Prepárense para perder

Tesis del compañerismo

Perfil de Damián Stazzone. Un recorrido por el futsal en Argentina.

Hola, ¿cómo estamos?

La pelota funcionaba como un hilo para unir a los distintos compañeros. Una alta porción de los 7 mil laburantes le metía pasión colectiva a los picados en el centro recreativo que estaba en la planta de Ford. Era tan grande el fervor que invitaron a jugar al Pato Pastoriza, líder de Futbolistas Agremiados y super crack de Independiente. Hasta que llegó la dictadura. Que rompió con todo. Algunos directivos de la empresa automotriz no sólo fueron cómplices. Fueron parte. Marcaron a 24 de los que jugaban y que participaban en la vida sindical y los desaparecieron. En la fábrica de Pacheco, montaron un centro clandestino.

Esta semana, la Cámara de Casación confirmó las condenas a Pedro Muller, ex gerente de manufactura, y a Héctor Sibila, ex jefe de seguridad. La dictadura fue cívico militar. La sentencia es de 10 años para uno y de 12 al otro. 

Nunca más.

Tesis del compañerismo

No hay días más crueles que los de alguien que se queda afuera. El plantel de todos los días era de diecisiete. A Itauguá, en el Gran Asunción, podían viajar catorce. Por reglamento, la Copa Libertadores de futsal admitía esa cantidad. La organización bajaba guita para bancar eso. Los tres juveniles de San Lorenzo la mirarían, con suerte, por televisión. Los referentes se reunieron, decidieron agotar sus monedas y convocaron a sus compañeros. Hay actos morales que se convierten en mochilas hermosas. Damián Stazzone tenía 19 años y era uno de esos pibes. Desde ese día y para siempre, lleva una tesis sobre el compañerismo y la pertenencia.

A Oscar le preocupaba que lastimara a alguien. “No es común que un niño de cinco años vaya y se tire a los pies”, recuerda, mientras acomoda el placard de sus nervios, tras festejar la victoria en la semifinal contra Brasil. Nadie se acostumbra a que su hijo dispute dos finales de un Mundial. Damián había comenzado como arquero en el baby fútbol. Le sorprendía que careciera de inocencia. “Vos sos un kamikaze”, intentaba calmarlo. Tardó más de una década en comprender que esa personalidad era una piedra fundamental de uno de los mejores defensores del mundo.

Hay una instancia decisiva en el futsal. Suele darse cuando los segundos sangran. Quien está perdiendo saca a su portero y le manda una pechera a un futbolista de campo. Eso se denomina arquero jugador. Es una estrategia desesperada para tener superioridad numérica desde la ofensiva. Perdido por perdido. La principal virtud de Stazzone es defender en inferioridad. Dicho en léxico guapo: se la banca contra dos. 

Es 22 de mayo de 2021. El reloj funciona como en el básquet: no cuenta, descuenta. Quedan 0,5 segundos. Va 4-3. Delante está Carlos Barbosa, el equipo del municipio homónimo de Río Grande do Sul. El más campeón de la Libertadores de futsal. Seis copas en sus vitrinas. San Lorenzo está frente a una oportunidad histórica. No sólo conquistar un inédito título internacional para la institución sino el primero para Argentina. “En esos momentos, no me pasa mucho por la cabeza. Este es un deporte de detalles. Si sos defensor del arquero jugador, como a mí me toca, un paso más adelante o uno más atrás determina si es gol. Yo no puedo relajarme. Tengo facilidad para esa concentración”, explica, luego, en un podcast con el periodista Ignacio Cruz. En la gloria. 

Los Stazzone siempre fueron de San Lorenzo. Nació en Flores, un barrio donde los Cuervos flotan en proporciones similares a Boedo. Como el Papa. A los trece años, arribó al club de la mano de Fernando Berón, hoy coordinador de inferiores de Independiente. A los ocho años, en el 95, formó parte de la caravana que migró a Rosario para vencer a Central con el agónico grito del Gallego González. Socio refundador y activista de la vuelta a Tierra Santa. En 2014, lloró desconsoladamente cuando Néstor Ortigoza acertó el penal con el que culminó el maleficio de toda una vida sin Libertadores. No imaginó que esa suerte le caería en 2021, en Uruguay, apropiándose del mismo título, pero en otro deporte.

Su hermano, Sebastián, fue profesional en cancha grande. Llegó a vestir la casaca de Atlanta. A los 18 años, una fractura lo hirió. Nunca terminó de recuperarse. Damián estuvo al borde de desviarse hacia el fútbol once. En 2001, los coordinadores de inferiores del Ciclón lo probaron y lo aprobaron. El 16 de diciembre, la situación económica del club era tan mala como la del país. A pesar de la conquista del Clausura, de la mano de Manuel Pellegrini, la dirigencia estaba muy cuestionada. Fernando Miele fue vapuleado en las urnas contra el empresario Alberto Guil, propietario del extinto supermercado Norte. La transformación política modificó las piezas del ajedrez futbolístico. “Fue una frustración muy grande para él”, admite Oscar. Calma. Damián no se iría a ningún lado. Menos mal.

El tamaño de la cancha modifica el escenario económico. No es esa la razón de su constitución. Días posteriores a obtener la Libertadores, Damián pudo rendir el último final que le quedaba en la Universidad de Quilmes para recibirse en la carrera de Comunicación Social. Había emprendido la misma asignatura en la UBA. "La facultad es una experiencia de vida, se comparte, ves otras actividades, aprendés cómo trabajan los docentes y también cómo se esfuerzan para que tengamos una educación de primer nivel", analiza. Su pretensión no era periodística. Entender los lazos que se pueden tejer desde un mensaje mejoran cualquier profesión. Más si se es líder. O referente: que es un escalón más alto. 

El árbitro pitó el final. San Lorenzo era campeón. Corrió a los brazos de Marcelo Salusky, preparador físico y amigo. Hay mucho platicado sobre qué hacer con las medallas si se es segundo. Dejárselas colgadas es admitir que ser subcampeones es un logro. Acá hay una teoría al revés. Digitada para los primeros. “Él me enseñó que hay que sacárselas lo antes posible. Que queden para mirarlas en el retiro”, relata Damián. Que el día en que abandone el profesionalismo demorará un buen rato en contar todos los laureles que colecciona: un Clausura, un Apertura, una Copa Argentina, un Torneo AFA, una Superfinal AFA, una Liga Nacional, una Libertadores, una Copa América y un Mundial. Hasta mañana, que irá por una nueva Copa del Mundo frente a Portugal. 

Fue el año mágico de Diego Maradona. El futsal en Argentina arrancó oficialmente en 1986. Data de antes. La mezcla de amor por la pelota con la urbanización hizo que se convirtiera en uno de los países donde más se practica. Buenos Aires no es la cuna. Ya definió Jorge Valdano que ser rosarino es una manera exagerada de ser argentino. Central se quedó con la liga del 86. Newell’s, la del 87. Vicente de Luise fue el primero al mando de la Selección. No alcanzaba para crecer del todo con la ciudad de Santa Fe. Hacía falta construir una base en Buenos Aires. Fernando Larrañaga asumió ese rol. Acompañó a De Luise en federalizar el deporte. El refuerzo en la conducción sería una de las columnas vertebrales de esta historia. Hasta 2014, fue el entrenador de Argentina. 

Otra bisagra. Hasta 1997, se permitía solo la participación de clubes afiliados a AFA. Jamás tuvo sentido compararlo con la estructura de once. El quiebre le abrió las puertas a los clubes de barrio. Que, por el tamaño de sus instituciones, edificaban cracks para este juego. Ingresaron clubes como Pinocho. Acumulador de diecisiete títulos entre 2005 y 2015. La vinculación con lo social se ejemplifica con Leandro Cuzzolino, emblema de la Selección Argentina que busca el título. Su papá es el presidente de Caballito Juniors. Que ahora refacciona su infraestructura con un aporte de la Secretaría de Deportes de Nación.

La mutación no sólo se modeló desde lo positivo. La primera vez en que Argentina había vencido a Brasil fue en 2003. En Malasia. El problema fue en 2012. Las casualidades exhibieron un clásico sudaca en la pantalla de ESPN. El resultado fue desastroso: 10 a 0. Dice el refrán que no hay mal que por bien no venga y, a esta altura, entre tanto quilombo, es complejo creerle. Algo pasó. Como un espanto que obligó a un cambio. Empujado por el fallecimiento de Julio Grondona, históricamente alejado del interés por esta disciplina. En Bangkok, el 14 de noviembre de ese año, Argentina cayó 3 a 2 frente a los brasileños por los cuartos de final de la Copa del Mundo. Shock. Tras una vida, Larrañaga dejó su cargo. Arrancó una nueva era.

El pasado nunca es un punto fijo. El futuro llegó hace rato. En 1998, Argentina le gana un partido sin medalla a Italia. En Río de Janeiro. La victoria, con juveniles que recién empezaban, impactó al entrenador tano. En la valija, se cargó de informes. Dio inicio la exportación de futbolistas. Por lo tanto, la profesionalización. “Es muy distinto entrenarse de noche después de laburar que dedicarte a esto”, explicó Stazzone. En nuestras madres patrias, los talentos pasaron a ser asalariados. Gimnasio, comida, concentración. Un salto para la Selección. Personificado en un jugador: Diego Giustozzi.

Desarrollado en Argentina y con las condiciones técnicas nacionales, Larrañaga exponía un estilo que algunos especialistas rotulan conservador. Tácticas defensivas y una evolución lógica acorde al aislamiento del futsal del mundo. Giustozzi brilló en Europa, aprendió allá y cambió el diccionario. En 2016, en una entrevista en la redacción de Clarín, pensó en voz alta: “Ser campeones del mundo es una posibilidad”. Quienes lo escuchaban se quedaron con la boca abierta. En las siete ediciones anteriores, los triunfadores habían sido España y Brasil. Futurismo. 5-4. Frente a Rusia. En Colombia. Campeones. La gloria y el cielo.

Hay gente en la vereda de los locales de electrodomésticos. Es la semifinal del Mundial de futsal, contra Brasil, en Lituania. No están ni Ángel Di María ni Facundo Conte. La sensación de triunfar frente a Jair Bolsonaro es causa nacional. Lionel Messi se transforma desde París en el influencer del evento. Presagió Marcelo Bielsa que hay que querer a la Selección para que gane. Los rivales están con arquero jugador. Queda nada. Argentinos, la patria o la tumba. Juremos con gloria morir. Stazzone está inmutable. Concentrado en la teoría del paso más o menos. La victoria late. Por primera vez, nuestra camiseta intentará en un deporte colectivo el bicampeonato del mundo.

“Ya decía Galeano que igual ojo con los que sólo razonan y no sienten”, cita el defensor de la Selección. De la emoción se brota al pensamiento. Giustozzi dejó el cargo en 2018 para emigrar a Europa a dirigir. Al mando, quedó su alterno. Matías Lucuix sintió que algo no andaba bien en el tercer partido de la fase de grupos del Mundial 2012 en Tailandia. Se fracturó la tibia y el peroné. No pudo recuperarse. O sí. de otra manera. Puso su conocimiento de táctica al servicio de la causa. Heredó el rol de conductor. Ahora, contra Portugal, tiene la pelota picando para reafirmar una revancha que obtuvo hace tiempo. 

No es Stazzone el único que quedará grabado en la lista de glorias del pabellón del deporte argentino. Generación Dorada podría denominarse a este equipo. La utopía es que continúe caminando. El defensor pone una pausa. Hay otra hermosa frase de Galeano que narra: “Tan real es la realidad que se conoce como la que se necesita”. El pedido para seguir creciendo es grande. Le genera bronca que el futsal no se explote a nivel nacional. Profundiza: “No es que yo soy mejor jugador que uno del interior. La diferencia es que tengo el privilegio de entrenarme, de alimentarme bien, de tener un cuerpo técnico que vive de esto. Es una diferencia de posibilidad, no de talento". 

Eso es ganar.

Pizza post cancha

  • Salió una obra coleccionable. Historia de la Confederación Argentina de Deportes. Lo hicieron Rodrigo Daskal, Daniel Sazbón y César R. Torres. No se lo pierdan.
  • Hay otro lanzamiento que pica en punta. Superdios, la construcción de Maradona como un santo laico. Lo escribe Gabriela Saidon. Edita Capital Intelectual.
  • El 2 de octubre de 1994, en la cancha de Vélez, se dio el primer gol de tiro libre de un arquero en el fútbol argentino. Casi no hay que decir quién fue, pero para quien anda papando moscas acá les dejo el golazo de José Luis Chilavert a Deportivo Español.

Esto fue todo.

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Abrazo grande.

Zequi

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Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.
@zequischer

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