Sector damas
Las novias y las mujeres de Javier Milei, entre el escenario, la representación, la contención y el hastío del presidente.
Me pregunto si hay alguien que haya creído que eran auténticas las relaciones de pareja del presidente de la República que se dieron a conocer durante su mandato, aún en curso: la de Fátima Florez, primero, la de Amalia González, después. Me pregunto si hay alguien que haya creído que fueron genuinas historias de amor, historias de dos que se conocen, se enamoran, se quieren, se desean, y se separan al darse cuenta de que la pasión que los unía se agotó. Me pregunto si hay alguien que lo haya creído o lo crea: presiento que no. Pero también me pregunto si acaso fueron montadas y ofrecidas a la vista de todos para que se las creyera verdaderas. Y también presiento que no. De hecho, y no por nada, los bruscos choques de bocas que se expusieron a manera de besos y los encuentros medio a empujones que se expusieron a manera de abrazos ocurrieron a menudo en escenarios, en el marco de un espectáculo, en espacios dispuestos para las representaciones. Tal vez se asumió desde un principio que esos romances (el del jefe de Estado con Flores, el del jefe de Estado con González) debían funcionar como ficción de romance, como farsa del amor, que debían ser simulacros declarados como tales, una máscara (una mascarada) que señalara expresamente esa condición. Mírenme: soy una máscara, dice la máscara. No pretende no ser lo que es. No por eso, sin embargo, deja de cumplir su función principal: la de ocultar una cara verdadera. No se hace pasar por ella, pero no la deja ver. Lleva la vista hacia otra parte.
Fueron distintas las cosas con Raúl Alfonsín y Lorenza, ya que ahí sí hubo simulacro (un simulacro de matrimonio persistente). Y fueron distintas con Carlos Menem y Zulema Yoma, ya que el espectáculo que ofrecieron (inaugurando tal modalidad, la del espectáculo, para el género de los presidentes y las primeras damas) tuvo mucho de grotesco y tuvo mucho de tragedia también. Fueron distintas asimismo con Eduardo Duhalde y Chiche, o con Néstor Kirchner y Cristina, ya que esos vínculos eran conyugales y al mismo tiempo políticos (los dos cónyuges eran políticos de profesión, compartiendo además un mismo partido). Fueron distintas con Mauricio Macri y Juliana Awada, porque se volvió a un reparto más clásico entre vida laboral (la presidencia) y vida familiar (la pareja). Otro tanto al parecer iba a pasar con Alberto Fernández y Fabiola Yáñez, pero el cumpleaños de Fabiola en la residencia de Olivos terminó siendo uno de los factores políticos más influyentes en la gestión de Estado de su marido.
No hay razones para objetar la soltería de Javier Milei (excepto desde el mandato de “creced y multiplicaos” o desde la condena por pecaminosas de las relaciones sexuales sin su debido sacramento nupcial por parte de esa tradición judeocristiana que él mismo ha vuelto un asunto de Estado). Fue desde el propio aparato de gobierno que surgió (y después, al menos hasta ahora, se descartó) la idea de que era preciso fraguar, ante la sociedad, la imagen de una vida de pareja para él. Las elegidas para fungir de novias del primer mandatario argentino ostentan en cualquier caso un perfil que deja bastante en claro a qué clase de imaginario se apostaba: no al de la familia o el matrimonio, sino al del winner conquistador de eficacia comprobada (no era al fantasma del soltero al que había que ahuyentar, y ni siquiera al fantasma del solo, sino más bien al del incel, que ronda sabidamente un espacio de adhesión que parecía necesario asegurar).
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Las rupturas amorosas, expuestas igualmente en público, no trajeron desazón ni escándalo (que es lo que suelen acarrear en el ámbito de la farándula), sino más bien un cierto alivio: el alivio de ya no tener que fingir más, no tanto para Javier con Fátima, o no tanto para Javier con Yuyito, sino para la sociedad argentina con su presidente en funciones. Como todo resultaba más bien forzado (no ya actuado, sino mal actuado), se tornaba laborioso prestarse a tan penosa fantochada, incluso si no se era más que simples espectadores. La importancia de todo esto, en tiempos de post verdad, es que las maniobras diseñadas desde el poder estatal no apuntaron esta vez a hacer que lo falso luciera verdadero y fuera tomado por tal, sino a entregarse por entero a lo falso y a jugar su juego vacuo sabiendo bien que lo era.
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SumateClaro que hay otras mujeres a considerar como parte del mundo Milei, y que son ni más ni menos que las que forman parte de la gestión de gobierno (parece haber perdido fuerza, y tal vez quepa preguntarse por qué, la tesitura por la cual se evaluaban los distintos proyectos políticos procediendo, antes que nada, a la escrupulosa contabilización del número de mujeres que incluía). A saber, principalmente, Karina Milei, Victoria Villarruel, Patricia Bullrich, Sandra Pettovello, Lilia Lemoine. Karina Milei, hermana del presidente, cumple, según se ha dicho (según ha dicho el propio presidente), una función realmente primordial: la de contenerlo. Arma y designa, distribuye y cobra: tareas ciertamente relevantes de las que, no sin traer problemas, se ocupa en el día a día. Pero en lo atinente al entorno próximo del presidente de la República, se encarga de su contención, tarea ardua si las hay. No de su contención en el sentido de frenarlo cuando se pasa de rosca, ya que el fuera de rosca es su marca, su estilo, su condición, y hasta su capital político, y se jacta de no frenar aunque resulte insensato no hacerlo. Se encarga de su contención en el sentido de estabilizarlo cuando se desestabiliza, tarea no menos ardua y probablemente no menos cotidiana.
Según se ha dicho (según ha dicho el propio presidente), Sandra Pettovello consigue hacer eso mismo, contenerlo cuando se desestabiliza, traerlo cuando se va demasiado lejos; restablecer, así sea en parte, ese frágil equilibrio que habita precariamente, y que ésa es la razón de su presencia en la residencia de Olivos. Su función en el aparato de Estado es la regulación de las políticas de daño que son la base de la actual gestión. Pero es además, como Karina, y sin haber tenido para eso que pasar la vida entera con él, la que atina a contener, cuando se saca, al jefe de Estado de la Argentina.
El caso de Patricia Bullrich es bien distinto, y acaso opuesto, pero en definitiva complementario. Bullrich fue una destinataria directa de la violencia verbal de Javier Milei. Milei dijo de ellas cosas horribles, realmente espantosas; dijo cosas oprobiosas, brutales, inadmisibles. Y Bullrich lo consintió. Eran inadmisibles, pero las admitió. Y marcó de esa manera un trazo más que significativo para la actual administración del poder del Estado. Las políticas de la degradación encuentran su mayor eficacia, o encuentran su menor resistencia, si antes se logra quebrar el sentido de la dignidad de aquellos a quienes se va a degradar. Y el goce oscuro del humillador se acentúa cuando aquellos a quienes se humilla se dejan humillar, como asumiendo que no merecen otra cosa. Patricia Bullrich, denigrada permisiva y hasta ufana de dejarse denigrar, cumple en ese sentido una función fundamental en el actual aparato de Estado, cuyas políticas precisan en buena medida, por los destrozos y sufrimientos que ocasionan, que el maltrato tienda a aceptarse, ante todo por los que lo reciben. Los agresores en las redes sociales reclaman a menudo a sus agredidos que se dejen agredir sin chistar: que no lloren, que no sean blandos, que no tengan la piel finita. No les basta con agredir, exigen la dócil aquiescencia de sus víctimas, y se ofuscan si acaso reaccionan. El mileísmo, que adoptó en buena medida las lógicas más toscas de las redes sociales y las estatizó, encuentra ahí un punto nodal.
Patricia Bullrich a eso lo llama “piel gruesa”, y cree oportuno recomendarla. Así lo hizo en su momento con Sabrina Ajmechet, cuando fue acusada (acusación nunca desmentida) de cometer un fraude contra el sistema educativo nacional, al robar ideas de otros y presentarlas como si fueran propias. Y lo volvió a hacer recientemente con Manuel Adorni (luego, hasta ella retrocedió), ante la incontenible multiplicación de sospechas firmes sobre sus probables manejos turbios: le aconsejó engrosar la piel; es decir, lograr que nada lo afecte, acorazarse para que nada le importe. Eso en verdad se llama cinismo, y no supone ninguna virtud. Pero Bullrich cumple esa función decisiva en el mundo Milei, la de tratar de hacer un mérito del me resbala. La premisa de un no-me-importa-nada como condición de posibilidad de ciertas políticas de Estado.
Lilia Lemoine es, entre otras cosas, la maquilladora del presidente de la República: responsable formal de su apariencia facial. Ha declarado alguna vez a la prensa que Javier Milei es el amor de su vida, aunque ella no sea el de él. La fotografía que ella misma se ocupó de difundir hace unos días, en la que se la ve manteniendo relaciones sexuales, involucra a otro partenaire (que le inició un juicio, por cierto); pero, a través de estas intervenciones, Lemoine va definiendo una deriva, firme y errática a la vez, de mostración y ocultamiento, de obscenidad y fuera de escena. Su romance con Javier Milei no fue parte de una exhibición, como lo serían el de Fátima Florez o el de Amalia González, sino algo previo, sólo aludido, mantenido mayormente en las sombras; a la vez, Lilia Lemoine habilita en la política nacional un espacio intenso destinado a la exposición de guarradas. Alguna vez se desestabilizó (su función es la de maquillar; no podría ser la de estabilizar, porque ella misma se presenta inestable) y declaró a la prensa que, si hablaba, si contaba lo que sabía, el gobierno caía al instante. Y todos entendimos que no se refería a políticas de desahucio o a maniobras de corrupción, que ya están por otra parte a la vista, sino a un trasfondo escabroso, cargado de sordidez (esa que el propio Milei expuso cuando, con gestos de perturbado, habló en la televisión de “la señorita entre las sábanas”). Luce oscuro, y acaso lo sea, y es Lemoine quien suele darlo a ver. Darlo a ver no significa iluminarlo, sacarlo de la oscuridad, sino mostrarlo precisamente en su propio carácter de oscuro.
Victoria Villarruel es, como se sabe, la vicepresidente de la Nación y una firme opositora al gobierno (nada nuevo bajo las nubes: pasó otro tanto con Cristina Fernández, cuando el presidente era Alberto Fernández, o con Julio Cobos, cuando la presidente era Cristina). Pero hay algo que, más allá de las marcadas diferencias ideológicas, ella define por así decir con su sola presencia, con su rictus, con su semblante. Villarruel no le tiene miedo a Milei, no se deja intimidar por su violencia. En cierto modo, lo desprecia; sin alardes, sutilmente, deja ver que le parece patético. Sonríe con suave discreción ante sus dislates o sus berrinches. Y abre así esta posibilidad: la de reírse de Javier Milei por lo ridículo que es. Esa posibilidad puede no estar hoy por hoy al alcance de los muchos que padecen, y cada vez más, las terribles consecuencias de las políticas que viene llevando a cabo, ni al de quienes, en el día a día, y en razón de una piel finita, soportan el agobio de sus exabruptos de desquicio. Villarruel, que está a salvo, sonríe y desprecia. Y de a ratos, además, deja ver cierto aire de fatigado tedio: el aburrirse de un siempre lo mismo, de ese show del desencajado que, perdiendo su novedad inicial, se repite sin variantes y empieza sencillamente a cansar.