Volver a decidir sobre el propio cuerpo
Una casa convivencial comunitaria en Luján para mujeres y diversidades en recuperación por consumos problemáticos es también un primer acceso a la ESI y otros derechos.
En silencio, bajo la sombra de una hilera de plátanos añosos, un grupo de mujeres estira el cuerpo hacia el cielo. Con una voz suave, Fernanda las guía mientras ellas, con los ojos cerrados, practican Kundalini yoga y siguen las melodías que salen de un pequeño parlante. Son los últimos días de un invierno crudo y otra vez primavera.
A simple vista, la escena podría ocurrir en cualquier parque. Pero detrás de esos movimientos lentos, del sonido de los cuencos tibetanos, hay historias de dolor y recuperación. En la Casa Comunitaria Convivencial de Mujeres y Diversidades de Luján viven 45 residentes que llegaron después de años atravesados por el consumo de drogas y distintas formas de vulnerabilidad. Para muchas, la casa también significa restituir algo que durante mucho tiempo les fue negado: la posibilidad de atravesar un proceso de recuperación sin separarse de sus hijas e hijos.
El espacio forma parte de Vientos de Libertad, una de las ramas del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), que desde los barrios populares acompaña a personas atravesadas por el consumo y construye, junto a ellos, caminos posibles para transformar sus vidas.
Cuando Evelyn tenía doce años, le contó a su papá que le gustaba una compañera de escuela. Como respuesta, le pegó. Desde chica, sus padres le decían que estaba enferma, que era una anormal, que las nenas tenían que estar con los nenes. La obligaban a vestirse con ropa de mujer y, cuando ella se resistía, empezaron a dejarla afuera de la vida cotidiana de la familia. A los quince años llevó a su primera novia a la casa. Entonces ocurrió lo que hasta ese momento había sido una amenaza: la echaron. Evelyn se fue a vivir con Maga. Construyeron como pudieron una vida juntas. Pero cuando Maga murió atropellada por un tren, Evelyn inició un derrotero marcado por el consumo, la violencia y la vida en la calle. Por miedo a que la robaran, dormía abrazada a su mochila en la estación de trenes de General Rodríguez. Dice que el plato de guiso que comía en un comedor popular del MTE era su lujo diario. Fue allí donde un referente le habló de la posibilidad de iniciar un tratamiento en la Casa de Luján.
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“Estoy metida en el consumo por la falta de abrazos y de comprensión de mis viejos. Acá, en la Casa, me siento contenida y soy libre. Ahora estoy viva. Me ayudaron a recuperar la confianza en mí misma, a entender que puedo tener proyectos. Quiero terminar el secundario y abrir mi propia peluquería. Estar acá también me ayudó a recomponer el vínculo con mi familia: me ven bien y ahora vuelven a creer en mí”, dice.
Evelyn cumplió 19 años en pleno tratamiento, es la más joven de todas las residentes. Por primera vez lo celebró en familia, en la casa la esperaban con globos, tortas y un par de zapatillas nuevas: blancas con cámara de aire. Ella aún transita el duelo de su primera novia, dice que cada vez que ve una flor de girasol se acuerda de Maga. Le escribe poemas en un cuaderno Gloria. El que más le gusta es «Flores amarillas». Lee un pasaje: “Maga: te siento en esos atardeceres rosas o en el aroma del viento/ te siento presente muchas veces y otras te siento lejos”
Identidad, derechos y autonomía corporal
La red de acompañamiento de Vientos de Libertad tiene 102 espacios en todo el país: 86 centros barriales, 13 casas comunitarias convivenciales, 2 casas vinculares y 1 centro de integración social. Desde el 4 de septiembre de 2017, las residentes llegan al espacio de Luján (ex Instituto Alvear) derivadas de juzgados, centros comunitarios, situaciones de calle, servicios locales, hospitales, espacios de maternidades. No sólo transitan la recuperación de las adicciones. También reconstruyen su identidad, conocen sus derechos y la autonomía sobre sus cuerpos, sus deseos y sus decisiones.
Nahir Guaymás, 31 años, es una de las referentes históricas de la casa. De lunes a viernes de diez de la mañana hasta las 5 de la tarde, su trabajo consiste en acompañar el proceso de las mujeres y diversidades en tratamiento. Y los fines de semana hace guardia telefónica por cualquier eventualidad. En la casa hay asistencia las 24 horas los 365 días del año. “Las compañeras llegan con historias arrasadas. En estos últimos tres años notamos que el deterioro con el que llegan es mucho más profundo. Mucho maltrato, situaciones de abuso, consumo problemático, deterioro físico, mental y emocional, en algunos casos años y años de vivir en la calle, sin red de contención. Todos sus derechos fueron sistemáticamente vulnerados».
Y sigue Guaymás: «En los relatos de las compañeras que fueron madres aparece una y otra vez el maltrato en los hospitales. Algunas cuentan que, después de parir, les ligaron las trompas o les colocaron un DIU sin haber dado su consentimiento. Son los médicos los que toman las decisiones sobre sus cuerpos: ‘te ligamos para que no tengas más hijos’. Para el sistema no tienen derecho a ser cuidadas, informadas y contenidas. Las diversidades en situación de consumo son aún más vulneradas: en los hospitales no las atienden, no acceden a controles de salud”.
Nahir cuenta una situación que se repite entre las mujeres trans que llegan a la casa. Casi ninguna tiene DNI y, cuando lo tienen, no refleja su identidad de género. El equipo de trabajadoras las acompaña en el trámite para tener documentos que reflejen sus nombres. También eso forma parte de la recuperación: volver a tener un nombre propio.
En la Casa también hay talleres de Educación Sexual Integral (ESI) y salud sexual y reproductiva. Para muchas residentes es la primera vez que tienen un espacio donde hablar de sus cuerpos, preguntarse quiénes son, conocer sus derechos, repreguntar su orientación sexual y reconocer las violencias que atravesaron. Algunas, además, encuentran allí la posibilidad de iniciar un tratamiento de hormonización.
Talleres de ESI: un espacio para preguntar sin miedo.
Desde hace cuatro meses, Rocío, 29 años, madre de dos hijos, es una de las 17 coordinadoras de la Casa Convivencial. Ella llegó pesando 35 kilos, con dos intentos de suicidio y atravesando una situación de consumo. Luego de vivir un año y tres meses de tratamiento, ahora, desde su nuevo rol, siente que puede devolver una parte de la ayuda que recibió cuando más la necesitaba.
“Comencé a consumir a los doce años, tuve una familia ausente y adicta. En mi niñez sufrí abusos. Como plan de escape a esa edad me fui a vivir a la casa de mi primer noviecito. Con él tuve tres hijos, uno de ellos murió en un accidente en la pileta de mi casa, y eso me arrastró a una depresión profunda y de mayor consumo. Las madres en consumo somos doblemente estigmatizadas”, dice.

Rocío quedó embarazada de su primer hijo a los 19 años. Cuenta que nunca había recibido educación sexual y que tampoco sabía cómo prevenir un embarazo. En su paso por la Casa Convivencial encontró un espacio seguro: aprendió a vivir desde el deseo, a cuidar su cuerpo, a decir que no, a reconocer los vínculos violentos y a no naturalizar la violencia de género. Ahora lleva un pañuelo violeta atado a su riñonera, lo compró en la última marcha de Ni Una Menos, se siente contenida en el feminismo. Rocío está feliz: “Renací, ahora soy Rocío, una mamá presente, tengo mi trabajo, alquilé un departamento, aprendí a maternar de otra manera y a romper patrones”, cuenta.
En la Casa hay un equipo interdisciplinario de psicólogas, trabajadoras sociales, abogadas, talleristas. Trabajan de manera integral y comunitaria. Hay rondas de charlas terapéuticas, formación política, rondas convivenciales, talleres de arteterapia, serigrafía, herrería.
Candelaria Vuletic, 30 años, es psicóloga y desde 2021 trabaja en Vientos de Libertad. Es la coordinadora clínica de las distintas casas convivenciales de la organización. Candelaria coincide con Nahir, en los últimos tres años notan un deterioro mucho más profundo en las chicas que llegan. “Se nota en el desmembramiento de redes, no hay espacios comunitarios. Al tener menos espacios a dónde acudir, el consumo aparece como una salida cercana”, dice.
En rondas convivenciales, las chicas refieren que desconocen sus derechos y nunca tuvieron acceso a espacios de asesoramiento en salud sexual y reproductiva. Muchas de las madres cuentan por primera vez que nunca se habían preguntado si realmente querían maternar. Esa pregunta, dice Candelaria, suele aparecer durante el proceso de recuperación: “Si logran hacerse esa pregunta es porque pudieron romper con el estigma de que toda mujer debe querer ser madre, como si la maternidad fuera una obligación y no una elección. Son muy pocas las que pudieron acceder a métodos anticonceptivos. En los talleres de ESI encuentran, por primera vez, un espacio donde pueden preguntar sin miedo a ser juzgadas. Es también el comienzo de otra vida, una en la que sus deseos cuentan y sus decisiones les pertenecen”.
La reconstrucción de la subjetividad
Desde hace cuatro meses, Susana, 37 años, atraviesa un tratamiento para dejar de consumir. Llegó a Vientos de Libertad después de una vida de maltratos, abusos, consumo y calle. Es la mayor de ocho hermanos. Empezó a trabajar a los siete años para sostener a su familia; dice que desde muy chica ocupó el rol de madre, padre, tía, abuela. Pedía monedas en Recoleta y dormía cerca del cementerio. Por las noches, mientras vendía rosas, eran las travestis quienes la cuidaban. Susana dice que el consumo se convirtió en un mecanismo de defensa o la manera de soportar el recuerdo de los abusos sexuales que sufrió desde los cuatro años: “A mi me abusó mi tío, mi abuelo, mis primos, el vecino, el amigo de mi vecino, el amigo del amigo. Hasta que a los doce me violó un familiar y ahí empecé a consumir. Tuve una infancia de mierda: no recuerdo que mi mamá me haya dado un baño en toda mi vida. Era una niña muy vergonzosa, muy humillada”, dice.

Susana cuenta que tuvo a sus cuatro hijos en soledad. Recuerda especialmente el primero. Tenía 15 años y dormía con su pareja al costado de las piletas de ATC (hoy Televisión Pública), cuando, con ocho meses de embarazo, notó sangre en su orina. Ahí se dio cuenta de que estaba por parir. “Nadie jamás me habló de métodos anticonceptivos. Recuerdo que una vez una de mis parejas me dio alcohol hasta quedar inconsciente, y cuando me di cuenta estaba arriba mío, le pregunté si se había puesto preservativo porque no quería tener otro hijo, y me dijo que no”, dice.
Ahora en la Casa Convivencial está recuperando el vínculo con sus hijos. Se siente escuchada, contenida. Tiene los controles de salud al día. “Pedí ayuda porque no podía parar de consumir. A futuro me imagino las comodidades que nunca tuve: una casa, una tele, agua, luz, una cama. Sueño con poder ayudar alguna piba que esté complicada en el consumo”, dice.
En la Casa hay rondas de escucha y espacios terapéuticos donde las residentes recuperan derechos, reconstruyen su subjetividad y vuelven a reconocerse como protagonistas de sus vidas. Karina Corsi, psicóloga social, es referenta del espacio desde hace tres meses. De lunes a viernes su trabajo consiste en acompañar el proceso de las chicas, intervenir ante situaciones de tensión o conflicto, brindar apoyo a las coordinadoras y articular con los centros de salud para garantizar que puedan acceder a controles médicos. “Vientos de Libertad no solo acompaña situaciones de consumo. Acompañamos a mujeres, muchas de ellas madres, atravesadas por situaciones de violencia y con derechos vulnerados. En el espacio tenemos talleres de maternidad y articulamos con la Dirección de Género del municipio. Para muchas, es la primera vez que pueden acceder a este tipo de espacios. Muchas ni siquiera tienen DNI, algo tan básico como el derecho a la identidad. Algunas jamás se preguntaron cuál es su color preferido o qué comida les gusta. Nada”, dice.
En los testimonios de las chicas, Karina escucha una y otra vez que el contacto con el sistema de salud fue una experiencia traumática. Durante los partos, el estigma asociado al consumo se convirtió en una nueva forma de violencia: muchas fueron maltratadas y revictimizadas. “Cuando hay un entramado comunitario que les devuelve a las pibas el tejido social, pueden empezar a reconocerse como sujetas de derechos. Llegan silenciadas, muy rotas, y acá intentamos reconstruirlas. El consumo pasa a ser el problema número veinte: antes hay que reparar absolutamente todo”, dice.
Habitar el cuerpo, reconstruir los vínculos, imaginar otras vidas
Todas las semanas se reúnen en rondas convivenciales. Allí pueden detenerse a pensar los vínculos, mirarlos desde otra perspectiva y aprender a reconocer situaciones de violencia o abuso. “Después de todo lo que pasaron, ellas todavía mantienen el deseo de vivir. Muchas sienten que están renaciendo o que se sienten vivas por primera vez. Se conocieron en otra versión que ni siquiera sabían que existían. Ellas son las protagonistas de la Casa. Finalizan el proceso imaginando cómo quieren vivir y a donde no quieren volver”, dice Karina.
Micaela, 25 años, hace once meses que está en tratamiento. Cuenta de corrido un recuerdo que vuelve una y otra vez. De un tiempo a esta parte lo hace sin llorar: mientras estaba detenida en una comisaría, comenzó a sentir dolores en la pelvis y notó que su menstruación se retrasaba. Le pidió a su mamá que le llevara un test de embarazo. Por orden de la jefa del destacamento, tuvo que hacérselo delante de ella. De los nervios no podía sostener la tirita: dos rayitas y una policía le dijo: “Estás embarazada”.

“De chica soñaba con ser mamá, tener una casa, un compañero. Pero ese sueño no se cumplió ni un poquito. Tuve a mi hijo detenida, sola y en consumo. Consumía y lloraba porque sabía que me estaba haciendo mal a mí y a mi hijo, pero no podía salir. La ausencia de mi papá me llevó a consumir y consumir me llevó al delito”, dice.
Desde que comenzó el tratamiento, Micaela reconstruyó el vínculo con su hijo. Ahora viven juntos en Vientos de Libertad. Ella está terminando el secundario, aún persigue el sueño de niña, pero ahora tiene otra forma: construir una vida digna, sin consumo ni violencias.
Son las cuatro de la tarde de un jueves soleado. Fernanda Barroso, desde hace cuatro años es coordinadora de la Casa y técnica en acompañamiento terapéutico. Mientras estudiaba supo en un taller de psiquiatría y medicina que la respiración consciente y algunas prácticas vinculadas al yoga que podían ayudar a reducir la ansiedad y, en determinados contextos, complementar los tratamientos. Se anotó en clases de Kundalini yoga, una disciplina que combina posturas, respiración, meditación y mantras. Después llevó parte de lo aprendido a la Casa. “Muchas de las mujeres que llegan crecieron en contextos de violencia, abuso, marginalidad y calle. Algunas aprendieron a sobrevivir mucho antes de poder preguntarse qué querían para sus vidas”, dice.
Cada vez que terminan las prácticas, Fernanda propone intercambiar lo que sintieron. Bajo la sombra de los plátanos añosos, baja el volumen de la música, una de las chicas levanta la mano y dice:
—Sentí que mi mamá me acariciaba.
Esta nota pertenece a Punto de Encuentro — un especial de Amnistía Internacional Argentina junto a CENITAL. Podés leer todos los artículos acá.