El hilo conductor

Silencio, ¿dónde estás?

Un Hilo para salir del aturdimiento y preguntarse por los alcances del silencio en la vida y obra de algunos artistas. De Rothko a John Cage, de Alejandra Pizarnik a Di Benedetto y Daniel Saldaña París.

Hola, ¿qué tal? Espero que estés lo mejor posible. Yo bien, pero qué laaaarrrrgo se hizo marzo, ¿no? Intenso e interminable. Hola, abril, te estábamos esperando. Y nada menos que con un dossier especial del equipo de Cenital sobre Malvinas que si no leíste ayer feriado, podés encontrar acá para ponerte al día. 

Hoy vamos a ocuparnos de un tema ineludible: el silencio. Vengo pensando en él desde que estuve de vacaciones en las sierras, porque registré notablemente cómo iban alejándose de mí los sonidos a los que estaba más acostumbrada, y cómo encontrar cierto silencio me predispuso al descanso profundo. Una conoce bien los ruidos de su casa, incluso el tren o el colectivo que pasa cerca de la vivienda, pero al alejarnos un poco lo que gana espacio es un silencio nuevo. Creo que viajo para escuchar otros tipos de silencio. Y para callar un poco las voces que siempre me habitan.

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¿Notaron que cada vez le cuesta más a la gente no estar escuchando algo permanentemente? Ya sé que es imposible no hacerlo, porque las orejas no se cierran nunca, pero me refiero a algo promovido por ellos: una notificación o ringtone no acallado, un audio de WhatsApp a todo volumen en la calle o el transporte, la música en parlantitos latosos en cualquier parque o espacio recreativo. Estas costumbres ajenas me afectan mucho. Me ponen de pésimo humor, porque siento que invaden mi propio espacio de esparcimiento, que quiebran mi propia búsqueda de silencio. Se está perdiendo mucho el registro del otro en lo que hace a las necesidades de tranquilidad. Y a la vez qué preocupante que para todo tengamos que aturdirnos sin poder disfrutar, por ejemplo, del sonido del viento o de los pájaros en una plaza y que prefiramos poner una música que nada que ver. 

Hay lugares que de por sí son más silenciosos: en ellos se impone deambular calladamente y tratamos de no interrumpir la calma que, suponemos, los habita. Las bibliotecas y los museos son de esos sitios que imponen sus reglas. Lo mismo pasa en las iglesias o los cementerios. Nada de lo que irrumpe con estruendo parece tener lugar ahí. Buenos espacios para pensar en calma o reencontrar cierta tranquilidad. 

Hablemos entonces del silencio o de su imposibilidad. De sus tradiciones, de sus conquistas, en una serie de libros de ensayo y literatura y en la obra de algunos artistas. (Eso sí, vamos a dejar afuera el silencio alcanzado a través de la meditación o el recogimiento, para dedicarle a este tipo de prácticas algún otro Hilo futuro.)

Estuve pensando cómo ilustrar el tema, porque en muchas de las imágenes que se me ocurrían había “ruido”, demasiada información. Al final, opté por cuadros abstractos de Mark Rothko, el nombre artístico de Markuss Rotkovičs, un pintor judío nacido en Letonia en 1903 que vivió gran parte de su vida en los Estados Unidos. Estudió Arte en los años 20, pero más que nada fue autodidacta. Le fue muy bien durante la década del 60. Llegó incluso a ser uno de los artistas “protegidos” de Peggy Guggenheim. Pero en febrero de 1970, en medio de una crisis depresiva, después de pintar su serie de obras negras, se suicidó. Sus cuadros son muy grandes y exhiben amplios campos de color rectangulares. Esos colores y sus transiciones se van difuminando, no logramos entender del todo dónde comienza un tono y dónde termina otro. Son como medio borrosos, están como flotando, suspendidos en los lienzos. Ver estos cuadros en vivo debe ser una experiencia medio mística. Estas reproducciones no le hacen justicia para nada. Pero bueno, debo decir que elegí los que se llaman “Sin título”, justamente para despojarlos todavía más de información. No sé si remiten al silencio, pero tal vez lo invocan. 

“Escucha lo que se oye cuando nada se hace oír”

Esta frase de Valery sirve para acercarnos a la experiencia de asir el silencio, eso que no se ve ni se toca pero está. La saqué de un ensayo interesante, Historia del silencio. Del Renacimiento a nuestros días, escrito por Alain Corbin, un autor francés, profesor de la Sorbona, que se ocupa de la llamada “historia de las sensibilidades”. Corbin rastrea en la obra de distintos artistas y filósofos qué tipo de especificidad estética tiene el silencio y saca algunas conclusiones. En las primeras páginas dice algo que me llamó la atención: que el ruido de nuestras ciudades contemporáneas no es tan diferente en intensidad al de las urbes del siglo XIX. “Lo esencial de la novedad reside en la hipermediatización, en la conexión continua y, por ello mismo, en el incesante flujo de palabras que se le impone al individuo y lo vuelve temeroso del silencio”. O sea que no somos más ruidosos que nuestros antepasados, sino que toleramos peor el silencio. Curioso. También habla de las diferentes texturas del silencio, de los silencios de la naturaleza, y de su búsqueda, un camino que a veces se funde con lo espiritual. Si les interesa este tipo de aproximaciones, acá pueden leer el comienzo.

Pero quien más indagó sobre la potencia disruptiva del silencio fue sin dudas John Cage. Este músico experimental central para las artes del siglo XX empezó a incluir el silencio como elemento compositivo cuando tenía 22 años. En el Dueto para Dos Flautas, de 1934, y en algunas de sus obras posteriores, la apertura es puro silencio. Y sabemos que a veces, en público, el silencio incomoda y mucho. Pero Cage fue bastante más allá y trató de comprobar si el silencio existía o no. Así que en 1951 se sometió él mismo al experimento de ingresar a una cámara anecoica –un reducto aislado acústicamente– de la Universidad de Harvard esperando escuchar silencio y solo silencio. Y no lo logró. Al salir, le describió al ingeniero responsable dos sonidos oídos ahí dentro, uno más alto y otro más bajo. El ingeniero le explicó que el alto era su sistema nervioso y el bajo era la circulación de su sangre. Así que ahí adentro Cage confirmó que el silencio –como una experiencia total de aislamiento del ruido– no existe. Y esa afirmación sirvió de base para su famosísima obra llamada 4’33” [Cuatro minutos, treinta y tres segundos], que puede ser interpretada por un solo instrumento o por muchos de ellos. Básicamente, la partitura indica una única palabra, “tacet”, que quiere decir que el intérprete debe guardar silencio y no tocar su instrumento durante ese lapso preciso de tiempo. Pero está en discusión si el material sonoro de la obra lo compone ese supuesto silencio o, por el contrario, los ruidos que escuchan o hacen los espectadores en ese momento de inquietud. Para algunos, esta pieza vanguardista e incómoda marca el comienzo de la música noise, creada a partir de los sonidos incidentales. 

El resto es silencio

silencio
yo me uno al silencio
yo me he unido al silencio
y me dejo hacer
me dejo beber
me dejo decir

decía Alejandra Pizarnik, una poeta entregada al misterio del silencio en muchos de sus versos. Es un tema recurrente, que entra y sale de su poesía. Tiene, incluso, una serie de “Fragmentos para dominar el silencio” (hermoso título) en su libro Extracción de la piedra de la locura, de 1968. El silencio aparece como presencia que no puede evadir ni tampoco naturalizar. Ante la cual extrañarse y a la vez fundirse. Un silencio oscuro, en el que el lenguaje tiende a la desaparición o a la vacuidad. 

Hablando de callarse o de fundirse, no puedo evitar la mención a un libro llamado justamente El silenciero de Antonio di Benedetto, del que hemos hablado en un Hilo de 2020 que podría ser el reverso de este, sobre la escucha. Esta novela de 1964 está protagonizada por un narrador sin nombre que padece de manera demencial los ruidos. El autor de Zama maneja aquí una gran exactitud al diferenciar ciertos ruidos de otros, al medir o comparar esos sonidos hostiles con los distintos silencios. Su protagonista busca obsesivamente un lugar en la ciudad invulnerable al ruido y va arrastrando al resto de los personajes a su locura. Porque justamente esa incapacidad de lidiar con los sonidos se vuelve patológica. Vivir en sociedad o vincularnos con otros implica necesariamente tolerar sus sonidos, aunque no nos gusten. 

Y respecto de la tolerancia o rechazo a los ruidos, me acordé de un texto del escritor Daniel Saldaña París llamado “Apuntes para la fetichización del silencio”, incluido en su anteúltimo libro, que me gustó mucho: Aviones sobrevolando un monstruo. Acá él recupera su experiencia viviendo o viajando por distintas ciudades, y en este texto puntual se detiene en los contrastes entre los sonidos de una casa en Canadá en la que pasó algunos años –casi insonorizada y aislada del exterior, con un silencio paralizante– y los estruendos constantes de la Ciudad de México, donde nació y donde regresa a vivir después de un tiempo. Ciudad de México es completamente ensordecedora y desquiciante, y él va registrando de qué manera esa intromisión sónica lo afecta a niveles profundos. A la perturbación del sueño responde con tapones en los oídos. Al aturdimiento urbano responde con auriculares en los que reproduce podcasts con paisajes sonoros de otras ciudades del mundo, como superponiéndolas. Y llega a una hermosa conclusión: 

Quizás no haya más que asumir el ruido, darle una bienvenida resignada o buscarle el flanco improbable, como cuando se aprende a acariciar a una bestia en el lugar del lomo que más le satisface.

No digo que no haya reconciliación completa, pero sí un reconocimiento tácito: las ciudades vivas hablan, aúllan, se rompen toda la noche en un estrépito de vidrios. Sus habitantes podemos agitarnos de rabia e impotencia, comprar los más sofisticados tapones para oídos, o podemos inventar un silencio a la medida de nuestras posibilidades en una cama, con la almohada sobre la cara, o cerrando los ojos en la regadera, o en la oscuridad del cuarto, o frente a una ventana, para descubrir que otros nos miran desde ventanas idénticas, del otro lado de la avenida.

O sea que aunque lo invoquemos o provoquemos, ese silencio buscado no necesariamente nos tranquilizará. Mejor inventar una calma propia, a la medida de nuestras limitaciones y posibilidades.

Silencios compartidos

Antes de terminar, no voy a compartir hoy ninguna música, porque me interesa quedarnos en silencio. Tampoco películas recientes, porque no vi, por ejemplo, Coda, la ganadora del Oscar, sobre una familia de sordos y su hija oyente, ni tampoco Sound of Metal, de 2019, en la que un baterista metalero empieza a perder la audición (está en Amazon Prime). Pero sí les dejo por acá una selección de libros silentes pensados para la infancia. Son obras en las que la secuencia narrativa y las ilustraciones están pensadas de tal forma que no hace falta ponerles texto. Es muy interesante “leer” estos libros con niños y niñas de distintas edades y comprobar qué tipo de silencio los convoca al pasar las páginas. También ver qué palabras eligen ponerle después a lo que vieron. Y no se priven como adultos de esta experiencia, a ver qué nuevas sensaciones les reportan.

  • Zoom. Un clásico para todas las edades. Un librazo. No conozco a nadie que no haya flasheado al verlo por primera vez. Zoom está ilustrado y concebido por Istvan Banyai, un húngaro muy creativo. Acá el “zoom” lo que indica es el movimiento de una cámara que empieza con un plano muy muy cercano sobre un ¿objeto?, y a medida que pasamos las páginas, se va alejando. Una experiencia llena de sorpresas. Si no tienen o consiguen el libro, veo que está acá subido entero. (se ve que los que lo subieron se tentaron y le pusieron música. Sugiero silenciarla porque no hace faltaaaa)
  • Teléfono descompuesto, de Ilan Brenman y Renato Moriconi. Este libro bellamente ilustrado por el brasilero Moriconi es, como su nombre lo indica, una especie de juego en el que distintos personajes se van pasando un secreto de oreja a oreja. Solo que no sabemos nunca qué se dicen, aunque sí podemos imaginarlo o generar asociaciones entre los seres que vamos viendo. Acá pueden mirarlo entero. Hay otro de Renato Moriconi que me fascina también, se llama Bárbaro, en el que un guerrero va cabalgando y se encuentra por el camino con seres fantásticos, hasta que al final no todo es lo que parece. Hermoso, realmente.
  • Y por último, dos títulos de La Musarañita, una editorial pequeña dedicada al cómic para chicos, que cuenta entre sus títulos con dos libros de historietas silentes para la primera infancia. Les recomiendo mucho Isla, de Mariana Ruiz Johnson y Lui Mort, y Tierra encantada, de Pablo Picyk. Satisfacción garantizadísima. 

Ahora sí, me despido hasta dentro de 15 días.

Ojalá este Hilo te dé ganas de quedarte un rato en silencio cada día, acallando un poco todas las voces y todos los aturdimientos. 

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Gracias por leer. Y por favor cuidate mucho.

Malena

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Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.
@noeselcaso

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