Scaloni: el ciclista que cayó mil veces y siempre se levantó más fuerte

Fanático de la bicicleta, el actual DT encarna el esfuerzo, la disciplina y la persistencia de ese deporte. Para él caerse es consecuencia de andar.

“El Ciclista”. Así llama el grupo de WhatsApp a Lionel Scaloni. Porque un ciclista “es de hierro”, dicen los miembros del grupo, todos ciclistas aficionados, igual que el DT de la selección. Un ciclista, afirman, es sinónimo de confiabilidad y de resistencia. Pero ayer el ciclista se quebró como nunca antes. Cortó la conferencia de prensa posderrota ante España para evitar desmoronarse en público. Luego, ya más sereno, sugirió un posible fin de ciclo en diciembre, cuando termine su contrato. Como todo ciclista, eso sí, Scaloni sabe mejor que nadie que, tras una caída, lo primero que debe hacer uno es levantarse.

En Kansas City, concentración inicial de la selección en el distópico Mundial que concluyó ayer en Estados Unidos, Scaloni mantuvo su costumbre diaria de subirse a la bicicleta, rito que incorporó tras su retiro como jugador. Fue imposible seguir haciéndolo en medio del caos de Nueva York. Dos días antes de la final lo metieron en un helicóptero para llevarlo con Leo Messi y Dibu Martínez a un encuentro de selfies y celebrities en el Javits Center, en Manhattan. No le gustó nada, pero evitó el conflicto. Dijo, simplemente, que fue una situación “surrealista”.

En estos años, Scaloni se cayó muchas veces de su bicicleta. La más grave sucedió en Esporles, un pueblo cerca de su casa en Mallorca, España. Se dañó la clavícula y se raspó toda la espalda. Bajó de la montaña como pudo. Se atendió en el dispensario y pidió que no se supiera nada. La caída más pública sucedió el 9 de abril de 2019. Salía en bici despacio del estacionamiento del colegio de sus hijos, un auto dio marcha atrás y lo atropelló. Cayó y se abrió la cabeza. Permaneció sentado esperando la ambulancia. Lleno de sangre. Lo suturaron. Las redes (la escuela tiene mil alumnos) contaron que estaba en terapia intensiva. Pidió entonces a su esposa Elisa que le tomara una foto para publicar un tuit tranquilizador. Tenía cuello ortopédico y la cara llena de adhesivos. La foto, claro, se convirtió en meme. Dieciocho días antes, la selección había perdido 3–1 contra Venezuela en Madrid. La caída con la bici no ayudó mucho. Pero caerse es consecuencia de andar en bici, le dijo al periodista Diego Borinski, autor del libro Scaloni: biografía oficial (Editorial Sudamericana). “Te caés y te levantás”.

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Scaloni no duerme mucho. “Se puede acostar y levantar en un lapso de cuatro horas”, cuenta a su vez Alejandro Wall en Revolución Scaloni (Editorial Planeta). El ciclismo salvó su necesidad de estar siempre en movimiento tras el retiro. Se lo recomendó Carlos Moyá, número uno del tenis mundial en 1999, entrenador entonces de Rafael Nadal, una mañana de 2015 que dejaron a sus hijos en la escuela Agora Portals. En la primera salida, se le acalambraron los gemelos y no pudo subir al monumento de Na Burguesa, la montaña más alta de Mallorca. “Esto — se juramentó — no me va a ganar”. Moya, que es mucho más tranquilo que Scaloni, quedó sin embargo impresionado con la potencia en subida de Leo. “Es una bestia, un atleta impresionante”. Borinski preguntó a Moya que tenía Scaloni de bestia: “Las piernas, el corazón”. Con el tiempo, Scaloni, claramente más rápido que el grupo, llegaba mucho antes a la meta, pero volvía una y otra vez para reintegrarse al pelotón. Moya le preguntó por qué no corría con gente de su nivel. “Para eso salgo solo”, le contestó. Siempre quiso hacerlo con amigos.

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En 2023, Scaloni, “animal competitivo”, corrió una prueba tradicional de Mallorca, por la Serra de Tramuntana, ascensos y esfuerzo, 167 kilómetros en cinco horas y ocho minutos, medalla final. En otra prueba en Alta Gracia, Córdoba, paró a comer unos sánguches en un almacén de pueblo en Falda del Carmen. Lo reconocieron cuando se quitó el casco. Hubo revuelo. Corrió también 110 kilómetros entre San Martín de los Andes y Villa La Angostura junto con los integrantes de su cuerpo técnico. Hace dos horas diarias de bici. Se armó un circuito en el predio de la AFA (en el gimnasio tiene otra bici y, aplicación mediante, “corre” el Tour de Francia).

El Angliru, en Asturias, es el puerto de montaña más mítico, duro y famoso de la Vuelta de España, con desniveles de hasta casi 24 por ciento, 1.570 metros sobre el nivel del mar. Lo subió para un programa de la TV de España junto con Pedro Delgado, un ex campeón del Tour de Francia, que se asombró por la fuerza de piernas de Scaloni. “Esto — se le escucha decir al DT en un video — es más difícil que salir campeón del mundo”.

La bici le hizo bien “para la cabeza”. Le gustó eso de competir contra uno mismo, contra la cuesta que aparezca. Quemar calorías. Las horas que quiera. Algo, sin embargo, le sucedió en el camino. Scaloni tiene dos bicicletas. Una para la ruta, otra para la montaña. De la montaña, donde todo es inevitablemente más complicado, Leo volvía bien. De la ruta, mismo tiempo y todo más sencillo, llegaba en cambio “reventado de verdad”.

El impacto del éxito, la lejanía con sus padres, ambos enfermos en Pujato, Santa Fe, lo estaban complicando. La energía caía. Sufrió, eso cree, ataques de pánico. Comenzó a ir al sicólogo. El especialista le pidió que, por tranquilo y despejado que estuviera el camino, mantuviera en la ruta la misma atención que debe mantener en la montaña, porque está llena de pozos y de piedras. El psicólogo le pidió que comentara en voz alta el auto que venía, la próxima parada, etcétera. Todo para que su cabeza dejara de pensar en la selección, en el próximo partido, si tal o cual jugador. “Eso te desgasta, te fusila”, le dijo el especialista. Funcionó.

Scaloni contó que la primera pregunta que le hizo al psicólogo fue si lo que le estaba sucediendo tenía relación con el “miedo a perder”, a no mantener al menos algo de todo lo conseguido. Dejó entonces de cargar su cabeza con pensamientos negativos. Como jugador, cada derrota lo cargaba de enojo. Era el peor de todos. Pero también era luego el primero en levantarse. Hoy la derrota sigue afectándolo mucho. “No está buena la sensación de ‘qué pasa si pierdo mañana’. ¿Qué va a pasar? Nada, no pasa nada. Hay que levantarse y punto”. Sucedió en el debut en Catar contra Arabia Saudita. Derrota inesperada tras treinta y seis partidos invicto. Al encuentro siguiente, cambió a medio equipo y salió campeón. “Es un gestor de egos brutal”, lo definió Moyá.

Ayer volvió a perder. Con una imagen injusta para su ciclo brillante de ocho años, casi sin pisar el área rival, dominado de principio a fin por España, merecidísimo campeón. Errores eventuales al margen, cero reproche a un equipo que lo dejó todo.

Una de las imágenes que mejor me graficaron a Scaloni en este Mundial sucedió tras la milagrosa victoria 3–2 ante Egipto. Su técnico, Hossan Hassan, goleador mítico del país africano, es un hombre polémico. Llegó a estar preso por golpear a un fotógrafo en su país. En el Mundial fue acaso la única voz valiente que habló de Palestina. Perdió contra Argentina con fallos polémicos, pero absolutamente reglamentarios. Cuando todo era caos, pareció querer frenar a Scaloni que se dirigía a la conferencia de prensa. El DT argentino, cero corrección política, lo ignoró por completo. “El Gringo” no dudó un segundo en seguir con lo suyo.

Me quedo con un notable artículo del periodista brasileño Thales Machado en O Globo. “Para la mirada brasileña, acostumbrada a convertir al argentino en una caricatura de pecho inflado, Scaloni ofrece una rareza: es el argentino que conquistó el mundo y siguió sin parecer dueño del planeta”. Scaloni no es César Menotti ni Carlos Bilardo. Y mucho menos Diego Maradona. El 10 había dicho que Scaloni, dada su inexperiencia, no podía dirigir ni el tránsito. Scaloni, siguió Machado, “ocupó el banco más importante del fútbol argentino sin convertirlo en una extensión de su propia personalidad. Nunca intentó parecer más grande que el lugar donde estaba sentado. Nunca convirtió una entrevista en una clase magistral, un sistema en una religión o un entrenamiento en un manifiesto”. Y así logró algo clave: dirigir a Messi “sin ser devorado por Messi”.

“El Ciclista”, es cierto, puede ser sinónimo de esfuerzo, disciplina, persistencia, caer y volver a levantar. Los gregarios representan mejor que nadie esa figura en el ciclismo profesional. Son aquellos ciclistas anónimos que trabajan para facilitarle el camino a su líder. Son unos “chiflados”, escribió Albert Londres en el libro Los Forzados de la carretera. “Porque corren etapas de casi 500 kilómetros, veinte horas sobre la bici, y al día siguiente suben los Pirineos, y se lanzan en descensos a 60 kilómetros por hora, al borde del precipicio, “burlándose de la muerte”, un Vía Crucis cuya lectura favorita es “La vida de los mártires”.

Los controles antidóping de la era moderna desnudaron el Lado B. “Siempre se asocia al ciclista con un ser único capaz de llegar a sitios que los humanos ni sabemos que existen, abnegados, sacrificados por el compañero, el gregario que sacrifica sus posibilidades de triunfo para que gane su líder”, me desmitifica Carlos Arribas, del diario El País, de España, acaso la firma más autorizada sobre ciclismo en habla hispana. A diferencia del grupo de WhatsApp que conocí en Estados Unidos, Arribas me dice que él “no confiaría nunca ni pondría la mano en el fuego por un ciclista. Son los mayores mentirosos. Solo hay una verdad, que quizás salve al ciclismo: es el único deporte individual que se gana en equipo”.

Ayer, apenas después de la derrota dura ante España, Scaloni, que en Estados Unidos se aferró a su viejo grupo campeón de Catar, deslizó lloroso que jamás podrá volver a formar otro equipo como el de estos años, bicampeón además de la Copa América. En este Mundial, la selección tuvo mucho más corazón que fútbol. Del papelón posible ante Cabo Verde pasó a la gesta contra Inglaterra, donde sus jugadores quemaron acaso las últimas reservas del tanque. “El Ciclista”, como pudo, llegó hasta la final (como también pudo mi laptop dañada luego de mes y medio de viajes por México y Estados Unidos, pero que aguantó digna hasta ayer).

En “Mi querida bicicleta”, otro libro más romántico sobre el ciclismo, Miguel Delibes escribe sobre el niño que sube y se larga a andar por primera vez en una bici, pero se paraliza porque sabe que en algún momento deberá frenar. Le teme al “fantasma del futuro”, a la caída. “Muy simple”, le indica su padre al niño. “Si caes, te vuelves a levantar”. Nadie mejor que él para reconstruír un nuevo camino.

Es periodista desde 1978. Año de Mundial en dictadura y formidable para entender que el deporte lo tenía todo: juego, política, negocio, pueblo, pasión, épica, drama, héroes y villanos. Escribió columnas por todos lados. De Página 12 a La Nación y del New York Times a Playboy. Trabajó en radios, TV, escribió libros, recibió algunos premios y cubrió nueve mundiales. Pero su mejor currículum es el recibo de sueldo. Mal o bien, cobró siempre por informar.