Todo tiene lore: las personas reales como personajes serializados

Cómo el chisme se disfrazó de investigación, por qué necesitamos cuarenta minutos para entender un TikTok de veinticinco segundos y qué se pierde cuando leemos vidas como ficciones.

Empieza como empiezan ahora casi todas las historias: con un video de veinticinco segundos protagonizado por alguien que no conocés. Una chica llora en un auto y dice: “No puedo creer que haya hecho esto después de todo lo que pasamos”. No tenés idea de quién es ella, quién hizo qué, ni qué significa “esto”. Bajás a los comentarios y ahí nomás aparecen: “¿Contexto?”. “¿Alguien me cuenta?”. Y la pregunta de la época: “¿Cuál es el lore?”.

Cinco minutos después estás viendo un resumen de cuarenta minutos: capturas de 2021, un unfollow de 2022, una disculpa borrada y material rescatado de cuentas que ya no existen. El mecanismo tiene algo de absurdo: las plataformas nos tiran por la cabeza el capítulo 17 de una serie que jamás vimos y después construyen una economía para explicar los dieciséis anteriores. El algoritmo te muestra la parte que se viralizó y deja que vos reconstruyas el resto. Ahí aparece una industria del contexto en la que nuestro tiempo es la más valiosa mercancía.

“Lore” parece apenas una palabra simpática del habla de internet, algo de los “pibes de hoy” que de alguna manera traspasó un par de generaciones o algo que dice una persona que quiere aparentar una juventud para la que ya no le da el DNI. Pero no, no es exactamente eso, o es algo más. Antes alguien tenía un pasado; ahora tiene lore. No cambia: tiene un arco de personaje (character arc). No atraviesa una mala racha: está en una era. Una experiencia formativa, un hito en la vida de alguien: un evento canónico. Y una pelea de hace cuatro años no es una pelea vieja: es contexto necesario.

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Nos reímos de nuestras abuelas, que sabían tanto las miserias y pasiones de la vecina del tercero como las de Susana Giménez. Nosotros podemos dedicarle una hora de nuestra única vida a reconstruir por qué dos influencers de Utah dejaron de seguirse en 2022.

¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te  pedimos que nos des una mano para seguir.

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De Tolkien a tu ex

La palabra “lore” viene del inglés antiguo lār, que significa enseñanza, saber, doctrina. Es la mitad olvidada de “folklore”, el término que William Thoms acuñó en 1846 para nombrar el saber de un pueblo. Durante el siglo XX quedó asociada a mundos de ficción. Tolkien la volvió arquitectura, con genealogías, lenguas e historia inventada; Star Wars, universo expandido. El lore era el saber acumulado para entender un universo demasiado grande para una sola historia. Después aparecieron conceptos como “canon”, “precuela”, “legacyquel” y así hasta el infinito.

En algún momento de esta década la palabra se escapó de lo que antes se conocía como nerdismo o mundo geek. TikTok se llenó de “lore personal”, esto quiere decir básicamente anécdotas del propio pasado narradas como material de archivo de un personaje. Después llegaron “canon event”, “villain era” (era de villano/a), “main character energy” (energía de personaje principal). En general se usan en inglés, aún cuando el enunciador no conozca mucho más del idioma. 

El préstamo no fue sólo léxico. Cuando decimos que alguien “tiene lore” decimos que su vida tiene personajes, episodios y material de archivo. Que, aunque sea en chiste, puede ser estudiada como canon, como una historia real, compleja y –sobre todo– ganchera.

La abuela tenía un límite de oferta

Internet no nos volvió chismosos. Tenemos que dejar de echarle la culpa de todo, la verdad. El chisme es muchísimo más viejo y probablemente sea una de las tecnologías básicas con las que organizamos la vida social. El antropólogo Robin Dunbar propuso que el lenguaje evolucionó en parte para intercambiar información sobre otros. Una versión humana del despioje entre primates, ponele. Estudios posteriores encontraron que una parte importante de nuestras conversaciones consiste en hablar de personas ausentes y que buena porción de ese chisme es simple información social.

Sobre esa inclinación el siglo XX construyó una industria. Ahí florecieron las llamadas “revistas del corazón” que tan bien le hicieron a Hollywood y al espectáculo, los paparazzi y la “prensa amarilla”. En Argentina, Radiolandia, Gente, Caras, Pronto. Después la televisión convirtió el chimento en un género con panelistas, archivo, fuentes y primicias que terminó fagocitando a cualquier otro formato.

La diferencia, si lo pensamos bien, está en la oferta. La abuela tenía el barrio, la familia, el trabajo y un puñado de famosos. Nosotros tenemos un catálogo infinito de historias. Internet convirtió a millones de desconocidos en conocidos. La influencer de Utah no es Susana; es la vecina del tercero, sólo que ahora hay ochocientas mil, todas suben stories y aunque parezca no tener sentido, todas nos interesan.

Todos somos Perez Hilton

Para medir el cambio sirve volver a los 2000, cuando el chisme digital todavía tenía dueño. Mario Lavandeira empezó en 2004 el blog Perez Hilton. Consistía básicamente en fotos de paparazzi intervenidas con Paint, apodos malos, primicias de publicistas, “sacar del closet” a celebridades y una crueldad a tono con la época que convirtió el derrumbe mental de Britney Spears en entretenimiento.

Perez no estaba solo, simplemente era el más exitoso. El programa y la web de TMZ industrializó la primicia y comunidades como Oh No They Didn’t volvieron colectivo el comentario, que empezó a ser clave y a elevar la vara de la crueldad. Hasta ahí el circuito seguía teniendo forma de embudo. La celebridad (muchas veces creada por estos mismos medios) hacía algo y era el “periodista” el que nos acercaba la data.  Hoy más que una especie de embudo es una bola de pelos enmarañados donde difícilmente podamos distinguir principio y final del ciclo.

Cualquier persona hace algo, sube una story, alguien se fanatiza, lo lleva a Reddit (el foro más popular donde conviven miles de comunidades), otro lo traslada a TikTok con un clip explicativo, de ahí al stream y/o medios tradicionales, más público y todo vuelve a empezar todo el tiempo. Ya no hace falta un Perez Hilton porque todos conseguimos sus herramientas. Capturamos, archivamos, buscamos, cotejamos. El chisme se descentralizó y se profesionalizó hacia abajo.

El giro terminó siendo particularmente incómodo. Perez terminó pidiendo perdón por varias de las prácticas que lo hicieron famoso, se volcó a la religión, trató de reinventarse pero muchas de las personas con las que se había ensañado ahora eran grandes estrellas con mayor poder, como las Kardashian, Miley Cyrus, Ariana Grande o Lady Gaga. Décadas después, una crisis personal con autolesiones tremendas y sangrientas transmitida en TikTok lo puso del otro lado de la máquina y su familia pidió privacidad a una audiencia entrenada para creer que toda aparición pública habilita el expediente.

No es chisme, es contexto

Prestemos atención al vocabulario. El “quiero el chisme” va siendo reemplazado por el “necesito contexto”. El chisme se puso el uniforme del periodismo de investigación.

Hay capturas, timestamps (la marca que indica fecha y hora en la que algo se publicó), testimonios cruzados, material eliminado, Wayback Machine (una herramienta que te permite ver algo que dejó de estar online). Usamos la estética de la inteligencia de fuentes abiertas para averiguar cómo una chica terminó embarazada del novio de la hermana o por qué una chica abandonó cerámica –ambos casos virales reales–. “Estoy chusmeando” admite algo de voyeurismo, no nos hace sentir tan cómodos. “Estoy buscando contexto” suena casi como una obligación cívica, estás tratando de entender algo. No somos chismosos: somos analistas.

Y ya existe un ecosistema profesional del contexto. Canales en diferentes plataformas y redes sociales que se encargan de contarnos cómo y quién “sirvió la olla”, es decir, nos dio tema de charla. En inglés le dicen “tea channels” por la frase “spill the tea” (derramar el té –antes T de truth, verdad–) que viene de la cultura drag de los 80 y 90 en Estados Unidos. Si lo pensás quizás ya te cruzaste ya con varios emojis de la tacita en un contexto que no te quedaba claro. 

Cubren el drama como noticieros e incluso algunos les dedican mini “documentales”. Es que realmente es muy tentador dejar un rato las ansiedades de este mundo sobrecargado para dejarnos llevar por un pequeño universo de miserias y enredos humanos. Tanto que esto llegó a los teatros y hay muchas estrellas de esta industria que hacen shows. En la economía de la atención llenar cientos de butacas con el “previously on” de personajes que no actúan en ninguna serie es un gol de oro. Claro que para eso hay que tener el carisma y humor suficiente, la nueva picadora de carne que es el scrolleo no perdona. 

Aprendimos a investigar personas

No inventamos estas habilidades de la nada. Llevamos años entrenándonos. El true crime popularizó una gramática: línea de tiempo, mensajes recuperados, contradicciones, archivos, “qué pasó realmente”. Después de que en 2014 el podcast Serial popularizara el formato con el caso de Adnan Syed –acusado de haber asesinado a su exnovia– millones aprendieron a consumir vidas reales como expedientes narrativos. Esa técnica terminó migrando a materiales menos graves.

El reality hizo otra parte. Gran Hermano lleva un cuarto de siglo enseñándonos a seguir vidas comunes como narración, elegir villanos y detectar alianzas. Internet le quitó al reality lo único que todavía lo contenía: la temporada. Un influencer es un participante que nunca sale de la casa. El confesionario es la story. Tal vez por eso a la última edición argentina le está yendo tan mal.

Y después está el fandom. Las swifties descifran colores y fechas porque Taylor Swift efectivamente esconde anuncios ahí y por otro lado el K-pop convirtió la pista en estrategia promocional. La consecuencia excede a la música. Lo que se conoce como easter egg –algún tipo de significante escondido para quien sepa ver– nos entrenó para leer personas como si fueran textos o mapas del tesoro. Una remera no es una remera. Un unfollow no es un unfollow. Una historia borrada no es una historia borrada. Todo puede ser evidencia. Todo significa algo.

El formato perfecto es la figura del iceberg usada como chart, tabla o gráfico: arriba, lo que sabe cualquiera, abajo bien al fondo el dato que conocen cuatro personas que duermen tres horas por semana y están crónicamente online. Es el chisme organizado por niveles de dificultad. Una currícula, digamos. Porque “saber el lore” también es una credencial. Entender una referencia, captar un chiste interno o reconocer al personaje secundario es una forma barata de pertenecer. El lore funciona como idioma, hablarlo demuestra que sos de ahí.

Wandagate, temporada infinita

Argentina no necesitaba demasiadas clases porque ya había convertido el panelismo en una forma de conocimiento. Pero incluso acá hubo una mutación.

Juariu (Vicky Braier) se hizo famosa hacia 2018 con un oficio que casi no existía: detective de Instagram. Auditaba likes, seguimientos, fondos de fotos y detalles mínimos para anticipar separaciones o romances. No inventó el chisme pero sí profesionalizó el stalkeo. La TV la contrató, le aparecieron imitadores por todos lados y quedó establecida la práctica.

El caso máximo es el Wandagate. El 16 de octubre de 2021 Wanda Nara publicó “otra familia más que te cargaste por zorra” y abrió una saga que todavía produce capítulos, personajes nuevos, archivos desclasificados y facciones. Interminable, agotador y evidentemente adictivo. Lo importante no es la historia sentimental sino cómo aprendimos a seguirla. Los medios hablan de “capítulos”. Chats viejos reaparecen años después y modifican el canon. Cuando una protagonista necesita defender su versión, desarchiva fotos de Instagram para reconstruir una cronología sentimental. Se juega prueba contra prueba, recibo contra recibo, es el archivo personal usado como expediente.

Cuando Gimena Accardi habló públicamente de una infidelidad y aclaró que el tercero era “una persona random” a la que no seguía en Instagram, sabía exactamente qué iba a hacer la audiencia. Lo hizo igual: revisó follows, armó sospechosos y cotejó vínculos. Un medio incluso publicó el análisis de un especialista en comunicación no verbal sobre el descargo. 

Durante años pareció que internet iba a matar a la televisión de chimentos. Pasó lo contrario: el drama nace en un TikTok o un stream, lo levanta la TV, lo procesa Twitter y vuelve empaquetado en reels de Instagram. Internet no mató a Intrusos. Convirtió todo en Intrusos. Y si todo es Intrusos, nada es Intrusos.

Las personas no tienen episodios faltantes

Hasta acá el fenómeno puede parecer más gracioso que grave. El problema aparece cuando olvidamos que narrar una vida como ficción no es neutral. Una separación pasa a ser “el comienzo de su villain era” porque señalamos a la “dejada” como el nuevo ángel vengador. Una pareja nueva, “un personaje nuevo”. Y los personajes existen para ser consumidos. Generalmente es una mujer la que termina arrastrada y vapuleada por “la trama”, como venimos viendo en casos como la separación de La Joaqui y Luck Ra.

Nosotros mismos aprendimos a narrarnos así. Hacemos blanqueo de relaciones con pequeñas pistas, “storytimes” para contar que te robaron en el subte y anunciamos una “new era” cuando nos cortamos el pelo. Somos personaje, guionista y community manager de nuestra propia continuidad. Pero, ¿quién aceptó realmente ese contrato?

En 2021, Robert McCoy apareció unos segundos en un TikTok de su novia, sentado junto a otras chicas. La audiencia decidió que la engañaba, analizó su lenguaje corporal cuadro por cuadro y convirtió una gomita de pelo en evidencia. O acá nomás en Argentina tuvimos el caso de Mimi y su amiga, enfrentadas por ropa interior… percudida. El antes conocido como tabloide ya no necesita celebridades: fabrica una con cualquiera que aparezca en cualquier pantalla el tiempo suficiente.

El tema es este: alguien comparte una parte de su vida y nosotros, la audiencia entrenada en seriales, sentimos que faltan episodios. Pero las personas no tienen capítulos faltantes. Tienen vida privada, si es que existe tal cosa hoy. Seguir a una persona o a una ficción es algo bastante complejo de diferenciar. Para seres humanos usamos herramientas que antes reservábamos para mundos inventados y nosotros mismos aprendimos a autoproducirnos según esas reglas.

Por eso “¿alguien me explica el lore?” terminó siendo bastante más que un chiste sobre tratar el pasado de una desconocida con la solemnidad de El Señor de los Anillos. Archivamos, clasificamos, armamos cronologías y discutimos canon. No somos menos chismosos, solo que ahora tenemos buscador, archivo consultable y temporadas.

Hay una diferencia, y no nos favorece. El rumor de la abuela prescribía. La vecina del tercero podía mudarse de barrio y empezar de cero. A nosotros no nos alcanzaría con la mudanza: le pediríamos el iceberg.

Fueguina y periodista. Conductora de podcasts como Hoy Trasnoche, radio y cosas en YouTube. Ex editora de la revista La Cosa, redactora de Inrockuptibles, Clarín, La Nación e Infobae. Interesada en todo lo que sea fenómenos pop que parecen no tener sentido.