Ozempic, o la incomodidad entre la vanidad y la salud pública

El desarrollo de la semaglutida es un hito científico, pero supone una solución que se limita a medicar las consecuencias biológicas de un mundo roto.

Quizá la tecnología más prometedora de la última década no tenga que ver ni con inteligencia artificial ni con cohetes, sino con lograr hacerle frente a la crisis de la obesidad.

Según la OMS, la obesidad afecta a una de cada ocho personas y su prevalencia en adultos se duplicó desde 1990 y se asocia a un mayor riesgo de diabetes, enfermedades cardiovasculares, cáncer y muerte prematura. Pero sus efectos trascienden la salud pública: la reducción de la productividad, el aumento del gasto sanitario y las enfermedades asociadas convierten a la obesidad en uno de los problemas económicos más costosos del planeta, que para 2060 se proyecta comparable a la suma de las economías de Estados Unidos y Japón.

Frente a este panorama, hace menos de una década, se aprobó la semaglutida, un agonista del receptor GLP-1 desarrollado originalmente para tratar la diabetes tipo 2 que terminaría convirtiéndose en el primer fármaco capaz de producir pérdidas de peso significativas a gran escala. La semaglutida imita la acción de una hormona intestinal liberada después de las comidas (GLP-1), haciendo que las personas se sientan satisfechas durante más tiempo y coman menos.

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Estos fármacos, comercializados como Ozempic y Wegovy, suelen presentarse casi como un milagro de la ciencia. Ante un discurso en torno al sobrepeso y la obesidad que tiende a ubicarlos como defectos de la personalidad o un fracaso en la fuerza de voluntad, la salida por arriba en la forma de una inyección (o, ahora, una pastilla) parece calzar a la perfección.

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Sin embargo, esta narrativa es incompleta. Los problemas actuales de sobrepeso y obesidad pueden explicarse por una suerte de secuestro de nuestra biología de parte de actores en un ecosistema industrial que lejos de promover una buena nutrición se optimizó para maximizar picos de dopamina mediante alimentos hiperprocesados.

En su libro Off the Scales (2025), acerca de la historia de los agonistas GLP-1, la periodista Aimee Donnellan documenta cómo los supermercados fueron inundados con calorías baratas y sustitutos sintéticos adictivos de comidas más saludables. Hay un buen motivo por el cual la obesidad se correlaciona con la pobreza.

El estrés constante que presupone la precariedad económica y la inseguridad alimenticia alteran el metabolismo, lo que resulta en una mayor retención de grasa como mecanismo fisiológico de supervivencia, entre otras cosas. Incluso cuando estos fármacos representan un avance indudable, conviene no omitir que representan un parche ante una falla estructural en la industria alimenticia.

El éxito clínico de Ozempic también sirve para establecer empíricamente que el hambre es un fenómeno gobernado por la endocrinología. Al imitar una hormona intestinal, el fármaco apaga el ruido constante de la comida en el cerebro. Como cuenta Jia Tolentino, para muchas personas este tratamiento inaugura la experiencia de saciedad, que muchas personas delgadas dan por sentada desde la infancia.

El descubrimiento de la hormona GLP-1 tuvo sus controversias. Svetlana Mojsov, la química de la antigua Yugoslavia que trabajando en el Hospital General de Massachusetts en los años ochenta determinó la forma biológicamente activa del GLP-1, tuvo que enfrentar una década de litigio contra la institución para lograr su reconocimiento en la patente, mientras tres colegas varones recibían premio tras premio.

Al disminuir el apetito también se reducen el consumo de alcohol y otros impulsos adictivos. Exigirnos “fuerza de voluntad” también nos cansa, y cuanto más luchamos contra los impulsos, más nos cuesta hacerlo.

Por otro lado, interfiere con la absorción de los anticonceptivos orales, que junto a una mayor fertilidad asociada a menor exceso de tejido adiposo, provocó un aumento de embarazos inesperados, que se ganaron la etiqueta de bebés Ozempic.

Generalmente no se discute sobre los efectos secundarios de los milagros, pero quizá sea oportuno hacerlo. La pérdida de peso demasiado rápida puede llevarse puesta también una cantidad importante de masa muscular, acelera el envejecimiento de los tejidos y aumenta drásticamente el riesgo de fragilidad física.

Existen casos extremos de pacientes que desarrollaron gastroparesia, un trastorno que ralentiza severamente la digestión, y síndrome de vómitos cíclicos, condiciones que transforman la supuesta cura en una patología incapacitante. Y todo esto por un costo de unos mil dólares por mes a precio de lista, que pueden bajar significativamente a través de descuentos y programas especiales.

En este punto es preciso repetirlo: aunque la semaglutida se desarrolló para tratar la diabetes tipo 2, su uso contra la obesidad no fue un accidente ni una consecuencia inesperada. Como reconstruye Donnellan, ya en los años 90 los científicos de Novo Nordisk descubrieron que suprimía el apetito y tuvieron que discutirle a los ejecutivos que insistían en que el exceso de peso era una mera falta de voluntad. Pero nunca estuvo destinada a “bajar unos kilitos” antes del verano.

Tolentino cuenta cómo ciertas plataformas de telemedicina y algunas farmacias comercializan sales de semaglutida a partir de recetas médicas obtenidas sin supervisión real, a veces únicamente a partir de una llamada telefónica y un relato mínimamente creíble.

Estas sales son formas químicas alternativas de la molécula que muchas veces se compran por internet como “sustancias para investigación”, ejem, ejem. Pero a diferencia del fármaco original, estas sustancias no equivalen a la semaglutida base y carecen de aprobación (y estudios) para el consumo humano. Eso sí: se consiguen mucho más baratas, apenas unos 250 dólares.

En los últimos años este uso sin receta se volvió incluso un comentario recurrente al discutir la vida de los ricos y famosos. La “carita Ozempic”, como le llaman, describe un retorno a la delgadez extrema y poco saludable que, paradójicamente, revitalizó el interés en la cirugía plástica, ahora para obtener estiramientos faciales propios de un adelgazamiento acelerado.

Al mismo tiempo, la omnipresencia mediática de estos fármacos toca con precisión la fibra que detona la recuperación de personas con trastornos de la conducta alimentaria, prácticamente legitimando una desnutrición severa ahora bajo lenguaje médico.

Donnellan cuenta también cómo los movimientos por la diversidad corporal, que durante décadas lucharon por la aceptación, viven esta nueva era farmacológica como una amenaza. Tolentino, en su ensayo, recupera el comentario de un cirujano plástico que celebraba el impacto de Ozempic: “Ya no hace falta aceptar ser felices con el cuerpo que se tiene”.

Esta “cura” contra la obesidad, que podría haber erradicado el juicio moral que recae sobre quienes la padecen, en cambio parece haber inaugurado otra forma de desprecio: quienes bajan de peso gracias a un fármaco hicieron trampa, lo cual supone otra confirmación de su falta de esfuerzo.

Aquella creencia de que cualquier alteración de nuestro estado físico debe resultar del ejercicio extenuante, cuando no de un sufrimiento casi de naturaleza religiosa, en algunos casos obliga a inyectarse en secreto para evitar el juicio ajeno.

Pero no todo podía ser tan maravilloso. En la mayoría de los casos, abandonar el tratamiento implica recuperar una parte sustancial, si no la totalidad, del peso perdido. El cuerpo parece empeñado en regresar a su estado anterior, aumentando el apetito y reduciendo el gasto energético incluso cuando se mantienen los cambios de hábitos.

En otras palabras, esta “cura” de la obesidad requiere un mantenimiento indefinido o, como señala Scott Galloway, supone una suerte de suscripción.

Ciertamente la gordura es muy tentadora de patologizar. Pero el criterio que se usa, el famoso Índice de Masa Corporal (IMC), es una métrica defectuosa inventada por el matemático Adolphe Quetelet en el siglo XIX para calcular al ‘hombre promedio’. Pero la correlación exacta entre peso y salud es mucho más difusa de lo que se suele admitir: hasta una cuarta parte de las personas clasificadas como obesas son metabólicamente sanas, y casi un tercio de quienes tienen un IMC “normal” presentan métricas metabólicas poco saludables.

El costo de la obesidad debe incluir también el daño que se inflige al aludirla: con alarmente frecuencia los médicos averguenzan, subdiagnostican o tratan de manera insatisfactoria a quien tiene sobrepeso, asumiendo por defecto que cualquier dolencia se debe exclusivamente a este.

Puede argumentarse que está en el interés público la distribución como parte del sistema de salud de la semaglutida, y es una propuesta razonable. Pero no hay solución sostenible sin la presión política sobre la industria de los alimentos, la imposibilidad de afrontar una dieta apropiada con el ingreso promedio de una familia, o incluso sin el rediseño de las ciudades para que fomenten la quema de calorías mediante el movimiento corporal.

El desarrollo de la semaglutida es un hito científico difícil de exagerar, pero supone una solución que se limita a medicar las consecuencias biológicas de un mundo roto.

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