Trabajar bajo tierra: una jornada laboral en el subte

Arriba caos, abajo silencio, y en el medio cientos de trabajadores en turnos de seis horas conducen a miles de pasajeros por los túneles subterráneos de la Ciudad. No dejan solo su tiempo: muchos, también, dejan su vida.

La oscuridad y el silencio ensordecedor de abajo se mezclan con el apuro y el ruido insoportable de la rutina de arriba de las estaciones, en las que los trabajadores del subte pasamos las 6 horas de nuestra jornada laboral, seis días de la semana, incluidos feriados y fiestas. Esto es así tanto para quienes arrancan con el turno de las 4:30 a.m., como para quienes lo terminan a medianoche.

Ser conductor de subte es sencillo y no a la vez: por lo general en nuestra jornada laboral no pasa (casi) nada. Pero cuando pasa, pasa algo terrible.

Usualmente llegamos algunos minutos antes de nuestro horario de ingreso para tener el tiempo suficiente para ponernos el uniforme y los elementos de seguridad: linterna, llaves, silbato, unos mates y al tren. Durante nuestro turno de trabajo no se nos permite escuchar música ni tener ningún elemento que comprometa nuestra atención que tiene que estar 100% enfocada en el túnel y las estaciones.

Sí tenemos algunos cortes en los que podemos compartir unos mates con nuestros compañeros en el cuarto de descanso, todo bajo tierra, sin ver el sol hasta el final de nuestra jornada. A veces, la oscuridad del túnel es interrumpida por trabajadores de vías o ladrones de cables, el nuevo rebusque peligroso que encontraron algunos para sobrevivir en tiempos de crisis.

Al terminar mi horario laboral, me apuro a ponerme los auriculares y dejo los ruidos y la multitud de gente bajo tierra para surfear entre el mar de personas de la superficie que corre para tomar el tren Roca. Los trabajadores del transporte solemos vivir en hora pico: viajamos apretados y amontonados como todos para llegar a nuestro trabajo, que consiste en seguir llevando gente amontonada y apurada a sus trabajos.

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La reducción de frecuencia de los ferrocarriles está haciendo que cada vez viajemos más apretados y tardemos más en llegar a nuestros hogares. Todos los trabajadores sabemos cómo afecta nuestra salud mental viajar de esta manera. El clima social se expresa cada vez con más violencia en las interacciones entre pasajeros y también de ellos hacia nosotros: hace una semana, por ejemplo, un hombre le pegó una piña a un guarda de la línea C porque no pudo llegar al subte antes de que la puerta se cerrara completamente.

Ya lo vimos varias veces: en época de crisis aumentan estos episodios de violencia, la presencia de gente durmiendo en las estaciones, los pibes consumiendo y los intentos de suicidio.

Somos la cara y el cuerpo de un servicio que sabemos que es deficiente, pero damos lo mejor con las limitaciones de nuestro ambiente y nuestras herramientas de trabajo.

“Casi no hay trabajadores del subte jubilados”, escuché repetir a lo largo de los años de la boca de los compañeros más antiguos, desde que ingresé a trabajar en la Línea C en el año 2007: por lo general se mueren antes. No se sabía bien si era por el estrés, la falta de luz solar, la carga mental, el grafito que se respira en los túneles o la falta de descanso y ocio. O la suma de todas esas razones.

En parte, se encontró una respuesta en el año 2018, cuando la Asociación Gremial de trabajadores del Subte y Premetro (AGTSyP), más conocido como “metrodelegados”, recibió la llamada del sindicato del metro de España para alertar por la presencia de asbesto en las formaciones Caf 5000 que circulaban en la línea B. Este mineral cancerígeno, presente en estos coches, estaba causando problemas pulmonares graves y la muerte de trabajadores del metro de Madrid.

A partir de ese momento, se comenzó una lucha que se sostiene hasta el día de hoy para investigar y dar con aquellas formaciones y pedir su retiro de servicio, así como también para proteger y poner bajo guardia médica a los trabajadores expuestos al asbesto. Somos miles los trabajadores que estamos ingresados al Relevamiento de Agentes de Riesgo (RAR) por haber respirado por años las partículas de este mineral sinónimo de muerte. El daño ya está hecho.

Todos los años debemos ir a realizarnos estudios al Hospital Britanico para saber si la asbestosis o el cáncer se despertó en nuestro cuerpo. Allí nos hacen un examen clínico, placa de tórax y una espirometría. Ya son 3 los trabajadores muertos por exposición al asbesto y casi cien los que tienen patologías por haber respirado este mineral por años.

Los trabajadores, con los dirigentes del sindicato a la cabeza, hemos conseguido que muchas de las formaciones que tenían asbesto fueran retiradas de circulación y se renueve la flota, así como también el retiro de piezas con asbesto de varios ámbitos del subte. Además, la lucha permitió que los trabajadores que habíamos sido expuestos a este material cancerígeno fuéramos ingresados al RAR, lo que nos garantiza el monitoreo de por vida de nuestra salud pulmonar.

El trabajador del subte carga. Carga con saber que existe la posibilidad de que esta enfermedad se despierte en su cuerpo en cualquier momento de su vida. Pero también carga todos los días con personas y con sus vidas: con la responsabilidad de que lleguen en tiempo y forma a sus destinos.

La C, en comparación, es una de las líneas que mejor funciona: tenemos una buena frecuencia porque contamos con formaciones nuevas, luego de que se retiraran las Nagoya 5000 que tenían asbesto, así como también tenemos un sistema de señales nuevo. Sin embargo, no todas las líneas corren con la misma suerte y las formaciones viejas con falta de mantenimiento, sumado a años de falta de inversión, generan fallas o roturas en los trenes que se traducen en demoras para el usuario.

Sin embargo, existen muchas razones que producen demoras e interrupciones en el servicio y los pasajeros descompuestos son una de ellas: cada vez son más los casos de crisis de ansiedad o pánico dentro de las formaciones, así como también los casos de desmayos, en muchos casos por no haber comido.

Ahí también somos el cuerpo, no sólo para realizar los procedimientos y resolver las fallas lo más rápido posible, sino también el cuerpo donde el usuario descarga su malestar y descontento.

El silencio del túnel es cada vez más ruidoso cuando en la mente del trabajador suenan las cuentas que pagar, la incertidumbre laboral y con respecto a la vivienda, cuando ya nada es seguro y no queda manija lo suficientemente firme donde agarrarse para soportar las curvas y sacudidas de la realidad que nos aqueja a todos los argentinos. El malhumor social y la desesperanza, el tener que volver a pelear por derechos que dábamos por sentado hacen que el ruido en las estaciones sea cada vez más fuerte y estemos todos apurados por llegar, por no perder el presentismo, por ver la luz al final del túnel.


Esta nota forma parte del especial de Cenital sobre transporte, En vías de desarrollo. Podés leer todos sus artículos acá.

Periodista y conductora de subte. Fui productora en Radio Rivadavia, canal PyE y Canal Metro. También fui redactora en el sitio de Radio Caput y colaboradora en el Destape. Ex delegada del subte.