¿Por qué no charlamo’ un ratito?
Conversar para bajarle un poco el tono a los gritos de la realidad, para encontrarse con el otro incluso en la diferencia, para tener contacto con lo fuera de uno.
I. A veces, después de alguna conversación, nos quedan cosas dando vueltas, nos quedamos pensando, permanecemos en el asunto bajo una especie de sensación de que algo pesado se disipó; casi en un estado de ensoñación. Y cuando digo conversar me refiero, no a dialogar, no a monologar, sino a la deriva propia de hablar con otro, con otros. Conversar en el sentido de afectarse y afectar a otros, esa clase de afectación que abre un espacio que no es de uno, ni de otro, que tiende a la desapropiación. Desapropiarse de “uno mismo” para encontrarse con otro, con lo otro. Aflojar el nudo de la soga al cuello de querer tener razón, desarmar la guerra paranoica y especular del otro o yo. Conversar. Conversar. Para no quedar obligados por la opinión, ni sujetados a la expresión.
II. Cada vez quedan menos espacios de conversación. Por un lado, porque tenemos una especie de terror al desacuerdo: nos deja tranquilos pensar lo mismo que nuestro interlocutor, que no haya diferencias. Hay personas que tienden a no soportarlo, que se esfuerzan en convencer al otro acerca de cuestiones, incluso nimias o banales, que no los afectan. Por ejemplo gustos, elecciones, preferencias. Y, por lo general, la cosa empieza con la idea de que no se entiende: “No entiendo cómo no te gusta la playa”, etc., etc., etc., (alguna vez hablé acá de una amiga que pescó perfectamente que cuando alguien dice “no entiendo” es que en realidad no acuerda). Por el otro, el impulso de querer tener razón, el monstruo de la propiedad de la razón, conduce, muchas veces, a impedir la conversación. La posición ya está tomada, es férrea y no va a moverse ni un poco, pase lo que pase. Porque moverse implicaría una amenaza a ese tener razón. Entonces: o pretendemos aplacar la diferencia siendo un poco condescendientes, o la queremos destruir tirándole con todo. De la relación que establecemos con la diferencia, me ocupo mucho, porque me importa mucho. Ahora me acuerdo de que también escribí acá.
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III. Otra de las formas en las que no conversamos es el ruido y el aturdimiento que provocamos en estos tiempos. Para conversar hace falta que el ruido pare. No se puede conversar en el aturdimiento. Como esos lugares ruidosos, chillones, estridentes en los que no se puede conversar. Hace falta una clase de silencio que tiende hacia una conversación posible: “Vino el silencio, ese conversador”, escribe Libertad Demitrópulos. Se trata de inventar una discontinuidad en el ritmo frenético y mántrico de la época. Porque el texto que se recorta, el que tendrá efectos en lo real del cuerpo, sólo puede subrayarse sobre el fondo de un silencio. El silencio como velo necesario para que pueda leerse un decir, para que algo pueda pensarse. Conversar y pensar requieren un telón de fondo en el que la realidad apabullante se asordine un tanto. Conversar para bajarle un poco el tono a los gritos de la realidad.
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateIV. Hay demasiadas personas hablando solas, ensimismadas. Las noto por ejemplo en los comentarios de las redes. A veces me detengo a leerlos como un género en sí mismo. Y me pregunto de verdad qué es lo que hace esa gente. ¿Qué pretenden? ¿Hacerse ver? ¿Hacerse oìr? No tiendo a desestimar eso porque considero que, por momentos, muestra también parte del estado de cosas. Son personas hablando solas, pero creyendo que hablan con alguien. La actitud suele ser de jueces, de censores, de profesores que corrigen, de vigilantes, de policías morales, etc. Hay de todo tipo. Siempre tienen razón, son brillantes, saben más que todos porque básicamente hablan solos. Y portan la peor de las ignorancias: la del que no sabe lo que no sabe.
V. Otra forma de hablar solos, de no querer conversar, es producir mucho ruido, estar siempre mirando afuera de sí. No soportar ni un instante el silencio. Aturdirse, taparse los oídos. No querer saber nada. Son los que esperan que alguien termine de hablar para desplegar su monólogo, desprendido de lo que el otro dijo. Monologan aunque haya otros. No escuchan porque hablan sin parar.
VI. Conversar, no para llegar a un acuerdo, sino para llegar a un desacuerdo. Porque al desacuerdo también se llega conversando. Si no se pasa por la conversación, no hay otro. Porque para acordar o desacordar hay que escuchar al otro. Escuchar es, sin dudas, un gesto ético.
VII. Recientemente participé de lo que formalmente se llamó I Jornadas internacionales de prácticas, políticas y desafíos de la lectura literaria en la enseñanza: entre la formación de lectores y el consumo cultural, en la Universidad de Valencia. Para mí fue una verdadera conversación. También participó de las Jornadas Nicolás Garayalde, de Córdoba, al que fue un placer escuchar. Conversamos durante dos días sobre la lectura desde distintos abordajes. Me quedé pensando mucho. Además fueron dos días de hospitalidad –no protocolar– del equipo de investigación que organizó las Jornadas. Agradezco especialmente a ellos por el entusiasmo y por las preguntas sostenidas acerca de la lectura: Violeta Ros, Max Hidalgo Nácher, Ester Pino Estivill, Albert Jornet Somoza y Cristina Somolinos Molina.
VIII. Conversar para discurrir, para dispersarse. Conversar para no vernos apremiados por la necesidad de lucirnos. Conversar como modo, incluso, de enterarse de lo que uno piensa. Como manera de llegar a un lugar al que uno no sabía que quería ir. Conversar para descansar de las exigencias del pavoneo narcisista, del espejo en el que siempre tenemos que reflejarnos a gusto. Conversar como antídoto al veneno de la vanidad. Conversar sin la especulación como forma.
IX. Por supuesto que pienso en el análisis como una escena de conversación. “Esa conversación desnuda, en un espacio separado, a resguardo del mundo, en la que dos personas invisibles la una para la otra, son poco a poco llamadas a fundirse en el poder de hablar y el poder de escuchar, a no tener otra relación que la intimidad neutra de las dos formas del discurso”, escribe Maurice Blanchot. Aunque es una conversación particular, quizás muy distinta a otras. En el sentido en que no se trata de dos sujetos, sino solo de uno. Pero tiene algo de conversación en el sentido en que después de pasar por ahí los cuerpos quedan afectados, algo se mueve porque algo se desacomoda: la rigidez de la propiedad de sí mismo. Como sugiere Jorge Jinkis, si el cuerpo está hecho de una constelación significante singular, “el del analizante sufre un arreglo en su disposición cuando se encuentra con la palabra del ‘analista’”. Y agrega que “de un modo que no es recíproco”, en el cuerpo del analista también hay efectos, en principio, los de “una verdadera desorganización narcisista”. Ahí experimentamos, entonces, que no se trata de apropiación, porque el inconsciente es, justamente, desapropiación. Porque no somos dueños de lo que decimos pero, de esa extrañeza que implica el inconsciente, somos responsables. Responder por lo que decimos aunque no nos reconozcamos, para eso hay que escuchar. Del cuerpo tampoco somos dueños, pero estamos concernidos en los síntomas. De esa desapropiación tan particular nos enteramos en el análisis. El análisis resulta en una conversación en la que, por fin, escuchamos eso que nos posibilita un espacio no asediado por la persecución de los signos. Una conversación que funda un espacio en donde se alojan los sueños, las fantasías, la extrañeza de sí; un espacio en el que se inventan mundos posibles, destinos inesperados. Un espacio inédito en el que se conjugan deseos y se aplacan infiernos.