Phineas Gage y el folclore de las neurociencias

Una barra de hierro le atravesó el cráneo y todo lo que le pasó después fue interpretado por la conexión entre cerebro y personalidad.

En la historia de las neurociencias hay un caso que suele repetirse hasta el cansancio: un joven trabajador ferroviario sobrevive después de que una barra de hierro le atraviesa el cráneo y deja de ser la misma persona, estableciendo sin lugar a dudas la conexión entre cerebro y personalidad.

Alcanza con detenerse un momento en la evidencia para notar que no es mucho lo que se sabe acerca de cómo fue este cambio ni qué partes de su cerebro fueron lesionadas.

Qué sabemos

El 13 de septiembre de 1848, a eso de las cuatro de la tarde, la vida de Phineas Gage cambió para siempre. Este trabajador de unos 25 años estaba usando una barra de hierro para compactar pólvora en un agujero en la roca cuando saltó una chispa y la barra, de un metro de largo, salió disparada atravesándole el cachete izquierdo y destrozando su lóbulo frontal. Luego de salir del cráneo, la barra aterrizó a 25 metros.

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Gage, impactado por lo que acababa de suceder, se mantuvo consciente, caminó hasta una carreta tirada por bueyes y viajó un kilómetro hasta su hotel, al sur de Vermont. Cuando llegó el médico, Gage inclinó la cabeza y le dijo: “Doctor, aquí hay trabajo para usted”, según contaba el propio Dr. Williams en 1848.

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Con el tiempo, Gage se recuperó y vivió casi doce años más. Al principio su historia fue la de una milagrosa recuperación sin secuelas, pero ya en 1851 se publicaron comentarios sobre su tendencia a la vulgaridad y en 1868, cuando Gage ya llevaba ocho años muerto, el mismo Dr. John Martyn Harlow que había reportado su caso originalmente, publicó un informe retrospectivo en el que en un par de párrafos describía un misterioso cambio psicológico. Según Harlow, el paciente había perdido el equilibrio entre su capacidad intelectual y sus “propensiones animales”, además de haberse vuelto irreverente, caprichoso, obstinado e incapaz de sostener planes a futuro. De este informe sale la frase más famosa de la disciplina: “Su mente cambió radicalmente, tan decididamente, que sus amigos y conocidos dijeron que ‘ya no era Gage’”.

Esta historia pasó a ocupar un lugar cada vez más importante en manuales de neurología, psicología y psiquiatría, que durante la segunda mitad del siglo XIX comenzaban a disputar sus fronteras. El mito, tal como se lo suele reproducir, es que Gage sufrió un daño importante en su lóbulo frontal que lo hizo pasar de ser un gran trabajador y un ciudadano encomiable a un sociópata librado a sus vicios. Aquella barra de hierro lo había vuelto grosero, agresivo, alcohólico y promiscuo, entre otras cosas. A veces también se dice que terminó uniéndose a un circo como una monstruosa curiosidad antes de morir en la miseria.

La evidencia vs. el invento

De todo lo anterior, lo único documentado son los cambios descritos por Harlow. Y fue precisamente este informe clínico, y no las invenciones posteriores, el que sirvió de cimiento para la neurociencia moderna a partir de la correlación directa entre el daño en el lóbulo frontal y los cambios en la personalidad. Sobre el resto, nunca hubo evidencia.

Como explica Malcolm Macmillan en su libro An Odd Kind of Fame: Stories of Phineas Gage (2000), buena parte de la historia de la caída en desgracia de Phineas Gage es un invento. Macmillan, un historiador y psicólogo que había investigado temas tan distintos como discapacidad infantil, cienciología, hipnosis y fascismo, se cruzó con el caso de Gage en los años 70 y decidió ir a las fuentes. El resultado fue una obra de más de 500 páginas que rastrea el origen de casi cada afirmación clínica sobre Gage y la somete al filtro de la evidencia.

A excepción de la nota en que le pide a un museo que le devuelva su barra de hierro, casi no existen testimonios escritos por Gage, ni diarios de su familia, ni deudas o registros policiales que lo mencionen. Todo lo que sabemos con certeza sobre sus verdaderos cambios de personalidad proviene del informe de Harlow, mientras que todas las historias posteriores sobre cómo se volvió un monstruo o un sociópata se construyeron sobre exageraciones y rumores de autores que ignoraron la evidencia.

Esta irresponsable especulación es parecida a lo que pasó con los primeros descubrimientos de fósiles y las reconstrucciones, en algunos casos de “dragones”, a partir de fragmentos, moldes y comparaciones anatómicas apoyadas en una buena imaginación.

Un cráneo, un lienzo

Lo que argumenta Macmillan es que cada especialista que comentó el caso aprovechó para proyectar en aquel cráneo perforado la teoría que mejor le venía, haciendo yoga conceptual hasta que los hechos encajaran con sus propias ideas. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX los frenólogos podían ahora afirmar que aquella barra de hierro había atravesado el “órgano de la benevolencia” y el de “la veneración”, lo cual explicaba las respuestas blasfemas y confirmaba la cartografía craneal.

Al mismo tiempo, para quienes el cerebro era un todo indivisible sin áreas especializadas, el caso de Gage apoyaba su teoría. Para el médico Henry Jacob Bigelow, que lo había examinado en 1849 y concluido que estaba bárbaro, esto probaba que el cerebro no dependía de regiones específicas, sino de una organización global. Ambos bandos, entonces, apoyaron sus teorías sobre prácticamente los mismos “hechos” para llegar a conclusiones incompatibles.

Este manoseo de la evidencia no quedó atrás en la medicina victoriana. Hace algunas décadas, el famoso neurocientífico Antonio Damasio también se apoyó en este caso como eje central del libro El error de Descartes (1994), utilizándolo para respaldar su hipótesis del marcador somático y explicar cómo las emociones son biológicamente necesarias para el razonamiento. En el trabajo de Hanna Damasio, su esposa, también se pinta a Gage como alguien que nunca volvió a ser independiente, y cuya falta de disciplina le impedía tener trabajo o ser visto como algo más que un psicópata insoportable.

Con mucha precisión, Macmillan compara uno por uno los relatos sobre Gage y cómo sirvieron de comodín para quien los citara. Al detenerse en aquellos primeros reportes de Harlow y Bigelow, muestra cómo ninguna de las fuentes describe a Gage como un criminal o un vagabundo inempleable. Esta fijación, como la de Damasio, con la figura del paciente que termina en la ruina hizo que durante 150 años el verdadero desenlace de la historia quedara opacado por cómodas fabricaciones al servicio de la teoría de turno.

La vida de Gage

Luego del trabajo detectivesco de Macmillan y sus colaboradores, que entre otras cosas revisaron cuanto diario de la época encontraron para leer exactamente qué se había dicho, emergieron mejores registros históricos. Estos hallazgos trazan un camino diametralmente opuesto al declive cognitivo del que tanto se habla. Hacia 1852, Gage fue contratado en Nueva Inglaterra para formar parte de una empresa de transportes en Sudamérica. Viajó a Chile, donde se instaló y trabajó durante casi siete años como conductor.

Esto echa por tierra aquella caricatura del tipo impulsivo e incapaz de planificar a largo plazo. Conducir un coche tirado por seis caballos entre Valparaíso y Santiago, a través de rutas montañosas, exigía no solo gran concentración sino también control motor, la capacidad de respetar rutinas e incluso de lidiar con los pasajeros.

A partir de esto Macmillan postula que lo repetitivo de su trabajo en Chile probablemente haya funcionado como andamiaje terapéutico: la rutina le habría permitido reeducar sus funciones ejecutivas y sociales perdidas, logrando la readaptación que sospechosamente los libros omiten justo cuando arruinaría la prolijidad de ciertas teorías sobre el daño frontal irreversible.

Cuando la salud de Gage comenzó a empeorar, no lo aquejaba la miseria ni la soledad, ni se encontraba de gira con un circo. En 1859 se fue de Chile y viajó en barco a San Francisco, donde se reencontró con su madre y su hermana.

Comenzó a trabajar en una granja, pero tras la aparición de las convulsiones en febrero de 1860, la enfermedad lo volvió inquieto y durante un tiempo cambiaba continuamente de empleo. Finalmente, regresó a vivir a la casa de su madre apenas tres días antes de fallecer, en mayo de 1860, a los 36 años, rodeado de su familia. Pero el error sigue presente en la literatura: en un artículo de 2016 se lo describe como “extremadamente cruel” y en otro de 2020 aparecen los términos “abusivo” y “severo”.

La importancia de la historia

El modo en que ciertas historias se desdibujan al comunicar ciencia no siempre responde a las mismas mecánicas ni intereses, pero siempre tiene consecuencias. Para el escritor y artista Ben Platts-Mills, contar bien esta historia es importante para entender lo que viven quienes sobreviven a lesiones cerebrales.

En su ensayo, Platts-Mills compara la historia de Gage con la de Eadweard Muybridge, célebre pionero de la fotografía que sufrió una lesión en el lóbulo frontal tras un accidente y que quince años después asesinó a tiros al amante de su esposa. Sin embargo, no quedó en los libros como ejemplo canónico de la desinhibición por lesión en el lóbulo prefrontal sino como un gran fotógrafo y pionero del cine. 

Gage, trabajador ferroviario sin patrimonio ni familia rica, sin amigos en la prensa ni demasiada reputación que defender, funcionó como el lienzo en blanco sobre el que proyectar cualquier determinismo biológico. Su accidente servía para empujar aquella gastadísima máxima sobre la importancia de preservar a la razón por encima de los instintos básicos, aquellas malditas “propensiones animales” propias de las emociones.

La historia no es que Gage no haya cambiado, sino que a pesar de eso pudo recuperarse y llevar una vida autónoma. Las consecuencias de mitos como este en el folclore científico se extienden más allá de la corrección del registro histórico. Insistir con el ejemplo de Gage como evidencia de la destrucción irreversible de la personalidad a partir de un traumatismo craneal no le hace ningún favor a la neurología.

Cuando el sistema de salud asume que un accidente se traduce en un viaje de ida a la sociopatía, se desata la profecía autocumplida en la que al paciente se le niegan las herramientas, la paciencia y la dignidad necesarias para intentar su reintegración comunitaria. Por el contrario, su caso bien podría servir para enseñar sobre la posibilidad de recuperación de daños frontales graves en la edad adulta.

Muy probablemente, luego del accidente Gage ya no fuera el mismo. Una barra de hierro atravesada en el cráneo es capaz de cambiar a cualquiera.

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