Plebiscito del 88 en Chile: la alegría ya viene
Una consulta histórica definió la continuidad de la dictadura de Augusto Pinochet.
El 5 de octubre de 1988 el general Augusto Pinochet fue derrotado en el plebiscito sobre su continuidad al frente del gobierno de Chile.
La dictadura de Pinochet llevaba 17 años al frente del Gobierno. Había derrocado al presidente elegido democráticamente Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973. Gobernaba ininterrumpidamente desde entonces. Durante ese período, el Estado chileno asesinó cerca de 3.000 personas y torturó a alrededor de otras 38.000.

El régimen había logrado estabilizarse. Tras los primeros siete años de Gobierno, en 1980 sancionó su propia reforma constitucional. Entre las reformas incluyó una serie de disposiciones transitorias que establecían que el mandato de Pinochet entraría en vigencia en marzo de 1981 y duraría ocho años; y que, cumplido ese período, los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas debían proponer al país una persona para ocupar el cargo durante el período siguiente. Esa propuesta debía ser ratificada por la ciudadanía mediante un plebiscito.
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Contestá la encuestaEse día llegó. Pinochet convocó al plebiscito para el 5 de octubre de 1988. Cuando los ciudadanos ingresaran al recinto de votación tendrían dos opciones. Si votaban por el “Sí”, se aprobaba el candidato propuesto por las Fuerzas Armadas. Adivinen el nombre propuesto. Sí, Augusto Pinochet. Si triunfaba esa opción entrarían en vigencia las normas permanentes de la Constitución reformada en 1989 y Pinochet tendría un mandato de ocho años más, hasta marzo de 1997. Si, por el contrario, ganaba el “No”, el período presidencial vigente se prorrogaría un año más, hasta marzo de 1990. Vencido ese plazo entraba en vigencia la Constitución y noventa días antes de finalizado el mandato, el presidente en funciones debía convocar a elecciones presidenciales.
Participar o no de un plebiscito convocado por una dictadura militar es una decisión difícil. En el transcurso de su Gobierno, Pinochet había reprimido, asesinado, desaparecido y torturado a miles de personas. No había buenos antecedentes para participar. Los plebiscitos de 1978 y 1980 habían estado colmados de irregularidades.
Pero ahora el contexto era otro. La crisis económica que comenzó en 1983 provocó un ciclo de protestas masivas que incluso la dictadura no pudo contener. Estas elecciones podían ser distintas. La dictadura había cedido una serie de garantías quizás para legitimarse, con el resultado, ante el escenario internacional. Habría registros electorales, espacios en la franja de la televisión para la oposición y un acompañamiento de observadores nacionales e internacionales. Pero eso, que a priori se presentaba como una ventaja, también tenía su riesgo: un resultado favorable a la dictadura, en ese contexto, podría presentarse como legítimo.
Tal vez conozcan la campaña del “No” por la película de Pablo Larraín, que se llama No. Si no la han visto, es un buen día para hacerlo. Cuenta la historia de un publicista exiliado que vuelve al país, a espaldas de la multinacional para la que trabaja, para colaborar con la campaña contra Pinochet. Tiene una escena que es mi favorita.
Vemos a todos los dirigentes de los partidos de la coalición del “No”. Habían acordado participar y, para hacerlo, necesitaban registrar la mayor cantidad posible de gente, porque el empadronamiento no era automático sino voluntario. Frente a todos los dirigentes está nuestro protagonista presentando sus ideas creativas para la franja de publicidad electoral. La franja es el espacio en televisión de 15 minutos que cada campaña tendrá para emitir sus mensajes, todos los días de 8.30 a 9 PM, desde el 5 de septiembre hasta el 1° de octubre de 1988. Cada espacio lo armaba como una suerte de noticiero, con avisos publicitarios propios en las tandas a favor de su postura. Para la campaña del “No” es una herramienta central. Serán los únicos 15 minutos de emisión libre de intervención del gobierno de Pinochet sobre sus mensajes. Las 23.45 horas restantes los mensajes serán a favor de la dictadura, como en los 17 años anteriores.
Entonces está el publicista ahí, con su televisor y su videocasetera a punto de presentar su idea de campaña. Un momento horrible para cualquier ser humano. Y pasa lo que tiene que pasar, vean.
De un lado, los principios. Los líderes de los partidos creen que deben aprovechar la oportunidad para denunciar los crímenes del pinochetismo. Del otro lado, el pragmatismo. El publicista trae una campaña optimista porque cree que la campaña debe ser alegre incluso diciendo que no. El spot es bárbaro, la canción absolutamente pegadiza. “Es una campaña del silencio, una publicidad de Coca Cola”, denuncian los partidos. “Es el lenguaje de la publicidad”, se defiende el publicista. “Eso es lo que ustedes son”, retrucan los partidos.
Eso que están discutiendo es más que una publicidad y una campaña. Es cuáles son los métodos efectivos para “ganar” y cuáles están dispuestos a utilizar. Y los dos tienen su parte de razón. Cualquiera le podría caer a la película y decir que es un reduccionismo. Que ninguna elección –mucho más una así, una elección sobre la democracia– se gana o se pierde por el tipo de campaña. Es cierto. También es cierto que las películas no tienen que tener una hipótesis, un marco teórico y unas conclusiones empíricamente verificables. Son películas.
Como sea, el “No” ganó las elecciones. Uno podría decir: increíblemente, ganó las elecciones. Pero no lo es tanto. Como sostiene este paper de Daniel Treisman –tiene un título lindo “Democracia por error”– las dictaduras suelen caer así. Calculan que tienen más apoyo que el que tienen y pierden: convocan a elecciones que no pueden ganar, inician conflictos militares que pierden, abren un proceso de reformas que se les va de las manos o eligen a un líder que finalmente transiciona hacia la democracia.

Jorge Baradit cuenta en un lindo libro entre histórico y autobiográfico –La dictadura, historia secreta de Chile– cómo fue ese día, el de la derrota de Pinochet. Era un miércoles. El día estaba oscuro y había mucha neblina. Su abuela salió de su casa en Valparaíso. A lo largo de la costa se había alineado una flota de barcos de guerra, con los cañones apuntando a la ciudad. Igual que durante el golpe de 1973. Había helicópteros haciendo maniobras extrañas en otras ciudades. El clima era de amedrentamiento.
Y, sin embargo, los chilenos y las chilenas salieron a votar como nunca antes. Votó el 92% de los inscriptos para hacerlo. Las filas eran interminables pero nadie se movía del lugar. Llegaba gente en camillas desde los hospitales, personas con dificultades para moverse, ancianos y especialmente jóvenes. Muchos jóvenes. La historia posterior es muy conocida. Cuando empezaron a llegar los resultados, el régimen colapsó. No lo esperaban y no había ningún plan al respecto. La televisión entró en pánico. Uno de los canales oficiales comenzó a pasar dibujos animados. “Recuerdo estar viendo El correcaminos cerca de la medianoche mientras esperábamos”, cuenta Baradit. La cuestión no iba a terminar ese día, estaba claro. Había que conseguir que Pinochet reconociera el resultado y luego que entregara el poder pacíficamente. Pero algo, sí, había terminado. Pinochet abrió un proceso que no fue capaz de controlar y lo perdió. Un diario tituló unos días después: “Corrió solo y llegó segundo”.
¿Fue la campaña? ¿Fueron los partidos? ¿Fue el combate a la represión? ¿Qué fue? Las elecciones nunca ofrecen una respuesta total a todas las preguntas –y sí muchas interpretaciones–. Las ciencias sociales estudian la incidencia de las campañas en los resultados electorales. ¿Puede la televisión derrocar a un dictador?, se preguntaron los investigadores Felipe González y Mounu Prem, que usaron el caso del “No” en Chile para entender esa relación. Para probar el efecto que la exposición a los avisos de televisión pudo haber tenido en los patrones de votación combinaron encuestas nacionales realizadas antes de las elecciones con datos de votación en los condados del país, para identificar la variación geográfica entre los condados de Chile. Calcularon entonces una “tasa de persuasión”, que les permitió estimar un porcentaje de votantes que cambiaron su voto a favor de la oposición luego de exponerse a la franja. El estudio controló por preferencia política previa en base a los resultados de la elección presidencial anterior, la de 1970, para asegurar que el efecto observado no se debiera a una predisposición política histórica de las regiones.
Y encontraron como resultado principal un aumento de una desviación estándar en los votantes expuestos a los avisos de cerca de dos puntos más para la oposición, un efecto significativo en comparación con campañas similares incluso en democracias. Y un efecto mucho más significativo cuando se observa el resultado del plebiscito: 55,9% por el no, contra el 44% del sí. Encontraron también que la exposición a la televisión no tuvo efecto en la inscripción en el registro electoral. Para la investigación fue un resultado bueno, porque la franja en televisión empezó después de que el registro había cerrado; entonces, felices, estos investigadores pudieron decir que sí había algo de causalidad entre la exposición a la campaña y el voto a la oposición.
Establecer una relación de causalidad siempre es un problema para las ciencias sociales. Por eso es importante sumarle variables intervinientes. Por ejemplo, el indicador de audiencia, que fue una de las más altas de la historia de Chile. La franja de la campaña se veía y se debatía en el resto de los programas de televisión. Otro indicador: la reacción del mercado de valores al momento de la campaña en la que intervino la franja. La investigación observó cambios en los precios de las acciones de empresas conectadas con el régimen de Pinochet –la mayoría de ellas– luego del inicio de la campaña en televisión, sugiriendo que los inversores percibían que la televisión estaba contribuyendo a un cambio en el equilibrio político del régimen. Un indicador más: el mismo efecto no se encontró en las elecciones presidenciales de 1970, lo que significaba que algo había cambiado.
Hasta aquí podríamos decir entonces que nuestro amigo, el publicista, tenía razón. Su trabajo había surtido el efecto deseado y la campaña había influido considerablemente en la victoria del “No”. Pero los investigadores, afortunadamente, se siguen haciendo preguntas. ¿Hay alguna relación entre la exposición a la represión del régimen de Pinochet y el apoyo a la transición a la democracia? Cinco investigadores se hicieron esa pregunta y escribieron este paper que indaga en la respuesta. Querían saber si haber estado en contacto con la represión provocaba algún efecto directo en el apoyo al “No” en el plebiscito.
Para eso aprovecharon un dato importante. La ubicación de las bases militares predijo los niveles locales de “victimización civil” (o sea: vivir cerca de una base militar en ese momento aumentaba la exposición a la represión). Pero esa variable no estaba afectada con las preferencias políticas históricas (es decir, vivir cerca de una base no era una variable interviniente en las preferencias electorales anteriores). En el estudio aparece el ejemplo de la tristemente famosa “Caravana de la muerte” con la que comenzó el régimen: un recorrido liderado por el general Sergio Arellano Stark que recorrió varias ciudades en un mes, arrestando y asesinado casi 100 personas en el trayecto. La caravana se desplazaba en helicópteros militares y generalmente se albergaban en las bases militares de los diferentes condados: de los 16 municipios en los que se detuvieron, 15 tenían una base militar.
El estudio pudo establecer que una mayor exposición a la represión aumentó significativamente la tasa de inscripción de los votantes en el registro electoral, primero; y, luego, que aumentó también el voto por el “No” en el plebiscito de 1988. Lo que denominaron “tasa de victimización” fue asociado con un aumento del 8% en la inscripción de votantes y del 2,6% en el voto al “No”. Los datos posteriores de encuestas complementarias permitieron confirmar que las personas más expuestas a la represión continuaron teniendo preferencias más fuertes por la democracia que aquellas que no. Luego del proceso de democratización, la exposición a la represión no afectó los resultados electorales, lo que permite incluso reforzar la hipótesis.
Una vez establecida la correlación era necesario entender la causalidad. El trabajo sostiene que en las áreas que sufrieron mayores niveles de represión la información sobre las atrocidades del régimen se volvieron más accesibles, ya sea porque se presenciaban arrestos en la calle o porque sus propios vecinos, amigos y parientes eran las víctimas.
¿Tenían razón los partidos, entonces? ¿Era la denuncia de la represión lo que les iba a permitir el triunfo del “No”?
Quizás está mal hecha la pregunta. Quizás en esa escena entre el publicista y el partido hay dos puntos de vista que a primera vista parece que no pueden convivir, que son necesariamente antitéticos, que no pueden dialogar sin terminar como termina la escena (con la hermosa frase: “te puedes ir directamente a la concha de tu madre, hueón”). Pero quizás, y solo quizás, cuando lo que está en juego es más grande se necesita que dos cosas que se repelen –pero que en sus términos tienen razón– caminen por una vez juntas.
Y así, juntas, la alegría ya viene.