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“Siempre ha sido un esfuerzo convencer a los editores de que América Latina importa”

Una conversación con Jon Lee Anderson.

“Jon Lee Anderson se arrulla con las turbulencias marinas y despierta para contar las tempestades de la Tierra", concluye Juan Villoro en un prólogo de un libro que recopila las crónicas de Anderson. Villoro hace referencia a la casa de Jon Lee en Bridport, un pueblito costero a tres horas de Londres, donde Anderson reside buena parte del año, cuando no está viajando por el mundo para contar historias. Es su refugio. 

Cuando no está en allí, Anderson reportea desde zonas calientes, como lo hizo en las guerras de Irak, Afganistán, Libia, Somalia, Siria, Líbano o Bosnia, entre otras. O en Cuba, donde pasó buena parte escribiendo la biografía del Che (ahora se encuentra escribiendo la de Fidel Castro), como en el resto de América Latina, donde ha convivido con guerrillas y perfilado líderes como Pinochet o Hugo Chávez. La mayor de las veces para la icónica revista The New Yorker, de la que forma parte desde 1998. 

Por primera vez en mucho tiempo, Jon Lee Anderson se ha quedado quieto. Así lo ha impuesto la pandemia. El periodista estadounidense, que habla un español sólido (antes de cronista es hijo de un diplomático, y vivió en Colombia, Corea del Sur, Taiwán e Indonesia, entre otros), conversó con Cenital sobre el oficio del periodista en tiempos de coronavirus y la actualidad de América Latina.

Leí por ahí que este es de los momentos que más has pasado en tu casa. ¿Cómo se siente?

Así es. En el 2003 o 2004 me rompí las costillas andando en bicicleta y estuve postrado durante seis semanas. Después de eso no recuerdo otra época en la que haya estado tanto tiempo en casa. Me ha venido bien, porque la verdad es que viajo mucho. Demasiado, de hecho. El año pasado volé como 100 veces y por lo menos a 25 países, a varios más de una vez, y quizás me olvido de uno. Y no ha sido el año más agitado. Esta pausa, aunque me cuesta, me viene bien. He podido escribir más, caminar más, estar con mi mujer y uno de mis hijos, y además hay buen tiempo. Estoy terminando una memoria para The New Yorker y algo que había reporteado pero no había escrito, una crónica en África. Prácticamente han sido como unas vacaciones. 

¿Se puede hacer crónica en la pandemia? Es decir, reportear sin estar en el lugar de los hechos. 

Se puede. Es un tipo de reportería que no es santo de mi devoción, yo prefiero salir y estar en el lugar, de hecho me hace falta. Siento la falta del agite y la polvareda. Pero se puede. Ha habido algunas crónicas escritas por colegas míos en The New Yorker que apenas detectas que no salieron. Lo han logrado a través de llamadas continuas, pidiéndole a varias personas que describan sus circunstancias e ilustrándolo como si estuviesen ahí. Claro, no es precisamente lo mismo. Y ese es un logro que sólo viene con la experiencia y el talante del periodismo narrativo. Hay que salir. 

Es difícil conectar del todo con otra persona en la virtualidad, ¿no? Hay algo del entorno de la entrevista que se pierde. 

Efectivamente. Es una reportería más forzada, que se asemeja más a lo que ha impuesto el periodismo televisivo. Las entrevistas en televisión operan sobre la realidad por la mera presencia de la cámara. Esto altera las reacciones del entrevistado y su alrededor. Y si bien es cierto que nos hemos adaptado a esto, que se puede hacer de manera más o menos elegante, no es lo mismo. No puedes oler el ambiente, literalmente, mirar a tu alrededor. Pierdes las sutilezas. Ojalá esto no llegue a ser lo normal. Ya había una inclinación previa a hacer periodismo en la distancia, en parte por razones económicas: los cambios en el modelo económico del periodismo dificultan los viajes. La virtualidad ha ido reemplazando el mundo frontal, primario, de una forma notable. Temo que esta tendencia se acelere. 

La pandemia ha traído otro desafío para los periodistas: están pasando un montón de cosas importantes en todo el mundo y es difícil decidir a qué darle prioridad, mantener el foco, y al mismo tiempo lidiar con el propio encierro. ¿Cómo hacer para no perder la cabeza?

Ayuda tener una idea de lo que le importa a uno. Saber cuál es el norte, aunque a veces suene como una gran búsqueda existencial y no siempre parezca tan claro. Hay momentos en la vida que dificultan el camino y la percepción de uno mismo. Circunstancias como estas pueden generar más vicisitudes y opacar el camino. Y el diluvio de información puede fragmentar a uno, empujarlo a la confusión o a la dificultad de concentrarse. Después está la experiencia, la disciplina, voluntad y la personalidad de uno mismo. Yo tengo mi porcentaje de voluntad y experiencia, tengo la pertenencia a un medio, la necesidad de seguir trabajando para mantener a mi familia, mis ambiciones y mis impulsos. Esos ingredientes me conforman. Ahora, yo he experimentado periodos difíciles antes. He pasado trechos...no estoy intentando sacar pecho y decir que he pasado muchas cosas peores, pero hasta cierto punto sí. Por razones profesionales y voluntad propia. Me he puesto una y otra vez en situaciones de guerra. He vivido durante meses la guerra, donde hay otra serie de atenuantes o dificultades que también imponen ciertos retos al trabajo de uno, a la capacidad de concentración, e inclusive peligros más inminentes que esta abstracción de la pandemia. En estas situaciones de encierro siento que el mayor reto es el de mantener el espíritu y la voluntad en alto. 

Para mí es mucho más difícil concentrarme que hace diez o quince años. Los smartphones, Twitter, hay muchas cosas que apelan a mi atención, que me distraen y me llevan a realidades que no tienen nada que ver con lo que tengo en frente. Las redes sociales e Internet distraen, pero al mismo tiempo son el cordón umbilical global y uno tiene que transitarlas para hacer lo que hace. Es como un campo minado. No lo tengo del todo claro, y creo que es una batalla por ganar. Hace unos años mi único cometido al volver de un viaje era tener que reinstalarme en el seno de la familia y acto seguido apartarme para poder concentrarme otra vez en el mundo del cual acababa de regresar. Hoy es eso y peor. Porque estoy consciente de todo lo que está pasando en otros lados. Antes simplemente demoraba la compra del diario, o no prendía la radio o la tele para no distraerme. Era un acto físico. Hoy en día tenemos un espejo mágico en la palma de la mano que es muy difícil de obviar. 

Vayamos a la región. Al recorrer la prensa global uno advierte que América Latina ha quedado relegada en la cobertura del coronavirus. ¿Esto siempre ha sido así?

América Latina siempre ha estado al margen. La cobertura en medios estadounidenses, y a veces europeos, varía según el cálculo político de Washington. En Europa, a excepción de España o Portugal, no hay un vínculo histórico fuerte con la región y por ende suele estar a la deriva. En Estados Unidos la región no es vista como una amenaza. Eso me consta y lo sé desde que empecé en el periodismo. Por las veces que los editores me han dicho ‘Jon, América Latina no es sexy ahora’. O simplemente: ‘A nadie le importa América Latina hoy ’. ¿Cuáles son los temas de la región que interesan a los norteamericanos? Migración y narcotráfico, principalmente. Y ahora más, dado que Trump los puso sobre el tapete, atacando a México y otros países centroamericanos. Trump convirtió al tema en una prioridad editorial: muchos medios han nombrado corresponsales de frontera, algo que antes no tenían. Es una crítica que he hecho toda mi vida: los grandes medios responden a las pautas impuestas por la Casa Blanca mucho más de lo que están dispuestos a reconocer.

Con la pandemia en general pasó algo: mucha gente ha conocido a Bolsonaro a raíz de su respuesta al coronavirus. Me consta acá en Inglaterra, gente que normalmente no estaría al tanto de alguien llamado Bolsonaro o de Brasil se dan cuenta de los horrores que está haciendo. Y del hecho de que es una especie de bufón del calibre de Trump o Boris Johnson. Del resto de América Latina saben muy poco. Si son lectores del Guardian o la BBC saben más, porque ellos la cubren bien, pero estamos hablando de una mirada telescópica. Hay una tendencia al interés por lo exótico. Si tú le preguntas por Colombia a un norteamericano o a un inglés, siete de cada diez te van a decir: ‘Ah, sí. ¿Viste la serie Narcos? Qué genial’. Esa es la referencia. Siempre ha sido un esfuerzo convencer a los editores del primer mundo de que América Latina importa. 

Paradójicamente, justo en la semana donde la región se convierte en el epicentro de la pandemia, la atención mediática mundial, después de estar obsesionada con el coronavirus durante 9 o 10 semanas, se volcó casi enteramente al movimiento Black Lives Matter a partir de la muerte de George Floyd y la secuela que ha seguido desde entonces. Pero sabemos que la pandemia no se ha ido de la región, y que esta apunta hacia un abismo pronto. Hay regímenes que van a caer, vemos una remilitarización de la política en democracias frágiles. Hay muchas razones por las cuales América Latina ha de mantenerse bajo el periscopio mundial. Y no lo logra porque los editores que deciden qué es importante saben que no es ahí donde se va a decidir el futuro de la humanidad. Que América Latina, para bien o para mal, es un lugar sucumbido al poderío norteamericano y no entra en el tablero de ajedrez donde un cambio de ficha puede implicar una guerra mundial. 

¿Y qué sucede con la disputa entre Estados Unidos y China, un país que ha ganado mucha influencia en la región? Una de las marcas comunes en tus reportajes sobre la región es la influencia norteamericana, sobre todo la cultural. ¿Creés que puede cambiar la ecuación?

Estamos justamente en ese duelo. China ha jugado de manera sabia en América Latina, avanzando económicamente nada más. En muy pocos lugares se ha metido en puntos más sensibles. El más obvio es Venezuela, y han intentando avanzar con el famoso canal de Nicaragua, también en Panamá. Pero culturalmente los chinos no tienen mucha aceptación en América Latina. No es lo mismo. Si bien no es igual en todos los países, hay un rechazo generalizado hacia chinos y asiáticos, en muchos casos por razones puramente racistas. Eso por supuesto favorece a los norteamericanos, aunque la era Trump ha favorecido a China, porque Trump ha mostrado la cara más fea del gringo. Yo creo que durante un tiempo vamos a seguir viendo esta puja. Todo indica que estamos en un largo camino hacia un posicionamiento que puede convertirse en algo mucho más hostil de aquí a una, dos o tres décadas. 

En el último tiempo has escrito bastante sobre Bolsonaro, al cual le dedicaste un largo reportaje cuando asumió. ¿Te sorprende lo que está haciendo ahora?

Sí y no. Cuando surgió Bolsonaro y estudié sus antecedentes sabía que pintaba muy mal para un país como Brasil, pero no podía visualizar exactamente que pasos iba a tomar. Ahora tengo muy claro que está imponiendo un régimen. Ya es un régimen cuasimilitar. Su comportamiento se ha desatado desde la pandemia y su base reclama un golpe. Los militares niegan que vaya a haber un golpe, pero al mismo tiempo lanzan advertencias a las instituciones democráticas sobre las posibilidades de que avancen las investigaciones o se intente un impeachment. Ya es un régimen hostil a las instituciones democráticas. Los militares dicen que no van a tomar el poder. Claro, porque ya lo tienen.  

Estamos viendo un duelo entre las muy frágiles instituciones del Estado y la sociedad civil. El Estado brasileño nunca logró cubrir la totalidad de su territorio. Los militares nunca fueron amonestados ni tuvieron que pedir disculpas por la dictadura, mucho menos enfrentar un juicio. En Brasil persiste una mentalidad colona. De que si es necesario se puede matar indios, talar el bosque y salir a buscar tu fortuna. Por primera vez tenés a alguien comportándose así desde la presidencia y al mismo tiempo un presidente en Estados Unidos alentándolo y dándole un modelo a seguir, que incluye su forma de enfrentarse con las instituciones, cosa que Trump hace todos los días, aunque no puede ir tan lejos como lo está haciendo Bolsonaro. Su forma de amasar poder es parecida, cada uno en su contexto.

Otro país del cual también escribiste hace poco es Bolivia. Estuviste en los primeros momentos después del golpe. ¿Con qué te encontraste?

Me encontré con un país mareado. En parte por la caída y huida de Evo, después de catorce años en el poder, con un trasfondo reciente nada claro, con grandes grises en torno a lo que había pasado en noviembre. También con el ascenso de (Jeanine) Añez, una mujer que viene de un partido de derechas que apenas había llegado al 4% en las últimas elecciones y con el MAS manteniendo una mayoría en el Congreso. 

Yo tuve acceso a todo el mundo. Tanto a Evo, antes de llegar, como a Añez y su hombre fuerte, que para algunos es el verdadero poder, (Arturo) Murillo. Este fue un tipo muy tétrico, gritaba y era muy beligerante. Me dio escalofríos. Yo recuerdo los años ochenta, las entrevistas a generales o militares en la época de guerras sucias, cuando uno les cuestionaba sobre los desaparecidos había una especie de discurso, extendido desde Argentina hasta Guatemala, la respuesta era casi siempre ‘¿Por qué me preguntas por esa gente? Seguramente están peleando en la montaña con los terroristas’. Mientras tanto ellos estaban cavando las fosas atrás, metiendo los cadáveres de desaparecidos. Murillo me habló exactamente igual. Cuando empecé a mencionar inquietudes sobre la persecución de seguidores de Evo Morales, inclusive de gente muerta en manifestaciones, baleada, él me dijo que ninguna bala del gobierno había matado a nadie, y que los terroristas estaban matándose entre sí para hacer lucir mal al gobierno. Fue un insulto a la inteligencia. La oficina era un lugar sombrío. Sentí que estaba en un antro de la muerte. Me fui pensando que nada bueno podía venir de este hombre y este gobierno. No creo que esto termine bien.

¿Qué otros casos has estado siguiendo?

Siempre tengo la mira puesta en Cuba y Venezuela, porque son los últimos reductos del socialismo revolucionario...bueno, el caso de Cuba en realidad; Venezuela es una revolución por consignas que nunca llegó a darse. Pero me interesa eso por razones históricas. México es muy interesante, es un país por el que siento una afinidad profunda por ser un país inusualmente tocado por Estados Unidos. Tiene sus patologías y es un país muy dañado pero con muchas virtudes, incluyendo su pueblo. Me preocupa mucho México en este periodo con Trump. Centroamérica también. ¿Qué son estos países? ¿Son simplemente sucursales de jornaleros para Estados Unidos? Me preocupa mucho la desigualdad entre Estados Unidos y sus vecinos; toda la cuenca del Caribe y Centroamérica es muy preocupante. Son países muy sucumbidos por el narcotráfico, y el que menos un Estado fallido. 

La criminalidad y el narcotráfico es un lastre en toda la región. En América Latina, la utopía no alcanzada, el holy grail, es el Estado de Derecho. Esa es la clave de todo. Sin Estado de Derecho, sin policías y jueces limpios, para hablar claro, no hay posibilidades de democracia, estabilidad social e igualdad social y económica. 

Si tuvieses que darle un consejo a un periodista joven de la región, ¿qué le dirías?

Si te sientes muy cómodo, busca la incomodidad. Cruza la calle. América Latina es muy clasista. Yo conozco muy pocos universitarios colombianos, paraguayos o peruanos que se hayan ido a trabajar de jornaleros en sus calles. Un norteamericano sí es capaz de hacerlo. Esa es una gran diferencia. Hay una estratificación mayor en América Latina. Si tuviese que decirle algo a un joven periodista es: sal y experimenta la vida, experimenta la realidad en todos sus aspectos. Lo mejor que puedes hacer es sentir lo que siente el otro para entender tu sociedad mejor. Cruza la calle. Intentá vestir la ropa del otro por un tiempo. No es fácil de hacer y no es para todo el mundo. Lo sé. Pero es lo mejor que uno puede hacer.

Creo mucho en el periodismo y su belleza. Escribo sobre política internacional y otras cosas que me interesan, que suelen ser muchas. También estoy en Futurock y Radio Con Vos. Estudio Ciencia Política en la UBA. Soy fan de la pelea Mauro vs Samid.
@juan_elman
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