Piensa siempre más y más, será por el aburrimiento

Tres lecturas que me hicieron pensar un poco más, que me generaron curiosidad o me dejaron rumiando.

Holis, ¿cómo andás? Yo acá escribiéndote con la sensación permanente de estar viviendo en el meme de This is fine (ese del perrito tomando un tecito mientras su alrededor se prende fuego), aunque, te confieso, si bien quisiera ser un perrito, mis condiciones materiales de existencia son más cercanas a esta versión.

Pero bueno, ahora iniciando un newsletter sobre ciencia en un pico histórico de casos y muertes, se impone la necesidad de hablar en serio. Y hoy me gustaría explorar un poco más este concepto, en concreto me pregunto si hablar de cosas serias alcanza para decir que hablamos en serio. Yo creo que al menos lo intentamos, que tratamos de ponerle cierta intención de profundidad a la superficialidad que muchas veces impone semejante volumen de noticias y que lo hacemos bien. Sin embargo, hoy me gustaría probar otra cosa, tratar de esquivar la enumeración y compartirte otro aspecto de mi vida cotidiana, o al menos una versión de él.

A esta altura no sé si te conté y disculpame si me repito, pero tengo un consumo problemático: los grupos de discusión. Semanal, quincenal y mensualmente, dependiendo del grupo, me junto con gente a debatir lecturas. Todos leemos lo mismo y vamos poniendo en común nuestras interpretaciones. Es un hábito que amplía notablemente mis perspectivas, que enriquece mis análisis y que, como Smithers, estimula mi imaginación. Así que hoy, en vez de mostrarte qué cosas tendrías que tener en cuenta para estar al tanto de la situación general respecto a la producción de conocimiento durante esta pandemia, me gustaría contarte un poco más en detalle sobre 3 lecturas que me hicieron pensar un poco más, que no necesariamente reflejan mis convicciones o acuerdos, pero que me generaron curiosidad o me dejaron rumiando. Como para cambiar un poco viste, salir de esa sensación de “darse por enterado” que nos dan las noticias y entrar un poco en la de “darse por aludido” que nos dan las ideas. O simplemente para reseñar con más minucia y entender un poco más de qué hablamos cuando hablamos de ciencia.

Estás todo el día sola y mirás mi campera

En los últimos años, las llamadas ciencias del comportamiento (o behavioural, para los amigos) se convirtieron en las vedettes de las líneas de financiamiento, protagonistas de los titulares de los diarios y centro de las controversias entre investigadores. Seguro ubicás de qué te hablo, son esos estudios que afirman cosas como que “el dinero vuelve egoísta a la gente” a partir de un experimento en el que hacen jugar al monopoly a 5 personas y después le dan a elegir al ganador entre llevarse una caja de alfajores a su casa o que se lleve una él y otra el perdedor y la mayoría elige llevársela solo él y después lo comparan con otra parte del experimento en el que antes de jugar le preguntan a la gente “si ganás, ¿preferís llevarte una caja de alfajores para vos o llevarte una vos y otra quien pierda?”, y la mayoría elige alfajores para todos.

Esta nota de la sección periodística de Nature se llama “Cómo el COVID está cambiando el estudio del comportamiento humano” y afirma que la pandemia presenta una oportunidad inédita para las ciencias sociales, ya que el mismo problema se presenta en todas las culturas, sociedades, clases sociales y etnias, lo que permite estudiar el mismo fenómeno teniendo en cuenta muchísimas variables mientras que, por otro lado, el comportamiento cambió drásticamente. Pasamos de trasladarnos constantemente a estar encerrados gran parte del tiempo.

* El meme dice: Analista del comportamiento/Lo que mis amigos piensan que hago/lo que mis papás piensan que hago/lo que la sociedad piensa que hago/lo que mi jefe piensa que hago/lo que yo pienso que hago/lo que realmente hago

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En la nota hay un listado dividido en dos secciones de algunas investigaciones en curso:

Sobre incentivar las medidas de cuidado

  • Una encuesta a 12.000 personas en 6 países que midió cuán dispuestos estaban a compartir un mensaje promoviendo la distancia física en sus redes sociales. El mensaje podría estar dado por Tom Hanks, Kim Kardashian, un funcionario de alto rango del país del encuestado o por Anthony Fauci, el epidemiólogo más famoso de Estados Unidos. En todos los países, la mayoría respondió que el que más compartirían era el de Fauci,
  • Una investigación estadounidense en curso está midiendo qué estrategia de comunicación sanitaria es más efectiva según qué partido voten las personas. Por ejemplo, un mensaje que se espera tenga más llegada al público republicano afirma que “usar barbijo ayudará a reactivar la economía más rápidamente”, ya que los votantes de este partido tienden a ver la crisis como un problema económico más que de salud. Como contracara, el mensaje dirigido a los demócratas apunta a la reducción de daños y dice que “usar barbijo te mantiene a salvo”
  • Respecto a la vacunación, una investigación señaló que era más probable que una persona fuera a vacunarse si se le daba una “sensación de propiedad” al respecto, por ejemplo mandándoles un mensaje que dijera “tenemos una vacuna especialmente reservada para vos”. El municipio de la Isla de Jersey en Inglaterra implementó la sugerencia, sumándole algunos otros hallazgos (como la idea de que es importante que el mensajero sea confiable) para abordar la resistencia a vacunarse que observaban por parte del personal de cuidados domiciliarios. ¿El resultado? Un 93% de cobertura entre el público objetivo, versus un 80% en otras jurisdicciones.

Sobre la polarización

  • Usando datos de geolocalización de 15 millones de smartphones, un equipo buscó correlaciones entre los patrones de votación en Estados Unidos y la adherencia a las recomendaciones sanitarias. Observaron, por ejemplo, que en los condados donde la mayoría había votado por Trump en el 2016, la gente mantuvo la distancia física un 14% menos que en los que habían votado por Hillary Clinton.
  • Mediante datos de Facebook, un grupo de la Universidad de Venecia analizó la movilidad en Francia, Italia y Reino Unido durante los primeros meses de la pandemia. En Francia y Reino Unido, se centraba en torno a París y Londres, pero en Italia hubo dispersión de los lugares más poblados.

Luego, el artículo se extiende sobre lo que llama “el legado post cuarentena” y señala fundamentalmente que las estrategias de virtualización de los experimentos que requirió la pandemia generaron dos avances significativos en el campo: muestras más grandes y diversas, y facilitación de la colaboración internacional.

Cuando leí la nota, me quedé con gusto a poco respecto al cambio que anunciaba el título. Si bien las metodologías virtuales introducen una modificación significativa y la crítica respecto a inferir condiciones para “el comportamiento humano” a partir de muestras acotadas es muy frecuente, la corrección de estas variables no es una respuesta a los principales problemas que se enuncian respecto a estas investigaciones. 

Por un lado está el tema de la equiparación de ciertos hallazgos con variables no medidas. Por ejemplo, decir respecto a los datos de geolocalización que “en los lugares en los que se votó a Trump se mantuvo menos la distancia física” es distinto a decir que “las personas que votan a Trump son más egoístas”, y lo que solemos encontrar en los diarios es lo segundo. Lo que estas investigaciones nos pueden permitir saber es que quienes votan a un partido determinado también acatan de cierta forma las normas sanitarias, no qué evaluación moral hacen de eso o qué valores los impulsan. 

Por otro, está la vieja cuestión de ¿para qué sirve esto? ¿Qué habilita? ¿Queremos que los gobiernos, corporaciones y cualquier institución con la capacidad de acceder a esos datos y a la comunicación masiva puedan dirigir mensajes persuasivos bajo el argumento de promover el bien común? Porque una cosa son las aplicaciones potenciales del conocimiento en el éter y otra la concreción de lo posible en el sistema en el que vivimos. Así que permítanme decir que si no se desarrollan herramientas para que los instrumentos para convencer no sean usados para manipular seguiré teniendo mis reservas respecto a la necesidad de hacer este tipo de investigaciones.

No vayas a la escuela porque San Martín te espera

Este artículo de Wired simplemente me encantó. Cuenta la historia sobre cómo se generó la evidencia necesaria para que se reconozca la importancia de los aerosoles en la transmisión del SARS – CoV2 y tiene de todo: maltrato, errores, investigadores incansables siguiendo pistas a través de archivos viejos. Si bien es una lástima perder la escritura de la versión original con esta reseña, creo que está bueno hacerla con cierto grado de detalle porque muestra que esa caracterización de la ciencia en la que los avances se dan por evidencia nueva que deja obsoleta a la anterior, no siempre es tan así. A veces hay que desarmar lo que creemos hoy teniendo en cuenta trabajos del momento en el que esas creencias se consolidaron y aún así lo que sucede no es un movimiento de desplazamiento de lo viejo por lo nuevo, sino de ampliación y complejidad.

El artículo empieza el 30 de abril de 2020 en un Zoom coordinado por Lidia Morawska, una física atmosférica que había convocado a representantes de la OMS y a otros colegas especialistas en el comportamiento de las partículas en el aire para discutir un tweet que la renombrada institución había hecho unos días atrás, y que decía: “Es un hecho: #COVID19 no se transmite por el aire”. Mientras Morawska explicaba cómo algunas partículas pueden viajar por el aire, se recontra picó: uno de los expertos de la OMS la interrumpió abruptamente diciéndole que estaba equivocada y la reunión se terminó.

En la reunión también estaba presente Linsey Marr, una de las pocas personas en el mundo que estudia tanto aerosoles como enfermedades infecciosas. Linsey sintió que la última palabra aún no había sido dicha. 

En los 2000, Marr se preguntó si los patógenos que comúnmente causan gripe o resfríos podían transmitirse a través del aire. Cuando empezó a investigar vio que existía una división taxativa entre gotas y aerosoles trazada en una medida: 5 micrones. Según el canon médico, la gripe y los resfríos se transmiten por gotas: una tos o un estornudo que cae en nariz o boca ajena o en una mano que después se pasa por la cara. El sarampión o la tuberculosis, en cambio, se transmiten por vía aérea, o sea que viajan a través de aerosoles y pueden recorrer distancias más largas y pasan de cuerpo a cuerpo simplemente a través de la respiración.

Desde el principio, el límite de los 5 micrones no le cerraba. Hay partículas mucho más grandes que pueden flotar y comportarse como un aerosol, dependiendo de la temperatura, humedad y velocidad del aire. Al instalar muestreadores de aire en lugares como guarderías y aviones, Marr encontró virus donde los manuales decían que no debían estar: escondidos en el aire, en partículas lo suficientemente pequeñas como para mantenerse a flote durante horas. Sin embargo, las revistas más prestigiosas rechazaron sus trabajos y, aunque fue publicada en una revista más pequeña, no le dieron mucha bola. Eventualmente se cansó y pasó a otro tema.

En diciembre de 2019 le pidieron que evaluara un paper de un investigador de la Universidad de Hong Kong que presentaba los hallazgos del estudio de un brote de un virus respiratorio de la familia de los coronavirus en un complejo de departamentos. Mediante simulaciones mostraba que, cuando una persona tosía o estornudaba, las gotas eran muy pocas y los blancos (bocas, fosas nasales y ojos), muy pequeños para dar cuenta de toda la infección. Otro trabajo que contradecía la regla de los 5 micrones.

Unos días después del Zoom con la OMS a Marr la llamó José Luis Jimenez, un químico que afirmaba que la recomendación de mantenerse a una distancia de 1.5 a 3 metros había salido de unos estudios de los años 30 y 40 en los que los autores decían que también existía la posibilidad de la transmisión aérea, que por definición implicaría recomendar distancias más grandes. Marr le contó que le preocupaba lo de los 5 micrones y les pareció que las dos cosas podían estar conectadas, ya que la recomendación de los 3 metros parecía venir de una definición incorrecta de las gotas. Necesitaban saber de dónde habían salido estas reglas y necesitaban un historiador.

Katie Randall fue la persona convocada que encontró el primer documento que se había publicado respecto a la prevención de la tuberculosis. Citaba el libro Contagios aéreos e higiene del aire, de un ingeniero de Harvard llamado William Firth Wells. Resultó que Wells se había pasado la vida investigando el movimiento de los patógenos en el aire.

Entre los primeros trabajos de Wells había un análisis de muestras de aire volcado a un gráfico que mostraba cómo la gravedad y la evaporación actuaban sobre las partículas respirables. Si esto hubiera sido tomado como una referencia para la medida que distinguía gotas de aerosoles, entonces la línea debería haberse trazado alrededor de los 100 micrones, no los 5. Así que para entender por qué su trabajo no había tenido tanta repercusión, Randall se puso a ver quién estaba más pegado en esa época.

Ahí se encontró con Alexander Langmuir, el jefe de epidemiología del recién fundado Centro de Control de Enfermedades, que asociaba el trabajo de Wells con una visión retrógrada que le recordaba el terror al aire viciado (teoría del miasma) de los antiguos griegos. A su vez, eran los 50 y Langmuir estaba muy preocupado por la guerra biológica dada por posibles ataques de virus aéreos. Al publicar un informe sobre el tema citó un artículo de los 40 sobre los riesgos para la salud del trabajo en minas y fábricas que mostraban que las mucosas de nariz y garganta eran muy buenas para filtrar partículas de más de 5 micrones. Las más pequeñas, sin embargo, podrían filtrarse hacia los pulmones y causar un daño irreversible. Langmuir escribió: “Para generar un virus de transmisión aérea debería entonces formularse en un líquido que pueda aerosolizarse en partículas menores a 5 micrones, lo suficientemente pequeñas para sortear las principales defensas del cuerpo”.

Años después, Wells descubrió la transmisión aérea de la tuberculosis. ¿Cómo? bombeando aire del pabellón de tuberculosos de un hospital a una sala donde había varias jaulas con conejillos de indias. Algunos tenían luz UV, que mata a los microorganismos aéreos y otros no. Los que no, se enfermaban. Wells se murió al año siguiente de publicar estos hallazgos y Langmuir lo mencionó en un discurso que dio a trabajadores de la salud, enfatizando que las partículas por las que había que preocuparse eran más pequeñas que 5 micrones.

Ahí Randall tuvo su momento Eureka. En el curso de la investigación había aprendido que la tuberculosis es bastante mañosa: solo infecta unas células específicas de los pulmones, mientras que la mayoría de los patógenos son menos selectivos y pueden incrustarse en partículas de varios tamaños e ir infectando células a lo largo de todo el tracto respiratorio. ¿Qué pasó entonces? Que como la tuberculosis era la única enfermedad catalogada como de transmisión aérea y su tamaño encaja con el estándar de los 5 micrones, lo generalizaron en la definición de “transmisión área”.

Mientras toda esta arqueología científica tenía lugar en la casa de Randall, Marr y Jimenez empezaron una campaña junto a otros 237 científicos en la que escribieron una carta abierta a la OMS para que se reforzara la recomendación de usar barbijo y ventilar como medida de prevención contra la COVID. La carta llegó a los titulares y generó varias peleas en Twitter. El conflicto escaló hasta que Anthony Fauci, asesor epidemiológico del gobierno estadounidense, admitió que la regla de los 5 micrones estaba mal y que “hay mucho más aerosol del que creíamos”.

El 30 de abril de 2021, sin hacer ningún anuncio, la OMS actualizó una página de su sitio web. En la sección sobre cómo se contagia el coronavirus, ahora dice que se puede transmitir por aerosoles tanto como por gotas. Si no estabas prestando atención te lo perdías, pero Marr estaba prestando atención, así que ella y otros investigadores de aerosoles publicaron una editorial en BMJ, una de las revistas más prestigiosas del mundo. 

A principios de mayo, el Centro de Control de Enfermedades hizo cambios en sus guías sobre COVID-19, poniendo la inhalación de aerosoles al principio de la lista sobre modos de transmisión. De nuevo, sin gacetillas de prensa ni conferencia. Algunas victorias son silenciosas.

Los lentes son para el sol y para la gente que me da asco

Ya hace rato que venimos conversando sobre cómo la pandemia es un problema global que se enfrenta con recursos locales. En este artículo de The New Republic se explora la figura de Bill Gates como garante de la desigualdad en la distribución de vacunas y tratamientos contra la COVID.

Al principio de la pandemia medios como el Financial Times sostenían cosas como que “el mundo tiene un interés abrumador en asegurar que los tratamientos y vacunas contra la COVID-19 estén universalmente disponibles a bajos precios”. En consonancia con la necesidad de un modelo cooperativo, la OMS lanzó un programa conocido como C-TAP, una iniciativa en la que tanto desde el sector público como desde el privado se aportaría investigación para crear un fondo común de conocimiento. Un mes después, Bill Gates lanzó el ACT-Accelerator, un consorcio público privado basado en filantropía e incentivos a la industria que dejaba entender que mantener los derechos de propiedad intelectual tal como estaban no sería un impedimento para satisfacer la demanda global o el acceso igualitario a vacunas y tratamientos. La pata más grande del ACT es el famoso COVAX, un programa articulado con la OMS de donación de vacunas a los países de menores ingresos cuya meta siempre fue limitada: proveer vacunas para hasta el 20% de la población de estos países. O sea que, en un contexto en el que se discutía la necesidad de liberar el conocimiento, Gates lanzó mecanismos de apoyo a las formas tradicionales de hacer negocios en el área de la salud.

El diario del lunes ya lo tenemos: el 75% de las vacunas se dieron en 10 países, la mayoría de altos ingresos y 130 Estados en los que viven 2.5 mil millones de personas todavía no administraron una sola dosis. Mientras tanto, las compañías participantes de COVAX pueden establecer sus propios precios diferenciados y retienen la propiedad intelectual de sus desarrollos. Kaiser Health News reporta que cuando el director del instituto de la Universidad de Oxford que desarrolló la vacuna sugirió liberar la patente, la Fundación Bill & Melinda Gates le pegó un llamado y al toque firmaron un contrato exclusivo con el laboratorio AstraZeneca que le dio los derechos a la farmacéutica y no garantizaba precios bajos.

El 29 de mayo del 2020 la OMS había presentado el C-TAP con un “llamado a la solidaridad” para que gobiernos y empresas compartieran la propiedad intelectual de tratamientos y vacunas de COVID-19. Las farmacéuticas no atacaron directamente la iniciativa pero, la noche anterior, su asociación comercial mundial, la IFPMA, transmitió un evento en vivo del que participaron los responsables de AstraZeneca, GlaxoSmithKline, Johnson & Johnson y Pfizer. Todos manifestaron su apoyo a la iniciativa ACT como muestra de su compromiso con la distribución equitativa de medicamentos. Albert Bourla, de Pfizer, dijo: “Quiero aprovechar la oportunidad para enfatizar el rol de Bill Gates en esto, una inspiración para todos”.

A medida que el tema empezó a cobrar importancia en la agenda pública, Gates comenzó a hacer declaraciones. Por ejemplo, a Reuters les dijo que “es la clásica situación en salud global en la que los defensores (de la liberación de las patentes) de repente quieren la vacuna gratis y de inmediato”.

A principios de marzo los altos ejecutivos de Gates se unieron a los de la industria farmacéutica en una «Cumbre sobre la cadena de suministro y la fabricación de vacunas a nivel mundial» convocada por Chatham House en Londres. El principal punto del temario: los planes para una nueva rama dentro del ACT-Accelerator, el Conector de Capacidades de Vacunas Covid, que pretende abordar la cuestión de la transferencia de tecnología dentro del marco habitual de los derechos de monopolio y las licencias bilaterales.

Si recordamos que a fines de los 90, cuando Gates renunció a ser CEO de Microsoft e inició las actividades de la Fundación, su primera actividad fue en apoyo de las demandas millonarias que en ese entonces las farmacéuticas le hacían al Estado sudafricano por violaciones a la propiedad intelectual luego de que el gobierno aprobara una ley para comprar medicamentos genéricos en plena crisis del SIDA, difícilmente veamos la actividad de Gates como una posición coyuntural. No se trata de su opinión sobre la forma más eficiente de distribuir vacunas en una pandemia, se trata de una actividad sostenida a lo largo del tiempo a favor de un modelo de negocios dentro del campo de la salud.

Esto me hace pensar de nuevo en el artículo que te recomendé en la edición pasada sobre las preocupaciones genuinas que muchas veces subyacen en teorías conspirativas o negacionismos. Escuchamos lo del chip en las vacunas como un plan macabro de Bill Gates para controlarnos ridiculizando el discurso como si nuestros enemigos fueran quienes manifiestan temores mediante estas herramientas y no los verdaderos mecanismos de control que estas personas ejercen. Nos seguimos fragmentando en vez de reconocer amenazas comunes en las estructuras de poder y organizarnos en torno a eso.

Por otro lado, también me quedó dando vueltas la diferencia entre estructural y general. Creo que, cuando queremos señalar causas estructurales, muchas veces incurrimos en caracterizaciones sumamente generales acerca del sistema cuando justamente la concentración del capital nos permite identificar a los beneficiarios y hacedores de la desigualdad. Que las relaciones de dominación y alienación se cuelen por todos lados y vayan más allá de las acciones personales no quiere decir que no haya nombres y apellidos que señalar. Tal vez deberíamos poner más esfuerzo en dirigir críticas y acciones a ciertas personas en particular.

Estoy en el subsuelo

La pandemia nos obliga a hablar en serio, nos fuerza a la tristeza, nos constriñe a la desilusión. 

Mientras termino esta carta, me pregunto: ¿Esto es lo que tengo para hacer durante un desastre de estas dimensiones? ¿Esto es lo que efectivamente voy a hacer? Me respondo que es lo que hago y lo que quiero hacer. Y que querer no es poca cosa, porque en el fondo lo que quiero es otro mundo. Y ahí, aunque la tristeza y la desilusión sean horribles, compruebo mi humanidad en la imposibilidad de la indiferencia.

Te mando un beso enorme,

Agostina

p/d: las referencias de este news son de una canción dedicada a mi barrio en otro tiempo. Una canción que le escribió a mis calles alguien que un poco hizo de este mundo, otro.

Soy comunicadora científica. Desde hace tres años formo parte del colectivo Economía Femini(s)ta, donde edito la sección de ciencia y coordino la campaña #MenstruAcción. Vivo en el Abasto con mis dos gatos y mi tortuga. A la tardecita me siento en algún bar del barrio a tomar vermú y discutir lecturas con amigas.