Todos los hombres del presidente: Infantino, Trump y el Mundial de los Estados Unidos

El suizo sale fortalecido de un torneo que comercializó hasta el mínimo detalle y amplió su presencia en el mundo. Europa domina el juego, pero es minoría en la FIFA.

Los silbidos fueron estruendosos. Gianni Infantino y Donald Trump bajaron de su palco blindado a entregarle la Copa del Mundo a España y las medallas a los jugadores argentinos. Fue el final de un torneo –y de un año– en que el presidente de la FIFA estuvo pegado al mandatario estadounidense hasta límites nunca vistos para un evento futbolístico. Infantino sonreía. El Mundial había terminado, y había sido un éxito reconocido hasta por los opositores más viscerales a Trump dentro de los Estados Unidos. En lo que importa al suizo, los ingresos habían superado todas las previsiones y la relación con el poder capaz de poner en jaque a la Federación rectora estaba intacta.

En el reparto de poder e influencia internacionales, la FIFA vale más que muchas agencias de Naciones Unidas. A esta altura es un cliché decir que sus más de 200 federaciones asociadas exceden a los miembros de la ONU, pero es evidente que sus decisiones tienen mayores consecuencias. Ser excluido de FIFA es quedar afuera de un esquema de representación simbólica que entienden muy bien tanto los rusos, suspendidos de las competencias de FIFA tras la invasión de Ucrania, como quienes buscan dejar afuera a Israel por su conducta sobreviniente a la invasión de Gaza y su tratamiento de los palestinos.

Las esquirlas del FIFAgate

Infantino asumió en febrero de 2016, apenas unos pocos meses después de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos hiciera pública la última ola de acusaciones contra dirigentes y empresarios ligados a la FIFA por una trama de asociación ilícita, fraude y lavado extendida durante veinticuatro años. Las imputaciones acusaron más de 200 millones de dólares en sobornos y se cargaron una estructura de décadas. Entre 2011 y 2015, dirigentes como Nicolás Leoz de CONMEBOL, Jack Warner, de CONCACAF, Issa Hayatou, de la Confederacíón Africana perdieron sus cargos envueltos en acusaciones de corrupción. Joseph Blatter quedó suspendido tras una imputación de la justicia suiza, apenas después de su quinta reelección tras suceder a João Havelange. Su heredero natural, Michel Platini, entonces presidente de la UEFA cayó también, aunque luego fue absuelto por la justicia

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Infantino, hasta entonces secretario general de la UEFA, apareció como el administrador prolijo, encargado de recuperar la confianza. Su mandato implícito era reconstruir la gobernabilidad de una institución basada en redes de conveniencias, donde la lógica de una federación, un voto; con recursos centrales para distribuir hacia las dirigencias locales; y la administración de torneos y compromisos internacionales circulando en sentido opuesto alimentan un enorme esquema de intereses detrás de las pasiones de miles de millones de seres humanos. Intereses públicos, privados, gubernamentales, empresariales y hasta de entidades sin fines de lucro. 

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La jurisdicción del dólar

En 2010, antes de la cascada, se había hecho pública –en un extraño aviso conjunto– la elección simultánea de Rusia como sede del Mundial 2018 y Catar como sede para el  2022. Mientras Rusia derrotaba a candidaturas europeas occidentales tradicionales; Catar postergaba, entre otros, a Estados Unidos. El centro simbólico del fútbol se trasladaba hacia Estados emergentes, con gobiernos autoritarios y relaciones en aquel entonces complejas con Washington, para los que el Mundial funcionaba como instrumento de prestigio y proyección internacional.

El FIFAGate no fue linealmente una represalia por aquella votación. Las investigaciones estadounidenses habían comenzado antes y la acusación de 2015 se concentró en sobornos vinculados con derechos comerciales en América. Pero sería ingenuo separar la causa de las disputas de poder global. En Estados Unidos, las investigaciones judiciales tienen –o tenían, hasta Trump– una independencia funcional que, sin embargo, no las exime de participar de grandes orientaciones políticas, “de Estado”. El poder estadounidense se beneficia de un sistema jurídico con ramificaciones extraterritoriales, bastaba con que algunos pagos pasaran por sus bancos, o los contratos toquen su territorio para darle competencia, en un marco en que el país es el principal actor del sistema financiero global. 

No hace falta una orden escrita desde la Casa Blanca para que los intereses geopolíticos confluyeran. Las investigaciones de corrupción eran parte de un modus operandi en aquel momento promovido activamente por Washington. En Brasil, Lava Jato mantuvo una cooperación estrecha con el FBI y el Departamento de Justicia, incluso mediante contactos informales que no siempre fueron comunicados al Ministerio de Justicia brasileño. Infantino inició su mandato con una lección elemental. La FIFA no podía soportar quedar enfrentada al Departamento de Justicia y el sistema bancario estadounidenses, y apuntó al mayor mercado  disponible para expandir el negocio.

De Catar a Norteamérica

En 2018, el Congreso de la FIFA eligió a Estados Unidos, México y Canadá como sede del Mundial de 2026. Una recomposición después de Rusia y Catar que es imposible considerar casual. Más allá de lo formal, y de legitimidad sumada por México y Canadá, Estados Unidos aportaba la mayoría de los estadios y patrocinadores. De los 104 partidos, 78 se jugaron en Estados Unidos y trece en los otros dos países. México tuvo la apertura y la carga emocional del Azteca, aunque volvió a irse en octavos. La eliminación ante Inglaterra marcó el final de la periferia de la sede. Desde los cuartos, el Mundial fue enteramente estadounidense.

Para la FIFA fue un negocio de primera línea. El anfitrión principal no necesitó construir una red de estadios desde cero y está habituado a cargar precios extraordinarios por entradas, hospitalidad y reventa oficial en el mercado más rico del mundo. La organización proyectaba alrededor de 11 mil millones de dólares de ingresos para el ciclo y terminó encaminada hacia unos 15 mil millones. La asistencia total rondó las 6,7 millones de personas. Los hinchas odiamos los precios dinámicos y las adaptaciones del espectáculo a la moda estadounidense, pero la demanda no acompañó nuestras quejas.

El cortesano de Trump

El alineamiento con Estados Unidos per se, nunca exigió alinearse con un liderazgo personal. Trump es, en este sentido, una rareza de la política estadounidense, que lo emparenta con líderes autoritarios y típicos de países que los Estados Unidos despreciaron durante años. Su forma de actuar el control es reclamar elogio y subordinación hasta el punto de lo grotesco, mientras hace sobreactuación de su propia arbitrariedad. El presidente de la FIFA decidió no cuestionar nada de eso y acompañarlo en cuanto estuvo a su alcance. Apoyó su extraña autopostulación al Premio Nobel de la Paz y, cuando no lo obtuvo, creó un Premio FIFA de la Paz cuya primera edición terminó en manos del propio Trump como premio consuelo.

La escena, rozando el ridículo, acompañó decisiones con consecuencias deportivas.  La selección de Irán, afectada por la guerra, sufrió restricciones de visado y debió alojarse en México, aunque la FIFA le mantuvo la sede en los Estados Unidos. El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, que tenía una visa válida, fue rechazado al llegar a Estados Unidos y quedó fuera del torneo. El caso de Folarin Balogun terminó de evidenciar las subordinaciones. Después de que el delantero estadounidense fue expulsado en el partido de dieciseisavos, Trump pidió que pudiera jugar el partido siguiente. La comisión disciplinaria no anuló la tarjeta, pero suspendió durante un año la ejecución de la sanción mediante una disposición excepcional. Balogun jugó contra Bélgica, aunque Estados Unidos perdió 4 a 1, por lo que la injusticia quedó diluida y quizás, incluso, disimulada. 

La genuflexión puede parecer patética, pero no es irracional. Entre  homenajes y concesiones, no parece probable que Infantino vaya a perder el sueño pensando en el Departamento de Justicia.

Un Mundial para las periferias (futboleras)

La subordinación a Washington no hizo que Infantino abandonara una estrategia comercial que se apoya, cada vez más, en el mundo emergente. La ampliación a 48 selecciones fue denunciada como una degradación de la competencia, aunque el Mundial no confirmó esas profecías. Los desequilibrios no fueron más marcados que en años anteriores. África fue una de las grandes beneficiarias. El aumento de plazas llevó a diez representantes y permitió que selecciones africanas compitieran con planteles alimentados por jugadores nativos de países europeos y formados en sus competencias y academias. 

Asia ofreció un balance más decepcionante. Nueve selecciones disputaron la fase de grupos, pero sólo Japón y Australia –juega en la Federación asiática– avanzaron de fase. Apenas tres victorias asiáticas en veintisiete partidos. Una señal preocupante para el negocio, que ni siquiera en esa federación débil logró clasificar a China e India, los dos mercados cuya incorporación justifica, en lo comercial, la voluntad de agrandar el torneo. Los cuarenta y ocho equipos tampoco trajeron ampliación geográfica. Las semifinales las hegemonizó Europa y las disputó con el fútbol exportador sudamericano, que conserva un talento que sobrevive a sus estructuras deficientes. El Mundial se volvió más diverso, no así la élite.

La cuestión de los que votan

Institucionalmente, la diversidad es poder. Europa domina el juego, pero es minoría en la FIFA. África y Asia reúnen 101 asociaciones que conducen la mayoría que decide una elección. El programa FIFA Forward puso alrededor de 2.800 millones de dólares a disposición de las 211 federaciones en sus dos primeros ciclos, y la organización calcula haber comprometido más de 1.000 millones en el fútbol africano desde 2016. La continuidad de Infantino parece asegurada. El patronazgo funciona. La democracia rudimentaria de la FIFA expresa un resentimiento real contra quienes acaparan los premios y las ligas más poderosas.

Para muchos estados, además, el fútbol es una política de proyección de imagen a la que apuestan para instalar su marca, y eso también se traduce en nuevas emergencias de actores no tradicionales. Marruecos se incorporó a la candidatura de España y Portugal para 2030 y terminó convertido en socio de pleno derecho, con inversiones multimillonarias. Arabia Saudita quedó como candidata única para 2034 y recibió la sede, apenas nueve años después del FIFAGate y apenas concluido el mundial de Catar. Los petrodólares impugnados en el emirato y en Rusia gozan de buena salud en la FIFA reciclada y norteamericanizada que sigue premiando a quienes pueden ofrecer estadios, garantías estatales, patrocinios, y, en general, voluntad ilimitada de gasto.

Infantino sale fortalecido de un mundial exitoso, donde ganó el mejor equipo, Lionel Messi volvió a demostrar que es el mejor jugador de todos los tiempos y fue el mejor jugador del mundo con 39 años, casi al trote y luego de competir en una liga menor, y quedó marcado por grandísimas actuaciones de las estrellas que todos vinieron a ver. Nada de eso es mérito del mandamás, pero nada sería posible sin la administración de la política internacional del negocio.

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.