Qué hacer si aparece un extraterrestre
La última de Steven Spielberg trata sobre el momento en que el mundo se entera de que el contacto con alienígenas ya ocurrió hace décadas.
No es su mejor película, tampoco la peor, y ni siquiera es la primera vez que se mete con el tema sino la quinta (o sexta, según cómo contemos). La trama tampoco es en absoluto novedosa: claro que si un gobierno —que obviamente debe ser el de Estados Unidos— conoce la existencia de extraterrestes lo ocultaría del resto del mundo.
Sin embargo, el escenario de una confirmación de inteligencia extraterrestre amerita genuina atención de parte de la comunidad científica. Mejor prevenir que curar y todo eso. El primer protocolo para la conducta luego de la detección fue propuesto en 1989 por el comité SETI de la Academia Internacional de Astronáutica (IAA).
Aquel marco, redactado durante el ocaso de la Guerra Fría, aconsejaba verificar de manera exhaustiva que una señal fuera de origen extraterrestre e inteligente antes de hacer cualquier anuncio, y ponía especial énfasis en descartar explicaciones basadas en fenómenos naturales o actividad humana. Luego, se debía invitar a otros observatorios a confirmar el hallazgo de forma independiente y notificar a organismos internacionales como las Naciones Unidas, para garantizar que todos los datos se hicieran públicos y se conservaran de manera permanente. Sobre todo, estipulaba que ninguna respuesta debía enviarse sin una consulta internacional previa.
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La preocupación central de aquel primer protocolo era impedir el encubrimiento y fomentar el intercambio abierto entre las naciones. Con los años, el enfoque fue mutando hacia una mayor precisión pero también hacia un mundo distinto: en 2001 se creó un equipo de trabajo para la “post-detección” y una revisión del protocolo en 2010 simplificó los procedimientos e introdujo la “escala de Rio” para graduar del 1 al 10 la relevancia de un hallazgo.
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SumateLa última actualización fue aprobada en marzo de 2026 y apunta especialmente al ecosistema de información digital: reconoce que el mayor desafío ante un primer contacto extraterrestre muy probablemente no sea una inminente invasión alienígena ni un encubrimiento gubernamental, sino la gestión de esa información en las redes sociales.
El protocolo ahora contempla un sistema brutalmente transparente diseñado para neutralizar la desinformación, blindar el método científico y contener la inevitable tensión geopolítica. Entre otras cosas, obliga a proteger a los investigadores del doxxing —la divulgación de datos personales que expone a hostigamiento y agresiones—, exige respaldar los datos en al menos dos ubicaciones geográficas distintas y determina que el grupo de trabajo no puede integrarse solo con científicos: también debe sumar expertos en ética, derecho, ciencias sociales y comunicación de riesgos.
Aquella imagen de la cultura popular en la que un genio solitario en medio de la noche detectaba una anomalía en un monitor en parte se apoya en figuras reales como Frank Drake, que en los años 60 intentaba detectar en la estática de fondo alguna señal extraterrestre, y en la idea de que un llamado apresurado bastaba para confirmar que no estamos solos.
Este escenario nunca fue verosímil. El proyecto SETI (búsqueda de inteligencia extraterrestre) fue empujado, entre otros, por Drake, y siempre apuntó al rigor científico antes que al sensacionalismo. El protocolo vigente solo profundiza esto y rechaza cualquier forma de exaltación individual en favor de procesos lentos, burocráticos y colaborativos de verificación por pares, como corresponde.
Este nivel de precaución obsesiva no es exagerado. El astrónomo Michael Garrett detalla cómo la forma en que circula la información desde hace un par de décadas es “un campo minado”, y cualquier filtración prematura —o la interpretación apresurada de una métrica— puede desatar pánico o, más probablemente, ser fagocitada por la generación de porquerías usando inteligencia artificial.
Al igual que ante cualquier investigación científica, la detección de inteligencia extraterrestre exige ante todo precaución, marcada por un exhaustivo esfuerzo por demostrar que hay un error antes que una confirmación. En este y en cualquier otro caso, el escepticismo extremo es el antídoto contra una histeria algorítmica mucho más ansiosa por confirmar que por desconfiar.
En cuanto a las reglas para la protección de las personas que hacen ciencia, el periodista Daniel Clery explica que el nuevo protocolo incorpora la obligación institucional de proteger frente al ciberacoso y las agresiones físicas. En el mundo en el que vivimos está garantizado el riesgo de ser víctima de acoso dirigido, instigado por facciones políticas o extremismos religiosos que perciban la confirmación como una demolición de sus propios dogmas.
Frente a la paranoia del encubrimiento que tanto le gusta a Spielberg, el protocolo no ofrece otra cosa que una total transparencia: una vez logrado el consenso en torno a una anomalía, el mandato exige publicar todos los datos en bruto y cualquier código empleado, que deben volcarse en repositorios de acceso abierto, bajo la premisa de que la replicabilidad pública contribuye a disolver cualquier intento de monopolio estatal.
Cabe anticiparse también a la naturaleza de una anomalía detectada. Si solo se tratara de una señal que indirectamente confirma inteligencia extraterrestre, el escenario sería muy distinto del que abriría el descubrimiento de tecnología útil para la Tierra. No caben dudas de que las potencias procurarían apropiarse de cualquier mensaje que pudiera derivar en aplicaciones prácticas capaces de consolidar una asimetría estratégica.
Un protocolo de conducta de naturaleza científica necesariamente pone en crisis la lealtad de quien hace ciencia hacia la humanidad, en oposición a los aparatos de inteligencia, que casi con absoluta certeza jamás actúan en favor de otra cosa que los intereses nacionales.
Esto explica por qué el debate más incómodo no es el de la post-detección sino lo que pasa después. Esa otra cuestión, conocida como METI (envío deliberado de mensajes a inteligencias extraterrestres), crucial para la trilogía del autor chino Liu Cixin, se resuelve de la manera más prohibitiva posible: las directrices vetan de forma absoluta cualquier respuesta sin un consenso representativo canalizado por la ONU.
En la cuestión de la vida extraterrestre, como en la de si responderle a tu ex, lo importante es conservar la cordura burocrática antes de apretar el botón de enviar.
El gran smog de Londres
A principios de diciembre de 1952, un anticiclón inmovilizó una masa de aire frío sobre Londres y durante cinco días la ciudad quedó cubierta por una niebla tóxica que paralizó el transporte y dejó a los peatones sin ver sus propios pies, producto del humo de millones de chimeneas que no podía disiparse.
El episodio —conocido como el “gran smog»— suele recordarse como una mera anomalía meteorológica, pero la periodista Kate Winkler Dawson, en su libro Death in the Air (2017), argumenta que esa lectura desliga de su responsabilidad al propio Estado británico.
Según Dawson, el gobierno conservador de Winston Churchill, ahogado en la deuda de la posguerra, eligió exportar casi todo su carbón de alta calidad relegando al mercado interno a un sustituto inferior conocido como nutty slack: una especie de polvo barato que al arder liberaba cantidades letales de dióxido de azufre. Apenas días antes del desastre se había promovido en los diarios la compra de aquel material mientras el carbón normal era racionado. Para colmo, por aquel entonces se estrenaba también una nueva flota de autobuses diésel que se habían inaugurado en reemplazo de los tranvías.
Aunque el número oficial de muertes se calculaba en unas cuatro mil, los fallecimientos siguieron acumulándose durante meses. La epidemióloga Devra Davis, en su libro When Smoke Ran Like Water (2002), señala que el gobierno atribuyó ese exceso de unas ocho mil víctimas a una “epidemia de gripe” que nunca existió con esa magnitud. Décadas después, un equipo de investigadores analizó tejido pulmonar conservado de las víctimas y concluyó que este no mostraba marcas virales sino material particulado ultrafino, plomo y trazas de combustión diésel.
Tanto Dawson como Davis concluyen que el peor desastre ambiental del Reino Unido fue, en verdad, el resultado de una decisión presupuestaria.
Malas noticias para el cerebro
El psicólogo Ali Jasemi dice que el cansancio y evitación producto del consumo de las noticias no resulta de nuestra pereza o desinterés en la participación ciudadana sino que es una respuesta esperable ante un ecosistema de información incompatible con nuestro cerebro.
El fenómeno a esta altura no solo es bien conocido sino que o bien lo sentimos o conocemos a alguien que lo padece: alrededor del mundo, “cuatro de cada diez personas evitan las noticias a veces o con frecuencia: se trata del número más alto que hemos registrado”, dice un informe del Instituto Reuters. Desde un 29% en 2017, el número aumenta constantemente y los motivos suelen ser los mismos: las noticias nos desaniman y hacen sentir abrumados e impotentes.
Según Jasemi, el origen del problema es evolutivo: nuestra arquitectura cognitiva se moldeó en torno al desafío de sobrevivir, lo que explicaría nuestro sesgo de negatividad, o la prioridad que solemos darle a la información negativa por encima de cualquier otra, a la que prestamos atención más rápido y recordamos por más tiempo. Durante casi toda nuestra historia evolutiva, las amenazas eran locales —una tribu vecina, una sequía, una enfermedad—, y aunque nuestro cerebro no cambió, el mundo nunca dejó de crecer, mucho más allá del punto en que no podemos seguirle saludablemente el rastro.
Es prácticamente un cerebro preparado para la vida en una aldea el que ahora debe procesar una guerra lejana, las consecuencias económicas de tal o cual medida y la dinámica climática que marcará la próxima década.
Jasemi cita un estudio que al analizar más de 105.000 titulares reales encontró que cada palabra negativa adicional aumentaba los clics mientras que las positivas tenían el efecto contrario. Como no podía ser de otro modo, porque todo tenemos que patologizar, se propuso como cuadro clínico el “consumo problemático de noticias”, lo que derivó en que un 17 por ciento de los adultos estadounidenses presentaran niveles severos, asociados con mayor malestar en comparación al resto.
La evitación, sin embargo, no es la salida. Jasemi se apresura a recordar que, por supuesto, una democracia depende de ciudadanos informados y la retirada del consumo de fuentes confiables solo cede terreno a la desinformación.
El resto lo conocemos, aunque en la práctica sea casi imposible: gestionar el consumo, elegir bien las fuentes, leer noticias solo en franjas horarias definidas, elegir claridad ante el ruido y, sobre todo, distinguir entre lo que podemos saber y lo que podemos hacer. Esa brecha es justamente uno de los predictores más fuertes del malestar psicológico: reconocer qué está efectivamente en nuestras manos, por poco que sea, amortigua el golpe.