School shootings: cómo internet convirtió en estética y cultura pop las matanzas

Desde la masacre de Columbine a la de Santa Fe, un hilo de morbo, contenido algorítmico y fanatismo sobre los tiroteos escolares recorre internet.

En abril de este año se cumplieron 27 años de la masacre de Columbine. En Estados Unidos la fecha volvió a activar el ritual habitual de los medios tradicionales: especiales de televisión, documentales, sobrevivientes contando cómo siguen viviendo después del trauma, debates eternos sobre armas y salud mental. Pero, esta vez, internet estaba discutiendo otra cosa. 

En la película El Drama (The Drama, 2026) de la productora A24, protagonizada por Zendaya y Robert Pattinson, uno de los personajes revela que durante su adolescencia había planeado un tiroteo escolar. En TikTok circulaban edits musicales de los protagonistas con estética Tumblr dosmilera. En Twitter había gente preguntándose si «ya era hora» de que el cine hablara de los school shooters desde un lugar más humano. En Reddit otros discutían si eso no era peligrosamente parecido a romantizarlos.

Y en paralelo, como pasa cada seis meses desde hace más de una década, algún usuario volvía a descubrir que Pumped Up Kicks de Foster the People –esa canción indie alegre que sonó en absolutamente todos los boliches, fiestas y playlists entre 2011 y 2014– en realidad hablaba de un adolescente fantaseando con dispararle a sus compañeros de escuela.

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Una referencia, una estética, un lenguaje

Columbine ya no es solamente una masacre. Es una referencia cultural. Una estética, un lenguaje. Casi un género narrativo propio. Y probablemente esa sea una de las cosas más incómodas que produjo internet en los últimos veinte años. Porque si uno piensa en los grandes eventos traumáticos estadounidenses, pocos quedaron tan pegados a una iconografía pop reconocible como Columbine. El 11 de septiembre sigue siendo tratado principalmente como tragedia histórica. Columbine, en cambio, terminó siendo otra cosa mucho más confusa: una mezcla de trauma, mito de la web temprana, fandom, estética sadboy, pánico moral y contenido algorítmico.

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Incluso para quienes crecimos en Argentina, lejos de la lógica cotidiana de los tiroteos escolares estadounidenses, lo que sucedió en aquel colegio de Colorado terminó funcionando como una especie de episodio fundacional de la cultura online. Los nombres Eric Harris y Dylan Klebold (los perpetradores, quienes se quitaron la vida antes de ser capturados) siguen siendo reconocibles para generaciones que ni siquiera habían nacido en 1999. Y eso no pasó por accidente.

La tragedia ocurrió en un momento cultural rarísimo. Lo suficientemente tarde como para dejar toneladas de material digital –fotos, diarios, grabaciones– pero todavía antes de las redes sociales masivas. Harris y Klebold prácticamente documentaron su propia construcción narrativa. Dejaron manifiestos, grabaron videos hablando a cámara, posaron con armas. Escribieron fantasías de destrucción masiva mucho antes de que internet estuviera lleno de adolescentes haciendo exactamente eso, aunque en versiones bastante menos homicidas. Las Basement Tapes(unas cuatro horas en video con ellos hablando y mostrando escopetas en un sótano) y sus diarios (The Book of God, en el caso de Eric; A Virtual Book of Existences, de Dylan) se convirtieron en biblias a citar e incluso copiar a mano, palabra por palabra. Fue una de las primeras fatalidades completamente internetificadas. Y como suele pasar con esas cosas, el archivo eventualmente se transformó en objeto de consumo.

El combo del morbo

Durante los años de Tumblr aparecieron comunidades enteras obsesionadas con el tema. Los llamados columbiners analizaban diarios, intercambiaban fotos, discutían teorías y hacían edits musicales de Harris y Klebold con canciones melancólicas de fondo, como si fueran personajes ficticios de una serie teen particularmente oscura. El detalle que más descoloca a quien se asoma por primera vez a ese mundo: el fandom estaba integrado mayoritariamente por mujeres jóvenes. Algunas aseguraban tener interés «académico». Otras claramente estaban fascinadas con los perpetradores. La mayoría mezclaba las dos cosas hasta volverlas indistinguibles, que tal vez sea lo más inquietante de todo. El cliché de “las mujeres consumen true crime” llevado mucho más allá, más cerca de la hibristofilia de las groupies que tenían algunos asesinos seriales de los setenta y ochenta como Ted Bundy y Richard Ramirez

Todavía hoy existen comunidades similares en Reddit, TikTok y Discord. Y el fenómeno ya no se parece tanto al morbo tradicional del policial. No es solamente fascinación con un crimen, hay una identificación estética y emocional. Una cuestión que pasa a ser identitaria. 

Algo que conviene aclarar porque viene usándose en cualquier sentido: en estos casos cuando se habla de la “True Crime Community” no es para referirse a quienes simplemente consumen este tipo de historias. No es escuchar un podcast sobre un asesinato mientras lavás los platos o te tomás una copa de vino. En su versión más extrema, la TCC funciona como una subcultura de glorificación de criminales, con símbolos compartidos, jerarquías internas, edits, apodos y una relación casi devocional con ciertas situaciones violentas.

Pop

El school shooter como figura cultural terminó absorbiendo elementos muy específicos de cada época. Primero el outsider noventoso acusado de escuchar Marilyn Manson y jugar Doom; después el sadboy melancólico de Tumblr; más tarde el incel hiperonline radicalizado por algoritmos, foros y videos recomendados automáticamente. El tema es que incluso periodistas que siguieron el caso desde un primer momento, como David Cullen –autor del libro Columbine– se dieron cuenta tarde que la cosa no era tan sencilla como para andar señalando a un consumo cultural o la ausencia de un padre o una madre.

Quizás el abordaje “pop” más completo hasta ahora haya sido el de Adolescence, la miniserie británica que se convirtió en una de las más vistas en la historia de Netflix y ganó ocho Emmys en 2025. Su protagonista es un chico de 13 años acusado de matar a una compañera de clase. No da una explicación única ni cómoda, muestra en cambio la acumulación de factores: foros incel, el rechazo convertido en humillación pública vía Instagram, un padre que no tiene el vocabulario para lo que le está pasando a su hijo, una escuela que no llega a estar ahí para cada chico y chica. No absuelve ni señala a un único “culpable” y eso es lo más incómodo, lo que más perturba. Es que, a medida que avanza, se vuelve cada vez más difícil decir en qué momento exacto todo se torció.

Durante años, representar Columbine implicaba automáticamente entrar en terreno solemne. Elephant, de Gus Van Sant (2003), probablemente siga siendo la obra definitiva sobre la masacre, aunque nunca la mencione explícitamente. Van Sant tomó la estructura del ataque (los pasillos vacíos, los dos chicos armados, la escuela suburbana) y la transformó en cine contemplativo, frío, casi clínico. Era una película sobre el horror de no entender, de no ver hasta que es demasiado tarde.

Cómo hablar de una matanza

Metemos fast forward y llegamos a 2026, al estreno de El Drama, la película de Zendaya y Pattinson. El personaje de ella revela que de adolescente había planeado un tiroteo que nunca llegó a cometer; la película se pregunta qué hace una pareja con esa información, qué significa eso sobre la persona que uno cree conocer. Ella estuvo cerca pero no lo hizo, ¿qué hacemos con esa persona? ¿Es peor lo que casi hacemos que lo que sí hicimos? ¿Hay redención posible para quien tiene ese impulso pero no lo lleva adelante? El director y guionista Kristoffer Borgli se anima a hacer esas preguntas con cierto tono entre cómico y espinoso.

El padre de una víctima de Columbine dijo públicamente que la película lo había dejado shockeado y que usar esa revelación dentro de una comedia romántica humanizaba a los asesinos. A24 había pedido a la prensa que no revelaran el giro argumental así que hubo meses de especulación por algo que la película dice muy rápidamente. March for Our Lives, la organización fundada por sobrevivientes del tiroteo de Parkland, emitió una advertencia de contenido antes del estreno porque consideraba que el público tenía derecho a saber en qué se estaba metiendo. La polémica, además, no la hundió: para cuando llegó al on demand ya había superado los 100 millones de dólares de recaudación global. El escándalo moral, como suele pasar, también funcionó como campaña de marketing ¿involuntaria?

Existe una frontera tácita alrededor de Columbine: podés analizarlo, contextualizarlo o usarlo como advertencia social, pero humanizar demasiado a los responsables sigue siendo un límite delicadísimo. Internet hace rato que cruzó ese límite. Y quizás Pumped Up Kicks sirva de ejemplo de cómo una obra cobra vida propia y, en general, las redes la tuercen hasta lo moralmente dudoso. Durante años fue simplemente un tema indie pegadizo que sonaba en bares, fiestas, compilados hipsters y playlists de verano. Millones de personas cantaban «all the other kids with the pumped up kicks…» sin detenerse demasiado en que la canción estaba escrita desde el punto de vista de un pibe armado fantaseando con dispararle a sus compañeros. 

Mark Foster dijo varias veces que no estaba pensando específicamente en Harris y Klebold cuando la escribió, que quería explorar la psicología de un adolescente violento y aislado. El problema es que después de 1999 toda representación cultural de violencia escolar termina orbitando inevitablemente alrededor de lo que sucedió en Littleton, Colorado.

Es canción, es remera

La canción hacía algo muy propio de internet antes de que rigiera la lógica TikTok: envolver una cuestión profundamente oscura en una estética amable, nostálgica y consumible. Con Columbine pasó algo parecido. El horror original nunca desapareció del todo, pero alrededor empezó a crecer una capa pop Y una vez que algo adquiere estética, internet encuentra formas infinitas de reciclarlo.

Eso incluye merchandising. Una búsqueda reciente en Mercado Libre Argentina mostraba algo más incómodo que un paper sobre radicalización adolescente: publicaciones de réplicas de las remeras que Harris y Klebold usaron durante la masacre. La de «Natural Selection», usada por Harris, remite a una lectura brutalizada de la selección natural, una fantasía de limpieza social donde los débiles merecían morir. La de «Wrath», usada por Klebold, fue leída en retrospectiva como una síntesis brutal de ira, resentimiento y fantasía de venganza. Las publicaciones directamente usaban la palabra «Columbine» en el título del producto. Los compradores probablemente nacieron diez años después de la masacre.

Especialistas en violencia escolar señalan que esas remeras funcionan en ciertos rincones de internet como señas de reconocimiento entre copycats, otros dicen que es algún tipo de forma de protesta en favor de la memoria a base de impacto. Lo que empezó como iconografía mediática de un evento traumático terminó siendo un código de pertenencia a algo que no tiene nombre claro pero que tiene un look, tiene jerarquías internas y tiene candidatos a nuevas entradas en su panteón.

El caso más documentado de hasta dónde puede llegar eso ocurrió en 2015, en Halifax, Canadá. James Gamble y Lindsay Kantha Souvannarath se habían conocido en Tumblr a través del fandom de Columbine. En los mensajes de Facebook que presentó la fiscalía como prueba, ambos decían ser reencarnaciones de Harris y Klebold e incluso se llamaban mutuamente «Reb» y «Vodka», los apodos que los tiradores usaban entre sí. Planearon un ataque para el Día de San Valentín en un shopping center de Halifax: rifles, cócteles molotov, trajes de muerte elegidos con cuidado, una banda sonora preparada de antemano y un video del ataque para subir a internet después.

Gamble se suicidó cuando la policía rodeó su casa, horas antes del ataque. Souvannarath fue detenida al llegar al aeropuerto desde Illinois. Llevaba un libro sobre asesinos seriales y su «traje de muerte» en el bolso. En 2018 fue condenada a cadena perpetua por el complot y planeamiento de una masacre que no llegaron a cometer. La fecha de la sentencia fue el 20 de abril. El aniversario de Columbine. La fiscalía dijo que fue una total coincidencia.

Un ciclo que se reinicia

La lógica del fandom tampoco distingue siempre entre admirar y replicar. En diciembre de 2024, Natalie Rupnow, una chica de 15 años de Wisconsin, mató a una estudiante y a una profesora en la escuela Abundant Life Christian School antes de suicidarse. En sus redes había posts sobre Columbine, sobre el tiroteo de Jokela en Finlandia, sobre Parkland. Sus cuentas en Tumblr y X estaban llenas de referencias a shooters. Investigadores del Instituto para el Diálogo Estratégico concluyeron que su motivación principal estaba vinculada a su pertenencia a la True Crime Community.

Pero el detalle que más circuló en medios fue una foto: Rupnow en un campo de tiro, meses antes del ataque, usando una remera de KMFDM, la misma banda industrial cuyas letras Eric Harris había citado en su página web en 1999. Su padre la había subido a Facebook con orgullo, sin saber qué significaba esa remera en ciertos rincones de internet. Después del tiroteo, Rupnow fue absorbida por las mismas comunidades que la habían radicalizado: hay clips editaditos, hay fan art, hay ficción sexual sobre ella, que tenía 15 años. El ciclo no se interrumpe: se reinicia.

La idea del crimen como texto, como mensaje diseñado para ser leído y reciclado por la fantástica y tóxica world wide web, no es exclusiva de los school shooters. En diciembre de 2024, asesinaron al CEO de UnitedHealthcare, la aseguradora de salud más grande de Estados Unidos, frente a un hotel de Manhattan. El acusado, que está en juicio ahora, es Luigi Mangione. Lo que convirtió el caso en fenómeno cultural no fue solo el crimen sino los detalles que lo rodeaban: se presume que Mangione tenía grabadas en los casquillos de las balas las palabras «delay», «deny» y «depose», tres términos que se leyeron inmediatamente como referencia a las tácticas de las aseguradoras para rechazar reclamos de sus clientes/pacientes. Era un manifiesto de tres palabras. En horas, se convirtió en meme. 

Hubo remeras, stickers, portadas ficticias de revistas, estampitas, velas, canciones, memes de Tony Soprano declarándolo héroe y el hashtag #FreeLuigi usando la imagen del fontanero de Super Mario. El libro académico con un título parecido (Delay, Deny, Defend, una crítica al sistema de seguros publicada en 2010) trepó en los rankings de Amazon. La frase que había dormido en un libro universitario durante catorce años encontró su momento pop cuando alguien la grabó en una bala.

Mangione no es un school shooter ni tiene nada que ver con Columbine. Pero el mecanismo permite mirar algo parecido: el crimen diseñado para ser leído, el mensaje construido para viralizarse, la figura del asesino absorbida casi de inmediato por la lógica del fandom, convertida en iconografía antes de que el cuerpo de la víctima estuviera frío. Lo que Columbine resignificó e instaló en 1999, la idea de que un ataque puede ser también una declaración cultural, un texto, algo que la sociedad va a tener que procesar durante décadas, se fue perfeccionando con cada generación online hasta llegar a esto: un asesinato calibrado para volverse tendencia.

Eso último quedó muy en evidencia después del asesinato de Ian Cabrera, el chico de 13 años baleado por un compañero en una escuela de San Cristóbal, Santa Fe, a fines de marzo de este año. La investigación confirmó que el tirador de 15 años pertenecía a la True Crime Community, una subcultura digital transnacional cuyo hito fundacional es, precisamente, Columbine. En su celular había posteos sobre Harris y Klebold, usaba un seudónimo y compartía su fascinación en Discord con usuarios de Argentina y del exterior.

Cuando cometió el ataque, otros miembros de la comunidad reaccionaron en tiempo real: algunos lo llamaron «héroe nacional», otros se burlaron porque, a su entender, había sido «un fracaso» si lo medían en términos de víctimas fatales. Medios argentinos informaron que ya había al menos siete causas judiciales en trámite vinculadas a hechos o amenazas con características similares dentro del ecosistema de la TCC en el país.

El fantasma de Columbine estaba ahí aunque San Cristóbal no tenga nada que ver con una escuela de Colorado en 1999 a 9.117 kilómetros y 26 años de distancia.

Primero fue una tragedia.
Después un trauma nacional televisado.
Después una advertencia moral sobre videojuegos, bullying y Marilyn Manson.
Después un objeto de estudio.
Después un fandom.
Después una estética.

Y finalmente algo que no termina de clasificarse del todo: un universo cultural completo que internet sigue reciclando sin decidir todavía si intenta entenderlo, exorcizarlo o si simplemente ya no puede distinguir entre las dos cosas.

Fueguina y periodista. Conductora de podcasts como Hoy Trasnoche, radio y cosas en YouTube. Ex editora de la revista La Cosa, redactora de Inrockuptibles, Clarín, La Nación e Infobae. Interesada en todo lo que sea fenómenos pop que parecen no tener sentido.