Venderse
Ofrecer la intimidad, ponerla a circular en el espacio público con el afán de convertirse a sí mismos en mercancía. Lo que no se muestra, lo que no se ve, no existe.
I. La primera vez que escribí una columna en un diario, en 2020, lo hice sobre esto mismo. A partir de ahí, lo hice muchas otras veces. Incluso en este mismo espacio. Y es que las cosas no se agotan porque uno las escribe, ni tampoco las escribe siempre igual, ni tampoco esos asuntos se mantienen de la misma forma. Muchas veces escribo como modo de aplacar el malestar que me provocan ciertas maneras, ciertos modos, ciertas formas. Pero como no se trata de una catarsis, sino de otra cosa, ese malestar vuelve en la medida en que esos asuntos siguen ahí. Me estoy refiriendo a las maneras de darse a ver, en este caso, de los profesionales psi. Eso incluye psicólogos, psicoanalistas, psicopedagogos, etc. Ya sé que es un estado de cosas extendido a todas las disciplinas –obstetras, pediatras, dermatólogas, dentistas, escritores, etc., etc., etc.,– pero ahora quiero referirme a uno de los ámbitos que más me interesa y me importa.
II. Todos los que decidimos dedicarnos a la clínica pasamos por la pregunta de cómo empezar a atender pacientes. Pero una cosa es preguntarse por los inicios de una práctica y otra, muy distinta, es creer que para que eso ocurra es preciso darse a ver, venderse. Esto es extensivo a cualquier práctica y a cualquier época. Porque antes de las redes sociales también existía la idea del darse a ver, del “saber venderse”. Hoy parece que hay que exhibirse en las redes sociales porque “todo pasa por ahí”, sin advertir que lo que uno hace ahí puede tener usos diferentes –no se trata de Instagram sí o Instagram no–. Exhibirse a sí mismos: armar la vidriera como si fuéramos un objeto a consumir. Adornarse para llamar la atención. Imposturas, infatuaciones, figuración y exhibición; “hay que saber venderse”, hay que montar el mostrador para despachar la imagen de sí hecha mercancía consumible: ¿qué tendrá que ver eso con la práctica del psicoanálisis? (porque muchos de esos exhibicionistas se nombran psicoanalistas). La práctica del psicoanálisis es todo, menos estar sujetos a una imagen. Es todo, menos algo sostenible por medio de una imagen. A más obediencia y servidumbre respecto de la imagen de sí, menos posibilidades de escuchar a otro, menos posibilidades de abrirse al mundo inédito que se funda en un análisis.
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SumateIII. Hace muchísimos años, cuando no existían las redes sociales, existían, sin embargo, otras formas de exhibición, del empuje a mostrarse. Imposturas hubo siempre. Y entonces, una frase que se repetía sin cesar –capaz que hoy se sigue pronunciando, pero por suerte no estoy rodeada de gente que piensa así– era “hay que circular”. Circular por los congresos, entre las personas, mostrarse, empilcharse bien, adornarse, ponerse encima la imagen de psicoanalista. Y así era como se creía que se “conseguían pacientes”. Cómo conseguir chicas, diría Charly García, cómo conseguir pacientes, dicen los desesperados por tener –porque no estoy hablando de la necesidad de trabajar–. Siempre me resultó detestable esa manera. La idea de que la cosa pasaba por ahí. Por estar en los lugares y estar de determinada manera. Por dedicarse a cultivar el perfil alto, hacerse notar, venderse.
IV. Hoy en día no hace falta ni siquiera circular de cuerpo presente en lugares físicos. Ahora, con las redes sociales, cada uno es dueño de su propia empresa de marketing. Basta poner una biblioteca detrás, o un mate para parecer más comunes, prender la cámara y “acción”. Acción, no solamente en el sentido de actuar, sino en el sentido en el que se le dice acción a las estrategias de marketing digital. Y ahí tienen vía libre para despacharse con todo lo que saben, porque lo que venden es el mejor de los productos: el saber. Ahí están, como gurúes de la vida, sabiendo qué decir y en qué momento para generar clientes. En estas prácticas digitales, en estos modos de generar contenido, no sólo se muestran a sí mismos, sino que, en el ímpetu mercantilista, exhiben también la intimidad de los pacientes. Muchos “profesionales psi”, por ejemplo, cuando no están hablando de los pacientes –y hablan muchísimo de pacientes–, publican mensajes que les han enviado, regalos que les han hecho, muestran las “calificaciones”, las “reseñas” que de ellos dejan los pacientes. La calificación del servicio, del producto en la que se convierten los profesionales y, en ese gesto, no hacen sino convertir en producto también a los pacientes. O directamente hacen reels –porque parece que el reel, según aconsejan las plataformas, tiene más circulación, llega a más personas– contando lo que dijo un paciente y la maravillosa y genial intervención que ellos hicieron. Es mucho más que obsceno, es directamente vejatorio de esa intimidad que les fue confiada. Vender la intimidad, ponerla a circular en el espacio público con el afán de venderse a sí mismos resulta una práctica por lo menos de la desesperación. Se tomaron muy en serio eso que alguna vez dijo Lacan replicando los términos del mercado: que la oferta genera demanda. Alienados en la creación de contenidos, alienados en el mercado y el comercio de sí, desestiman la forma. Sus zafarranchos se llevan puesto al otro sin que les importe demasiado. Hay una viñeta de Tute en la que el paciente, desde el diván, saca una selfie con el analista que posa para ello. En estos casos, sería al revés: son los psi los que se sacan selfies con los pacientes. Falta poco. La pretensión de ser y de tener los obnubila de tal forma que pasan a transformar la vida íntima de su práctica hasta olvidarla.
V. Venderse ofreciendo saber y ayuda. Como cuando Lacan dijo que ofrecer ayudar es tener la clientela garantizada detrás de la puerta. ¿Todo esto “para conseguir pacientes”? ¿Para conseguir “prestigio”? ¿Para conseguir dinero? ¿Qué clase de capital pretenden acumular? No lo sé. Pero no creo que se trate de la necesidad de trabajar.
VI. Una de las autoras que mejor piensa estas cuestiones es Ingrid Sarchman. También escribió varias veces sobre la euforia exhibicionista. Suelo leerla y también conversar con ella a menudo como forma de desentrañar mejor esto que sucede. En uno de sus textos a favor de la intimidad, dice: “Estoy obsesionada con la exhibición de la intimidad ajena. Ni siquiera la busco, allí está esperando que yo la mire y confirme mi obsesión. Porque en una época marcada por la imagen exhibida, nadie puede negar que intimidad y exhibición son (casi) la misma cosa”. Luego, unos meses más tarde, se tomó el trabajo de mirar de cerca, todavía más, una nueva forma de la exhibición: “terapeutas que quieren ser youtubers, pacientes que buscan valoración algorítmica y consultorios convertidos en escenografías”. Sarchman habla acá de la pantallización total, una lógica que, obviamente, desborda las redes sociales y arma un lazo social determinado. La pantallización total “terminaría por arrasar con la alteridad, borrando no solo la diferencia entre el terapeuta y el paciente (…) sino también entre el deseo y el capricho, la demanda y el gusto y la falta y la existencia de cualquier síntoma posible de ser diagnosticado (por cualquiera, también)”.
VII. Pienso que de esta forma ya tampoco hay el lindísimo “entre-nos”, ese que funciona en distintos lugares. Desde un aula de la facultad, hasta unas jornadas, hasta un consultorio. Ese entre-nos no está dado, sino que se va conformando según la intimidad y la complicidad compartidas. Como el humor, que necesita ese entre nos para funcionar, requiere complicidad e intimidad. Ahora ya no hay entre nos, porque no hay entre. Solo existe la mismidad del que quiere dar a ver. Ahora todo se filma y se da a ver, porque nadie quiere perderse nada, y todo debe ser registrado. Y en ese gesto, entonces, ya no se registra al otro. Ya no se registra dónde y de qué está hablando. Y las cosas se vuelven obscenas, desubicadas. Como dice Sarchman, basta abrir una red social y que eso se imponga. No hay manera de no verlo.
VIII. Son muchas las veces en las que las personas se sorprenden al enterarse de que yo atiendo pacientes, que estoy muchos días de la semana –todos menos los viernes– en el consultorio, muchas horas. Yo me quedo pensando en eso, en esa sorpresa. Y pienso, como hipótesis, además de que las personas suponen, atribuyen e interpretan lo que quieren, que quizás sea porque jamás hablo de los pacientes, jamás escribo sobre ellos, jamás nombré nunca a ninguno. Quizás, como las formas de mirar de hoy también están siendo domesticadas por las pantallas, funciona que lo que no se muestra, lo que no se ve, no existe. Y también esto: que lo que se mira de las redes, arma un absoluto. Como si esa fuera la vida entera de alguien. Como si no existiera un afuera.
IX. Exhibicionismo y voyeurismo. No necesariamente se complementan, pero a veces se alimentan mutuamente. Porque si hay tanta gente ofreciendo la mostración de la intimidad, es porque hay mucha gente consumiéndola. Espiando, mirando. Amparados en que están “hablando de la clínica”, algunos profesionales psi no hacen sino hablar de sí mismos, no hacen sino un striptease en el que van desnudando siempre a otro –ellos ya estaban desnudos desde antes, como el rey–.
X. Freud advierte que un paciente que habla en todas partes de su análisis lo termina haciendo inocuo, termina por anular sus efectos. Podríamos hacer extensiva esa cuestión a los psicoanalistas: también hacen inocuo un análisis por hablar en todas partes de los pacientes.