Soledad Villamil: la biblioteca como espacio familiar

La pasión por la lectura de ficción de la actriz y cantante argentina pasó de su madre a ella, y ella lo comparte con su hija.

El otoño ya está entre nosotras y se nota: en las calles de Florida las hojas hacen colchones apenas mullidos en algunas veredas y los árboles van virando lentamente a los tonos ocre. Es una tarde soleada y no tan calurosa, y Soledad Villamil nos abre la puerta de su casa y nos da la bienvenida. Llegamos para conocer la biblioteca de esta actriz y cantante argentina de extensa trayectoria, que es a la vez refinada y popular, y que tiene la destreza de conmover al gran público y también ponerle el cuerpo a proyectos más pequeños y arriesgados. Vive en esta casa hace varios años, con su marido Federico y sus dos hijas jóvenes. Los estantes con libros ocupan toda una pared de un amplio living comedor, y comparten espacio con un equipo de música y adornos de distinto tipo (desde alebrijes mexicanos a mamushkas pasando por una maqueta de arquitectura). Tomamos mate con coco –una costumbre que se viene extendiendo, parece– y nos disponemos a conversar alrededor de una mesa ratona. Al rato llegará Violeta, su hija mayor, también convocada por el tema porque es egresada de Letras. Se sumará de forma natural a esta charla desde otro sillón, completando recuerdos familiares e incluso acercando libros guardados en otras partes de la casa. 

–Antes que nada, quería preguntarte por los comienzos de tu formación lectora y por las primeras bibliotecas de las que sacaste libros. ¿Cómo fue que te acercaste a ellos?

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Vengo de una familia muy lectora, sobre todo del lado materno, o sea que los libros estaban siempre a disposición. La primera novela que leí era de la colección Robin Hood y se llamaba Una niña anticuada, de Louisa May Alcott, y llamativamente llegué a ella antes que a Mujercitas. Me gustaban mucho las tapas, las contratapas, los dibujos. Ese libro fue el primero con el que sentí que empezaba y terminaba una historia. Y era bastante chica, tendría 7 u 8 años… Antes de eso mi vieja me leía cosas de María Elena Walsh, por ejemplo de Dailan Kifki me acuerdo mucho. En mi casa no había televisor por una cuestión ideológica de mis viejos, entonces el entretenimiento era jugar, claro, pero la lectura ayudaba a no caer en el aburrimiento. Era la manera natural de ocupar el tiempo. Eso sí, cuando llegaba a lo de mis abuelos, me sentaba delante de la tele durante todas las horas que podía.

Me enganchaba mucho con las historietas: Tintin, Asterix, Mafalda, por supuesto. Me sentía muy identificada con los personajes de Mafalda, con ese grupo de amigos que iba a la primaria, con el personaje de Libertad. Y me gustaban otras cosas de Quino como ese que se llama ¡A mí no me grite! El otro día volví a mirar esos libros con mis hijas y siguen siendo recontra actuales. Te da incluso un poco de impresión lo actuales que son. Pero en algunas cosas están muy desactualizados también, sobre todo en las cuestiones de género. Pero bueno, es una marca de la época.

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–¿Cuáles fueron los libros que revelaron tus propios intereses?

Si bien siempre había muchas recomendaciones del lado familiar, empezaron a aparecer los libros que me regalaban mis amigos. Me acuerdo de una compañera de colegio en la secundaria que en segundo o tercer año me regaló La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa. Hasta hace poco tenía esa edición ya muy gastada, de hecho mi hija Violeta lo leyó de ahí. Cuando lo agarré por primera vez quedé muy impresionada. Es un escritor extraordinario a pesar de todo. Lo releí durante la pandemia. Y también Cien años años de soledad me impresionó mucho en la adolescencia. Lo leí en unas vacaciones de invierno en Miramar en una casa que tenían mis abuelos. Recuerdo todavía la sensación física de estar leyendo sin parar metida ahí, en ese mundo. Tengo estas dos ediciones casi iguales, una de Fede [Olivera, el marido] y otra mía. Mirá, esta hasta tiene un árbol genealógico adentro que hizo Violeta mientras lo leía.

–Mencionaste dos novelas de autores muy emblemáticos del boom latinoamericano. ¿Leías también literatura extranjera?

Sí, a Salinger, claro. Los Nueve cuentos, El cazador oculto. Mi vieja aparte es fanática de su obra. Ella me decía que me fijara bien: tenía que decir El cazador oculto y no El guardián entre el centeno, porque esa traducción no era tan buena. La familia Glass fue una gran marca de la adolescencia. Y también en esa época leí a Henry Miller, sacado de la biblioteca de la casa de mi vieja. Con él entré en el universo de la literatura erótica: Miller y Anaïs Nin. Me acuerdo inclusive de estar en el colectivo pensando si los demás se darían cuenta de lo que estaba leyendo, de las escenas que se describían ahí, de todas esas pollas [risas]. Después a los veintipico tuve una época de mucho fanatismo con Marguerite Yourcenar. Mi preferido es el de cuentos que se llama Fuegos, pero leí varios de ella. De hecho en un momento quería hacer un monólogo de un cuento narrado por Clitemnestra contando cómo mató a Agamenón. 

–Me parece que vos sos más lectora de narrativa, ¿no? O sea, te gusta más la ficción que el ensayo. 

Sí, me gusta más la ficción que el ensayo y más la novela que el cuento. Igual leo cuentos y me gusta la poesía también. Pero te diría que para mí leer ficción es leer una novela, y cuanto más gorda posible, mejor. Me gusta meterme, y que un libro me acompañe, me entretenga. Leer es un hábito que me parece fascinante. La mía es una relación desde el placer, desde la motivación, cero intelectual. Yo leo y es como que me meto en ese mundo como alguien se puede sentar a ver una película o una serie. Y es algo muy cotidiano también, leo casi todos los días antes de dormir. Soy de leer rápido. Siempre estoy leyendo algún libro. De hecho, me gusta mucho releer. Releí muchas veces La guerra y la paz de Tolstoi. En eso también me parezco un poco a mi vieja, que repite lo que lee. ¿Viste que una se va convirtiendo en su madre? 

–Mi madre lee policiales y a mí por ahora mucho no me atraen…. No sé, quizás más adelante. 

Sí, ya te va a llegar, y de repente te vas a encontrar leyendo policiales y vas a decir: ¡Ay! ¿Qué pasó? ¿Cómo llegué hasta acá? En fin, todo esto es para decir que releo bastante, y releí La guerra y la paz varias veces. Y hay otra novela –que ahora no la tengo acá porque se la presté a una amiga–, que se llama Un buen partido, de un autor indio, Vikram Seth, que es otro de mis libros de cabecera. La podría leer muchas veces, y tiene 1300 páginas. Él es un autor indo-inglés y en este libro hace algo parecido a La guerra y la paz: va contando la vida de varias familias los primeros años de la partición, allá por la década del 50. Se van entremezclando las historias íntimas, los amores, con el clima político. Hay capítulos enteros sobre debates en el Congreso por la reforma agraria, o descripciones muy minuciosas de festivales religiosos. Es espectacular. Y se llama Un buen partido porque hay una madre que busca casar a las hijas. Ya se la presté a varias amigas pero no todas la lograron terminar.

–Contame un poco cómo está ordenada la biblioteca.

Mejor sería decir cómo quiso estar ordenada. En un momento la ordené bastante pero ahora ya devino en cualquier cosa. Ahí arriba hay policiales. Está Mankell y toda la saga de Wallander que me encanta. Y también los de Åsa Larsson, una escritora sueca buenísima a la que muchos confunden con Stieg Larsson, y la colección de El séptimo círculo. En este estante está la poesía, pero ya se mezcló todo con un poco de ensayo. Acá están los rusos, los escritores europeos… de hecho intentamos que estuviera ordenada la narrativa por países. Acá están los franceses, y de este otro lado, los argentinos y latinoamericanos.

–¿Leés literatura contemporánea escrita en español?

Sí, me gustó mucho por ejemplo Poeta chileno de Alejandro Zambra. Lo regalé y a otra gente creo que no le gustó tanto. Leí también a Aurora Venturini, que me interesó mucho. Algunas cosas de María Negroni también. Pero creo que mi autor de cabecera en lo latinoamericano es Manuel Puig. A él lo amo.

–¿Cómo vas pasando de un libro a otro? O mejor dicho: ¿cómo vas llegando a los libros que te gustan? 

Hay un magnetismo medio misterioso en cómo llegan los libros a uno. Y en qué momento, también, ¿no? Porque de repente en un momento llega un libro que hace súper sentido con lo que sea que te esté pasando y es como ¡guau! Una sorpresa inesperada. En mi caso, leo mucho de lo que me recomiendan mis amigas. La misma amiga que me recomendó Un buen partido me presentó después a Jhumpa Lahiri, que es una autora bengalí y yanqui, digamos. Empecé por un libro de cuentos que se llama El intérprete del dolor y después pasé a La hondonada, que también es increíble. Es muy loco lo que hace ella, porque decide pasarse de lengua, ¿no? Ella tiene su lengua madre que es el bengalí, la lengua que se habla en su casa, más íntima. Y también el inglés, que es lo que aprende en la escuela y el que identifica como propio de su formación. Pero a medida que crece y se convierte en escritora, se da cuenta de lo que le pesa el bengalí y también el inglés, así que decide aprender italiano. Y se muda a Italia y cambia de lengua. Es muy fascinante todo eso. Me pasa que a veces termino un libro y sigo enganchada con el autor o la autora, así que investigo un poco más o sigo buscando por asociación. Mi vieja también me recomienda mucho. Y algunos libreros me han acercado cosas buenísimas cuando no encontré lo que iba a buscar. Ahora leo cosas que me pasa Viole, que terminó la carrera de Letras en la UBA.

–¿Comparten con ella los gustos literarios?

Sí, compartimos. Por ejemplo a autoras como Claire Keegan o Lorrie Moore llegué por ella. Y compartimos a Jane Austen también. Bueno, lo de Jane Austen en verdad es una tradición familiar. Cuando éramos chicas, mi vieja nos inoculó a mi hermana y a mí toda su obra y también a nuestras amigas, y es algo que nos sigue reuniendo. Sin ir más lejos, en diciembre nos juntamos a hacer un Tea Party de Jane Austen y se armó un gran debate sobre las versiones y las adaptaciones a películas y series, que hay muchísimas y de distintas épocas. ¿Qué Mr. Darcy es el que le hace más justicia al que cada una se había imaginado leyendo Orgullo y prejuicio? Viole incluso preparó un PowerPoint genial con una trivia y algunas reflexiones. Había por ejemplo que ordenar las novelas por año de aparición, fue muy divertido. En el verano me descargué sus obras completas y las volví a leer en el Kindle. Mi novela preferida de Austen es Persuasión. Me gusta mucho. Y Sensatez y sentimientos me parece espectacular, y la película con Emma Thompson y Kate Winslet también, aunque recorten líneas de la trama. 

–Me da curiosidad saber cómo fue la formación lectora de tus hijas para llegar al momento en el que una de ellas te recomienda a vos. Al principio debe haber habido otro ida y vuelta. 

Creo que si hay gusto por la lectura, eso se transmite casi sin palabras. Porque te ven leer y se dan cuenta de que es algo que disfrutás. Y también les leía muchos cuentos cuando eran chiquitas. Hay algo de lo que implica escuchar un relato, o contar un cuento inventado, que alimenta mucho el placer por escuchar historias. Bastante tiempo después me di cuenta que todo esto tiene mucho que ver con mi trabajo. Lo que más me gusta de mi trabajo como actriz es justamente eso: poner el cuerpo para que se cuente una historia. Vos, Viole, ¿qué te acordás? 

Violeta Olivera: Me acuerdo que me leías mucho en voz alta el libro Ana de las Tejas Verdes. Y en un momento, cuando tenía 10 años, me soltaste. Me dijiste: “Ahora seguí leyendo vos”. Y yo, que leía cosas más cortas, me animé a leer sola toda esa saga. Después me acuerdo de cuando empecé a leer literatura fantástica, Harry Potter y todo eso. Un día me dijiste: “¿No querés parar de leer un poco todo eso? ¿No te gustaría leer otras cosas?”. Y me sirvió para volver al realismo. 

–Violeta terminó haciendo una formación académica alrededor de la literatura. En tu caso, ¿cómo te llevás con los clásicos? Porque veo que en la biblioteca hay cosas de Borges, de Shakespeare, de Lewis Carroll.

No tengo un camino académico en la lectura. Borges me encanta, lo leo porque me gusta volver a un cuento o a un poema, pero no lo tengo estudiado, por decir así. La mía no es una lectura desde ese lugar. Mi recorrido parte de la curiosidad y el gusto. Un autor que me marcó muchísimo y a quien sigo también releyendo por ejemplo es Ítalo Calvino. Soy fan. Y hace no tanto descubrí también a Natalia Ginzburg, que me mata. Empecé por Léxico familiar, y leí Todos nuestros ayeres. Lo que hace ella me parece genial. 

–¿Cómo convive la lectura con tu trabajo como actriz? Pensaba en las adaptaciones de libros al teatro o al cine. ¿Cómo es ese tráfico cuando hay una adaptación de por medio?

Hice Hamlet con Bartís, sin ir más lejos, hace muchos años. Para mí es imposible intentar adaptar algo así. Hay que hacer versiones, reversiones: el recorte que hagas siempre va a ser más interesante, y va a estar más vinculado a la época en la que se lo está viendo, porque la obra de Shakespeare es enorme. Me acuerdo, obviamente, de leer el original y de meterme en textos teóricos y de análisis. Ahora, por ejemplo, voy a hacer una película basada en un libro, y bueno, está el guión, obviamente, pero estoy leyendo el libro y mucha más documentación. Me interesa investigar más allá de las obras en sí, engordar el imaginario, nutrirme. Porque aunque después eso no quede, hay algo que inconscientemente se filtra en el trabajo actoral, queda ahí resonando, operando por detrás. Cuanto más te metés en el mundo de la historia que vas a contar, más riqueza aparece también, ¿no? 

–¿Se recomiendan libros entre actores y actrices? 

A veces sí. Ahora estamos haciendo una obra que se llama Las hijas con Pilar [Gamboa] y Julieta [Díaz] y la temática tiene que ver con la compleja relación de esas tres hermanas con su madre. Y el otro día Pili abre la cartera y nos muestra que estaba leyendo Apegos feroces de Vivian Gornick, un librazo que a mí me pareció espectacular. Y ahí yo dije que había leído El corazón del daño, de María Negroni, y hace poco leí también El verano que mi madre tuvo los ojos verdes. Todos libros sobre madres narrados desde la perspectiva de los hijos o las hijas, escritos por mujeres. A partir de eso se abrió una conversación entre nosotras y pensaba: qué bueno que podamos compartir esto las tres, que somos lectoras. Porque, como decía antes, toda esa información por más que no esté en la obra explícitamente, de alguna manera sí se va filtrando.

–¿Te gusta leer teatro? ¿Te gusta leer textos sobre teatro? 

En mi estudio, que está en la parte de abajo de la casa, tengo muchos libros sobre teatro, pero no me gusta mucho leer teatro, la verdad. No es algo que me dé placer. Es una lectura que me resulta engorrosa, que la hago por mi trabajo, pero siento que en el teatro la palabra escrita es una porción bastante pequeña de lo que termina siendo en su conjunto, entonces se me hace arduo. Durante muchos años di clases, y ahí sí buscaba escenas para los alumnos o material para recomendar. Lo que leí es bastante teoría, libros de Peter Brook, de Mijaíl Chéjov, que era un sobrino del otro Chéjov escritor, que empezó con esa movida del naturalismo de principios del siglo XX de Stanislavski. 

–¿Leés siempre libros en papel o sos también de leer ebooks? ¿En qué cambia la experiencia de lectura?

Leo en digital también, sí. Si estoy trabajando en algo audiovisual, suelo tener muchas horas y ahí el Kindle es un recontra aliado. Haya luz o no, siempre podés leer algo relacionado con lo que estás haciendo o algo que no tienen nada que ver para distraerte. Es muy versátil en ese sentido el Kindle. Liviano, no ocupa nada de lugar. Pero hace poco me di cuenta de algo que es muy loco: los libros que leí en el Kindle, es como que desaparecen de mi registro. Me olvido de que los leí… 

–¿Y vos hiciste taller literario alguna vez? ¿Escribís algo propio? 

Sí, estoy haciendo taller hace un año. Es un espacio que me interesa, me gusta, me abre. Estoy participando de un taller virtual y el profe es sociólogo y poeta. El año pasado hicimos unos fanzines colectivos. Para uno escribimos textos sobre la experiencia de comer algo y escribir. Y para este otro inventamos un personaje apócrifo, una niña japonesa que escribe haikus. Lo que tiene de bueno el taller es que escribimos ahí. Cuando da la consigna, cada uno apaga su cámara y tenemos un rato para escribir y volver a leerlo. Al principio me dolía la panza, me ponía nerviosa en ese momento. Compartir lo que había escrito me parecía algo muy íntimo. Pero enseguida me copé y ahora la paso genial.

–¿Qué libro le recomendarías a alguien que mucho no lee para que se enganche con la lectura? 

[Se queda un rato pensando] Boquitas pintadas de Manuel Puig. Es un libro muy accesible para la lectura al ir cambiando de formato, ¿no? Es muy entretenido además, cuenta una historia que es muy apasionante y te dan ganas de saber qué pasó o cómo fue. 

Te traje un libro de regalo para tu biblioteca. Una novela que se llama Audición, de una autora norteamericana de ascendencia japonesa, Katie Kitamura. Lo elegí porque está protagonizado y narrado por una actriz que está preparando una obra, va a tener el rol principal, pero las cosas no son lo que parecen necesariamente. Es un libro sobre el tema de la representación bastante inquietante. Me parece que te puede gustar.

Ay, qué bueno, muchas gracias, no la conocía. 

Gracias, Soledad, por recibirnos.

Nació en Buenos Aires. Es licenciada en Letras por la UBA y trabaja como editora y periodista cultural. Forma parte del equipo de la editorial Caja Negra. Desde 2020 a 2024 escribió el newsletter El Hilo Conductor en Cenital. Fue editora en la revista Los Inrockuptibles, tuvo un ciclo de entrevistas con escritores en el Malba y fue columnista en Futurock. Participa también del podcast Algo Prestado.

Es fotoperiodista y licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA). Desde 2022 colabora con distintos medios y agencias entre los que se destacan Télam, Reuters, DPA, Clarín y Cenital. En 2025 su trabajo obtuvo una mención en el concurso iberoamericano de fotografía PoyLatam.