Que la ciencia te acompañe

¿Y vos por qué te asustaste?

Algunos ejemplos de las huellas que dejan los grandes sucesos, de esas pistas que nos permiten saber que no estamos locos, que las cosas de las que ya nadie habla sucedieron.

Holis, ¿cómo andás? Yo acá, mal. Nunca me gustó eso de considerar que “¿cómo estás?” es una pregunta vacía, de cortesía, casi parte de un saludo. Yo no la hago si no me interesa saber y me parece problemático pensar que puedo estar hablando con alguien que no me interesa saber cómo está. ¿Qué propósito tiene ese diálogo si no se da esa mínima humanidad?

Hay una expresión en italiano que me encanta y me refleja en este momento “sto proprio male”, que es algo así como “estoy propiamente mal”, encarnando el mal. Esos momentos en los que no funciona nada, porque no son los pensamientos los que nos llevan a las sensaciones, sino un desentendimiento absoluto entre la identidad y el acontecimiento. No es lo que pasa, es cómo pasa.

Entre muchas cosas, me está costando esto que llamo “pandemia asimilada”. El mundo con pandemia y con todo lo demás. La fagocitocis de ese fenómeno desestabilizador por las dinámicas desestabilizantes ya conocidas. Siento que estábamos todos de acuerdo en que no queríamos volver a la “vieja normalidad” pero que ahora todos están contentos de que vuelva y que me quedé, como diría mi mamá, “sin plumas y cacareando”. Tengo buenas razones para no querer la vida que tenía antes de la pandemia pero no la suficiente fuerza como para articular la resistencia necesaria.

Así que en esta carta me gustaría que charlemos de algunos ejemplos de las huellas que dejan los grandes sucesos, de esas pistas que nos permiten saber que no estamos locos, que las cosas de las que ya nadie habla sucedieron y que aunque ya no importen siguen teniendo importancia.

Nunca te dije “flaco quedate conmigo”, fuiste vos solo nomás

Si queremos pensar en las marcas que nos dan una idea de cómo fue el pasado para reconocer cómo nos constituye en el presente, hay que empezar reconociendo que vivir lo mismo no es vivir todos igual.

Este estudio del Centro de Ciencias de la Complejidad de Viena (CSH) analizó datos anonimizados cedidos por una empresa austríaca de telecomunicaciones para determinar el grado de adhesión a las restricciones impuestas por el gobierno en el comienzo de la pandemia. Al desagregar los datos por género (una categoría autoreportada y con dos opciones: hombre y mujer), encontraron que las llamadas telefónicas entre mujeres aumentaron un 140% en duración respecto a antes del confinamiento (es decir, se volvieron significativamente más largas), mientras que las llamadas de varones a mujeres un 100%, las de mujeres a varones un 80% y las de varones a varones, 66%.

Por supuesto, no se sabe cuál fue el contenido de esas llamadas, pero Georg Heiler, uno de los autores del trabajo, sugiere que “la literatura actual, mediante encuestas y entrevistas, evidencia que las mujeres tienden a elegir estrategias más activas para lidiar con el estrés, como por ejemplo hablar con otras personas”.

Por otro lado, datos obtenidos de un área recreativa y de un shopping en Viena mostraron que los varones frecuentaron más esos lugares durante el confinamiento y que, cuando se levantaron las medidas restrictivas, también fueron ellos quienes recuperaron más rápidamente sus patrones de movilidad pre-pandémicos.

Según Stefan Thurner, presidente del CSH, estudios como este proveen soporte cuantitativo para hipótesis en el campo de las ciencias sociales y la psicología así como “información concreta para los efectores de políticas públicas que puede ser usada para planificación durante una crisis o para dar mayor especificidad a la distribución de recursos sanitarios”.

Respecto a la cuestión de hoy, hay algo que me llamó la atención y es que al observar los datos, se vio que, si bien las llamadas telefónicas se volvieron más largas, la gente habló con menos personas. ¿Podrá ser que muchos de nosotros hayamos encontrado en la pandemia la oportunidad para profundizar nuestras relaciones cercanas y ahora nos cueste volver a un ritmo en el que no tenemos el tiempo para hacerlo y además tenemos que sostener lazos más superficiales?

Veneno en mi valle

A la hora de pensar en cosas que dejan huella, hay dos grandes grupos: procesos largos y eventos repentinos, especialmente cuando son traumáticos. Las pandemias entrarían en el primer grupo y nos resulta casi obvio pensar que sus consecuencias permanecerán en nosotros bastante tiempo después de terminadas. Estuvimos casi un año encerrados, perdimos seres queridos, creció el desempleo, nos dimos vacunas que no sabemos por cuánto tiempo nos van a inmunizar. Mientras tanto, no sé si te acordás, hubo incendios forestales. Y, de nuevo, no hay nada novedoso en pensar que quienes tuvieron que evacuar probablemente no hayan recuperado todas sus cosas, que los bosques no se regeneraron. 

Hasta acá no se entiende qué estoy diciendo, este es un envío de noticias y en todo un párrafo no puse ni una. Bueno, la cosa es que una investigación publicada en The Lancet Planetary Health vincula incendios forestales con el aumento de muertes relacionadas con causas respiratorias y cardíacas en todo el mundo. No solo se trata de las cosas que perdimos en el fuego, de su presencia arrolladora, de lo que quema y destruye, sino también de las que perderemos con el fuego, de su presencia silenciosa, de lo que corroe y desintegra.

Quienes llevaron a cabo la investigación analizaron 65.6 millones de muertes ocurridas entre 2000 y 2016 en 749 ciudades de 43 países, de las que 15.1 millones se atribuyeron a causas cardiovasculares y 6.8 a causas respiratorias. Luego, cruzaron estos datos con las emisiones diarias de material particulado respirable generado por los incendios forestales según cada ciudad. Cuando llegan a los pulmones, estas partículas ingresan al torrente sanguíneo y generan obturaciones.

Al estimar la exposición a material particulado surgido de los incendios, tanto aguda (apenas sucede, cuando hay un montón), como a lo largo del tiempo (algunas partículas quedan flotando), encontraron que 33.500 de las muertes totales fueron provocadas por esta razón. La mayor carga extra de mortalidad se registró en Guatemala (3,04 por ciento), Tailandia (2,32 por ciento), Paraguay (2,09 por ciento), México (1,72 por ciento) y Perú (1,61 por ciento).

Esto, por supuesto, es una asociación estadística, no le revisaron los pulmones y el corazón a cada persona muerta para ver si tenía material particulado o no, sino que, con base en investigaciones previas y estimaciones de concentración de este componente en el aire, se llegó al número.

¿Esto quiere decir que no alcanza como evidencia? No. Con todo lo que sabemos sobre pulmones, corazón, contaminación y efectos de las partículas respirables sería muy raro errarle por 33.500 casos a un diagnóstico. Lo que quiere decir es que, aunque no pueda comprobarse que cada muerte tuvo como causa única el haber respirado estas partículas, sí puede afirmarse que el humo de los incendios forestales tiene serios impactos sobre la salud y que hay que tomar medidas específicas al respecto cuando suceden.

Querés que me quede allá afuera

De las cosas que quedan con nosotros una vez que el pasado es pisado, algunas son como un murmullo, otras como un eco, y otras simplemente siguen igual pero las negamos. Septiembre es el mes de la visibilidad bisexual. Hoy es 7 de octubre y este apartado es para MI GENTE, los que generamos confusión aunque lejos estemos de estar confundidos.

Y, como la sexualidad no se confiesa, les voy a hacer una confesión: mi ciencia menos favorita por lejos es la jurídica. Tengo una tara estética con todo lo que sea derecho. No es que no reconozca su importancia o que puede ser recontra interesante, pero me hace daño literal leer cualquier texto jurídico. 

Pero en tren de continuar visible cuando ya se extinguieron los canjes y promos, leí esta investigación de derecho comparado en la que se analizan la legislación y las políticas para refugiados en Canadá, Estados Unidos y Australia, y concluye que las personas bisexuales son significativamente menos exitosas que otras orientaciones sexuales minoritarias en ser acogidas. 

La de la sexualidad no heteronormativa es una huella activa. Llevamos marcas que dan cuenta de ello y se nos marca de nuevo continuamente. La bisexualidad tiene una particularidad y es que no queda claro qué dicen esas marcas que nos ponen porque continuamente somos puestos en duda. Este estudio da evidencia de cómo esa duda sobre la legitimidad de la bisexualidad tiene efectos materiales concretos en correlación con otra huella activa, la de la migración desde el desarraigo.

Lo bueno del estudio del derecho es que no hay que hacer hipótesis y pruebas, todo está registrado. La metodología no es científica, es de archivo. Lo que hicieron en esta investigación fue revisar las decisiones publicadas en cuanto al otorgamiento del status de refugiado cuando involucraba personas bisexuales y compilarlas. Lo científico es la interpretación de esas decisiones, ninguna dice “no le vamos a conceder asilo porque es bisexual”, entonces se usaron investigaciones de otras ciencias para comprobar que efectivamente fue así.

El autor del paper identifica entonces dos ejes que dificultan que las personas bisexuales consigan asilo: la invisibilización de la bisexualidad como identidad sexual y los prejuicios negativos sostenidos por los decisores acerca de la bisexualidad.

El autor resalta que, en el caso de los gays, en la aplicación de criterios para su acceso a derechos humanos, muchas veces se usó como argumento la inmutabilidad de ese rasgo, dado que “la inmutabilidad tiene poder exonerativo por la difundida creencia de que es aborrecible penalizar a los individuos por cosas que están fuera de su control”. Habla de cómo las ciencias han abonado esta visión con estudios que vinculan la homosexualidad con la genética o la proponen como causa directa de algo sucedido en la infancia. En el caso de la bisexualidad, la apelación a la inmutabilidad en estos términos no es posible, lo que favorece su caracterización como una perversión elegida.

De acuerdo a datos del organismo canadiense que regula la inmigración y los refugios, los pedidos de asilo hechos por personas bisexuales en 2006 fueron el 8% del total de los presentados por minorías sexuales. La tasa de otorgamiento para las minorías excedió ese año la general (58% vs 54%), pero la de bisexuales fue significativamente menor (39%). Por otro lado, la tasa de aceptación de varones gays y lesbianas fue igual, del 60%, mientras que para varones bisexuales fue del 33% y para mujeres bisexuales del 55%.

En Estados Unidos, entre 1994 y 2007, el otorgamiento de asilo para bisexuales fue del 5% del total de pedidos presentados, mientras que para gays y lesbianas fue del 17%. En Australia, entre 1994 y 2000, ninguna de las personas que se identificó como bisexual o “sexualmente ambigua” obtuvo asilo, mientras que sí lo hicieron el 26% de los varones gays y el 7% de las lesbianas que lo solicitaron.

Si bien estos datos tienen problemas en las formas de recopilar la información y sobrerrepresentación de subgrupos, el artículo está muy bien armado y son un apoyo claro a lo que sostiene. Algunas identidades perseguidas son dignas de ser salvadas y otras no. Si estás con tiempo hoy te recomiendo leerlo, pero te advierto que algunos testimonios son muy fuertes.

Te escribí en mí para no perderme

Las marcas, las pistas, la evidencia que se acumulan en mí hoy son malestar. Pero no espero que se vuelvan tenues, inadvertibles. No espero, de hecho. Hago uso de mi deseo sobre ellas, las hago y quiero que la aceptación llegue para mí misma, para mí toda, no para las cosas que me pasaron y lo que me hicieron. Porque la ciencia es eso, una acumulación de malestar respecto a cosas que se asoman y no se entienden y una operación del deseo por armarlas en algo que sea, que pueda ser.

Te mando un beso enorme,

Agostina

p/d: la canción de hoy no es de una artista que me guste particularmente pero me habló de una forma tan clara que le voy a hacer caso.

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Soy comunicadora científica. Desde hace tres años formo parte del colectivo Economía Femini(s)ta, donde edito la sección de ciencia y coordino la campaña #MenstruAcción. Vivo en el Abasto con mis dos gatos y mi tortuga. A la tardecita me siento en algún bar del barrio a tomar vermú y discutir lecturas con amigas.
@Bcientifica

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