Restos diurnos
Tanto en el duelo, como en su escritura, hay algo de volver a intentar lo incesante. La pérdida siempre estará.
I. A propósito de algo que me dijeron acerca de un texto que escribí sobre el duelo, pensé en volver sobre el asunto. Porque lo cierto es que, si bien ya escribí muchas veces (a veces pienso que uno escribe siempre el mismo texto), un duelo también es eso: lo que se escribe, pero cada tanto hay que volver a escribir. El duelo es siempre una escritura interminable, incesante, aunque esa escritura sea nueva cada vez. Las pequeñas variaciones en la escritura van produciendo pequeños nuevos sentidos o, como le gusta decir a Guy Le Gaufey, “pequeños reajustes que el duelo produce aunque no lo sepamos”.
Hay algo imposible en el duelo, o en esa escritura; sin embargo, algo se escribe cada vez. Y no, no hablo de los “duelos patológicos” o de la imposibilidad del duelo devenida en melancolía; hablo de los duelos, de las maneras en las que un duelo se va escribiendo.
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II. Los duelos tienen una puntuación rara, una acentuación mal puesta (como cuando acentuamos mal una palabra extranjera), una gramática dislocada, una sintaxis brutal. El duelo siempre está mal escrito. O escrito de modos desprolijos, desordenados, como un cuaderno de notas al que uno le va agregando cosas en distintos momentos, con lapiceras diferentes, en colores diversos; un cuaderno que va y viene a todos lados, que tiene manchas de café y hojas arrugadas de la vez que se nos cayó el vaso de agua encima. Un anotador que contiene datos útiles de la realidad (el teléfono del plomero que nos recomendaron) y frases inentendibles, esas que escribimos en algún momento y que ahora no sabemos a qué se refieren. Una escritura en medio de la cotidianeidad más banal. Un duelo también es eso, un collage, un montaje, un palimpsesto. Escritura sobre escritura sobre escritura, alrededor de un agujero imposible de cerrar.
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateIII. Duelo es el nombre de una escritura de a cachos, a los tumbos, asediada y perseguida por la imposibilidad de decir. Frases que comienzan bien construidas pero van deshaciéndose en un balbuceo torpe, letras que culminan en un manchón, en un conglomerado de tinta negra sobre la página. Como en El limonero real, de Juan José Saer: “Ahora se me borra otra vez todo (…). Ahora se me borra otra vez zdddzzzzzz. Todo borrado. Nono nonado. Enana nenadas nas nos nuna nene none nena nana na ona none nanina. Nanién nanuno nenado nenacón. Nenado nenacón. Zaczaczac zddzzz (…) Zddzzzzzzzzzzzzzz”, y luego unas frases tapadas con tinta negra.
IV. Sábado 9 de mayo.
Venía pensando en el texto sobre el duelo que quería escribir y me encontré con que una obra de teatro que fui a ver trataba un poco sobre eso. No lo sabía antes de ir. Porque en general me importa poco de qué se trata una ficción, porque saber de qué se trata no me dice nada. Cuando se trata de ficción, solo me importa la forma, la que no se opone al contenido, tampoco la que se agrega al contenido, sino la que lo constituye. Así que fui desprevenida en relación al tema de la obra. Los motivos que me llevaron a verla fueron otros. La obra en cuestión es Reversible. Podría contar el argumento, el que está en la gacetilla, pero no es eso lo que me impactó. El argumento: «Reversible es una epopeya musical que narra cómo Rosita, al enterarse de que su madre fue llevada por la muerte, decide ir a buscarla. Con música y humor, la obra cuenta las peripecias de este personaje en la búsqueda por rescatarla. ¿Qué pasaría si la muerte tuviera lugar de residencia y pudiéramos ir en busca de quién partió?”. Mercedes Torre es magnética. Su despliegue corporal no es simplemente admirable por su destreza, sino por la forma en la que queda entramado, amalgamado en el texto. Un texto poético que, también con humor, toca lo real y conmociona, trastoca, toca, afecta los cuerpos de los que estamos ahí.
Reversible: El cuerpo, el texto y el vestuario, o en rigor, las telas. Las telas que son parte del asunto. Como si dijéramos que el vestuario –y parte de la escenografía– está hecho de tajos, de pedazos de telas, de telas rasgadas, de desgarros. El cuerpo, el texto, las telas y la música: el talento de Pablo Viotti –el músico de la obra que está en escena– participa de este entramado, de este montaje de elementos diversos construido para hacer algo con lo imposible, con lo irreversible. Hay una parte del texto en la que Rosita, la protagonista, habla con la muerte y le dice algo así como “ya entendí, ya entendí, ya entendí”, para luego no entender de nuevo. Me pareció especialmente sutil. Porque si de algo no depende un duelo es del entendimiento. No hay entendimiento, ni razón para lidiar con una pérdida. Atravesar las oscuridades, llevar al límite lo verosímil, traspasar los límites de la calidez del hogar, emprender acciones imposibles, desestimar la razón, ir con el pánico a la oscuridad encima, cargando una soledad inédita y después volver a casa, no quedarse tiempo de más: apelando a todo eso se intenta hacer algo con lo imposible. Reversible es hermosa porque muestra que, frente a lo irreversible de la muerte, sólo nos queda inventar. Y cada duelo es singular justamente por eso, porque lo inventamos.
V. Hablé de las telas y los desgarros y pensé en ese ritual judío que siempre me pareció perfecto: el Keriah (que significa rasgar), el desgarro de las vestiduras que se practica antes de un entierro, como señal de duelo y aflicción y también como modo de exponer el dolor. Los ritos judíos alrededor de la muerte y el duelo siempre me parecieron muy sabios, muy perfectos.
VI. Martes 12 de mayo. 20 hs.
Venía pensando en el texto sobre el duelo que quería escribir y me encontré con que una obra de teatro que fui a ver trataba un poco sobre eso. No lo sabía antes de ir. Porque en general me importa poco de qué se trata una ficción, porque saber de qué se trata no me dice nada. Los motivos que me llevaron a verla fueron otros. La obra en cuestión es Ahoradespués. Podría contar el argumento, el que está en la gacetilla, pero no es eso lo que me impactó. El argumento: “Ahoradespués es la reconstrucción del vínculo de un hijo con su padre. Diego hace un trabajo minucioso para intentar recordar cada instante de lo que fue un lapso crucial para él. Necesita explicárselo, repasarlo y aprenderlo, para poder contarlo. Como todo recuerdo es arbitrario, él tiene sus propias herramientas de trabajo: una cancha de fútbol, una enredadera que trepa por las paredes, un pequeño nido de pájaros, un gran bollo de pizza que leva al paso del tiempo, ducharse para regarse a uno mismo, una madre, un hermano y una cocina, donde reina el padre. El viaje que nos propone tiene paisajes variados, todos los climas, y accidentes geográficos que irá sorteando. Solo él sabrá si este desafío le valió la pena. Lo único que pide a cambio, es que lo acompañemos”. Federico Ottone es el actor, el único en escena, que interpreta con muchísimo talento a Diego, un hijo que, al intentar recordar algo de la relación con su padre, insiste, repite, repite, repite. Intenta memorizar, intenta escribir. Escribe, escribe, escribe. Repite, lee, usa recursos disponibles y vuelve a insistir y a repetir y a repetir. Mamushka de palabras, capas de frases en pos de retener eso que, indefectiblemente, se disipará. El texto es buenísimo por eso mismo, pero lo cierto es que no puedo pensar en el texto sin la espléndida interpretación de Ottone. Ahoradespués, así, todo junto. Como se amasija y se apelmaza el tiempo durante un duelo.
VII. Martes 12 de mayo. Temprano por la mañana.
Venía pensando en el texto sobre el duelo que quería escribir. Me llaman para avisarme de la muerte de Juan Ritvo ocurrida la noche anterior.
Juan Bautista Ritvo. El último lector. El escritor. El intelectual. El poeta. El maestro. El iniciador de la Revista Conjetural. El psicoanalista. El ensayista. El autor de una obra inmensa. El de una honestidad intelectual como pocas. El que se exasperaba con el lacanismo portátil y con la institucionalización del psicoanálisis. El que preservaba el estilo como forma. El que no escondía su pasión por pensar y llevaba adelante discusiones, polémicas y debates. Esos a los que hoy en día se teme. Juan Bautista Ritvo. El que amaba la incomodidad, el que no cedió al confort intelectual. Juan Bautista Ritvo: alguien muy generoso.
Juan Bautista Ritvo, el que, como dijo su amigo Jorge Jinkis, “se deja llevar, lo lleva, es llevado, por la diablura del estilo”. El que enfrentó, según Jinkis, “cierto patetismo moral de algunas instituciones, la pulcritud universitaria y la prepotencia periodística”.
Juan Bautista Ritvo, el que, como dijo su amigo Alberto Giordano –al que le agradezco muchísimo todo lo que me acercó a Ritvo–, “le gustaba confundir, por precauciòn metodológica y amor a la incomodidad, los principios de pertenencia: actuar como lector salvaje entre profesores de filosofía, como profesor de filosofía y erudito sorprendente entre psicoanalistas, como psicoanalista y lector refinado, pero todavía salvaje, entre profesores de cualquier asignatura (el campo entero de las humanidades está a su disposición), como escritor de una literatura por venir, pero absolutamente anacrónica, entre profesionales de lo conocido. La mezcla y la interrupción son su vida y su elemento”.
Juan Bautista Ritvo, el nombre que, como dijo su amigo Carlos Kuri, “se inscribe en el grupo de intelectuales como Horacio González, David Viñas y Nicolás Rosa”. Y también dijo: “La huella Ritvo en la política argentina del psicoanálisis”. Y esto: “Ritvo es un estilo: una escritura que supone la constitución del nombre propio y de un lector inédito (…) un lugar distinto para leer”. Y esto que siempre me gustó mucho: “El lector de Ritvo, el que encuentra en sus escritos fuente de citación, es un lector en busca de alguna consideración teórica que resuelva, desmarque y se emancipe de las fórmulas intoxicadas del lacanismo”.
VIII. Juan Bautista Ritvo. Yo le decía Ritvo. Me doy cuenta ahora de que a algunas personas cercanas las llamo por el apellido. Son personas cuyo nombre se inscribe en mi historia de manera muy singular. Personas que me marcan de un modo muy especial, que se entraman en mi manera de hacer con mi neurosis, con mis síntomas, con mis inhibiciones. Y lo hacen sin saber que lo hacen. Porque no depende de su intención. Son personas que no pretenden enseñar, sino que enseñan más allá de su voluntad. Quizás ahí está la diferencia entre enseñar y transmitir. Son maestros sin querer serlo, sin imposturas. Lo que Ritvo hizo de nosotros es enorme, inconmensurable, impresionante. Carlos Kuri habló alguna vez del “efecto Ritvo”.
Quiero mucho a Ritvo.
Hace no tanto le dije a Ritvo lo que Ritvo significa para mí.
IX. De entre las muchísimas cosas que tengo para agradecerle a Ritvo, incluyo el encuentro con el hermoso libro de Patricia Fochi El duelo, la infición del mundo, editado por Otro Cauce (y también el encuentro con ella). Ahora subrayo esto: “Las pérdidas irreparables que nos ponen de duelo, sean de la raigambre que fueren (muertes, caídas de los ideales, rupturas amorosas) admiten múltiples respuestas, pero lo que no tienen es solución”.
X. En 2021, a dos meses de la muerte de mi mamá, escribí un prólogo para un libro de Ritvo. Lo escribí con esa muerte encima. Pensé que no iba a poder. Ese libro es sobrecogedoramente bello. Se llama Orfeo o el nacimiento de la noche, editado por 17grises.
XI. Martes 12 de mayo. Tarde en la noche. Tengo un sueño con él y París. Ritvo me mostraba un lugar de París por videollamada. Yo le preguntaba si era X lugar. Ese lugar, que aparecía en mi sueño, era un lugar muy preciado para mi mamá, cuya ciudad preferida en el mundo era París.
Ese día había visto una entrevista a Ritvo en la que mostraba un libro que se había comprado en París.
París, ese resto diurno que puso una pérdida al lado de la otra, una pérdida dentro de otra.
París, ese resto diurno en el que encontré a Ritvo y a mi mamá.
Siempre nos quedará París. Siempre nos quedará Ritvo.