Perú: de la fragmentación a la polarización extrema

Un virtual empate técnico entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez posterga la definición en las elecciones peruanas.

El nombre de Fujimori seguía siendo un factor de polarización potente, casi por mitades, ayer cuando los peruanos debieron elegir entre Keiko Fujimori, la heredera del exdictador, y el izquierdista Roberto Sánchez, heredero político del expresidente Pedro Castillo.

En 2011, Ollanta Humala, candidato de la izquierda nacionalista peruana, enfrentaba a Keiko Fujimori en la segunda vuelta electoral en Perú. Con poco más del 51% de los votos, sería electo presidente. Pedro Pablo Kuckzynski obtuvo un resultado incluso más ajustado. Keiko se quedó con casi el 49,9% de los votos de segunda vuelta. En 2021, la historia fue casi idéntica. Pedro Castillo fue presidente con el 51,1% de los votos válidos y Keiko obtuvo casi el 49,9%.  

Una polaridad incómoda y persistente

La fragmentación peruana, con su sistema político y de partidos quebrado, en que los candidatos pasan a segunda vuelta con menos del 10% de los votos emitidos, mantiene una estabilidad que se mantiene casi inalterada hace cuatro ciclos electorales. Como si fuera inmune a las transformaciones de la política en el país, que contará diez presidentes en la última década, y sin embargo sigue produciendo en cada ciclo su momento de apilamiento en torno de las posturas sobre el fujimorismo cuando la presidencia se pone verdaderamente en juego.  

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El conteo rápido de Ipsos y Transparencia –sobre una selección de más de 1000 actas representativas– le daba a Sánchez una ventaja mínima sobre Keiko, de 50,3% contra 49,7%, un margen tan estrecho que obliga a la consultora a hablar de empate técnico. El escrutinio oficial de la ONPE mostraba durante las primeras horas una ventaja inicial de Fujimori, explicable en parte por el orden de carga de las actas, con mayor peso temprano de los centros urbanos, antes de que el ingreso de mesas rurales y andinas empezara a achicar la distancia. 

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Otra vez, un país dividido casi exactamente a la mitad, y otra vez Fujimori posiblemente derrotada a pesar de un favoritismo que hace algunas semanas aparecía relativamente cómodo, aunque matizado por una enorme cantidad de electores indecisos y gente que declaraba su intención de no apoyar a ninguno de los dos contendientes.

Sánchez, Castillo, y las razones para el optimismo fujimorista

Esta elección, quizás como ninguna otra, ponía a prueba la constancia de la división de los votos de los peruanos respecto del fujimorismo. Roberto Sánchez, el contendiente, llegó a la segunda vuelta por una diferencia de apenas 0,1% de los votos respecto del tercer colocado, con el 12% de los votos válidos

Durante su campaña de primera vuelta, se presentó como el heredero político de Pedro Castillo. Su líder está preso en el penal de Barbadillo por su torpe intento de autogolpe, con un torpe anuncio de cierre del Congreso, que no contaba con apoyos políticos, militares, ni populares para llevarse adelante. 

Sánchez planteó una agenda de ruptura económica y cuestionó abiertamente a la vaca sagrada de la política peruana, el presidente del Banco Central, Julio Velarde, cuyos veinte años de continuidad, confirmado por García, Humala, Kuczynski y Castillo, reciben el crédito de los mercados por una estabilidad económica que ha trascendido a la inestabilidad política. 

Como si fuera poco, parte de sus votos provenían del espacio de Antauro Humala, una figura política que, al contrario de la moderación de su hermano Ollanta, sigue sosteniendo las ideas del “etnocacerismo”, una ideología nacionalista étnica, que combina ideas estatistas de extrema derecha con un racismo plebeyo centrado en la identidad “cobriza”. 

Sánchez, con ese bagaje, debería abrirse paso además en un Congreso en que la fragmentación y la corrupción tampoco podían disimular un sesgo marcado hacia la derecha, en el que el fujimorismo, junto al espacio del ex alcalde de Lima, el ultraderechista Rafael López Aliaga, y otros espacios de centroderecha, serán mayoritarios en ambas cámaras

Es decir que, en un país donde el signo de la política fue la fragmentación y la inestabilidad, el rival de Keiko Fujimori era un candidato con menos de diez puntos de los votos emitidos –doce puntos de los votos válidos– en primera vuelta, con una marcada minoría parlamentaria, que se presentaba como heredero de la figura que hizo el intento de disrupción del orden institucional más torpe que se recuerde, ligado a una figura radical capaz de asustar tanto a las élites como a los sectores urbanos y las clases medias, que  proponía remover a la única figura representativa de orden y resultados positivos mensurables que existe en la actualidad en Perú. 

En los papeles, probablemente no hubiera un candidato mejor diseñado para que la heredera del dictador rompiera la maldición.

El centro y la periferia

Para Keiko, algunos problemas estructurales exceden incluso el peso de su apellido. La idea de que las elecciones se ganan en el centro choca con la enorme fragmentación geográfica que marca la realidad peruana. En 2021, Pedro Castillo, maestro rural, sindicalista, conservador en lo social e izquierdista en lo económico, ganó la primera vuelta casi sin figurar en las encuestas. Su apoyo estaba en la ruralidad, en el Perú más profundo, perdedor del modelo extractivo al que acreditan la estabilidad económica. Sánchez derrotó a los boca de urna con la misma base. 

Lo que es bueno en una parte del Perú es veneno en otra. 

La candidata de Fuerza Popular ganó con comodidad en las costas, pero fue derrotada con contundencia tanto en la selva como en la sierra. Se impuso en el centro, pero fue pulverizada en el sur, cerca de la frontera con Bolivia. En números, mientras Keiko se acercaba a los dos tercios en Lima, en el departamento fronterizo de Puno, Sánchez obtenía el 86% de los votos. Un porcentaje propio de Alemania Oriental.

El eje de campaña de Keiko fue el orden. El orden ante el desorden político y callejero que caracterizó la última década peruana, pero también ante la inseguridad ciudadana, que se convirtió en la principal agenda de preocupación de los votantes. En este marco, Keiko decidió ser Fujimori. En elecciones anteriores, la candidata de Fuerza Popular había intentado combinar la reivindicación parcial del legado de su padre con gestos de autonomía. Podía prometer orden, crecimiento, mano dura y continuidad económica, pero procuraba no aparecer como la administradora hereditaria del fujimorismo. Esta vez, en cambio, el apellido dejó de ser una incomodidad que debía ser matizada y se convirtió en uno de los fundamentos de campaña. Keiko abrazó con mucha mayor claridad la memoria de Alberto Fujimori como fuente de legitimidad política

La derrota de Sendero Luminoso, la estabilización después de la hiperinflación, incluso las violaciones de derechos humanos, aunque no fueran reivindicadas abiertamente, flotaban como un precio aceptable para avanzar la idea de un Estado fuerte frente al desorden constante y progresivo que los peruanos percibían en las calles. 

Con un 17% de los votos en primera vuelta, Keiko no se moderó.

La dicha no es una cosa alegre

Martín Vizcarra es, probablemente, la más consistente y sólida de las figuras que ocuparon la presidencia peruana. Enfrentó la agenda extorsiva del Congreso, intentó una gestión racional de la pandemia que chocó contra la altísima informalidad que caracteriza al mercado de trabajo peruano. Condujo los asuntos de gobierno, en general, con una seriedad que no fue característica de sus antecesores y sucesores. Elegido como vicepresidente de Kuczynski, se ubicaba en la centroderecha del espacio político. Ayer, su apoyo estaba con Sánchez. En el mismo lugar se ubicaba el derechista George Forsyth, ex arquero de la selección nacional y candidato perenne con una plataforma que reivindicaba el anticomunismo. Entre los candidatos de primera vuelta, se destacaba entre los apoyos a Sánchez, Ricardo Belmont, con el 10,15% de los votos, desde un lugar relativamente centrista

Si finalmente gana, Roberto Sánchez habrá recorrido el mismo camino que Castillo, Kuczynski y Humala. Más que la mayoría propia, la marca de identidad que une a sus muy diversos votantes habrá sido el antifujimorismo. En un país donde la  corrupción es endémica y la memoria reciente está marcada por los muertos en las movilizaciones contra la presidenta Dina Boluarte tras la destitución de Castillo, la memoria de los Vladivideos, las violaciones masivas a los derechos humanos, las esterilizaciones forzadas, y la captura del estado del fujimorismo no es un bagaje halagüeño.

Sánchez pagó un precio programático por la ampliación de apoyos. Sin renunciar a su alianza con Pedro Castillo –a quien visitó en prisión para el comicio–, ni a su apelación “plurinacional” al movimiento indígena, suavizó tanto su programa económico como de reformas. 

En un gobierno que deberá llevar adelante sin mayorías, aseguró haber acordado con Castillo que impulsaría la continuidad de Julio Velarde al frente del Banco Central. Es el mayor símbolo de una continuidad económica que también se corporiza en el coordinador de su programa, Pedro Francke, quien como ministro de Economía en 2021 estuvo a cargo de garantizar a los mercados que Castillo no rompería los grandes consensos económicos peruanos. 

Sánchez se puso así en el mismo lugar incómodo que ocuparon sus predecesores en la izquierda y el nacionalismo peruano. Las adaptaciones quedaron claras en el debate, donde Fujimori fue la candidata más dura ideológicamente de los dos. 

La moderación de la agenda de reformas en el altar de una estabilidad económica que conserva alta valoración social pero que, probablemente, sea también un freno a programas de reformas ambiciosos que busquen enfrentar las desigualdades y problemas del modelo peruano.

El futuro de la incertidumbre cierta

Con este resultado ajustado, nadie podrá reclamar un mandato claro, que permita llevar adelante una agenda de recuperación estatal en un país que devora a sus presidentes y en el que los espacios legislativos se deshacen al ritmo de los intereses materiales de los legisladores. Donde Keiko Fujimori esperaba, por primera vez, un mandato claro, encontró el Perú de siempre. También Sánchez se encontró con el Perú de siempre, y sus coaliciones lábiles e inconsistentes, marcadas por el rechazo. La pregunta es cuánto tiempo van a aguantar los peruanos cambiar presidentes sin que cambie casi nada, mientras transitan un lento deterioro.

Qué más estoy leyendo

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.