Su propia vida

Las puertas del jardín de infantes como las primeras que muestran la inalcanzable ajenidad que puede llegar a tener la persona a la que se ama.

Las paradas de colectivo, los andenes de las estaciones de subte o de tren, las puertas de salida del sector de arribos de los aeropuertos, las cintas de entrega de equipaje en esos mismos aeropuertos, las filas en los cajeros de banco, los pasos a nivel con sus barreras y sus chicharras, la inminencia de apertura de los accesos de un teatro o una cancha de fútbol: las escenas de la espera se multiplican por doquier, cada una con su reparto específico de paciencia o de ansiedad. Son escenas de estirar el cuello, de mirar repetidamente el reloj; son las escenas del tamborileo o el resoplido, las de bruxar o hacer repiquetear un pie en el piso.

El espectáculo de la espera se ofrece entonces acá y allá, aunque no busque ser contemplada por nadie, como parte del transcurrir de la vida. Ninguna se parece, sin embargo, ninguna se compara, con las que ocurren al promediar cada tarde en las veredas de los jardines de infantes. Es difícil que no lo advierta quien ande y pase circunstancialmente por ahí, abriéndose paso con discreción, pidiendo permiso sin ser notado. La expectación que se respira en ese lugar es única y sin parangón, no hay miradas como las que ahí se fijan sobre las puertas todavía cerradas. Los colores animados de esos frentes y la ternura de los nombres que se eligieron para los jardines de infantes no alcanzan a suavizar la tensión de las esperas, puede que incluso la azucen. La propia palabra jardín, que es amable, podría servir de aliciente, pero no parece que lo sea.

Del “período de adaptación” que se implementa cuando los chicos entran al jardín de infantes se ha dicho lo que involucra o implica, ya en su propia denominación. También se ha dicho, porque es notorio, que el foco de atención puesto en el proceso de adaptación de los niños contribuye a disimular los dilemas nada simples del proceso de adaptación de los padres. El de los niños tiende a durar, en promedio, entre una y dos semanas; el de los adultos, muy a menudo, bastante más, y acaso toda la vida.

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Es eso lo que en cierto modo revela el tipo especial de ansiedad que impera en las veredas de los jardines de infantes a la hora de la salida. Las puertas cerradas pero a punto de abrirse, las puertas que por fin se abren, el suave desequilibrio entre la inclinación al desorden que es propia de la infancia y la vocación de poner orden que es propia del magisterio: ¿cómo entender lo que todo esto genera en ese grupo mal aquietado de los que esperan largamente en la vereda, encargados de la misión de rutina del haber venido a buscar? Ese burbujeo sinuoso que los alborota a medida que los chicos salen, ¿se debe al afán de verlos apenas asoman o se debe, mucho más que eso, al afán de ser vistos por ellos, de ser vistos y reconocidos al instante, para poder medir, en ese instante precisamente, qué clase de reacción se produce, qué es lo que les pasa a los chicos en el momento exacto en que los ven?

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Vienen de otro mundo, vienen de su mundo, un mundo hecho de juegos, canciones, amistades, recelos, gustos y disgustos. Es su mundo, en efecto, el primero de que disponen como suyo, el primero de los muchos que tendrán a lo largo de sus vidas y de los que en principio sus padres habrán de conocer una parte, sólo una parte, a veces poco, a veces nada. Ese mundo propio, ese mundo aparte, esa vida que es suya y solamente suya, es algo que aparece por primera vez cuando empiezan el jardín de infantes. Se nace con tal desvalimiento, sin poder siquiera pararse y andar ni tampoco procurarse alimentos, que las vidas están al comienzo enteramente en manos de quienes velan y suministran; de manera que los que velan y suministran abarcan esas vidas por completo. Nada falta, nada se escapa, nada se escurre o se ignora, todo está ahí, al alcance, a la vista, y se puede reponer fácilmente en el caso eventual de que falte. La vida propia, la vida aparte, empieza en efecto con el jardín de infantes. La primera vez que los niños salen y cuentan poco o cuentan mal, o directamente no cuentan nada, de lo que hicieron en el jardín durante el día, de lo que pasó, de lo que vivieron, estrenan, aunque no lo declaren, ese género del “asunto mío” que exasperarán durante la adolescencia y ejercerán ya para siempre.

No es fácil, para los adultos, adaptarse así como así a esa nueva circunstancia. La vida del otro es la vida del otro. Y esos niños, aunque sean parte de uno, son otros. No: un buen día no nos dirán a qué jugaron, ni cuál es ahora su mejor amigo, ni si aprendieron una nueva canción, ni si se aburrieron o se divirtieron. A los chicos según puede verse les gusta, ya en la vereda, a la salida del jardín, despedirse de los otros chicos de los que empero acaban de despedirse adentro: tal vez lo hagan para que los adultos constaten que ya tienen sus propios asuntos, sus propias relaciones, una vida que transcurre sin ellos.

Lo que se pone en juego en las veredas de los jardines de infantes remite a su vez a una cuestión más amplia, ya en otra escala, con otros vínculos, bajo otras ansiedades; porque no siempre resulta sencillo, ya entre grandes, en los amores de los adultos, asumir que esa persona a la que se ama pueda tener una vida muy suya, suya y solamente suya, vida aparte, desconocida, que existe enteramente sin uno, y que no habrá de compartir ni contar (o que no va a compartir ni aunque cuente). No siempre resulta sencillo asumir (no digo entender, no digo aceptar: digo asumir), para el que ama, la inalcanzable ajenidad que puede llegar a tener la persona a la que ama (la que puede llegar a tener y hasta la que puede, en el pasado, haber tenido). Una película de Federico León, Todo juntos, y una novela de Julian Barnes, Antes de conocernos, abordan este asunto tan delicado. Un asunto que, entre adultos, ocurre en general bajo formas más intrincadas, menos lineales, sin el rito de un horario prefijado, sin veredas compartidas en la espera, sin las puertas que tarde o temprano se sabe que van a abrirse.

Nació en Buenos Aires en enero de 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y Narrativa Argentina en la Universidad Nacional de las Artes. Su último ensayo publicado es ¿Hola? Un requiem para el teléfono. Su última novela publicada es Confesión. Su último libro de cuentos publicado es Desvelos de verano.