El dilema de los vapeadores: de la reducción de daños a una nueva adicción
Los cigarrillos electrónicos surgieron como una herramienta para dejar de fumar tabaco, pero (si bien lo logran) para quien nunca lo hizo, vapear supone un perjuicio sustancial a la salud.
La primera vez que vi un vaporizador pensé que estaba frente a un radioaficionado. Mientras otros buscaban en la barra su cerveza, yo miraba cómo las distintas partes sobre la mesa se ensamblaban para armar una especie de walkie talkie del que se aspiraba vapor a través de su antena. “Algunos nos hacemos nuestras propias resistencias”, me explicaba el vapo-aficionado.
Un minuto más tarde, se formaban nubes con olor a vainilla, como si este muchacho se hubiera tragado un desodorante de ambiente. Este denso vapor casi que abría el apetito, si no la intriga. Tenía algo de seductor, por no decir desconcertante.
La humanidad fuma desde hace al menos 7 mil años en los Andes, generalmente como parte de rituales chamánicos. En el resto del mundo, que aún no conocía el tabaco, se quemaban incienso, opio o cannabis. En un altar de Tel Arad, Israel, los residuos de THC, CBD y CBN incluso muestran que se buscaban sus efectos psicoactivos. Luego de dominar el fuego nos quedaba el desafío de dominar el humo.
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Antes de fumarlo, el tabaco se aspiraba por la nariz, pero también se mascaba, comía, bebía, aplicaba sobre la piel y usaba como medicina, insecticida o parte de rituales religiosos. Se soplaba en la cara de guerreros, sobre cultivos y se ofrecía a los dioses. Fumar fue la forma más duradera de consumirlo, primero en pipas y luego enrollado en cigarros. El ritual religioso eventualmente dio lugar al ritual social.
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Contestá la encuestaEl cigarrillo contemporáneo se volvió popular cuando se mecanizó su producción. En 1900 representaba apenas un 2% del mercado global de tabaco. La Primera Guerra Mundial lo legitimó como objeto de camaradería y masculinidad. Para entonces empezó a tomar forma el movimiento antitabaco, casi 350 años después del descubrimiento del tabaco por los colonizadores europeos.
En 1929, el médico alemán Fritz Lickint publicó la primera evidencia de su relación con el cáncer de pulmón, e incluso Hitler consideraba al tabaco “una venganza del Hombre Rojo contra el Hombre Blanco por haberle dado el licor”. La política reproductiva nazi consideraba a las mujeres que fumaban inadecuadas para ser esposas y madres, y el Plan Marshall estadounidense reinstaló patrióticamente el hábito.
A medida que se acumulaba evidencia del daño también crecía el mercado. Fumar se volvió canchero, aspiracional, incluso recomendado por médicos, y a mediados de siglo el cigarrillo ya representaba el 80% del mercado del tabaco. Recién en los años 70 el consumo empezó a retroceder y se reconoció el peligro para la salud pública. Tomó décadas la aparición de una de las herramientas más efectivas contra el tabaquismo: el cigarrillo electrónico.
Aunque la idea tenía más de 50 años, el farmacéutico chino Hon Lik patentó en 2003 el primer cigarrillo electrónico exitoso: un cilindro con forma de cigarrillo cuya batería calentaba una resistencia y convertía un líquido de propilenglicol, glicerina, nicotina y saborizantes en un aerosol inhalable (y no un “vapor” en sentido estricto). Hacia 2010 aparecieron los dispositivos recargables y modulares, o “mods”, que permitían personalizar componentes y líquidos.
Uno de estos “mods” era el vape del que salían aquellas nubes de vainilla. Se veía interesante, pero complicado y no lograba entender cómo podía ser tan popular. Mi confusión venía de que ese no era el dispositivo que los medios asociaban con una crisis de consumo adolescente.
Quizá el vape más famoso del mundo sea el JUUL, surgido en Silicon Valley a partir de los intentos fallidos de dos emprendedores que buscaban innovar en los cigarrillos electrónicos. Este aparatito, parecido a un pen drive que bien podría haber diseñado Apple, apareció en 2015 y para 2018 aún se lo presentaba como una herramienta para dejar de fumar. Pero su popularidad ya no podía explicarse solo por su adopción entre adultos fumadores.
El cigarrillo tradicional, por mucho que se lo asociara con James Dean y un estilo de vida cool, arruina los dientes, deja un aliento terrible y se impregna en todo lo que toca. Estos simpáticos y discretos vapes, en contraste, emitían nubecitas saborizadas con un clic, sin siquiera precisar de unos buenos cinco minutos de pausa.
JUUL logró que inhalar altas dosis de nicotina fuera más suave, optando por sales en lugar de nicotina de base libre. Así podía ofrecer unos 50 mg/mL cuando el promedio de otros productos rondaba los 12 mg/mL, aunque la nicotina efectivamente absorbida implica un cálculo delicado.
Estas formulaciones resultaban más agradables y menos ásperas, contribuyendo a su adopción. Si tomar alcohol y fumar implican ritos de paso hacia la adultez a través de sustancias en principio desagradables, suavizar la experiencia (con bebidas dulces o vapes saborizados) elimina parte de esa fricción.
Claro que JUUL no podía hacer anuncios orientados explícitamente a niños y adolescentes (y acá pongo un asterisco), en las redes estos se mostraban entre nubes, explicaban cómo fumar en clase, en el cine o en un avión y convirtieron el hábito en una marca de pertenencia. Justificaban su consumo como una manera de disminuir la ansiedad. No se promocionan productos de adultos entre niños y adolescentes, nadie lo discute, y durante un tiempo JUUL parecía haber cumplido. Ahora toca retomar el asterisco.
Entre 2017 y 2018, la proporción de estudiantes secundarios estadounidenses que había vapeado durante los treinta días anteriores aumentó un 78%, y para 2019 alcanzó un 27,5%, unos 4,1 millones de estudiantes. En respuesta a los reclamos que se acumulaban, la empresa redujo su oferta de sabores entre 2018 y 2019 hasta quedarse únicamente con tabaco y mentol en Estados Unidos.
En 2020, la fiscal general de Massachusetts presentó una demanda con documentos internos que mostraban que la empresa había comprado publicidad en Seventeen y en los sitios de Nickelodeon, Nick Jr. y Cartoon Network. Según la demanda, JUUL había orientado su lanzamiento a “jóvenes a la moda, urbanos y sociables” y vendido productos a menores a través de su tienda online.
En septiembre de 2022, JUUL aceptó pagar 438,5 millones de dólares a 34 estados y territorios, y siete meses después acordó pagar otros 462 millones a seis estados y Washington, DC, por su presunto papel en la epidemia de vapeo adolescente.
Estos acuerdos obligaron a JUUL a dejar de entregar muestras gratis, restringir su promoción en redes y no mostrar a menores de 35 años en sus publicidades. Pero promocionar algo como “solo para adultos” de manera tan agresiva podía volverlo atractivo: el viejo y conocido deseo adolescente de transgredir.
A fines de agosto de 2026, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) autorizó la comercialización de un nuevo dispositivo, el JUUL2, luego de considerar que sus posibles beneficios para fumadores adultos podían superar los riesgos para jóvenes y personas que no fumaban.
La evidencia parece apoyarlo. Dos días antes, Cochrane, una organización que sintetiza investigación médica para tomar mejores decisiones, actualizó su revisión sobre los cigarrillos electrónicos para dejar de fumar: de cada cien personas, entre ocho y diez lo consiguen con cigarrillos electrónicos con nicotina, frente a alrededor de seis con parches o chicles.
Esta revisión considera que existe evidencia de alta certeza de que funcionan mejor que las terapias tradicionales de reemplazo de nicotina, por lo que la promesa original, al menos en esa parte, se cumplió. Precisamente con ese objetivo lo inventó Lik, que había tenido dificultades para dejar de fumar y buscaba una opción que no fuera tan dañina para sus pulmones. Su padre había fumado toda la vida y estaba muriendo de cáncer de pulmón.
Por supuesto, vapear no es inocuo. Hace mal y aún faltan décadas para establecer los efectos del uso prolongado. Pero ni por asomo es más nocivo para la salud que fumar tabaco. Para un adulto que reemplaza por completo al cigarrillo, dejar de inhalar el humo del tabaco supone una disminución sustancial del daño. Para alguien que nunca antes fumó, vapear supone un aumento sustancial del daño. Este es el gran dilema.
Insistir en los riesgos puede disuadir a nuevos consumidores y también a personas para quienes seguir fumando sería peor que cambiar al vape. Para un fumador, el vape compite contra fumar. Para alguien que nunca fumó, contra no consumir nicotina. El mismo aparato cambia de sentido según quién lo tiene en la mano.
Luego de aquel pico en 2019, el vapeo adolescente estadounidense se redujo. En 2025, la proporción de estudiantes secundarios que había vapeado durante los treinta días anteriores cayó al 7,1%. Ya no se trata de una crisis no contenida y JUUL ya no domina el mercado: las opciones descartables (que son un infierno de desechos tóxicos y explosivos) ganaron terreno.
Si dentro de varias décadas los vapes hubieran evitado más enfermedades y muertes de las que provocaron, pero también hubieran creado consumidores nuevos, un cálculo utilitarista daría que fueron un éxito. Pero el terreno contrafáctico es demasiado empantanado como para darle más vueltas.
Tal vez lo más evidente en esta historia sea que el componente fundamental para alterar un comportamiento es la fricción, o su ausencia. Cuando un producto supone una experiencia agradable, moderna, llamativa y sencilla, ni siquiera el costo suele poder contra los beneficios de capital social.
Más allá de cuánto se nos hace imposible escapar a la fuerza gravitatoria de las redes sociales, la misma idea también nos ayuda a entender cómo pueden alterarse los hábitos de consumo de drogas como la nicotina o el alcohol. En otras palabras, para reemplazar al cigarrillo, la fricción del vape tiene que ser igual o menor.
Ya estamos grandes para creer que la mera prohibición alcanza. Un viva la pepa amplía el mercado, pero una prohibición total puede empujarlo hacia la falta de controles, que termina en licores producidos en bañeras y líquidos de cigarrillo electrónico con inciertas cantidades de metales pesados.
En Argentina, una prohibición general que regía desde 2011 fue reemplazada en mayo de 2026 por un mercado regulado. Obviamente, la prohibición no sirvió para eliminar el acceso adolescente: un estudio nacional de Sedronar de 2025 encontró que el 16,7% de los estudiantes secundarios había vapeado durante el último mes.
Esta regulación exige registro y trazabilidad, limita la nicotina a menos de 20 miligramos por mililitro (como en Europa), prohíbe los dispositivos de un solo uso con líquidos precargados y solo permite aroma a tabaco. Esto apunta a mantener el producto accesible para fumadores adultos sin volverlo igualmente atractivo para quienes nunca fumaron. Dicho esto, una rápida búsqueda en Google supone una entretenida actividad de sábado por la tarde contando cuántas leyes son violadas en simultáneo por quienes venden este tipo de productos.
El escenario ideal sería el fin del tabaquismo, pero ninguna política pública seria puede considerarlo un objetivo alcanzable. El atractivo de rodearse de nubes de humo o vapor parece superar incluso al conocimiento de sus riesgos. Quien fuma rara vez imagina que es una actividad inocua. Por el contrario, a veces el incentivo es también la autodestrucción.
Ningún esquema de regulación puede ser perfecto. El control sobre los entornos digitales es un riesgoso juego en el que muchas veces la solución es más peligrosa que el problema. Adultos y adolescentes comparten esos espacios: la promoción tiene que alcanzar a unos sin llegar a los otros.
El vape cumplió en gran parte con su promesa como herramienta para dejar de fumar, pero también inauguró un nuevo mercado para la nicotina. El problema no es que haya fracasado la reducción de daño, sino que el mercado no tiene ningún incentivo para limitar su clientela a las personas que ya estaban en peligro. Para la salud pública, un fumador que cambia al vape y alguien que empieza a vapear sin haber fumado son casos opuestos. Para una empresa que vende nicotina, ambos son clientes.