Revolución, una palabra vaciada de sentido
Antes de la revuelta francesa, la palabra implicaba un movimiento de los cuerpos celestes con algún tipo de retorno. Ahora fue captada por el mercado para imponer productos nuevos.
La palabra revolución se vació de sentido: “Últimamente sólo la usamos para hablar de algún nuevo aparato que nos arma rutinas diferentes”, escribía el año pasado Martín Caparrós.
Como tantos otros conceptos que de una manera más o menos obvia fueron cooptados por la mano traviesa e invisible del mercado, el concepto de revolución puede rastrearse a discusiones que poco o nada tenían que ver con la política o un nuevo modelo de iPhone.
La reconstrucción más prolija de esta deriva es la que hizo a fines de los años setenta el historiador Reinhart Koselleck, a partir del análisis semántico del tiempo histórico a lo largo de la transición hacia la modernidad, caracterizada por la aceleración del cambio y las supuestas fracturas en la experiencia del pasado frente a un futuro ahora inaugurado como incierto.
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Antes de que la palabra quedara asociada a los grandes terremotos políticos del siglo XVIII, con la Revolución Francesa a la cabeza (y las tantas cabezas que rodaron), “revolución” designaba ante todo el movimiento regular de los cuerpos celestes: un ciclo predecible que implicaba siempre algún tipo de retorno. El ejemplo clásico está en De revolutionibus orbium coelestium (1543), donde Copérnico hablaba de las “revoluciones” de las esferas celestes alrededor del Sol.
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SumateSi bien durante algunos siglos el concepto circuló en el vocabulario político moderno, todavía arrastraba esa carga cíclica. Una revolución no era necesariamente la invención de un futuro nuevo sino, muchas veces, el regreso a un orden anterior: la restauración de una constitución, una dinastía o una forma de gobierno que había sido desplazada. “Revolución” aún conservaba algo de órbita, de retorno, de mecanismo astronómico aplicado a cuestiones más bien terrestres.
La gran revuelta
La Revolución Francesa desacopló el concepto de la circularidad y lo transformó en uno de cambios singulares y colectivos, la apertura de horizontes de expectativas hacia futuros inéditos y emancipadores. Una revolución ahora implicaba abandonar el pasado como modelo y representaba el motor de cambio capaz de derrocar estructuras de poder opresivas.
Este horizonte de oportunidades, con sus promesas sociales y un futuro que casi puede olerse, quedó asfixiado y reducido al eslogan de alguna herramienta de IA que promete una mejor vida por lo que sale una improvisada lobotomía.
El vaciamiento semántico del lenguaje de la transformación social es un viejo truco (que ocupa, por supuesto, un lugar inmenso en las bibliotecas de las ciencias sociales). Este secuestro conceptual de parte de las fuerzas económicas tiene una bien documentada historia: primero, las administraciones neoliberales de los ochenta se apropiaron de la palabra “cambio” para imponer políticas de austeridad. Y unos pocos años más tarde, la industria tecnológica incorporó la idea de revolución para vendernos cacharros con lucecitas.
Aunque algo podría decirse de la patológica falta de imaginación cuando se trata de vender un futuro, el mecanismo de usurpación fue operado con tal sutileza y prolijidad que ni siquiera enfrentó demasiada resistencia. Para cuando nos dimos cuenta, la “revolución” había quedado anulada conceptualmente, dejándonos atragantados de mensajes que no resisten una segunda lectura.
Un proyecto cultural
Sería demasiado ingenuo atribuir esto a un desafortunado accidente lingüístico, una reunión de brainstorming excepcionalmente exitosa o incluso una inocente casualidad. Por el contrario, parece responder a cierto proyecto cuya estructura menos tiene de conspiración que de antecedentes históricos.
El profesor Gabriele Balbi disecciona la anatomía de este secuestro conceptual en The Digital Revolution (2023), donde procura demostrar que el relato de la industria tecnológica no es más que una ideología comercial disfrazada de un destino histórico inevitable.
La estrategia adoptada es la de saturar el debate público con mantras repetitivos —ese famoso humo— mientras se afirma que su avance “disruptivo”, capaz de abarcar la totalidad de la experiencia humana, no debería ser resistido. La “revolución digital” es inevitable y resistir a los cambios permanentes que propone es inútil. A la par, se nos escapa la capacidad crítica ante la retórica de que la salida siempre es el consumo y nunca la oposición a las bases del poder económico.
Tampoco es accidental que esta retórica revolucionaria, disruptiva, supercalifragilisticoespialidosa, adopte la estructura de una cuasi-religión corporativa. Balbi documenta cómo la industria eleva sin pudor a los ejecutivos al rango de patriarcas —a veces incluso tan cercanos al poder político que tienen cargos formales—, despliega por el mundo a sus autodenominados evangelistas en conferencias globales y comercializa sus dispositivos como si fueran reliquias sagradas que ameritan dormir en una carpa fuera de un Apple Store.
Arquitectura capitalista
Al atribuir a la compra de un telefonito el aura de la participación en un evento histórico, cualquier crítica ciudadana queda grotescamente invalidada. La oposición a los desfachatados monopolios digitales ya no es un derecho democrático sino una terrible herejía que contrasta con el implacable y ahora también sagrado avance de la humanidad de la mano de nuestros lores tecnológicos. Amén.
Las cosas cambian, a veces de un momento a otro, pero rara vez del modo en que suele repetirse. Es hasta plausible que el cuentito de la revolución y el cambio constante esté perdiendo algo de fuerza. Pero esta necesidad de anunciar una ruptura con todo lo anterior funciona para ocultar cómo la arquitectura capitalista subyacente sigue siendo más o menos la misma.
En la historiografía, la atribución de ciertos eventos como revolucionarios suele implicar extenuantes discusiones, muchas veces difíciles de resolver de manera definitiva. Y, sin embargo, uno se distrae cinco minutos y ya hay una nueva “revolución” dando vueltas en los medios.
Una versión de la que todavía no se cansan es aquella de la “cuarta revolución industrial”, a la que el investigador Ian Moll dedica unas cuantas palabras. Al tomarla en serio y revisar los fundamentos de esta supuesta nueva era, Moll concluye que muchas de las tecnologías presentadas como prueba de una discontinuidad histórica —incluida la inteligencia artificial— son, en realidad, desarrollos lineales de la informática consolidada durante los últimos cincuenta años. Aunque usted no lo crea, existía inteligencia artificial antes de ChatGPT, y su larga historia se sostuvo por avances graduales en computación, aprendizaje automático, redes neuronales y procesamiento de información. Y de la “inteligencia artificial general” que desde hace años está a cinco o diez años de distancia, mejor no hablar.
La insistencia en hablar de una “cuarta revolución”, dice Moll, es una maniobra para impulsar un clima de urgencia y pánico artificial entre los responsables políticos, forzándolos a desregular mercados laborales y a adoptar infraestructuras de vigilancia bajo la amenaza de quedar excluidos de la economía global, o bien a regularlos de una manera que garantice ciertas ventajas geopolíticas. Es así como la promesa de una disrupción como nunca se la vio hace de cortina de humo que impide analizar cómo estas herramientas tecnológicas simplemente optimizan los mecanismos tradicionales de extracción de valor.
La cuarta revolución
En la volteada queda la idea ilustrada de progreso, ahora engullida por el dogma corporativo de la disrupción. En un ensayo acerca del “góspel de la innovación”, Jill Lepore analiza cómo la teoría de la innovación disruptiva formulada por Clayton Christensen se basa en evidencia endeble y un pánico constante: describe a las startups como entidades implacables, sin líderes y sin restricciones, que ignoran deliberadamente las reglas de convivencia y con objetivos muchas veces explícitos de aniquilar a las instituciones establecidas.
Si “democracia” se volvió mala palabra luego de la Revolución Francesa, ese parece ser un buen punto de contacto con las revoluciones como ahora nos las venden desde Silicon Valley.
Este evangelio puede ser incluso letal cuando su lógica se aplica a organizaciones que sostienen el tejido social. Lepore recuerda que los hospitales, las universidades y la prensa tienen obligaciones morales y cívicas hacia los pacientes, los estudiantes y la audiencia, que trascienden los márgenes de rentabilidad. La “disrupción”, que rara vez persigue la emancipación ciudadana, suele apuntalar la liquidación de instituciones públicas en pos del monopolio de la atención y el capital en entornos libres de regulaciones.
Esta apropiación del lenguaje emancipatorio para encubrir la concentración de poder tiene claros antecedentes. En The Age of Revolutions (2024), Nathan Perl-Rosenthal reconstruye el modo en que las élites de las independencias en América utilizaron una retórica de igualdad radical para movilizar al “pueblo”, pero la arquitectura constitucional no dudó en preservar privilegios y domesticar cualquier energía popular que quedara. Aquella libertad proclamada convivía pacíficamente con la esclavitud y la exclusión de las mujeres y las personas no blancas de una plena ciudadanía.
Esta vuelta, armados hasta los dientes con herramientas digitales, la disonancia alcanza nuevas dimensiones. Joshua Simon lo advierte: el entramado de plataformas digitales al que estamos bien acostumbrados opera como un movimiento intrínsecamente reaccionario. Lejos de la tan vaticinada democratización del poder, las bien conocidas asimetrías históricas son restauradas y amplificadas, quitándole el polvo a los métodos extractivos coloniales.
¿Y el ocio?
Incluso la última de estas revoluciones, la de la inteligencia artificial, sólo existe gracias a la apropiación masiva del intelecto colectivo en pos de convertirlo en renta privatizada. Y la automatización, que en los sueños de Marx nos liberaría tiempo para ocio y desarrollo intelectual sin límites, se implementa no para la emancipación sino para la desposesión masiva de cualquier agencia política. La innovación, de la que se han dicho cosas tan pero tan halagadoras, es, en rigor, otro instrumento de expropiación social.
Lograr que aceptemos esta contrarrevolución como un destino ineludible requiere lo que Evgeny Morozov define como “epocalismo”: la firme convicción de que vivimos una época única y revolucionaria, en la cual las verdades del pasado ya no tienen validez. Al presentar a la tecnología no como un contingente y accidentado resultado de procesos históricos sino como una fuerza autónoma de la naturaleza, la sociedad se encuentra exigida a adaptarse a esta nueva normalidad donde el Estado ya no pincha ni corta: la disrupción ha sido total y aguante el futuro.
Este determinismo engendra el “solucionismo”, la doctrina antipolítica que reduce cualquier dilema social a un problema que solo espera una ingeniosa solución con forma de app. De ciudadanos con derecho a moldear su presente pasamos a usuarios pasivos que a duras penas logran gestionar su algorítmica supervivencia.
Toda auténtica revolución, ahora en un sentido apenas más interesante, exige redistribución de poder y la abolición de estructuras opresivas. Esta banal apropiación comercial del concepto obstruye cualquier imaginación cívica. Pero tal vez la posibilidad de pensar en el futuro sea más dura de matar de lo que parece. Y el cuento del pastorcito mentiroso se sostiene también en este caso. Tal vez de tanta revolución ya no podamos creer en ninguna de las que nos meten a presión, y haya que pegar la vuelta.
Siempre me intrigó qué opinaría Koselleck de todas estas revoluciones. Le voy a preguntar a ChatGPT.