Sergio Moya y la conservación de la selva atlántica

Un ingeniero electrónico planta en Misiones árboles que darán sombra en ochenta años en las 40 hectáreas a su cuidado. “Uno se siente útil en este planeta”, dice.

“Voy a intentar responder sin irme por las ramas, aunque estemos hablando de árboles”, me asegura Sergio Moya. Desde junio del año pasado recibo sus correos mensuales, en los que comparte, con sus propias fotografías, hallazgos de la flora y fauna de la Reserva Macuco, en Misiones, y las novedades de sus esfuerzos de conservación. Desde mi rinconcito en la ciudad, por unos minutos me hace sentir parte de sus aventuras. A pocos días de la presentación de su primer libro, cruzamos algunos mensajes acerca de sus proyectos.

La Reservita, como le llama, queda al sur de la provincia de Misiones, a menos de 100 kilómetros de Posadas, y se extiende por unas 40 hectáreas de selva y tierra colorada, que alberga los últimos remanentes densos de la selva atlántica —uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta, cercado por la industria maderera y la frontera agrícola. Desde allí, cuando el tiempo lo permite, Sergio se encarga de cuidar y documentar la selva a través de Instagram y su canal de YouTube.

La Reservita tiene su origen en 2020. Durante la gran sequía que devastó el norte del país, un incendio obligó a entrar al predio con una topadora para abrir un cortafuego que cruzó toda la propiedad. Sergio usó ese mismo camino para construir una cabaña y empezar a cuidar el lugar de manera permanente. Al recorrerlo con cámaras trampa y a pie, encontró una biodiversidad que no había visto en reservas decenas de veces más grandes. El terreno lindero, sin embargo, estaba a punto de ser lotificado. Desesperado, Sergio publicó una historia de Instagram pidiendo ayuda para salvarlo. Desde Buenos Aires, una mujer llamada Luján la vio y viajó a Misiones. En la recorrida se cruzó con un Bailarín Azul (Chiroxiphia caudata). El pajarito cerró el trato. Con ayuda de amigos y familiares juntaron el dinero, compraron el lote, y los dos predios se convirtieron en una sola reserva.

Si te gusta Receta para el desastre podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los jueves.

El proyecto

Sergio tiene 39 años, es ingeniero electrónico, y se dedica también a la docencia y la investigación en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Misiones (UNaM): desde 2018 trabaja en un sistema de monitoreo para guardaparques que permitirá conocer la presión de caza furtiva en sectores aislados de selva. Hace más de diez años dedica su energía a conocer las aves silvestres de Misiones, y hace seis decidió gestionar de manera independiente La Reservita.

¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te  pedimos que nos des una mano para seguir.

Sumate

De sus respuestas se desprende la perspectiva de alguien que entiende la crisis ecológica a partir de una pregunta muy concreta —qué significa el tiempo cuando se trabaja con árboles—: “Cuando estamos haciendo el pozo y plantando un arbolito que recién en ochenta años va a estructurar los estratos de la selva —que es lo que permite que vivan especies como el águila harpía o el yaguareté— es ingenuo pensar que vamos a ver los resultados. Pero igual lo hacemos, porque entendemos el valor de cada ejemplar y de los cientos de árboles que hay que plantar para que la selva vuelva a ser lo que alguna vez fue. Lo hacemos aunque no pensamos en que lo vamos a poder ver nosotros”.

Los árboles que planta no son cualquiera: grapia, guatambú, incienso, ibirapitá. Se trata de las especies estructurales, los gigantes emergentes que sostienen el dosel y le dan a la selva esa arquitectura de estratos sin la cual no hay hábitat posible para las especies más grandes. Pueden tardar una vida, o más, en cumplir esa función.

Más allá de una vida

Si restaurar una selva primaria a su estado original requiere cientos de años (y a varias generaciones continuando el esfuerzo), entonces cada árbol cortado hoy representa una deuda que no se sabe cuándo podrá ser saldada. En este caso, también, es mejor prevenir que curar.

Para sostener este proyecto intergeneracional, Sergio armó un esquema de financiamiento mediante una red de micro-mecenas a los que bautizó como “Guardianes” de La Reservita. Es un modelo de apoyo directo que le permite atender con cierto margen las necesidades propias de su trabajo: botas de goma, palas, algo de cuerda, una motosierra para los troncos caídos, honorarios de un técnico para resucitar cámaras trampa devoradas por la humedad.

En la rutina de Sergio, una mañana helada puede encontrarlo trepado a una escalera para destruir nidos de avispas tamaño meteorito que durante meses amenazaron los paneles solares de su cabaña. Una tarde puede estar trabajando en los dispositivos camuflados que alertan a los guardaparques en tiempo real sobre el ruido de sierras mecánicas o disparos en lo profundo del parque.

“Si bien el agotamiento es permanente y dedico mucho tiempo, mucha energía y muchos recursos a hacer lo que hago, no lo veo como un trabajo: es mi vida y la disfruto”, dice. Y sobre las críticas, es igualmente directo: “Le guste a algunos o no le guste a otros, no importa”. A lo que suma: “Es agotador en algunos casos, pero es hermoso dedicarse a la conservación; uno se siente útil en este planeta”.

Grabar el sonido de la selva

Aunque hoy es fotógrafo profesional, el sonido fue su interés original, por lo que en el último tiempo comenzó también a registrar “paisajes sonoros” inmersivos.

“En trabajos de monitoreo de biodiversidad”, explica, “hoy en día se utilizan grabadores de audio porque permiten identificar todo tipo de animales que por cámaras trampa o por otros métodos convencionales no es posible”. Un micrófono, en cambio, captura el paisaje entero.

La magnitud de la biodiversidad se destila del caos de fondo: en una plantación de pinos, a lo sumo se escuchan algunas aves, mientras que en un manchón de selva nativa, grillos, anfibios y langostas hacen un buen lío, a veces tan denso que los cantos de las aves a duras penas sobresalen.

Sergio en La Reservita

Prestando atención al entorno sonoro, Sergio consiguió uno de los registros más importantes de la región: el primer canto en libertad de un águila harpía adulta grabado en Argentina. Ese hallazgo, más allá del logro técnico, demuestra en la práctica una de sus convicciones más fuertes, que el turismo de naturaleza, realizado de manera responsable, lejos de ser un destructor del ecosistema puede funcionar como un aliado para su conservación.

La historia de este registro es un argumento a favor de la intervención responsable. Sergio guiaba a dos turistas en la biósfera Yabotí cuando se toparon con el ave. Tras triangular sus movimientos junto al Proyecto Águilas Crestadas, descubrieron que patrullaba los cielos de un lote perteneciente a alguien que había participado de sus talleres de observación, quien había comprado ese pedazo de monte sin demasiada idea de qué albergaba. Al enterarse de que el águila harpía (Harpia harpyja) había elegido su terreno como territorio de caza, el propietario viajó a la provincia, para avanzar con la ampliación y creación de una reserva donde se destinará un guardaparque permanente. De un paseo de avistaje salió un área protegida.

Al encuentro de su misión

En otro de sus patrullajes, Sergio dio con una rarísima especie de orquídea terrestre, la Pelexia vinosa: un espécimen de hojas íntegramente teñidas de violeta, del que existían apenas cuatro registros confirmados a nivel mundial y ninguno en el país. Al no ser un experto botánico, documentó el hallazgo e invitó públicamente a la comunidad académica para que lo ayudara a validarlo. Sin embargo, salvo por el entusiasmo de algunos investigadores extranjeros, nadie de Misiones se acercó.

En respuesta al difuso interés por la conservación local, Sergio pasó los últimos años trabajando junto al especialista Francisco Capli en un libro que sirviera como herramienta de conservación. El resultado es Aves de Misiones y la Selva Atlántica, un volumen de casi seiscientas páginas a todo color con más de 1.250 fotos, que será presentado el 7 y 8 de mayo en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Esta obra, que documenta cada especie de ave que habita en la región, tendrá un precio de tapa de casi la mitad de su valor real gracias a patrocinadores institucionales, entre ellos Aves Argentinas y la provincia de Misiones, y Sergio planea donar cientos de ejemplares a escuelas y reservas que jamás podrían costearlo.

El libro también menciona a propósito lugares de Misiones prácticamente desconocidos, de acceso público, que el turismo y las organizaciones de conservación ignoran simplemente porque no saben que existen. Nombrarlos es también, en sí mismo, un acto de conservación y amor por la tierra.

Sergio cuenta que él mismo se metió en el ámbito de la conservación a partir de una foto que vio en Facebook en 2012: “Nunca había tenido frente a mí un libro de aves de Misiones, ni siquiera en la escuela, ni en algún hotel al que haya ido, en alguna reserva o en una biblioteca. Si lo hubiera hecho de chico, me hubiera metido en este mundo muchísimo antes”. Este libro es, en definitiva, el que él no tuvo.

En la introducción, Sergio aclara que no quiere que su guía sirva solo para tildar especies vistas, convirtiendo el avistaje en un juego frío y sin sentido, como si fuera atrapar pokemones o tachar de una lista. Su objetivo es mostrar la vida que hay en la selva atlántica y enseñar su valor para conservarla y restaurarla. Espera que verdaderamente sirva como manual fundacional de un ecosistema que decidimos salvar a tiempo, y que si hoy alguien observa una especie amenazada, sus nietos puedan encontrarla todavía ahí.

La resiliencia compartida

Cuando le pregunté acerca de sostener el esfuerzo frente a la crisis ecológica, respondió con franqueza: “Nunca me puse a analizar si me conviene hacerlo o no”. Por eso, sus encuentros fortuitos con las especies que habitan en La Reservita no son, para él, los restos de un ecosistema a punto de desaparecer. Son la demostración de que la selva sigue estando viva y resiliente.

Con los años y el esfuerzo, asegura, vendrán más reportes de especies como el carayá rojo, el yaguareté o el zorro pitoco. “Estos ecosistemas se pueden conservar, se pueden restaurar, se pueden mantener”, dice. Y agrega, como al pasar: “Acá en Misiones se ha tomado la decisión de conservar lo que queda. Si se avanza así, yo creo que hay esperanzas”.

“Si cada persona del planeta simplemente hace un pozo y planta una semilla, el problema del calentamiento global se vería bastante disminuido”, dice. “Con ese simple hecho solucionaríamos un montón de problemas y, sin embargo, es tan difícil de lograr”.

Me dan ganas de visitar La Reservita e irnos juntos por las ramas.

Investiga sobre el impacto político y social de la tecnología. Escribe «Receta para el desastre», un newsletter acerca de ciencia, tecnología y filosofía, y desde 2017 escribe «Cómo funcionan las cosas», un newsletter que cruza ciencia, historia, filosofía y literatura desde la exploración de la curiosidad.