Reino Unido: la decadencia de un partido, en la larga decadencia de un país
Entre el fantasma del thatcherismo y las secuelas del Brexit, Londres observa cómo las fuerzas tradicionales se diluyen frente al avance de la polarización.
Las elecciones locales a la mitad de un mandato no suelen ser indicadores concluyentes sobre el destino de un gobierno. En distintos momentos, los partidos pueden ganar o perder asientos en los diversos consejos locales sin que de allí se deriven certezas sobre el futuro electoral nacional. En este caso, sin embargo, las elecciones pesaron mucho más allá de su significado inmediato por el tamaño de la derrota del laborismo, que perdió más de mil asientos en los consejos y gobiernos que controló por décadas — algunos desde hace más de un siglo — y también por los ganadores, que no fueron de los partidos tradicionales. Ni conservadores, que prolongaron sus caídas, ni liberal demócratas. Ganaron los dos partidos insurgentes, Reform UK por derecha, y los verdes por izquierda, aunque estos últimos en menor medida.
Reform UK, liderado por Nigel Farage ganó más de mil consejeros, el control de diez consejos locales y obtuvo triunfos simbólicos en bastiones laboristas del norte y centro de Inglaterra, mientras que los conservadores quedaron reducidos a una fuerza secundaria en amplias regiones del país. Durante décadas, incluso en contextos de crisis, laboristas y conservadores, ayudados por el sistema electoral, seguían concentrando una enorme mayoría de los votos. Esa lógica parece erosionarse. Las proyecciones nacionales elaboradas por la BBC y Sky News a partir de los resultados locales colocaban a Reform cerca del 27% de los votos, al laborismo y los conservadores muy por debajo de sus estándares históricos y a verdes y liberal demócratas consolidando nichos electorales de alrededor de quince puntos. Más allá de la mala elección para el gobierno, los resultados encarnaron a un sistema político que ya no logra organizar de manera estable los conflictos sociales y culturales del Reino Unido.
Starmer, un gobernante sin entusiasmos
El laborismo volvió al poder bajo el liderazgo de Keir Starmer en 2024, más por la crisis de los conservadores y las particularidades del sistema electoral británico que por la extensión de sus virtudes. Líder del partido luego de la desastrosa elección de 2019, bajo la conducción de Jeremy Corbyn, un izquierdista duro, Starmer llevó adelante una estrategia centrada en no cometer errores, que combinó una extrema cautela a nivel nacional, donde la crítica a los conservadores evitó una visión alternativa demasiado definida que pudiera asustar a algún votante o actor económico, con una purga profunda de la izquierda partidaria laborista que, con la excusa de algunos casos reales de manifestaciones antisemitas en el seno del partido, avanzó sobre cualquiera que se ubicara en oposición a la OTAN o que cuestionara el derecho a existir del Estado de Israel.
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Starmer le negó el sello laborista a las candidaturas al parlamento de varias de las grandes figuras del ala izquierda partidaria, incluido el propio Corbyn, y algunos candidatos musulmanes se presentaron como independientes en distritos con una alta proporción de inmigrantes, con algunos éxitos parciales, incluidas cuatro bancas parlamentarias. La estrategia de Starmer, apalancada en el sistema First Past the Post, que asigna las bancas parlamentarias de forma individual en distritos uninominales sin importar el porcentaje obtenido, le permitió una mayoría de 411 parlamentarios sobre 650, con apenas el 33% de los votos, casi el mismo resultado porcentual de Corbyn en 2019. Claro, los conservadores pasaron de 43 a 23 puntos y sufrieron una implosión histórica luego de catorce años de gobierno marcados por el Brexit, la pandemia y el bajo crecimiento económico. Starmer consiguió una mayoría parlamentaria gigantesca sin generar entusiasmo popular ni construir un relato político claro sobre el futuro británico. Un esquema de regreso a la normalidad, sostenido ante todo por el rechazo a los conservadores en el marco del bipartidismo, aún debilitado.
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SumateUn gobierno sin relato, para una crisis perpetua
Starmer tampoco pudo ofrecer una visión atractiva para los británicos luego de ganar. Las medidas de protección de quienes pagan alquileres, el aumento del salario mínimo y el intento inicial de reconstruir una agenda de obras públicas chocaron con una fuerte presión para aumentar el gasto militar, el ahogo regulatorio que dificulta la construcción masiva en países anglosajones, una enorme temeridad de enojar a los mercados y aumentar el costo del endeudamiento, y una obsesión fiscalista derivada de ese miedo que llevó incluso a Starmer y a su cerebro económico, Rachel Reeves, a proponer recortes al Estado de bienestar, que sólo fueron rechazados por la rebelión de su propio partido.
A eso se sumaron una serie de escándalos que, si bien no afectaron personalmente al premier, sí ponían en cuestión el carácter de su gobierno, como el nombramiento de Peter Mandelson, una figura icónica del laborismo blairista y de la frivolidad política noventista, como embajador ante los Estados Unidos pese a sus vínculos previos con Jeffrey Epstein.
En cuanto a la situación general, aunque la inflación comenzó a moderarse respecto de los picos posteriores a la pandemia y la guerra en Ucrania, el crecimiento británico siguió siendo extremadamente bajo. El Reino Unido acumula estancamiento salarial para buena parte de su población, deterioro de servicios públicos y crisis habitacional. El NHS, el sistema público de salud británico, mejoró sus demoras, pero las listas de espera y falta de personal siguen siendo históricamente altas, mientras que los gobiernos locales arrastran problemas financieros severos luego de una década y media de austeridad. La gestión de Starmer cuenta con una desaprobación neta mayor a 60 puntos, sólo superada por las evaluaciones de Boris Johnson y Liz Truss al final de pasos desastrosos por el gobierno y de Corbyn al momento de su renuncia como líder opositor.
La larga crisis del modelo británico
La derrota laborista del jueves, en este contexto, parece razonable, pero los problemas del Reino Unido exceden largamente a los de Starmer. El modelo británico que concibió y perfeccionó — en el sentido de que lo profundizó, pero también de que agregó mecanismos distributivos y de mejora sensible de servicios públicos, de salud y educación — abrazaba desenfadadamente la desindustrialización manufacturera en favor de una economía flexible basada en servicios, especialmente financieros, y algunos sectores tecnológicos de punta como el farmacéutico.
El esquema profundizó desigualdades regionales, concentrando poder y recursos en Londres y postergando al viejo corazón industrial del norte del país. Junto con ellas consolidó un esquema de relativamente alta inmigración que alimentó una identidad cosmopolita evidente en cualquier retrato artístico londinense, cuya contracara fue un resentimiento creciente en las regiones postergadas que comenzaría a explotar luego de la crisis económica global de 2008. El impacto de ese año sobre el sector financiero, corazón de la estrategia de crecimiento británica, y la elección de los conservadores en 2010 con un programa de austeridad y recortes del Estado quebraron la trayectoria de crecimiento británica, que pasó de estar por encima de la media europea occidental a ser sensiblemente inferior, e hirió de muerte las transferencias hacia los perdedores del modelo. El deterioro de la infraestructura, el transporte y los servicios públicos fuera del sudeste inglés alimentó la percepción de oxidación nacional.
El Brexit y el aterrizaje de la derecha extrema
El último gran impacto del modelo fue la salida de la Unión Europea, disparada por un referendo marcado por la histórica interna conservadora — que se replicaba con menos fuerza en el laborismo — entre un ala euroescéptica y otra más europeísta. El Brexit no fue la causa original de los problemas de la economía británica, pero los aceleró e hizo emerger a la superficie problemas que estaban sumergidos. Permanecer en el bloque fue la opción ganadora en Londres, Escocia e Irlanda del Norte, beneficiarios de la mayor autonomía local, el cosmopolitismo, la integración y el borrado suave de las fronteras nacionales, mientras que en el resto del país, perdedor de las transformaciones, la opción que se impuso fue la salida.
Nigel Farage, gran ganador de las elecciones del jueves, es un emergente directo de la política alrededor de la Unión Europea, al punto tal que, tras consumarse la salida del bloque, dejó brevemente de presentarse a elecciones. Farage fue el principal oponente de la Unión Europea, que presentó como una maquinaria dirigida a destruir la soberanía nacional y movilizar una inmigración sin controles. Sin embargo, el patrón migratorio británico no fue el que los partidarios del Brexit imaginaron durante la campaña. Mientras la inmigración europea se redujo sustancialmente, la inmigración total aumentó y su origen se relocalizó: de Europa pasó a Asia y África, con un importante número de migrantes irregulares y solicitantes de asilo.
En ese marco, sin respuestas económicas claras y tras el fracaso de los conservadores, Farage regresó con un proyecto político que combina un posicionamiento duro en inmigración y seguridad con una apelación popular anti establishment. Los resultados de la elección local muestran que Reform UK se nutrió tanto de votos conservadores como de votos laboristas en las regiones periféricas, especialmente entre trabajadores mayores, blancos y sin estudios universitarios.
De la izquierda al territorio, las otras fugas del laborismo
Los votos del laborismo, sin embargo, no se desangraron sólo por derecha. En regiones urbanas, con una proporción mayor de jóvenes e inmigrantes y economías más dinámicas, el laborismo pierde votos a manos del Partido Verde y, en menor medida, de candidaturas independientes de activistas musulmanes. Los verdes aprovecharon el impacto de las masacres en Gaza, el corrimiento de Starmer a un centrismo anodino y la purga de la izquierda partidaria para ocupar un espacio de movilización y entusiasmo que el laborismo dejó vacante.
Ubicados en una izquierda programáticamente dura pero con un tono internacionalista y joven, los verdes hicieron su centro de campaña en la denuncia de genocidio en Gaza, los cuestionamientos a Israel y la supuesta complicidad de su gobierno. La centralidad de Israel y Gaza en la campaña verde le valió las habituales acusaciones de antisemitismo que acompañan cualquier cuestionamiento — incluso los más tímidos y evidentemente legítimos — a las acciones israelíes, pero también críticas más afiladas a la estrategia, como la laxitud con manifestaciones reales y concretas de antisemitismo por parte de candidatos verdes aislados, aunque numerosos, y el coqueteo deliberado con el islamismo y el sectarismo identitario en distritos con alta proporción de votantes de origen inmigrante de países de mayoría musulmana.
Las acusaciones, con todo, tienen límites evidentes. Zack Polanski, el líder de los verdes, es judío. Y el lugar de la izquierda laborista está efectivamente vacío, más allá de alguna medida aislada del gobierno. El jueves, los verdes arrebataron al laborismo tres consejos completos dentro de Londres y consolidaron un voto urbano, joven y educado, que convive con un apoyo relevante entre las comunidades de origen inmigrante.
Por último, el quiebre regional británico se manifiesta en el auge de los nacionalismos progresistas fuera de Inglaterra. En Escocia y Gales, donde el laborismo se hacía históricamente fuerte, el Partido Nacional Escocés y Plaid Cymru, el nacionalismo galés, se quedaron con los parlamentos a nivel local. Las identidades del Estado británico, como construcción política unificada, aparecen menos sólidas que hace dos décadas.
El incierto camino de la reconstrucción
El panorama para el laborismo aparece desolador: un gobierno en retirada, impopular, sin ideas claras y asediado por derecha y por izquierda. Pero tanto el tiempo como las circunstancias de la derrota sostienen todavía algunas esperanzas de reconstrucción para el histórico partido de los trabajadores británicos. El sistema electoral permite remover al primer ministro sin obligación de llamar a elecciones, siempre que pueda mantenerse una mayoría parlamentaria. Con más de 400 parlamentarios, el laborismo puede sostener su gobierno de manera holgada — y a prueba de crisis internas — hasta el vencimiento del mandato en 2029.
Starmer intentó reaccionar a la derrota haciéndose cargo de sus propios errores y sumando al gabinete a antiguas luminarias del laborismo noventista y de principios de los 2000, el ex primer ministro Gordon Brown y la ex vice líder Harriet Harman. Sus días al frente del país, sin embargo, parecen contados. La antigua viceprimera ministra, Angela Rayner; el ministro de Salud, Wes Streeting; y el alcalde del Gran Manchester, Andy Burnham, se mantienen en silencio sobre sus aspiraciones, pero son probablemente el secreto peor guardado de todo el Reino.
Burnham, en particular, aparece como una figura de recambio tan fuerte que Starmer prefirió hace unos meses bloquear su candidatura al parlamento en una elección especial, incluso al costo de resignar un escaño para su partido. Miembro de la izquierda “amable” del partido, aparece lejos tanto del centrismo tecnocrático de Starmer como del discurso insurgente de Corbyn. Con un programa centrado en expandir tanto las infraestructuras físicas como sociales del Reino Unido, Burnham generó temor entre los inversores en bonos al asumir la necesidad de un programa de expansión del gasto para modernizar y reequilibrar las regiones británicas, algo tan necesario como incompatible con el modelo centrado en el mercado financiero londinense que prevaleció las últimas tres décadas.
Los eventuales costos de la osadía, con todo, parecen un riesgo menor frente a la posibilidad de hundirse en la irrelevancia. Con una proyección de votos nacionales que oscila entre el 15 y el 20 por ciento y la perspectiva de abrir lugar a un eventual gobierno de extrema derecha, el laborismo inicia una búsqueda desesperada por volver a ofrecer respuestas convincentes a los ciudadanos británicos y darles motivos para que vuelvan a confiar en el Partido. Cuentan con la ventaja de que, al frente del gobierno, las herramientas de intervención son potentes. Pero el camino de la renovación difícilmente incluya al frente a su actual líder.