Una respuesta argentina a la mirada eurocéntrica sobre el fútbol

La selección de Messi y Scaloni se diferencia de los modelos que hegemonizaron el fútbol contemporáneo.

Thiago Almada conduce en velocidad por el centro. Se inclina hacia adentro, la pelota pegada al pie derecho. Cinco toques y estira con un pase hacia Facundo Medina. En la carrera, un segundo después de soltarla, voltea la cabeza. Medina devuelve hacia adentro del área y Almada la “pasa” sin tocarla, entre las piernas, dejándola correr. Lionel Messi lo transforma en gol, el 1-0 ante Austria en Dallas, para superar al alemán Miroslav Klose y ser el máximo goleador histórico de los Mundiales.

En Brasil, a lo que hizo Almada, lo llaman corta-luz. En el 2-0 de Ronaldo en la final de Corea del Sur-Japón 2002 –el pentacampeonato brasileño–, Rivaldo lo “asistió” con corta-luz luego del pase de Kléberson. El movimiento es tan instintivo que no entra en las estadísticas ni en las métricas.

En España –Almada juega en el Atlético Madrid– hablaron de la “pantalla”, un término derivado del básquet y también utilizado en México. En Inglaterra, un jugador le avisa al compañero que la deje correr gritándole “¡Sid!” o “¡Jack!”. En Argentina no tenemos ninguna palabra específica. Le pregunto a un amigo DT de un club del Nacional. “‘¡Dejala pasá!’, abrirse de piernas. No inventes nada, Infantino”, me chicanea. Es, le digo, lo contrario: una reivindicación. No necesitamos etiquetar a todo lo que sucede en la cancha ni tener una explicación para la naturalidad. Nada por aquí, nada por allá.

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Después de Austria y antes de Jordania (hoy, desde las 23, en el cierre del grupo J), bajo el sesgo eurocéntrico –Europa depreda futbolistas de todas partes del mundo– intentaron explicarnos a los argentinos cómo juega la selección de los Lioneles (Messi y Scaloni). El objetivo, al cabo, es “derrocar” al campeón del mundo mientras se menosprecia a las selecciones “chicas”: 14 federaciones criticaron al presidente de la UEFA, el esloveno Aleksander Čeferin, por “falta de reconocimiento” después de que dijese que el Mundial con 48 selecciones generaba partidos “sin interés, nada atractivos”.

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¿Por qué Sudamérica es tan buena en fútbol?”, se preguntó el sociólogo argentino Daniel Schteingart antes de que comenzara el Mundial, es decir, antes de que las selecciones de la Conmebol les ganasen cuatro de los cinco cruces a las de la UEFA (hoy, Colombia-Portugal) y de que cinco de las seis se clasificasen a los dieciseisavos. “Sudamérica rinde 18% por encima de lo que su economía haría prever. Y no se explica solo por Argentina, Brasil y Uruguay: los diez países de la Conmebol, sin excepción, quedan arriba de la línea”, apuntó Schteingart. Arranque temprano con clubes hoy centenarios, talentos monopolizados por el deporte-fútbol, victorias y “un murmullo que se oye pero no se deja atrapar, un resto que ninguna explicación termina de agotar, parte de lo que vuelve mítico” perfilan la excepcionalidad sudamericana.

Para poder percibir lo que va ocurriendo en el fútbol –en el juego, mientras se genera un partido– hay que extremar la atención sensitiva y sensible. La selección argentina lo exige porque así lo interpreta e interactúa. Con la pelota en su poder, con la calma que antecede a la tormenta. Pases como relámpagos y truenos. Pausas que engañan con la sensación de que no va a pasar nada. Jugadas como exploraciones, que se construyen de afuera hacia adentro (ocho de los doce intentos de Messi para romper líneas ante Austria fueron por el carril central). Hasta que el juego se desata en ese viaje juntos del equipo hacia el gol. Sin la pelota –sin poder defenderse con ella por el desgaste o por la preponderancia del rival–, repliega sin colgarse del travesaño y mantiene al rival a distancia. Se defiende, como en el boxeo, tirando jabs.

El fútbol hegemónico eleva la presión alta, los extremos “fijados” y los jugadores fuertes, altos y atléticos para las transiciones a campo abierto. Argentina lo ignora y elige otro camino. Marcelo Gantman y Matías Conde se preguntaron por qué Argentina juega diferente a otras selecciones en Big Data Mundial. Y Conde, analista de datos, destacó en La Nación: “Si la tendencia entre las candidatas mostró posesiones más elaboradas e instaladas en campo rival, Argentina tuvo menos la pelota, alternó fases de repliegue (como en Catar 2022) y apenas pasó el 3% del tiempo en una fase de tenencia contra el bloque bajo de Argelia”. Ante la misma situación, agregó, España estuvo el 40% del tiempo; Portugal, el 15%; y Francia, el 9%. Argentina, además, tuvo una alta efectividad en los pases (89%) cuando dominó la pelota bajo la presión más asfixiante del rival.

Desde la centralidad europea, Jorg van der Breggen, director de Desarrollo de la Federación Neerlandesa, expone: “Una de las tendencias más claras del Mundial, predicha por los defensores del fútbol ‘relacional’, es la crisis cada vez más profunda del juego ‘posicional’ ortodoxo. Las estructuras de espacio fijo rígidas y el pase estructural están colapsando contra bloques bajos, defensas zonales abarrotadas y la demanda de una profundidad genuina, que requiere nuevas claves relacionales construidas sobre conexiones dinámicas. El futuro del juego, posiblemente, se trate de conexiones entre futbolistas que crean espacio, en lugar de que sea al revés”.

Alguien, que se presenta como “football analyst” (insistimos: no es contra las nacionalidades, sino contra la mirada colonizante del eurocentrismo), tuiteó en inglés: “Scaloni es un verdadero devoto de Arsène Wenger. La base atlética de Argentina es realmente baja, pero la forma en que construye alrededor de las ideas de química, complementariedad, organización alrededor de la pelota y compactación de espacios en un bloque medio durante la defensa es muy Wenger”. El colega venezolano Ignacio Benedetti, autor de Mi fútbol y durante años colaborador de la prestigiosa revista The Tactical Room, lo cruzó: “Antes de Wenger estuvieron ‘La Máquina’ de River, ‘Los Carasucias’ de San Lorenzo, la victoria en la Intercontinental de Racing, la trayectoria de Independiente en la Libertadores, el Huracán de César Luis Menotti, el Estudiantes de Osvaldo Zubeldía y tantos otros grabados en la memoria colectiva argentina. La historia no muerde”. Wenger, desde luego, es francés.

El periodista inglés Umir Irfan, de la BBC, sentenció: “Argentina es un equipo posicional, pero lo hace de una manera diferente”. ¿Quién dicta qué es lo “diferente”? ¿Estamos preparados para comprenderlo todo? ¿O definimos todo desde el prisma propio? Se huele el viejo afán europeizante por explicarles cosas a los demás –incluso las ajenas–, y juzgarlas. Cuatro de las cinco selecciones con mayor cantidad de analistas en el Mundial, según el relevamiento de Hadi Sotudeh, son europeas: Inglaterra (8), Noruega (6), Alemania (4) y Países Bajos (4). ¿La mirada eurocéntrica necesita abastecerse de explicaciones para luego imponérselas a los demás?

La selección argentina sólo tiene a Matías Manna, quien, directamente, dice que “el rol del analista no existe”. Y quien sostuvo: “Al final, el fútbol es irrepetible. En un juego eso no se tiene que perder, sino los jugadores van a pasar a ser robots y está muy mal. Hay un estándar, muy homogéneo. Las nuevas tecnologías llevaron a eso. Se entrena igual en Rosario, China y Finlandia. Argentina es Argentina cuando juega como Argentina y no quiere imitar un modelo europeo. Lejos de ser esas ‘Ferraris’, ganamos porque tenemos esa pausa, calle, que otros no tienen. El futbolista sudamericano va con todo, pero también frena”.

El “campeonato del mundo” (Indio Solari dixit) es una fiesta cosmopolita de identidades. En posteos en su blog K-Punk durante Alemania 2006, el crítico cultural inglés Mark Fisher escribía: “¿Qué mejor ejemplo que la Copa del Mundo hay del hecho de que las individualidades son irrelevantes mientras que las estructuras impersonales son invariables? Las identidades de los títeres de carne pueden cambiar, pero la estructura continúa sin fin”. Hincha del Nottingham Forest, Fisher sin embargo advertía: “Lejos de ser el carnaval creativo de innovación libidinal desenfrenada que sus defensores pretenden, el capitalismo actual está atrapado en la producción de mercancías que apenas se diferencian entre sí. Si lo colonizó todo, entonces ya no hay ‘exterior’ que vampirizar, y se reduce a clonar los modelos exitosos ya existentes, produciendo rendimientos decrecientes”. El capitalismo surgió en Europa occidental. Y la selección argentina se diferencia, no es un clon.

Argentina juega a lo inesperado, al chantaje futbolístico y a saber sufrir. Messi se barrió para empujarla en el 2-0 ante Austria como si fuese un niño que se raspa la rodilla y se pela la piel, y dejó a tres austríacos en el piso, mirando hacia el cielo.

Sufrimos, pero sabemos sufrir”, reversionó Scaloni, tanguero, porque “primero hay que saber sufrir / después amar, después partir / y al fin andar sin pensamiento”, como escribió Virgilio y Homero Expósito (y todavía canta el Polaco Goyeneche en Naranjo en flor). La selección juega –y anda– sin (tanto) pensamiento, guiándose por el perfume de “la nuestra”. Y sabe sufrir, una virtud. ¿No sufrió en Catar 2022 contra México antes del gol salvador de Messi, frente a Australia sobre el cierre, ante Países Bajos en la “batalla del Lusail” y ante Francia en la final? “En el Mundial –había dicho Scaloni– no hay partido fácil”.

Hasta aquí, los mundiales en Norteamérica los ganaron Brasil (México 1970 y Estados Unidos 1994) y Argentina (México 1986). Y esta selección de Scaloni no perdió ninguno de los nueve partidos ante seleccionados europeos que jugó. Tostão –crack, uno de los cinco 10 del Brasil del 70– escribió en su última columna en Folha de S.Paulo que, en promedio, “los equipos son más intensos, compactos y presionan con más fuerza para recuperar la pelota en campo contrario”, pero que “Argentina se distingue del resto, prefiriendo defender en profundidad en el medio, y también por carecer de extremos rápidos, habilidosos y con buena proyección ofensiva”.

Tostão también recordó que, durante el Mundial de Estados Unidos 1994, los estadounidenses y los japoneses habían anunciado que invertirían en planificación, ciencia deportiva y desarrollo de jugadores, y que “en 20 o 30 años se convertirían en una potencia del fútbol”. Y que, Estados Unidos y Japón, hoy “tienen planteles excelentes y futbolistas sobresalientes, pero les faltan estrellas por razones culturales, sociales y genéticas”. Tostão reversionó la letra de Feitio de Oração, de Noel Rosa: “La samba y el fútbol no se aprenden en la escuela”. Antes de que supiera que Brasil se enfrentará en dieciseisavos ante Japón, aclaró que “la razón principal por la que las potencias ganan es la seriedad con la que se preparan para la mayor competición del fútbol”. Y se preguntó: “¿Nos espera algún día una gran sorpresa? Es la última barrera lógica que debe superar la imprevisibilidad del fútbol”.

Argentina jugará contra la invicta y sorprendente Cabo Verde. Otra sorpresa, sumamos, quizá sea que una selección europea gane este Mundial.

Es periodista especializado en deportes -si eso existiese- desde 2008. Lo supo antes de frustrarse como futbolista. Trabajó en diarios, revistas y webs, colaboró en libros y participó en documentales y series. Debutó en la redacción de El Gráfico y aún aprende como docente de periodismo. Pero, ante todo, escribe. No hay día en la vida en que no diga -aunque sea para adentro- la palabra “fútbol”.