cloacas, predominan sistemas precarios como pozos ciegos, cámaras sépticas y alcantarillados informales. 

A estas características se suman el hacinamiento (en muchas casas vive una familia de al menos cuatro personas por habitación), la contaminación ambiental, el riesgo eléctrico, la falta de ventilación y deficiencias en los techos. 

“El grupo es muy lindo, nos contamos cosas, lo que estamos pasando, y ahí una se da cuenta que no está sola”, asegura Edith Rojas Vallejos. Nació en Cochabamba, pero lleva casi veinte años en Argentina. Convive con 4 de sus hijos. 

Estas deficiencias tienen un impacto directo en la salud: el propio Gobierno porteño advierte que la Comuna 4 (donde está la 21-24 Zavaleta) registra altos índices de diarrea. También son frecuentes los problemas respiratorios, especialmente en población infantil y mayores de 60 años, y junto a la Comuna 8 son las zonas porteñas con una mayor tasa de mortalidad en la infancia. 

Las tareas de cuidado que demandan estas enfermedades son una carga más para las mujeres, que sostienen el hogar y gestionan las mejoras necesarias en la vivienda. En este contexto, arreglar un techo, poner el agua, conectar a la cloaca puede representar un cambio de vida. 

El origen 

Sandra Do Santos (50 años) llegó a la Villa 21-24 Zavaleta hace más de una década por su trabajo en la Unidad de Gestión de Intervención Social (UGIS), un organismo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que realiza obras en zonas populares. Allí aprendió sobre construcción, plomería y electricidad. Después de un tiempo, se mudó al barrio donde vivió tres años. Durante ese período, sus hijos fueron a apoyo escolar a la Fundación TEMAS.

Un baño roto que Sandra Do Santos decidió arreglar por su cuenta fue el origen de una idea que da formación, trabajo, acompañamiento y comunidad a mujeres de unos de los barrios más postergados de la ciudad. Crédito: Victoria Gesualdi para Punto de Encuentro.

“Sandra se enteró que estaba roto el baño del salón de la Fundación y cayó con una caja de herramientas para arreglarlo. De ahí en más hizo muchísimas cosas en el espacio y se integró al equipo de trabajo”, cuenta Ochoteco, quien es parte de la ONG desde sus inicios.

En 2018, la organización obtuvo un subsidio para comprar materiales destinados a la refacción de viviendas.  “La mayoría de las casas están a cargo de mujeres. Muchas veces están solas; en otras hay varones, pero no hacen nada –dice Do Santos–. Eso hacía que los materiales que compraban terminaran arruinándose o no se aprovecharan. También pasaba que contrataban albañiles que les cobraban carísimo y hacían mal el trabajo. Ahí empezamos a pensar que lo mejor era que ellas pudieran hacer ese laburo”. 

Junto a Ochoteco empezaron a imaginar un programa que les permitiera aprender a identificar los problemas estructurales de las viviendas y resolver los focos de conflicto más comunes. Para eso convocaron a Arquitectura Prácticas Colectivas (una colectiva de arquitectas y paisajistas) y otras profesionales que pudieran enseñarles distintos oficios. Diseñaron un plan de capacitación básico que combinaba herramientas para diagnosticar el estado de las construcciones con prácticas en obra y módulos específicos sobre techos, plomería y electricidad.

El primer andamio

“Lo lanzamos con cierto temor porque es una comunidad de varones que laburan en la construcción. Armamos un flyer que decía: “¿Querés ser albañila? Anotate acá”. Lo publicamos un viernes y el lunes teníamos 150 inscriptas. Nuestra capacidad era para 60 así que ahí ya armamos una lista de espera”, recuerda Do Santos.

Lo que siguió fueron casi dos años de capacitaciones, trabajo interno, consolidación del grupo y obras dentro de las casas de las compañeras que se formaban hasta que un día montaron un andamio en la fachada de una vivienda.

Los trabajos de albañilería conviven con las tareas de cuidado, planes de estudio y otras obligaciones. Crédito: Victoria Gesualdi para Punto de Encuentro. 

“Teníamos una fila de tipos mirándonos, esperando que se nos caiga la cuchara o directamente gritándote: ‘¿Esto lo vas a arreglar así?’ Otros, nos decían que vayamos a su casa para ‘ver si laburábamos bien’ –cuenta Ochoteco–. Pero con el tiempo pasó que las albañilas terminaron resolviendo muchos trabajos mal hechos por chabones. Hoy caminamos por los pasillos con los mamelucos y todo el mundo nos saluda y quiere que vayamos a trabajar a su casa”.

De 2021 a hoy se capacitaron 129 mujeres y se realizaron 97 obras, más de la mitad fue durante 2025. En la actualidad el proyecto tiene 11 albañilas que reciben una compensación económica y trabajan en grupos (cuadrillas) que se van conformando según la disponibilidad horaria y el requerimiento de la tarea. La obra no tiene costo para las y los dueños de casa, que tratan de aportar los materiales que se utilizan.

“Para elegir las obras priorizamos familias monomarentales o con enfermedades crónicas. Para detectar esos hogares articulamos con los centros de salud cercanos, que nos hacen derivaciones. La semana pasada hicimos una intervención en una vivienda con tres niños con enfermedades poco frecuentes”, describe Ochoteco. 

“Vienen a hacerte un trabajo y encima que pagás queda mal. Como sos mujer, te dicen que no sabés nada y te quieren achicar”, se queja Viviana Florentín. Ahora lo arregla ella misma. Crédito: Victoria Gesualdi para Punto de Encuentro. 

Otra urgencia es cuando la dueña de casa está atravesando una situación de violencia. “En estos casos es muy significativa una intervención –explica–. Hemos puesto rejas en una puerta, arreglado una ventana por la que un agresor ingresaba sistemáticamente o levantado un muro en la casa de una compa que era acosada por un vecino. Son barreras físicas muy concretas que cambian la calidad de vida de la familia. Hace dos semanas, por ejemplo, hicimos la vivienda completa para una mujer que se quería ir de su casa con sus hijos por violencia. Había conseguido cuatro paredes, literal. Ella se mudó durante la obra, estaba feliz”. 

Doñas y albañilas 

Claudia Basilio –la dueña de la casa con los ladrillos “de canto” donde las albañilas están en obra– es segunda generación en 21-24 Zavaleta. Tiene 45 años y hace siete que se separó. Quedó como sostén de hogar con una hija y dos hijos. Hoy viven con ella además sus dos nietas y dos nueras: son ocho, pero pronto serán nueve porque Fernanda (la hija de 25), está embarazada. 

En el último tiempo, su nieta más pequeña (de tres años) tuvo varios episodios de crisis respiratorias. La vivienda tiene una sola ventana pequeña y hasta el día anterior no tenía agua.

“Conocí a las albañilas por mi hermana. Les pedí que vinieran porque tenía mal el techo, me llovía sobre las paredes del fondo y del costado y no tenía presión de agua porque estaba conectada a una red vieja”, cuenta Basilio mientras las mira trabajar con cierta fascinación. Está buenísimo que sean mujeres, son más cuidadosas, los hombres te dejan la casa hecha un desastre. Y también está bueno ver que ellas pueden hacer estas cosas”. 

Fernanda interrumpe la charla, está por llevar a su sobrina al jardín pero antes de irse le pide a su mamá si puede buscar a su hija a las 13 a la salida de la escuela.

—Sí, andá tranquila. Termino de charlar con la chica y voy. Acá es así, todas nos ocupamos de todo.

Manos que arreglan

En el baño de la casa, Viviana Florentín (32) y Edith Rojas Vallejos (44) cortan y ensamblan caños, toman medidas, perforan con el taladro la pared para colocar una bacha y un inodoro. Trabajan a contrarreloj porque al mediodía también tienen que ir a buscar a sus hijes a la salida de la escuela.

Edith Rojas Vallejos y Viviana Florentín realizan instalaciones sanitarias. El proyecto trabaja con mujeres y da prioridad a hogares monomarentales y situaciones de violencia. Crédito: Victoria Gesualdi para Punto de Encuentro.  

“Desde que me mudé al barrio viví en muchas casas. En todas había problemas de agua y humedad. Entonces la idea de poder arreglar nosotras sin depender de nadie estaba buenísimo. Muchas veces vienen a hacerte un trabajo y encima que pagás queda mal. Así que la propuesta me gustó por ese lado, porque como sos mujer te dicen que no sabés nada y te quieren achicar”, afirma Florentín.

La joven llegó a la Argentina desde su Paraguay natal en 2011, cuando tenía 15 años, y al poco tiempo se instaló en la 21-24-Zavaleta, como muchísimos migrantes de ese país. Tiene tres hijos (13, 11 y 6 años) y una beba de un año y seis meses. Además de la crianza, las tareas de la casa y trabajar en Albañilas, está rehaciendo la primaria para tener el título y los viernes hace un curso de cocina.

“Al principio me quise capacitar para hacer mi propia casa. Pero después, al ver los problemas que hay en el barrio, me quise sumar a la cuadrilla. Tengo amigas que tienen las casas hechas mierda y están ahí esperando que el marido, el novio, el papá o el hermano las arreglen, y a veces no tienen tiempo, o cuando tienen tiempo hacen un poco, y lo dejan sin terminar”.

La pareja de Florentín también es albañil. Al principio él pensaba al igual que ella que la capacitación iba a servir para que hiciera los arreglos en la casa. Pero cuando ella comenzó a trabajar en otras obras le generó cierta incomodidad. “Los primeros tiempos fueron raros para él, pero después se le pasó. Yo lo cargo a veces, le digo que si su jefe me conoce trabajando me va a contratar a mi su lugar y nos reímos. Y en casa laburamos juntos”, cuenta.

Para Edith Rojas Vallejos (44 años) la motivación inicial fue también aprender el oficio para construir su casa en un terreno que tiene en la provincia de Buenos Aires, aunque siempre le había gustado la tarea. Nació en Cochabamba, Bolivia, y vino a la Argentina a los 25, con su primer hijo que tenía entonces tres años. Primero residió en Villa Celina y en 2012 se mudó al barrio. Hoy alquila una pieza y vive con sus cuatro hijos menores. También es sostén de hogar, aunque para la manutención de los dos más chicos recibe ayuda del padre.

“Al trabajar acá ves otras familias que necesitan más que una y se siente muy bien de poder echarles una mano”, asegura y cuenta que desde que ingresó al Proyecto Albañilas conoció a muchas más mujeres del barrio: “El grupo es muy lindo, nos contamos cosas, lo que estamos pasando, y ahí una se da cuenta que no está sola, sientes que tienes un apoyo más”.

La construcción de “nosotras” 

Paz Ochoteco no nació ni vivió en la Villa 21-24 Zavaleta, pero la adoptó como territorio hace más de 25 años. “Había llegado hacía muy poco a Buenos Aires y vi un cartel que invitaba a dar apoyo escolar. Me presenté en el lugar, era en la manzana 14 casa 53. Nunca más me fui. Yo vengo de un pueblo muy chiquito y creo que no hubiera podido quedarme en esta ciudad si no hubiera sido porque encontré esta comunidad que me alojó, que me enseñó a luchar”, reflexiona.

Tiene varios títulos que fue cosechando según las necesidades que se presentaban: es licenciada en Ciencias Ambientales con posgrados en Hábitat y Pobreza urbana y en Epidemiología. Desde que surgió la idea de Albañilas se capacitó junto al resto en todas las instancias formativas. Trabajó en la cuadrilla hasta que una hernia de disco la dejó fuera de las obras. Pero no la alejó del proyecto, más bien lo contrario: “Cuando no estoy en el barrio estoy en casa haciendo tareas administrativas, planificando, buscando algún subsidio, teniendo reunión. Creo que lo único que hacemos mal es que trabajamos todas muchas horas”, informa y sonríe. 

Viernes por medio las albañilas se reúnen junto a otras vecinas a la noche en el salón de la Fundación TEMAS. A este encuentro lo bautizaron como “Ronda de mujeres” y el objetivo es compartir tiempo, escucharse, acercarse y disfrutar.

En la entrada del barrio junto a Paz Ochoteco, que llegó hace años para dar apoyo escolar y hoy es parte de la Fundación que promueve la formación de albañilas. Crédito: Victoria Gesualdi para Punto de Encuentro. 

“La Ronda nació durante la formación de Albañilas. Al trabajar sobre los derechos vinculados a la vivienda, surgieron historias personales que mostraron la necesidad de contar con un espacio propio para compartir experiencias y pensarse como cuerpos-territorios”, explica Ochoteco. 

Dos veces por año hacen la “ronda de juguetes sexuales”, una excusa para hablar más allá de la subsistencia: “El deseo y el goce, está muy cancelado para las mujeres, y en especial para las de los sectores populares. ¿Qué espacio tienen para pensar eso con cinco pibes y cien mil problemas?”.

También van juntas de viaje, al teatro, a darse la vacuna antitetánica o a hacerse controles ginecológicos.

“Somos amigas, y eso es muchísimo. Muchas mujeres nunca habían tenido un espacio para construir esos vínculos, incluso quienes participaron de otras organizaciones. Para nosotras eso es fundamental –concluye–. Si no destinamos tiempo a fortalecer esa red, no importa cuántos dispositivos existan: cuando un agresor aparece un viernes a la noche, lo que hace la diferencia es la compañera que vive a una cuadra y puede llegar enseguida, o alguien con quien compartir un mate cuando una está mal. Porque el empoderamiento individual no existe: es colectivo o no es”. 


Esta nota pertenece a Punto de Encuentro — un especial de Amnistía Internacional Argentina junto a CENITAL. Podés leer todos los artículos acá.

Es periodista especializada en ciencia, salud y ambiente. Colabora en medios nacionales e internacionales como América Futura (España), Ojalá (México), Lento (Uruguay), Gatopardo (México). Trabajó en la Agencia Télam desde 2005 hasta su cierre en 2024.