¿Sólo Trump puede ir a China?
Una potencia en declive y una en ascenso se juntan, ¿qué pasa si ninguna se reconoce en su rol, si no hay grandes acuerdos ni anuncios?
Richard Nixon era un anticomunista furibundo. Un republicano de la Guerra Fría, un halcón que denunciaba cualquier flaqueza. En 1972, Richard Nixon visitó Beijing, donde fue recibido por Mao Tse-Tung, líder histórico y fundador de la China comunista. Nixon inauguró una nueva etapa en la relación entre Estados Unidos y la República Popular China, que tomó ventaja de la ruptura sino-soviética para modificar definitivamente los términos de la Guerra Fría de forma desfavorable a los intereses soviéticos.
Medio siglo después, Donald Trump viajó a China cargando con una impronta personal que en algún sentido es similar. Este viaje de Trump es el primero de un presidente estadounidense en nueve años. El anterior fue él mismo, al comienzo de su primer mandato. Trump puede hacerlo porque es el autor material del cambio más agresivo del diagnóstico y la acción estadounidense sobre China. La desindustrialización, la cuestión de las patentes, la posición de China en el Indo-Pacífico y una percepción cada vez más extendida sobre la necesidad de reducir la dependencia económica estaban dando lugar a un consenso entre las élites estadounidenses.
Pero Trump fue quien, en campaña, asumió una agresividad hacia China. Su rol como antagonista no figuraba en el manual de ningún candidato. Ya en su primer mandato ejecutó ese diagnóstico en aranceles, sanciones tecnológicas y una retórica confrontativa y nacionalista. Todo ello derivó en niveles de intervención sobre las decisiones de inversión empresarial muy poco intuitivos para un país como Estados Unidos, epicentro del capitalismo global, y continuó, al menos en sus trazos gruesos, durante el interregno de Joseph Biden.
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En este contexto, esta visita de Trump a Beijing escenifica una modificación que no aparecía en los papeles pero que, en parte venía insinuando desde el comienzo de su segundo mandato. Un cambio de foco que se refleja, en materia de seguridad, en el énfasis que las estrategias nacionales de seguridad y defensa ponen en el continente americano, en desmedro de Asia y el Indo-Pacífico y, en lo económico, en una política arancelaria en la cual el protagonismo de China, casi excluyente en su primer mandato, quedó a la par, y a veces en mejores condiciones, que las de países aliados o cercanos a los Estados Unidos, desde Europa Occidental hasta India. La racionalidad es que, desde la dureza construida, se puede gestionar de manera constructiva un vínculo con dosis equivalentes de interdependencia y confrontación estructurales. Una apuesta por la política y su propio liderazgo presidencial.
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateEn los términos de Xi Jinping
Si las expectativas estadounidenses pasaban por eventuales anuncios de acuerdos y avances en un contexto internacional complejo, Beijing utilizó el viaje para demostrar su fortaleza y asertividad. El tratamiento dispensado por Xi Jinping fue el de un encuentro entre grandes potencias, en el que China, sin embargo, tiene las condiciones más favorables. Xi Jinping abrió la reunión advirtiendo sobre Taiwán con enorme virulencia. Si bien Trump dijo de regreso a Estados Unidos que no había asumido compromisos “en ningún sentido”, Xi Jinping dijo que el modo en que los Estados Unidos manejen la relación con Taiwán podría determinar si la relación con los Estados Unidos enfrentará grandes tensiones o incluso conflictos abiertos.
La advertencia se dio en un contexto en el que el Congreso estadounidense aprobó la venta de armas a Taiwán por varios miles de millones de dólares que Trump debe autorizar. “Lo último que necesitamos ahora es una guerra a 9.500 millas de distancia”, dijo Trump, que instó a Taiwán a no declarar la independencia, dichos que seguramente agradaron a Beijing.
Xi mencionó también la necesidad de evitar la “trampa de Tucídides”, la fórmula popularizada por el académico Graham Allison a partir de la obra del historiador griego para describir el riesgo de guerra cuando una potencia relativamente ascendente desafía a una potencia relativamente declinante. La incomodidad no surge sólo de la mención explícita de ese destino, aunque sea por la necesidad de evitarlo, sino por quién queda ubicado en cada lugar en la formulación. Estados Unidos, en cualquier lectura, es la potencia relativamente declinante, algo que no escapó al propio Trump.
Resulta imposible ignorar una cierta condescendencia frente a un Estados Unidos absorbido por sus urgencias propias. Si en 2017, China parecía vulnerable a la presión comercial estadounidense, el panorama hoy es diferente. La economía china depende menos de su relación directa con el mercado estadounidense, reconfiguró de manera forzada sus cadenas de suministro y la capacidad de Estados Unidos de dañar a China sin dañarse a sí mismo sigue siendo limitada.
Las armas de China, antes de disparar un tiro
Los aranceles estadounidenses durante el primer gobierno de Trump, sin romper ni mucho menos el comercio bilateral, obligaron a China a diversificar mercados. Profundizó su presencia en el Sudeste Asiático, América Latina, África y Europa, y reorganizó parte de sus cadenas productivas a través de terceros países. Buena parte de lo que llega a Estados Unidos desde México, Vietnam o el resto de Asia contienen gran parte de componentes, insumos, y maquinaria chinos.
Los números ayudan a medir el cambio. En 2025, China cerró con un superávit comercial récord, cercano a 1,2 billones de dólares, el mayor de su historia reciente, en términos absolutos pese al shock arancelario de Trump. Las exportaciones a Estados Unidos cayeron, pero las ventas a otros mercados más que compensaron el golpe: las exportaciones chinas a África, ASEAN y la Unión Europea crecieron. Un fenómeno que se repite desde el final de la pandemia.
En esa adaptación se explican los cambios en los equilibrios relativos desde 2017. La economía estadounidense es vulnerable a modificaciones en los precios de bienes de consumo baratos, insumos industriales, minerales críticos y cadenas de suministro en las que China es dominante, en un contexto en que las presiones inflacionarias y sobre el costo de vida son centrales en la agenda de la política y de las preocupaciones ciudadanas.
De acuerdo a una investigación del Rhodium Group para la Cámara de Comercio estadounidense, desde 2023, China intensificó el uso de controles de exportación como respuesta directa a restricciones estadounidenses o de sus aliados. Desde un primer uso contra Japón, hace más de una década, las tierras raras, un subconjunto de minerales críticos, se convirtieron en la herramienta privilegiada de China para apalancar su fortaleza frente a disputas comerciales. Sin embargo, China no domina las cadenas sólo en ese conjunto de bienes. De acuerdo al mismo informe, China controla más del 50% de las exportaciones en 315 de 2000 industrias críticas relevantes.
Una potencia preparada para la turbulencia
Hay otro elemento relevante en la construcción de resiliencia China. Además de su potencia manufacturera, donde duplica a los Estados Unidos, China dirigió parte del subconsumo de su población a la acumulación de reservas energéticas y alimentarias. Hoy, China tiene una reserva petrolera para crisis como las actuales, superior a la suma de los países agrupados en la Agencia Internacional de Energía. También tiene acumulaciones sumamente significativas ante cualquier disrupción en el suministro de granos, fundamentales para alimentar a su población y sus animales de granja.
Esta estrategia de acumulación, a su vez acompaña a otra, que está plasmada en documentos escritos desde el Plan Made in China 2025, publicado en 2015, que ponen como objetivo no sólo el predominio exportador, sino la búsqueda de autosuficiencia y la no dependencia de otros países en sus propias cadenas de suministros. En esas condiciones, China no tiene una estrategia para subir en la escalera de la complejidad tecnológica y abandonar sectores de menor valor. Aprovechando su escala, aspira a avanzar sin abandonar ningún sector. Una suerte de “política industrial para todo”, en los términos de Greg Ip en un recomendable artículo del Wall Street Journal.
La estrategia de autosuficiencia es especialmente clara y relevante en energía, donde China es, por lejos, el responsable de las mayores emisiones de gases de efecto invernadero y, también, el líder global en tecnologías verdes. Sean vehículos eléctricos, baterías, generación solar o eólica, el liderazgo de China es significativo. La crisis de Ormuz sólo aceleró estas tendencias.
La fragilidad del gigante
Es tentadora, en este marco, una imagen de China como una suerte de actor invencible, que planificó cualquier escenario y tiene respuestas para cualquiera de los potenciales problemas de un mundo turbulento daría lugar a diagnósticos engañosos. China no depende del mundo para producir como el mundo depende de ella, pero sí depende de él para gestionar sus problemas internos de crecimiento.
Como señala desde hace años el economista Michael Pettis, basado en Beijing, China es uno de los países que abrazan desde el estado un esquema distributivo en el que los recursos se encuentran sesgados hacia los inversores en desmedro de los hogares. La proporción del consumo en el PIB es la más baja del mundo, y la de la inversión, la más alta, con diferencia. Incluso para otros países con alta inversión y potencia manufacturera, los números chinos son impactantes. Cuando la producción supera lo que la economía doméstica puede absorber, el excedente debe salir al mundo.
Además del mérito evidente de los productores chinos, y de las ventajas obvias de la escala, parte de la ventaja de China deriva del apoyo estatal para sostener un ecosistema empresario de enorme volumen, con una competencia brutal y bajísimas tasas de ganancias, que, sumadas a los menores costos, vuelven casi imposible competir en ningún sector en el que China se encuentre en paridad tecnológica. Es en este punto en el que el enfoque del primer Trump puede ser, de algún modo, y con toda la carga de excesos y sinsentidos económicos que trajo adosado, anticipatorio.
El cierre de los Estados Unidos obligó a China a recalibrar sus relaciones comerciales. ¿Cuánto tiempo y cuánto volumen de las exportaciones chinas pueden absorber los demás países sin tomar, ellos mismos, medidas proteccionistas? ¿Cuánto pueden hacerlo sin la contrapartida de un incremento de las exportaciones hacia el gran país asiático? Las respuestas a esas preguntas tienen un efecto cascada, de EE. UU. a Europa, y de Europa a América Latina, donde el proteccionismo de cada una incentiva al proteccionismo de la siguiente y obliga a China a buscar mercados de forma aún más agresiva. La potencia China es un desafío sistémico de mediano plazo. Un escenario que debería ser favorable para los Estados Unidos, si no hubieran resentido sistemáticamente su marco de alianzas.
Acuerdos que mienten un poco
En este marco estructural, el diálogo entre las dos grandes potencias abre la oportunidad de administrar las grandes crisis globales en un escenario de creciente turbulencia. Muchos analistas observaban la intención estadounidense de que China use su influencia sobre Irán para acercar un acuerdo que ponga fin a la guerra.
Con un tinte menos coyuntural, se destacan cuestiones como la necesidad de trabajar en un marco de control y limitaciones en el desarrollo de la inteligencia artificial para enfrentar amenazas existenciales, similar a los que rigieron los programas de desarrollo nuclear bélico estadounidense y soviético. O incluso formas de enfrentar la amenaza climática, algo descartado desde el vamos por el negacionismo trumpista o el combate a posibles pandemias, otra área improbable en la que a la opacidad china se ha sumado un gobierno estadounidense en el que la política de salud la conduce el equivalente sanitario a un terraplanista. Por otro lado resulta importante la existencia de acuerdos para suavizar la competencia sistémica.
Los resultados son muchísimo menos ambiciosos que las potencialidades, y casi nada en ese sentido fue anunciado. Con una negociación encabezada por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y no por el secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, Marco Rubio, pareció claro desde el principio que el objetivo de los Estados Unidos en este encuentro giraba, antes que nada, sobre la relación de comercio e inversiones. Una impresión que se acentuó con la presencia de los principales líderes de los sectores tecnológico y financiero estadounidenses.
La presencia del sector financiero tenía un sentido evidente. La adquisición de activos estadounidenses desde el exterior es la contrapartida del déficit comercial norteamericano, el mayor del mundo en términos absolutos, y China, como contrapartida de su superávit externo, adquiere activos en el extranjero.
La facción tech de la delegación, en cambio, dice algo distinto. De las tensiones y restricciones de inversión durante el primer mandato hasta la actualidad, Trump modificó su enfoque de la mano de su alianza con los grandes capitales tecnológicos que lo combatieron en 2016 y lo apoyaron en 2024. El mercado chino es un centro de producción importante para Apple y Tesla, que debieron reducir su exposición por medidas de restricción de acceso al mercado estadounidense. Nvidia, responsable de la producción de los semiconductores más sofisticaos que se utilizan para inteligencia artificial, fue objeto de una prohibición de exportación de sus chips de última gama hacia China, que es el principal mercado importador de los semiconductores avanzados del mundo, y un raro caso donde todavía no alcanza con producción propia la frontera tecnológica.
Después del encuentro, Trump habría flexibilizado la prohibición que pesaba sobre NVIDIA para la exportación de todos sus productos, con excepción de la tecnología más avanzada del mercado, pero incluyendo todos los demás generaciones. Una decisión que podría dar ganancias a los norteamericanos en el comercio bilateral, a costa quizás de la ventaja estratégica que tiene EE. UU. en IA, en parte, como consecuencia de esos controles. De ser así, NVIDIA podrá vender sus muy sofisticados chips H200 a grandes firmas tecnológicas chinas como Alibaba, Tencent, ByteDance y JDcom e, indirectamente, alimentar a China frente a EE. UU. en la competencia en el sector que aparece destinado a moldear el futuro.
Muchísimo a cambio de unos pocos miles de millones de dólares en compras de productos, salvo, claro, que seas el CEO de la firma que vende los semiconductores. Lo más significativo de una reunión en la que los demás anuncios involucran cuestiones burocráticas y una compra incierta de 200 aviones de Boeing, un anuncio modesto, en un sector donde, además, China todavía no es competitivo, por lo que la compra posiblemente, podía hacerse sin la política.
Trump en el peor lugar
Es difícil hacer un balance sobre un encuentro donde los acuerdos escasearon y pesaron las puestas en escena. Pero como visitante, e inmerso en cuestionamientos internos y externos por su errática política militar y la complejísima decisión de atacar militarmente a Irán, es el norteamericano el que necesitaba mostrar resultados. Con tono cordial, aunque firme, Xi aprovechó el cónclave para mostrar cuánto se habían transformado las asimetrías en la relación entre las dos grandes potencias. Con todo, tampoco se llevó demasiado en términos de acuerdos, aunque parece haber logrado alinear a Trump en su discurso sobre Taiwán.
Para Trump, viajar a China es transitar sobre uno de sus ejes discursivos y políticos de más de una década. Puede hacerlo a partir de su propia dureza pasada, pero el riesgo es que termine, aquí también, de perder el aura. Es tolerable suavizarse para obtener resultados transformadores.
El anticomunista Nixon fue a China a dar un golpe duradero a la Unión Soviética, e inauguró una relación a la que abonaron luego décadas de gobiernos estadounidenses. Si donde debería haber una confluencia en la gestión de los grandes problemas globales, y donde la desescalada retórica debía producir resultados inmediatos para los consumidores estadounidenses hay, en cambio, indefiniciones y anuncios sectoriales parciales y limitados a unos pocos miles de millones de dólares, la proyección es de debilidad allí donde debía haber fortaleza, una certeza para el mundo, y para los estadounidenses, de que el rey está en declive.
Qué más estoy leyendo:
- La base republicana sigue leal al expresidente. Los candidatos preferidos de Trump siguen imponiéndose en las internas republicanas. Hace dos semanas, fueron desbancados casi todos los legisladores estaduales republicanos de Indiana que votaron en contra de cambiar los distritos del estado para favorecer al oficialismo en la elección de noviembre, y el martes, perdió su interna Bill Cassidy, un senador republicano de Louisiana, con más de una década en el cargo, que votó en 2021 por condenar a Trump por el intento de golpe de estado del 6 de enero de ese año, y que había cuestionado las políticas antivacunas de Robert Kennedy. Esta semana será el turno de Thomas Massie, un republicano libertario que desafió la línea gubernamental sobre Israel. ¿Será Massie la primera figura de alto perfil en sobrevivir a un desafío del presidente?
- Elecciones locales en India: los candidatos de Narendra Modi se impusieron en la elección de Bengala Occidental, un estado donde la izquierda era históricamente fuerte y donde el oficialismo nunca había hecho pie. El triunfo es testimonio de la cada vez mayor consolidación del poder territorial del BJP de Modi sobre una oposición dividida y carente de liderazgos nacionales, que pierde también sus bastiones territoriales.