Un challenge viral da una lección sobre la importancia de los servicios públicos
Johannesburgo protagoniza el último hit viral del mundo urbanista, que compara el antes y el después de la ciudad sudafricana. Cómo evitar que nos pase acá.
Mientras recrudecen los conflictos alrededor del mundo, hay ciudades que también sufren guerras internas, silenciosas. Por estos días llegan imágenes elocuentes desde Johannesburgo, la ciudad más poblada de Sudáfrica: edificios abandonados, calles que se agrietan, basura que se acumula, destrozos en la luminaria pública. Estas postales del abandono contrastan con lo observado hace apenas diez o quince años y son la base de una popular cuenta de X, Jozi vs Jozi, que comparan el antes y el después en el paisaje urbano.
El declive está marcado por una serie de cimbronazos. En 2011, miles de hogares recibieron facturas de servicios con valores absurdamente inflados mientras que otros no recibieron nada durante meses: el sistema de facturación municipal colapsó y el rojo en las arcas públicas comenzó a aumentar. A mediados de la década, una sostenida crisis energética derivó en apagones cotidianos, cortes rotativos de electricidad, interrupciones del servicio de transporte y cierre de comercios. En 2024, millones de habitantes se quedaron sin agua durante semanas por “décadas de negligencia en infraestructura”.
Fue por ese entonces que un residente del distrito de West Rand, en el oeste de la ciudad, decidió crear una cuenta en la plataforma X con imágenes de Google Street View para mostrarle al mundo a qué nivel había llegado la degradación.
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“Johannesburgo se ha desintegrado hasta alcanzar niveles básicos. La calidad de las rutas, los semáforos, el alumbrado… Esas tres cosas llaman la atención y caracterizan el deterioro general de la ciudad”, dijo al portal Times Live el autor de la cuenta, que ya no vive en la ciudad, pero regresa ocasionalmente a ver a su familia y que pidió permanecer en el anonimato por miedo a represalias.
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La ventana rota
El gran atractivo de Jozi vs Jozi —cuenta que por estos días superó los 100 mil seguidores en X— reside en sus comparaciones entre el antes y el después, muchas de las cuales se han vuelto virales. En varias de ellas, el deterioro es tan marcado que podría confundirse con las secuelas de una guerra o un desastre natural. Sin embargo, Johannesburgo no fue bombardeada ni invadida. Sus imágenes muestran más bien el efecto acumulado de años de mantenimiento insuficiente y deterioro institucional. Son la prueba de lo rápido que puede degradarse la infraestructura urbana cuando deja de ser una prioridad.
El autor de la cuenta culpa a la Agencia de Carreteras de Johannesburgo (JRA) por cómo están las calles. “El estado de la infraestructura vial es muy preocupante. La JRA no arregla los baches ni pinta las líneas de las carreteras. En abril, circulaba en auto por la avenida Witkoppen Road y golpeé un bache que me abolló una llanta. Tuve que seguir manejando porque no podía parar en ningún lugar, ya que era de noche”, explica.
Lo esperable: el deterioro trae más deterioro. La lógica parece ser: si las calles están rotas y a nadie le importa, ¿por qué no robarme un cable de luz o un divisor de carril? La versión mobiliario urbano de qué le hace una mancha más al tigre. Esta semana, Sudáfrica desplegó el Ejército en las calles de Johannesburgo para combatir el crimen organizado.
Los conservadores explican este fenómeno a partir de la teoría de las ventanas rotas, según la cual los signos visibles de desorden o vandalismo (como una ventana rota) generan un entorno que fomenta comportamientos delictivos y un mayor deterioro social. Pero tal vez la clave no esté en el vandalismo sino en la ausencia de redes locales de prevención, como cree el sociólogo Robert J. Sampson, autor de un completísimo estudio que incluyó 23.000 grabaciones y 3.500 entrevistas a residentes en Chicago.
“El desorden urbano está fuertemente vinculado a las desventajas estructurales y a las condiciones del barrio, más que simplemente al comportamiento ‘desviado’ de los individuos”, dice Sampson.

White flight
Pero hay razones más profundas detrás de la decadencia de Johannesburgo. La primera, si bien es muy propia de Sudáfrica, deja enseñanzas más amplias para cualquier metrópolis. Tras el fin del apartheid, en 1994, muchas empresas y residentes blancos abandonaron la ciudad y se instalaron en los suburbios, un fenómeno conocido como white flight.
“La tendencia a la dispersión urbana y el desarrollo de nuevos núcleos comerciales en Sandton, Waterfall City, Steyn City y Lanseria, más que un mero crecimiento representan la fragmentación de la ciudad”, explica Elijah Mhlanga, vocero del gobierno provincial de Gauteng. “Esta descentralización provoca la migración de compañías y residentes de buen pasar, que se llevan consigo los impuestos y tasas que financian los servicios de la ciudad. Esto crea un círculo vicioso: la prestación de servicios en el centro disminuye, lo que provoca un mayor éxodo y un mayor agotamiento de las arcas municipales”.
En 2010 hubo un intento por revertir la tendencia con el Mundial de Sudáfrica y su inversión asociada en infraestructura, pero terminó ocurriendo lo mismo que ocurre con muchos megaproyectos deportivos. Su proyecto estrella fue el Gautrain, un tren de alta velocidad que se propuso unir Johannesburgo, Pretoria y el aeropuerto internacional OR Tambo. Y si bien hoy se lo considera el legado más importante de la Copa del Mundo, su trazado favorece a varios de los distritos ricos. Además, los colectivos que llevan al Gautrain no funcionan los fines de semanas y feriados, y el tren es caro para la población local comparado con los taxis informales que recorren sus calles y que hoy usan el 26% de sus residentes.
Los taxis informales llevan años bloqueando el normal despliegue de la red BRT (una suerte de Metrobús) que Johannesburgo inauguró para el Mundial. Cuando comenzó el nuevo sistema, los choferes organizaron piquetes y atacaron a los nuevos autobuses. Los minitaxis, peligrosos y poco fiables, habían florecido tras la desregulación del servicio de transporte de la década del noventa. Treinta años después, el ordenamiento del sistema sigue siendo un hueso duro de roer.

No hay que dejarse estar
La lección sudafricana vale para cualquier gobierno. Mantener y mejorar los servicios es difícil: caer en picada es fácil, y pasa rápido.
Cuando los gobiernos locales abandonan sus funciones esenciales y desatienden el espacio público, el desorden comienza a comerse a la ciudad como un cáncer. Esto es especialmente cierto en momentos de incertidumbre y crisis económica.
El grado cero de toda política consiste en tener en buen estado el mobiliario público, invertir en el mantenimiento de la infraestructura (calles, ciclovías, paradas de colectivos, andenes del subte) y garantizar la provisión de servicios de calidad, en especial agua, luz y recolección de residuos. Igualmente importante es el estado del transporte: el maltrato al usuario —desde la reducción o cancelación de servicios hasta las largas filas para pagar— alimenta las microviolencias cotidianas y dañan la salud mental de sus ciudadanos. (La última postal del abandono: los carteles electrónicos que indicaban el arribo de próximos servicios y que hoy, simplemente, dejaron de funcionar.)
Luego, las políticas públicas que componen la base de cualquier metrópolis. Si nuestra área central de negocios se vació después de la pandemia, ¿dónde están las medidas para revertir la tendencia? ¿No pueden hacer match los edificios de oficinas vacíos con los jóvenes que cursan en el centro pero no logran irse a vivir solos? Nadie quiere una población envejecida o que la base impositiva de la ciudad se achique por la huida de familias a los barrios cerrados. Pero, ¿no se estarán yendo porque la ciudad no les ofrece servicios urbanos a la altura de su proyecto de vida?
Las ciudades no se arruinan solas, pero tampoco se mantienen vivas por inercia. Sin políticas ambiciosas, a la escala de una metrópolis, los problemas tienden a agravarse. Y mientras tanto, en la diaria, no se le debe soltar la mano a la gestión: hay que cuidar lo que ya existe antes de que el abandono se vuelva paisaje.