Sin lugar para las inversiones

¿Qué condiciones se deben cumplir para incentivar el ingreso de dólares? Pese a las grandes concesiones del RIGI, existen otros limitantes para que los capitales lleguen a buen puerto.

Es válido preguntarnos entonces qué es una inversión. En términos generales, podríamos decir que es volcar un ahorro monetario en algo que, más adelante, devolverá -si sale bien- lo invertido y un poco más. Con esta definición abordamos tanto el caso de las inversiones financieras como también las que nos atañen a nosotros: las productivas.

Es decir, invertimos porque hay una rentabilidad que esperamos obtener en un período determinado. Entonces, se abren tres dimensiones a analizar: el tiempo, el tipo de inversión y de dónde sacamos el ahorro que necesitamos para invertir.

Lo primero es lo más fácil de pensar. En algunos casos, las ganancias se incrementan rápidamente. En otros, tardan un poco más. En cualquiera de los dos casos, lo que se busca es que la inversión realizada se vaya amortizando con los años. Lo que es lo mismo que decir que se logre recuperar el monto invertido en un período determinado y luego comience a generar una ganancia adicional neta.

El segundo aspecto nos lleva a pensar también en la rentabilidad esperada. No es lo mismo comprar una máquina para ampliar la producción actual de una planta, que invertir en un proyecto desde cero o reemplazar un equipo por otro, ya sea para cambiarlo porque quedó viejo o para reducir costos y/o aumentar la eficiencia por la incorporación de nuevas tecnologías.

Finalmente, la pregunta es de dónde sacamos el dinero necesario para realizar la inversión. Pueden ser ahorros, búsqueda de socios o un préstamo bancario. La opción elegida no es arbitraria, ya que en la primera lo único que se va a buscar es recuperar la inversión lo más rápido posible, pero en el resto es necesario que, al mismo tiempo que se recupera la inversión, se paguen los intereses o la participación de los socios.

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¿Quién es quién?

Para simplificar la idea de hoy, nos vamos a centrar únicamente en las empresas productoras de bienes, ya que suelen ser las que más maquinaria requieren -frente a los servicios que suelen ser más intensivos en trabajo-. Así tendremos una primera división entre grandes empresas y PyMEs; una segunda en su pertenencia a un grupo económico multinacional; una tercera división en función del mercado al que se destine su producción -interno y/o externo-; y una cuarta según el tipo de producto realizado –commodity o un bien que permita diferenciación-.

Las primeras dos remiten básicamente a lo mismo: la capacidad de las empresas de financiarse, las vías para lograrlo y la espalda financiera con la que cuentan para soportar el fracaso de una inversión. Las empresas locales (circunscritas únicamente al ámbito nacional) suelen tener más dificultades para capitalizarse que las multinacionales, tanto en bancos como en rondas de inversión, dado que su acceso al crédito está acotado a las fronteras nacionales. Las multinacionales, en cambio, pueden solicitar préstamos a través de sus casas matrices u otras filiales en la banca de inversiones internacional. Esa diferencia habilita a estas últimas empresas a mayores fondos y mejores tasas, ya que no dependen puramente de la inestabilidad económica de nuestro país.

Por otro lado, las PyMEs no solo suelen estar atadas a las capacidades financieras de la banca local, sino que también suelen tener exigencias más altas para adquirir un préstamo voluminoso, dado que cuentan con una menor cantidad de activos que funcionen como colateral de las inversiones. Por ese motivo, en parte, en los últimos años surgieron una gran cantidad de líneas de crédito subsidiadas por los sucesivos gobiernos como mecanismo para facilitar el acceso a los préstamos dirigidos a la inversión.

Un tercer punto a considerar es cuál es el mercado de destino de la mayor parte de su producción. No es indistinto que los productos sean consumidos principalmente en el mercado interno a que sea en el exterior. El motivo es que, por un lado, la demanda en el exterior está sujeta a una mayor competencia, ya que hay otros productos con los que competir por precio o calidad. En cambio, si la orientación es mercadointernista, todos se conocen con todos y apuntan a distintos segmentos de mercado, por lo que el mayor problema no es tanto la competencia sino la caída de la demanda por crisis económicas. Todo esto se mantiene bajo la idea de que Argentina es un país bastante cerrado al ingreso de bienes extranjeros, por lo que la competencia con el exterior es relativamente pequeña.

Finalmente, no todos los productos tienen la capacidad de diferenciarse. Por ejemplo, las commodities -como los granos, los hidrocarburos y bastantes minerales- tienen precios determinados en los mercados internacionales y buscan ser lo más homogéneos que se pueda. Por lo tanto, lo más importante para las empresas en esos casos es asegurarse una rentabilidad, dado que el precio de venta ya está fijado. En el caso de los otros productos, la competencia es por el precio, por lo que no solo deben asegurarse una rentabilidad sino que también es necesario garantizar el menor precio posible, debido a la calidad de los productos -que también varía enormemente-.

Lo quiero y lo tengo

Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el clima de inversiones? Sin lugar a dudas, el mejor “clima” para atraer capitales es una economía ordenada, con una inflación baja y previsible, donde la relación entre tu moneda y las de tus socios comerciales sea estable, que haya acceso al crédito -tanto para consumidores como para productores-, que los impuestos internos y externos no cambien bruscamente, y que el comercio externo sea lo más sencillo, transparente y abierto posible.

Ahora bien, vale aclarar dos puntos. El primero -aunque parezca obvio- es que Argentina no se encuentra en una situación idílica con respecto a las variables que te mencionaba. Es decir que hace falta transitar por un camino de “normalización” de la economía, algo que lleva sus golpes y sus dificultades, fundamentalmente cuando el rumbo elegido es el de hacerlo rápido. Si te interesa este punto, te sugiero que vayas corriendo a suscribirte a Rollover de Juanma Telechea y Guido Zack, donde analizan semana a semana la economía argentina.

El segundo punto, que es el que nos compete a nosotros, es que tanto el camino elegido como el punto de llegada a la normalización puede ocurrir de distintas maneras. Por lo tanto, no es trivial la configuración de la economía para pensar el tipo de inversiones que puede haber.

¿A qué me refiero con eso? Vayamos primero con las grandes inversiones que podrían aplicar al RIGI (minería, agroindustria, hidrocarburos y algunas otras). Suponiendo que la ley no se rompe en unos años -lo que nos llevaría a juicios internacionales en los que perderíamos-, los proyectos de todas maneras sufren de cierta incertidumbre a la hora planificar sus escenarios. ¿A cuánto va a estar el dólar en unos años? ¿La inflación va a mantenerse constante una vez que se salga del cepo? ¿Cuándo se va a salir? ¿Los salarios se van a recomponer del piso en el que están? ¿Qué va a hacer el próximo gobierno? Tantas preguntas, tan pocas respuestas. Eso justamente es que no haya un clima de inversiones: reina la incertidumbre sobre el mediano y largo plazo.

Los proyectos requieren altos costos a la hora de adelantar el capital necesario para su construcción y, luego, costos operativos para su funcionamiento. Mientras que los costos de capital son saldados con el tiempo -en caso de dar resultado la inversión-, los operativos se realizan constantemente y requieren un flujo permanente de ingresos, por ejemplo los sueldos y el pago de insumos. Si las condiciones económicas, los salarios, el dólar o algo por el estilo cambian bruscamente todo el tiempo, es muy difícil planificar la inversión necesaria que permita recuperar el dinero, pagar las deudas, sostener los costos operativos y asegurar una tasa de ganancia.

Si te interesa adentrarte un poco más en el RIGI, te dejo esta entrega que sacamos hace unas semanas en Lluvia de Inversiones. Ahí retomamos varias de las discusiones de hoy y nos concentramos en el proyecto de la Ley Bases.

Dejando de lado los posibles proyectos del RIGI, a lo anterior se suman otras incertidumbres, como los cambios en los impuestos cobrados y restricciones en el comercio exterior y en el acceso al mercado de divisas, entre otras menos importantes. Por lo tanto, un escenario de estabilidad y de consensos económicos es clave para incentivar las inversiones.

Sin embargo, con esto no alcanza. Si el precio del dólar o la capacidad de los salarios de recomponerse en los próximos años baja -así como también otros costos operativos-, las empresas que compiten en el exterior con su mercadería podrían dejar de ser competitivas, dado que el precio del producto debe ser superior o igual a sus costos de producción y traslado, o en el peor de los casos ir a pérdida durante un tiempo. Pero, esto no es moco de pavo. Si el precio en dólares de los salarios se estabiliza en un valor demasiado alto, quizás las firmas que exportan sean sumamente competitivas, pero las que proveen al mercado interno van a tener una demanda menor, ya que los sueldos van a ser más bajos. Asimismo, si observamos a los países asiáticos que tuvieron un crecimiento impulsado en gran medida por salarios bajos y alta productividad, hoy en día están yendo hacia un equilibrio mayor en los ingresos de la población con respecto a lo que producen. Es decir, no es estática la definición de cuál es el mejor camino a seguir.

Dicho todo esto, en el mientras tanto las inversiones se realizan. Todo lo antedicho no implica que nadie vaya a invertir un peso ni nada por el estilo, sino que es más complicado que eso ocurra.

Escribe sobre temas de sectores y desarrollo productivo y trata, todo lo posible, de cruzarlo con datos. Le importa que estos sectores impulsen el bienestar social. Estudió economía en la UBA, se especializó en políticas sociales en UNTREF y arrancó una maestría en desarrollo económico en UNSAM. Es docente e investiga sobre Política Productiva en Fundar.