¿Trump o Kamala?: las preferencias de China ante un rival en transición

Faltan pocos días para las elecciones presidenciales de EE.UU, con dos candidatos completamente antagónicos y un contexto global que escala en conflictividad. ¿Qué es lo que espera el gigante asiático de esta elección?

“La política que deberíamos tener respecto a China es asegurarnos que Estados Unidos le gane la competencia por el Siglo XXI”.

Las contundentes palabras de la candidata a presidente Kamala Harris en el debate presidencial estadounidense dan marco a una contienda global que sucede hace años y que en estas semanas llegará a un nuevo punto de inflexión.

Todas las elecciones en EE.UU. generan ecos que resuenan por todo el planeta y reconfiguran el paradigma político mundial. Sin embargo, las del 2024 presentan un panorama especial, con un sabor diferente. La cuestión del ascenso chino a nivel tecnológico, económico y militar ya no es algo que los líderes de Washington puedan considerar como otra cosa que una lucha encarnizada por mantener la hegemonía mundial que, hasta hace no tantos años, era indiscutible. La frase de Kamala da cuenta de un enfrentamiento entre pares: China no es la amenaza del futuro, es la batalla del presente.

En este contexto es que se cruzan dos modelos de política exterior estadounidenses completamente opuestos. Por un lado, el Partido Demócrata –representado por la candidatura de Kamala Harris– que se encuentra obstinado en sostener su presencia en el mundo a través de sus aliados internacionales, organismos multilaterales y un fuerte involucramiento militar en todos los continentes. Por el otro, el Partido Republicano, con Trump como líder único e indiscutido. Él propone una política exterior de “America first”, con el objetivo de cerrarse ante el mundo, fortalecer la industria nacional y blindarse de amenazas externas, sean económicas o militares.

Lo que se discute es un Estados Unidos a la ofensiva versus uno a la defensiva en el plano geopolítico mundial para los próximos años. Martín Schapiro, analista de política internacional, destaca la discusión entre ambos enfoques:

“Las consecuencias de uno y otro enfoque en la relación con China son evidentes, y derraman también sobre la aproximación a los aliados. Un esquema de aranceles transversales como el que propone Trump alienaría a los aliados pero, además, tendría como consecuencia un país menos competitivo, enfocado en su considerable mercado interno pero que casi renunciaría a competir con China en el mercado global. La mirada contraria, de medidas más estrechamente dirigidas, con foco en la construcción de alianzas incluso a nivel comercial y acaso con restricciones más enfocadas en las exportaciones que en las importaciones, en cambio, aparece más dirigida a preservar la primacía mundial estadounidense”

Cenital no es gratis: lo banca su audiencia. Y ahora te toca a vos. En Cenital entendemos al periodismo como un servicio público. Por eso nuestras notas siempre estarán accesibles para todos. Pero investigar es caro y la parte más ardua del trabajo periodístico no se ve. Por eso le pedimos a quienes puedan que se sumen a nuestro círculo de Mejores amigos y nos permitan seguir creciendo. Si te gusta lo que hacemos, sumate vos también.

Sumate

La clase política en Pekín espera y especula con el resultado. Los años que vienen serán cruciales para una China consolidada en lo económico y cada vez más audaz con su política exterior. Los chinos ganaron territorio en todos los frentes y se pusieron a la vanguardia de la disputa en temas críticos como la Inteligencia Artificial y la transición energética. ¿Qué esperan de ésta elección? ¿Cuáles de sus intereses entran en juego? ¿Tienen alguna preferencia entre Kamala y Trump?

Estados Unidos y China durante la era Trump (2016–2020)

Ya en 2020, Trump fue apodado en las redes de China como 川建国 Chuān Jiànguó, que podría ser traducido como “Trump, el constructor de la nación China”. El apodo sugiere que su agenda interna polarizadora y su política exterior aislacionista favorecen a Beijing en el escenario global. Hoy el apodo vuelve a ser tendencia en el marco de su posible regreso.

En materia de decisiones en el escenario global, Trump optó por una estrategia unilateralista y rompió con muchas de las prácticas tradicionales de Estados Unidos, adoptando el eslogan de “América First”. Por ejemplo, se retiró de la Organización Mundial de la Salud, del Acuerdo de París y cuestionó a la OTAN, lo que generó tensiones y desconfianzas con aliados tradicionales y con potencias emergentes.

En lo que respecta a las relaciones con China, cuando Trump entró a la Casa Blanca en 2017 como un recién llegado a la política, Xi Jinping parecía ver una posible oportunidad para fortalecer los lazos que mostraban signos de tensión durante la administración anterior de Obama.

Pero, en menos de un año, la relación nuevamente se volvió conflictiva y escaló en múltiples aspectos, desde la guerra comercial hasta acusaciones relacionadas con el manejo de la pandemia. En cuanto a lo diplomático hubo momentos en los que Trump intensificó una retórica Anti-China, principalmente durante la pandemia, y momentos en donde elogió a Xi Jinping.

Económicamente, el enfrentamiento comercial se profundizó en marzo de 2018 con la imposición de aranceles a un listado de productos chinos por un valor de aproximadamente 50 mil millones de dólares que estarían sujetos a un arancel del 25%. Se alegaron políticas comerciales desleales y el robo de propiedad intelectual. En septiembre de ese mismo año se impuso una nueva ronda de impuestos y en 2019 se aumentaron. A pesar de los intentos de negociación, como el acuerdo comercial de Fase 1 de 2020 en el que se acordó posponer determinados valores impositivos y reducir otros, las tensiones continuaron.

En el ámbito tecnológico, la administración de Trump bloqueó el acceso de empresas chinas como Huawei y Tiktok al mercado estadounidense, bajo el argumento de amenazas a la seguridad nacional. En 2019 se prohibió a Huawei comprar productos estadounidenses de ese rubro sin una aprobación especial y se prohibieron sus equipos en las redes de telecomunicaciones norteamericanas, lo cual afectó a la empresa debido a su dependencia de proveedores de ese país. Además, Trump intentó prohibir TikTok y WeChat en 2020 pero no lo logró. Ya en 2024, el cálculo personal y político lo llevó a decir que estaba a favor de la plataforma.

La relación bilateral durante la presidencia de Biden (2020–2024)

Joe Biden fue visto a lo largo de su mandato como un líder más equilibrado que Trump en términos de política exterior y más dispuesto a colaborar con Pekín en algunas áreas. Además, es una figura más familiar para Xi, ya que incluso antes de ser presidente, Biden se había reunido con él varias ocasiones en el pasado, cuando ambos eran vicepresidentes.

Sin embargo, la administración de Biden profundizó las medidas que Trump había tomado para confrontar con China. Durante 2021 la guerra comercial no solo no amainó si no que empeoró, con nuevas restricciones a las exportaciones de tecnología y un esfuerzo enorme para evitar que la financiación, empresas y capacidades provenientes de Estados Unidos contribuyeran al ecosistema de semiconductores –los chips que se encuentran en los celulares, computadoras, televisores y automóviles– en China.

Estos circuitos integrados, que son necesarios para la construcción de los aparatos que todos utilizamos en nuestro día a día, nos llevan a una isla muy importante tanto para Estados Unidos como para China: Taiwan.

En la isla-nación de Taiwán se construyen el 92% de los chips más pequeños, sofisticados y eficientes del mundo vía una empresa estatal llamada Taiwan Semiconductor Manufacturing Company. Además, el territorio se encuentra en la “puerta de entrada” a China, a pocos kilómetros de su costa, y funciona como parte central de un anillo de contención que Estados Unidos ha creado a través de alianzas y bases militares alrededor de las fronteras marítimas de China.

Fuente: Geopolitical Intelligence Services.

Para China, la existencia de Taiwán como aliado de Estados Unidos es una afrenta histórica, política, comercial y militar que ya no está dispuesta a tolerar. Las tensiones entre el gigante asiático y la pequeña isla no paran de aumentar año tras año. Tanto es así que, en 2022, China realizaba periódicamente ejercicios militares en donde rodeaba a la isla con aviones y barcos de última generación. Se trató de una demostración de poder que atentaba no sólo contra su vecino asiático, sino también contra el mismo EE.UU. Esta cuestión aparece en el centro de la disputa geopolítica mundial entre ambas potencias. Si en algún momento hay una escalada bélica, lo más probable es que la isla sea el primer lugar afectado.

El año 2023 se vio marcado por una “tensión calma” entre ambos países, la tendencia de restringir el comercio en sectores estratégicos se vio profundizada de los dos lados, pero sin demasiados sobresaltos. El diálogo fue fluido durante este período, con sucesivas reuniones entre Xi y Biden y funcionarios de alto rango. Uno de los temas más discutidos y con mayor nivel de cooperación entre ambas potencias fue la cuestión climática.

El cierre de la administración de Biden en 2024 se caracterizó por una retórica unificada del Congreso contra “las injustas prácticas comerciales de China”: Se propusieron y aprobaron aranceles aún mayores en productos como paneles solares, semiconductores, minerales y especialmente en Vehículos Eléctricos –la batalla del momento en la que Elon Musk y Tesla juegan un rol central– en donde Estados Unidos impuso un arancel del 100% a los autos eléctricos provenientes de China.

Más allá de los ataques comerciales mutuos, éste último año deja una sensación de que ambas naciones se encuentran en una relativa calma expectante. A pesar de que persisten importantes divisiones sobre cuestiones como Taiwán, el Mar de China Meridional y los controles a la exportación de chips avanzados y otras tecnologías del Presidente Joe Biden, los lazos se han estabilizado. EE. UU. está revolucionado por una campaña llena de sobresaltos y con final abierto, por lo que se encuentra ensimismado y deja de lado momentáneamente su disputa mundial hasta que se aclare el humo de su batalla interna el próximo 5 de noviembre.

Sobre estas bases, una posible presidencia de Harris proporcionaría un entorno exterior algo estable mientras las autoridades chinas se centran en reactivar una economía acosada por las presiones deflacionarias derivadas de los esfuerzos por enfriar una burbuja inmobiliaria recalentada. Un riesgo importante para esa estrategia es Trump, que ha amenazado con imponer aranceles a China de hasta el 60%, un nivel que diezmaría el comercio entre las mayores economías del mundo.

Rivalidad asegurada: el futuro de las relaciones con Harris o Trump

El Partido Comunista de China está convencido de que una de las pocas coincidencias que tienen los Demócratas con los Republicanos es que ambos buscarán contener la expansión política y económica de China en los próximos años. La cuestión no está en el qué, si no en el cómo.

A pesar del cambio en los matices, la administración de Biden profundizó la estrategia confrontativa instalada por Trump. En este sentido, es probable que ninguno de los dos principales candidatos, ya sea Kamala Harris –desde la perspectiva de “las prácticas comerciales injustas de China que perjudican al ciudadano estadounidense”– o Donald Trump –enfocado en la recuperación de la industria automotriz que estaría siendo destruída por China y los demócratas–, implemente cambios significativos en la política exterior de Estados Unidos respecto al gigante asiático.

La decisión de seguir confrontando con China de manera creciente está tomada. Por los demócratas, por los republicanos, y por el establishment de Estados Unidos. Wang Yiwei, profesor de relaciones internacionales en la Universidad Renmin de Beijing lo expresó claramente: “Gane quien gane, la estructura de confrontación (de Estados Unidos), la competencia y la presión a China siguen ahí”.

Un aspecto que se sumó a la discusión sobre la preferencia china entre Kamala y Trump es la aparición de Tim Walz en la escena. Desde su nombramiento como candidato a vice del partido demócrata, se especuló sobre su vasta experiencia en China y sobre el posible impacto de esto en las políticas hacia ese país en una gestión Harris-Walz. El gobernador de Minnesota trabajó allí como profesor, visitó el país muchas veces, y parece tener la línea de “manejo de la competencia” y cooperación respecto a las relaciones bilaterales. ¿Tendría la experiencia del candidato un impacto sobre las políticas de Kamala? ¿Lo tuvo la mirada de Kamala en las políticas de Biden? ¿Alguien se preguntaba sobre la mirada de Kamala sobre China cuando se presentó como candidata de Biden?

Las políticas de Harris, si continuaran con la línea de la administración de Biden de competencia estratégica, podrían mantenerse más organizadas y predecibles que en una posible administración de Trump. China podría estar interesada en dicha “estabilidad” y en el mantenimiento del orden existente. Pero los efectos de las políticas de competencia tecnológica y de-risking podrían causar más daño a la relación a largo plazo. Una guerra comercial aún más profunda afectaría los esfuerzos de China por encarrilar sus problemas económicos actuales.

Por otro lado, siendo Trump un personaje impredecible y volátil, su gobierno podría significar un aumento de los conflictos entre los países, aunque el gigante asiático ya sepa “cómo tratar con él”. La estrategia de “America First” que llevaría adelante significaría empezar a dejar vacíos de poder en organismos diplomáticos, militares y comerciales que seguramente beneficiarían la constante expansión de China.

Ahí donde Estados Unidos no pueda –o no quiera– resultar mediador y tomador de decisiones, otros buscarán el sostén y la certeza de una China que parece más inclinada a ganar casilleros a través de la diplomacia, el diálogo y los acuerdos. Ahí donde, por decisión propia no quiera meterse, existe una oportunidad de crecimiento en el largo plazo.

Los conflictos de Ucrania e Israel son prueba de esto: en ambos casos aparece como un actor que fomenta y aporta armamento en las guerras que el mundo observa con cada vez más preocupación. Por otro lado, el acercamiento diplomático que China logró entre Irán y Arabia Saudita y los constantes llamados a diálogo entre Irán e Israel por parte del cuerpo diplomático chino, representan la contracara del gigante en ascenso: su retórica en estos escenarios es de búsqueda de estabilidad y paz. Los dirigentes orientales buscan cultivar una imagen pública global como mediadores de paz, contrarrestando con la de los dirigentes estadounidenses, a quienes acusan de “echar leña al fuego” en Ucrania, Medio Oriente, etc.

De manera contraria, Biden fortaleció sus lazos con Japón, Corea del Sur y Australia; mejoró la cooperación bilateral con socios como Vietnam y Filipinas e intenta contrarrestar activamente el comercio y la tecnología china con la ayuda de países europeos. Trump, por su parte, fue displicente con las alianzas tradicionales de Estados Unidos –cuestionando a la OTAN, teniendo una relación “más cálida” con Rusia–. Posiblemente China lograría expandir sus alianzas y proyectos internacionales más fácilmente con un Estados Unidos más cercano a Rusia y más alejado del resto del mundo. La distancia entre este y Europa por el conflicto en Gaza también podría beneficiar al gigante asiático. Incluso un giro estadounidense hacia el aislacionismo podría dejar en segundo plano el interés por temas como Second Thomas Shoal, las Islas Diaoyu o incluso Taiwán.

Hay que esperar y ver.

Ningún país parece querer un conflicto armado o el final de las relaciones económicas. China, particularmente, tiene el incentivo de mantener una relación estable, aún más en una situación doméstica en la que se busca un equilibrio. Algunos analistas consideran que, con cualquiera de los dos candidatos, China se enfrentará a mayores aranceles y que se profundizarán los discursos que hablan de “overcapacity” y competencia desleal, con una mirada dura contra ese país. Entonces, se espera que la relación atraviese turbulencias, pero la administración de Xi Jinping no quiere que Estados Unidos interfiera en sus asuntos domésticos tales como Taiwán, Hong Kong y Xinjiang, entre otros.

Resulta claro que, bajo cualquier administración, seguirá siendo una prioridad en lo que respecta a la política externa de Estados Unidos; lo que resta comprender es si se profundizarán políticas coherentes con China o se fomentarán los conflictos y rupturas. Es decir, falta saber si el futuro depara una estrategia de Guerra Fría en la que se tomen cada vez más medidas agresivas, como un juego de rivalidad de suma cero, o una estrategia que se enfoque en la coexistencia y en la cooperación para evadir conflictos de mayor escala.

La incertidumbre sobre cómo impactarán a la relación bilateral todos estos factores nos deja un complejo entramado de preguntas y una respuesta a medias: no parece haber un candidato favorito para China entre Harris y Trump. La política exterior de ese país parece más centrada en ver y esperar quién efectivamente llegue a la Casa Blanca y cuáles las decisiones estadounidenses y sus efectos, antes que en apostar por uno específico. Hacerlo sería un error de cálculo y una intromisión en la política interna estadounidense, con quien se está dilatando el contacto quizás hasta que tenga lugar la cumbre del G20 en Brasil.

En cambio, resulta interesante observar la ventana de oportunidad que la diplomacia china percibe mientras EE.UU. está absorto en sus propios asuntos: hubo esfuerzos activos para estabilizar las relaciones con Japón, Corea del Sur, Australia, India y el Reino Unido, así como progreso en la cooperación con la UE. Xi participó de la Cumbre BRICS y en la diplomacia con Rusia e Irán. A estos movimientos se le suma la intensa diplomacia del primer ministro Li Qiang con Vietnam y Arabia Saudita, entre otros. Mientras procura contrarrestar su enfoque con las tácticas de norteamérica, parece estar intentando aprovechar este momento a su favor, impulsando las relaciones con sus socios y estabilizando las que tiene con los aliados y socios de su rival.

En un contexto de competencia estratégica entre ambas potencias, las preguntas sobre qué candidato podría favorecer más los intereses chinos reflejan en realidad la forma en la que Occidente interpreta su política exterior y sus objetivos globales, más que una visión confirmada sobre sus preferencias. Al final, este ejercicio de reflexión es significativo: nos invita a cuestionarnos hasta qué punto realmente entendemos (o creemos que entendemos) los intereses y la lógica que guían a Beijing en su relación con Washington, un aspecto cada vez más relevante para prever el rumbo de las relaciones internacionales en los próximos años.

Otras lecturas

Es politóloga y magíster en Relaciones y Negociaciones Internacionales y en Desarrollo Económico. Candidata a doctora en Ciencias Sociales. Integra redes globales de expertos e investigadores sobre China, como el Centro de Estudios Argentina-China (CEACh) de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

Economista especializado en energía, geopolítica y desarrollo productivo. Miembro de la revista Misión Productiva. Escribió en DiarioAr y fue columnista en Detrás de las noticias, Somos Radio.

Economista y maestranda en Política y Economía Internacionales. Especialista en China contemporánea e investigadora del Centro de Estudios de Argentina-China (CEACh).